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"Hay que decirlo con claridad: hablar de suicidios no provoca que se produzcan más, es el silencio lo que cuesta vidas"

El médico divulgador Joan Carles March ha publicado un libro, 'Más de 11 vidas', que retrata el dolor y las necesidades de quienes se deciden quitar la vida y sus entornos. "Un caso en la Escuela Andaluza de Salud Pública nos dejó tocados. Así nace este trabajo"

  • Joan Carles March, para la entrevista, frente a un hospital del SAS. -

Un referente en su ámbito

El investigador Joan Carles March (Mallorca, 1960) ha sido de todo en la prestigiosa Escuela Andaluza de Salud Pública, desde director hasta docente, centrado en investigar y en marcar directrices sobre adónde debe ir la relación de la sanidad pública con la gente. Esta misma semana desarrollaba en lavozdelsur.es muchas respuestas sobre la incipiente preocupación sobre el hantavirus. Es colaborador habitual en lavozdelsur.es, en la sección Escuela de Salud. Recientemente ha publicado Más de 11 vidas (Sonámbulos Ediciones), un libro dentro de su faceta como divulgador, donde aporta herramientas para conocer la situación de personas que toman la decisión de quitarse la vida, cómo lo vive su entorno y, sobre todo, qué podemos hacer ante esta problemática. 

"El libro se llama así porque en España mueren alrededor de once personas cada día por suicidio. Y las personas que viven alrededor de un suicidio también quedan tocadas y también necesitan apoyo. Eso es lo que hace este libro: dar apoyo a quienes nadie ve, pero que sienten la vivencia del suicidio muy de cerca, de forma muy dura y complicada", señala.

Pregunta. ¿Cómo nace este libro? ¿Es un trabajo de investigación o es algo más?

Respuesta. Es algo más que un trabajo de investigación. Era un trabajo para conocer mejor el tema del suicidio desde una perspectiva personal. La historia empieza en la propia Escuela Andaluza de Salud Pública, cuando era director murió un trabajador por suicidio. Era un buen trabajador, muy bien valorado por el resto de compañeros y por la dirección. Se suicidó por una situación personal, pero nos marcó muchísimo a toda la institución. Nos preguntábamos: ¿qué ha pasado aquí?

Eso nos llevó a hacer un plan de escucha con todos y cada uno de los trabajadores de la escuela, con apoyo a quienes lo necesitaban, apoyo especial a las personas que trabajaban cerca de él, y también apoyo a la familia, a su mujer y a sus hijos. Incluso hubo intervención de profesionales externos. Además le hicimos un homenaje a Andrés —que forma parte de los capítulos del libro—, al que asistieron la familia y la gente de la institución. Eso me marcó mucho.

 

Pregunta. A lo largo de su trayectoria, ha cambiado mucho la percepción sobre estas cuestiones.

R. El suicidio es un tema que siempre me había interesado desde que estudiaba medicina. Eran otros tiempos; el criterio entonces era que la gente no hablara del tema para evitar un efecto contagio. A partir de aquella experiencia empecé a hablar con profesionales, y ellos me plantearon que también sería bueno hablar con personas que hubieran vivido el suicidio de cerca. Así empecé a hacer entrevistas. He hecho cerca de 50 en total; en el libro hay 20 historias, pero ya llevo 40 o 50 entrevistas.

Lo hago porque estas personas necesitan hablar, necesitan romper el silencio que les ha rodeado, romper la vergüenza que tienen o han tenido alrededor del suicidio de un padre, un hermano, un hijo, una hija, un marido. Y es precisamente en ese silencio, en ese momento en que nadie escucha, donde empieza este libro.

Sabemos, por todo lo que he leído, hablado con profesionales y estudiado, que cuando la gente no puede expresar su sufrimiento, el dolor suicida permanece oculto. Y ante ese silencio hay que plantearse que hablar de suicidio sigue siendo difícil, sigue siendo incómodo, sigue siendo doloroso. Por eso este libro intenta crear un espacio donde las personas puedan contar, expresar lo que viven, lo que sienten, lo que padecen, lo que sintieron sus familiares y no pudieron evitar. Nace, básicamente, de mi papel de escuchar a esas personas.

P. ¿Qué conclusiones puede sacar una persona que lea este relato?

R. Es, digamos, una investigación cualitativa, basada en escuchar los testimonios de personas que han vivido una situación de suicidio a su alrededor. Lo que viene a decir es que el suicidio sigue siendo un tabú, rodeado de prejuicios, silencios y desinformación, y que ese silencio tiene consecuencias: aísla, estigmatiza y dificulta que las personas pidan ayuda.

