Los muertos pertenecen a los pueblos

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Los muertos pertenecen a los pueblos

02-01-2018 / 17:03 h.

Están tirados los muertos en la fosa común de San Fernando. Cuentan que Pepito, el descerebrado fascista que daba la última patada a los cuerpos en el borde del boquete, se quedó cojo por hacerlo… como si fuera una venganza bíblica por su perversidad. Pues con venganza o sin ella, cojeando iba a su misa de doce todos los domingos. La posguerra española era así de hipócrita, los hombres de orden iban a esas misas de doce en tropel, a hacerse ver y a recibir la eucaristía de don Recaredo… otro espécimen que tal calaña.

Pero que no se confundan Pepito y don Recaredo, que estos de la fosa no son sus muertos por mucho que los pateara hasta el fondo, o por mucho que los bendijera antes de morir a balazos con las manos atadas. No, no son sus muertos, son vilezas que mantuvieron ocultas y sepultas bajo cal y zahorra. Que no se confundan ni ellos ni los equidistantes que prefieren no remover el pasado y olvidarlo… porque esa equidistancia supone seguir negando la dignidad a las víctimas asesinadas…

…podemos olvidar muchas cosas, pero una imagen, no. Una imagen no se olvida.

Para los asesinos, los muertos pertenecen a la tierra y al pasado. A los asesinos les gusta que la tierra se los coma, los aprisione y los silencie, que para eso los mataron en el 36 y los escondieron bajo una capa de cal, zahorra y escombros. Para eso, para que no pensaran, para que no hablaran, para que no señalaran la ignominia que cometían los fascistas, los militares y los curas de este país. Los mataron para que no respiraran, para hacerlos invisibles, para que los olvidáramos. Los asesinos y sus cómplices, y también los hombres y mujeres que hoy día, después de 80 años, insisten en dejarlos descansar (como si estos muertos hubieran descansado un solo momento desde entonces)… los ciudadanos que hoy dicen que para qué remover el pasado y hurgar en las heridas cerradas, a estos no les gusta que los muertos se asomen desde las fosas abiertas. Seguramente, a muchos, les incomoda verlos porque precisamente, antes que muertos, están observando los crímenes que cometieron personas de una cuerda ideológica que podría ser la suya y se avergüenzan de esa cercanía. 

Pero estos muertos que hoy sacamos de las fosas ya no pertenecen a la tierra apelmazada de odio, ya pertenecen a la brisa, a las palabras y a la lluvia. Ya son parte integrante de la memoria colectiva… ni siquiera son únicamente el patrimonio de unos hijos y nietos que han sabido mantener la llama y las fuerzas para rescatarlos del olvido. Son de todos nosotros. Estos muertos pertenecen a la historia que conforma el alma colectiva de los pueblos. Son muertos que nos proporcionan entidad propia y un carácter reconocible como grupo. Su muerte ha servido también para ser el pueblo que somos.

La barbarie fascista española convirtió a estos muertos en substratos de ideas y esponja de sentimientos. Nos apoyamos en ellos. Ahora que ya no están adheridos a la tierra, ahora que los hemos liberado de su presidio, ya pertenecen a las utopías que ellos soñaron. No lo sabían, pero su muerte ha servido para que sus huesos sean enciclopedias abiertas donde escribir sus historias. Para que cada imagen de cada hueso sea la estrofa de una gesta del pueblo. Para que cada imagen de cada hueso tenga el valor pedagógico de un millón de buenos ejemplos, para eso…

…y sólo cuando sean verdadera memoria, descansarán ellos y sus verdugos. No antes.