Feliz, feliz,
mi Cádiz de mis entrañas.
Por ti, por ti,
mi patria se llama España.
Amor, amor,
eres otra Galilea.
Allí nació Jesucristo
y aquí nació Salvochea
(Coro de las Flores, carnaval de 1928)
En 2009 se cumplían 102 años de la muerte del federal y anarquista gaditano Fermín Salvochea y la asociación de Amigos del que fuera alcalde de Cádiz en la Primera República coordinó la edición de un libro titulado 102 razones para amar a Salvochea. El volumen contiene artículos de 102 firmas de Cádiz y otras localidades, con el objetivo expreso de reunir “a todas las personas sin distinción de ideologías, credos, condición social... que piensan que hay razones suficientes para recordar, para homenajear y rendir tributo a este gaditano universal”. Un volumen transversal para un gaditano que es símbolo legítimo de muchas cosas.
Las firmas no procedían sólo de los lugares más esperables (asociaciones vecinales, sindicatos, ateneos, claustros de secundaria, colectivos civiles, y, siendo Cádiz, ese termitero humano al que llaman “el Carnaval”), sino también de la Obra Social Cajasol, el Ministerio de Igualdad (Bibiana Aído, PSOE) o la alcaldía de la ciudad (Teófila Martínez, PP). Esa percibida “universalidad” del homenajeado, esa apropiación para los más diversos propósitos e ideologías, logró que se lo comparase menos con Gandhi, Martin Luther King o Enrico Malatesta que con Jesucristo y Vicente Ferrer. Varios artículos dan constancia de esa curiosa ave del cristianismo salvocheano. Un religioso marianista pergeña una conversación donde le va relatando a Fermín algunos de sus ideales pedagógicos y este responde: “¡Vaya, pienso lo mismo! ¿Tendré que hacerme marianista?”. “Y seguimos hablando...”, concluye la escena el autor, que quizás vea ya un bautismo en el horizonte.
El hombre que, en su breve etapa como alcalde de Cádiz y presidente del cantón gaditano (1873), sacó a subasta la custodia del Corpus Christi, inflexible secularizador del espacio público y las instituciones, expropiador y derribador de conventos, ahora se plantea, al parecer, el marianismo... Es un fenómeno común en Cádiz. Salvochea se vuelve abanderado de toda causa: de la tolerancia, de la templanza, la no violencia, el feminismo, el antirracismo y, casi, del movimiento LGTBI; del humanismo, la caridad a los pobres, la “libertad”; símbolo de la integridad de la persona X con su ideal Y, del coraje de luchar por tu sueño Z... Del tener “dos cojones. Y grandes”, como señala una de las columnas de esta obra. Otra columna ni siquiera menciona su nombre. El secretario general del PSOE municipal lo invoca para afirmar “que su pelea continúa siendo la nuestra”.
En su correspondiente artículo, José Pettengui parece dar con una de las claves de este fenómeno: Fermín Salvochea es “el ‘alcalde pobre’, el que todavía mete miedo a esa derechona meapilas y bienpensante que, en sus tiempos, se santiguaba despavorida al verlo pasar por la calle, que más tarde trató de borrarlo de la historia y que hoy trata de trivializar su memoria con cuatro anécdotas de casapuerta, trivialidades de sacristía y nombramientos de Hijo Predilecto”.
El carácter quijotesco y, sí, crístico de la figura de Salvochea le reportó una veneración popular ya en vida, aunando a gentes de sensibilidades e idearios muy diversos. Legendario es su lluvioso entierro en septiembre de 1907, donde una multitud de unas treinta o cincuenta mil personas salió a acompañar el féretro, burlando el aguacero. Sin embargo, todavía no se podían limar tanto las aristas del personaje: aún se recordaba que el Salvochea maduro había sido un rebelde anarquista, partidario de la acción insurreccional, no ajeno a los explosivos y con una palabra de sorna para todos los cargos, desde el doctor titulado hasta el político de la Restauración borbónica. ¿Qué no diría de nosotros...?