El silencio es un problema. Durante mucho tiempo se nos ha enseñado a no hablar del suicidio, a evitarlo, a esquivarlo, a cambiar de tema. Y lo que sabemos es que el silencio nunca ha protegido a nadie; al contrario, aísla a la gente, la estigmatiza, deja solas a las personas justo cuando más compañía necesitan. Hay que decirlo con claridad: hablar de suicidio no provoca más suicidios. Callarlo sí puede costar vidas. Esto no es una frase: es una responsabilidad que tenemos todos.

  • Joan Carles March, para la entrevista con lavozdelsur.es.
  • -

P. Los relatos del libro son variados y abordan el suicidio desde distintas perspectivas.

R. La primera persona que entrevisté fue una superviviente, alguien que intentó suicidarse con 15 años. Años después, estando en Estados Unidos, oyó a alguien contar una historia idéntica a la suya y se dio cuenta de que no podía seguir callada, que tenía que contarlo y ayudar a la gente.

La segunda historia es la de Carlos, que cuenta la muerte de su hija. A pesar de que ella no terminaba de estar bien, él y su mujer intentaron ayudarla lo máximo posible. Pero ella, en el fondo, lo que quería era dejar de sufrir. Es una historia que impacta mucho.

Una tercera es la de Cecilia Borràs, la persona que montó la primera asociación de supervivientes al suicidio en España. Ella dice que cuando le pasó quedó destrozada, que no hizo la cama a su hijo por si acaso pudiera volver, aun sabiendo que había muerto. Pero tomó la decisión de seguir adelante e intentar ayudar a otras personas. Con el apoyo de profesionales se sentó ante los periodistas y contó la creación de esa primera asociación en Catalunya. Transformó la pregunta de "¿por qué lo hizo mi hijo?" en "¿para qué tengo que trabajar, qué tengo que ayudar?". E intentó romper así la vergüenza, la culpa y la soledad que marcaban su vida.

P. ¿Qué está al alcance de las instituciones en relación al suicidio? Siempre se dice que se queda corto, que no se actúa suficientemente, que no hay una atención de salud mental a la altura.

R. Lo primero es tener claro que el suicidio no es un fenómeno individual, sino algo que nos afecta colectivamente a todos. Tiene que haber campañas, tiene que haber historias, tenemos que ser conscientes del suicidio como lo que es: no ese que "estaba mal de la cabeza y se quitó la vida". La respuesta al suicidio necesita muchas cosas. Necesita formación de profesionales. Más del 50% de las personas que mueren por suicidio visitan un centro sanitario la semana antes de morir. Eso nos obliga a tomar conciencia de la importancia de los servicios sanitarios y de salud mental para aprender a escuchar: no se trata de extender una receta, sino de entender que la gente quiere contarnos cosas, y no hay que minimizar los problemas.

Formación también en el ámbito educativo: hay que formar a los educadores. Pero además hay que dotarlos de más recursos: más psicólogos, más psiquiatras, no desde un enfoque biologicista centrado en el medicamento, sino desde una perspectiva más global. Porque el suicidio es un problema que afecta a gente que sufre bullying, acoso sexual, acoso laboral, problemas económicos, pobreza, situaciones amorosas o de vida cotidiana.

P. Ámbitos como el educativo, el laboral...

R. Tiene que haber más orientadores en los colegios, con más tiempo para hablar con los jóvenes que necesitan ayuda y menos tiempo dedicado a la burocracia. Tiene que haber más planes de bienestar laboral en las empresas. Cuando en la Escuela Andaluza de Salud Pública vivimos lo que vivimos, desarrollamos un plan de bienestar emocional a priori, antes de que ocurran los casos. Eso debería ser obligatorio en las empresas. Hay que enseñar a gestionar el estrés, a respirar, a ayudar a otros —algo que no sabemos hacer—. Cuando alguien dice "tengo malas ideas en mi cabeza", tiene que encontrar a alguien que le ayude.

Tiene que haber políticas públicas eficaces, no solo planes. El Gobierno de España puso en marcha un plan de suicidio y el teléfono 024, y eso está muy bien, pero con eso no se soluciona todo. Tiene que haber también chats, espacios donde la gente pueda escribir. Tiene que haber políticas de vivienda: cuando alguien sufre un desahucio, el número de suicidios aumenta. Hay que hacer políticas amplias. Y en el sector sanitario: formación de profesionales, más psicólogos, más psiquiatras, más consultas de salud mental, más intervención desde el sistema.

Un referente en su ámbito

El investigador Joan Carles March (Mallorca, 1960) ha sido de todo en la prestigiosa Escuela Andaluza de Salud Pública, desde director hasta docente, centrado en investigar y en marcar directrices sobre adónde debe ir la relación de la sanidad pública con la gente. Esta misma semana desarrollaba en lavozdelsur.es muchas respuestas sobre la incipiente preocupación sobre el hantavirus. Es colaborador habitual en lavozdelsur.es, en la sección Escuela de Salud. Recientemente ha publicado Más de 11 vidas (Sonámbulos Ediciones), un libro dentro de su faceta como divulgador, donde aporta herramientas para conocer la situación de personas que toman la decisión de quitarse la vida, cómo lo vive su entorno y, sobre todo, qué podemos hacer ante esta problemática. 

"El libro se llama así porque en España mueren alrededor de once personas cada día por suicidio. Y las personas que viven alrededor de un suicidio también quedan tocadas y también necesitan apoyo. Eso es lo que hace este libro: dar apoyo a quienes nadie ve, pero que sienten la vivencia del suicidio muy de cerca, de forma muy dura y complicada", señala.

Pregunta. ¿Cómo nace este libro? ¿Es un trabajo de investigación o es algo más?

Respuesta. Es algo más que un trabajo de investigación. Era un trabajo para conocer mejor el tema del suicidio desde una perspectiva personal. La historia empieza en la propia Escuela Andaluza de Salud Pública, cuando era director murió un trabajador por suicidio. Era un buen trabajador, muy bien valorado por el resto de compañeros y por la dirección. Se suicidó por una situación personal, pero nos marcó muchísimo a toda la institución. Nos preguntábamos: ¿qué ha pasado aquí?

Eso nos llevó a hacer un plan de escucha con todos y cada uno de los trabajadores de la escuela, con apoyo a quienes lo necesitaban, apoyo especial a las personas que trabajaban cerca de él, y también apoyo a la familia, a su mujer y a sus hijos. Incluso hubo intervención de profesionales externos. Además le hicimos un homenaje a Andrés —que forma parte de los capítulos del libro—, al que asistieron la familia y la gente de la institución. Eso me marcó mucho.

 

Pregunta. A lo largo de su trayectoria, ha cambiado mucho la percepción sobre estas cuestiones.

R. El suicidio es un tema que siempre me había interesado desde que estudiaba medicina. Eran otros tiempos; el criterio entonces era que la gente no hablara del tema para evitar un efecto contagio. A partir de aquella experiencia empecé a hablar con profesionales, y ellos me plantearon que también sería bueno hablar con personas que hubieran vivido el suicidio de cerca. Así empecé a hacer entrevistas. He hecho cerca de 50 en total; en el libro hay 20 historias, pero ya llevo 40 o 50 entrevistas.

Lo hago porque estas personas necesitan hablar, necesitan romper el silencio que les ha rodeado, romper la vergüenza que tienen o han tenido alrededor del suicidio de un padre, un hermano, un hijo, una hija, un marido. Y es precisamente en ese silencio, en ese momento en que nadie escucha, donde empieza este libro.

Sabemos, por todo lo que he leído, hablado con profesionales y estudiado, que cuando la gente no puede expresar su sufrimiento, el dolor suicida permanece oculto. Y ante ese silencio hay que plantearse que hablar de suicidio sigue siendo difícil, sigue siendo incómodo, sigue siendo doloroso. Por eso este libro intenta crear un espacio donde las personas puedan contar, expresar lo que viven, lo que sienten, lo que padecen, lo que sintieron sus familiares y no pudieron evitar. Nace, básicamente, de mi papel de escuchar a esas personas.

P. ¿Qué conclusiones puede sacar una persona que lea este relato?

R. Es, digamos, una investigación cualitativa, basada en escuchar los testimonios de personas que han vivido una situación de suicidio a su alrededor. Lo que viene a decir es que el suicidio sigue siendo un tabú, rodeado de prejuicios, silencios y desinformación, y que ese silencio tiene consecuencias: aísla, estigmatiza y dificulta que las personas pidan ayuda.

El silencio es un problema. Durante mucho tiempo se nos ha enseñado a no hablar del suicidio, a evitarlo, a esquivarlo, a cambiar de tema. Y lo que sabemos es que el silencio nunca ha protegido a nadie; al contrario, aísla a la gente, la estigmatiza, deja solas a las personas justo cuando más compañía necesitan. Hay que decirlo con claridad: hablar de suicidio no provoca más suicidios. Callarlo sí puede costar vidas. Esto no es una frase: es una responsabilidad que tenemos todos.

  • Joan Carles March, para la entrevista con lavozdelsur.es.
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P. Los relatos del libro son variados y abordan el suicidio desde distintas perspectivas.

R. La primera persona que entrevisté fue una superviviente, alguien que intentó suicidarse con 15 años. Años después, estando en Estados Unidos, oyó a alguien contar una historia idéntica a la suya y se dio cuenta de que no podía seguir callada, que tenía que contarlo y ayudar a la gente.

La segunda historia es la de Carlos, que cuenta la muerte de su hija. A pesar de que ella no terminaba de estar bien, él y su mujer intentaron ayudarla lo máximo posible. Pero ella, en el fondo, lo que quería era dejar de sufrir. Es una historia que impacta mucho.

Una tercera es la de Cecilia Borràs, la persona que montó la primera asociación de supervivientes al suicidio en España. Ella dice que cuando le pasó quedó destrozada, que no hizo la cama a su hijo por si acaso pudiera volver, aun sabiendo que había muerto. Pero tomó la decisión de seguir adelante e intentar ayudar a otras personas. Con el apoyo de profesionales se sentó ante los periodistas y contó la creación de esa primera asociación en Catalunya. Transformó la pregunta de "¿por qué lo hizo mi hijo?" en "¿para qué tengo que trabajar, qué tengo que ayudar?". E intentó romper así la vergüenza, la culpa y la soledad que marcaban su vida.

P. ¿Qué está al alcance de las instituciones en relación al suicidio? Siempre se dice que se queda corto, que no se actúa suficientemente, que no hay una atención de salud mental a la altura.

R. Lo primero es tener claro que el suicidio no es un fenómeno individual, sino algo que nos afecta colectivamente a todos. Tiene que haber campañas, tiene que haber historias, tenemos que ser conscientes del suicidio como lo que es: no ese que "estaba mal de la cabeza y se quitó la vida". La respuesta al suicidio necesita muchas cosas. Necesita formación de profesionales. Más del 50% de las personas que mueren por suicidio visitan un centro sanitario la semana antes de morir. Eso nos obliga a tomar conciencia de la importancia de los servicios sanitarios y de salud mental para aprender a escuchar: no se trata de extender una receta, sino de entender que la gente quiere contarnos cosas, y no hay que minimizar los problemas.

Formación también en el ámbito educativo: hay que formar a los educadores. Pero además hay que dotarlos de más recursos: más psicólogos, más psiquiatras, no desde un enfoque biologicista centrado en el medicamento, sino desde una perspectiva más global. Porque el suicidio es un problema que afecta a gente que sufre bullying, acoso sexual, acoso laboral, problemas económicos, pobreza, situaciones amorosas o de vida cotidiana.

P. Ámbitos como el educativo, el laboral...

R. Tiene que haber más orientadores en los colegios, con más tiempo para hablar con los jóvenes que necesitan ayuda y menos tiempo dedicado a la burocracia. Tiene que haber más planes de bienestar laboral en las empresas. Cuando en la Escuela Andaluza de Salud Pública vivimos lo que vivimos, desarrollamos un plan de bienestar emocional a priori, antes de que ocurran los casos. Eso debería ser obligatorio en las empresas. Hay que enseñar a gestionar el estrés, a respirar, a ayudar a otros —algo que no sabemos hacer—. Cuando alguien dice "tengo malas ideas en mi cabeza", tiene que encontrar a alguien que le ayude.

Tiene que haber políticas públicas eficaces, no solo planes. El Gobierno de España puso en marcha un plan de suicidio y el teléfono 024, y eso está muy bien, pero con eso no se soluciona todo. Tiene que haber también chats, espacios donde la gente pueda escribir. Tiene que haber políticas de vivienda: cuando alguien sufre un desahucio, el número de suicidios aumenta. Hay que hacer políticas amplias. Y en el sector sanitario: formación de profesionales, más psicólogos, más psiquiatras, más consultas de salud mental, más intervención desde el sistema.

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