Reconociendo el “problema”, no creemos que sea tan fácil asignar culpas. Pues no existen demasiados recursos a disposición del ciudadano interesado en saber quién fue realmente Fermín Salvochea. Debajo de apropiaciones, generalidades o el ocasional unicornio rosa se esconde un enigma biográfico, una vida con varios periodos (su estancia formativa en Inglaterra, sus largos años de presidio...) que resultan aún opacos para el historiador. Ese enigma puede deberse en parte a un desinterés interesado, a que, como escribía Pettengui, “Salvochea resulta molesto —todavía— en una ciudad impasible”. Pero se acrecienta por una curiosa circunstancia: Salvochea parece haber gafado a todos los que pretendieron alguna vez ser sus biógrafos.
La biografía de Salvochea más accesible para el lector actual sigue siendo la que publicó en Editorial Renacimiento en 2012 el historiador José Gutiérrez Molina, reedición de una semblanza por Rudolf Rocker y unas memorias sobre el revolucionario gaditano escritas por un amigo y discípulo de este, Pedro Vallina, que convendría calificar de semihagiográficas. Dichas memorias, Crónica de un revolucionario, fueron publicada originalmente en París en 1958, medio siglo después de la muerte de Salvochea, y beben exclusivamente de los recuerdos de su autor. Dos décadas antes, Vallina planeaba acometer una biografía de índole documental cuando la Guerra Civil dio al traste con sus planes: “Cuando ya tenía recopilados innumerables datos sobre la vida de Salvochea, y reunidos sus escritos y su correspondencia, me disponía a visitar los lugares de sus acciones y sufrimientos, pero estalló la guerra civil, y mi archivo y biblioteca fueron sañudamente aniquilados por los franquistas”. Salvochea y Malatesta le habían advertido muchos años antes de que su labor “sería destruida por los enemigos, como lo fue la de ellos”.
Desde la selva tropical de Oaxaca, donde proporciona atención médica “a los indios pobres, que me consideran su amigo”, un Pedro Vallina septuagenario se saca de la memoria al Fermín que conoció en su primera juventud, “sin un libro ni el más leve documento que me sirva de ayuda en el trabajo”. Aun así, expresa el anhelo de que esa biografía mejor documentada se manifieste en un futuro: “Otros más afortunados que yo, podrán escribir una biografía completa cual la que yo tenía preparada, con respecto a Fermín Salvochea”. Deseo que, como veremos, se reveló un tanto optimista.
Feliz, feliz,
mi Cádiz de mis entrañas.
Por ti, por ti,
mi patria se llama España.
Amor, amor,
eres otra Galilea.
Allí nació Jesucristo
y aquí nació Salvochea
(Coro de las Flores, carnaval de 1928)
En 2009 se cumplían 102 años de la muerte del federal y anarquista gaditano Fermín Salvochea y la asociación de Amigos del que fuera alcalde de Cádiz en la Primera República coordinó la edición de un libro titulado 102 razones para amar a Salvochea. El volumen contiene artículos de 102 firmas de Cádiz y otras localidades, con el objetivo expreso de reunir “a todas las personas sin distinción de ideologías, credos, condición social... que piensan que hay razones suficientes para recordar, para homenajear y rendir tributo a este gaditano universal”. Un volumen transversal para un gaditano que es símbolo legítimo de muchas cosas.
Las firmas no procedían sólo de los lugares más esperables (asociaciones vecinales, sindicatos, ateneos, claustros de secundaria, colectivos civiles, y, siendo Cádiz, ese termitero humano al que llaman “el Carnaval”), sino también de la Obra Social Cajasol, el Ministerio de Igualdad (Bibiana Aído, PSOE) o la alcaldía de la ciudad (Teófila Martínez, PP). Esa percibida “universalidad” del homenajeado, esa apropiación para los más diversos propósitos e ideologías, logró que se lo comparase menos con Gandhi, Martin Luther King o Enrico Malatesta que con Jesucristo y Vicente Ferrer. Varios artículos dan constancia de esa curiosa ave del cristianismo salvocheano. Un religioso marianista pergeña una conversación donde le va relatando a Fermín algunos de sus ideales pedagógicos y este responde: “¡Vaya, pienso lo mismo! ¿Tendré que hacerme marianista?”. “Y seguimos hablando...”, concluye la escena el autor, que quizás vea ya un bautismo en el horizonte.
El hombre que, en su breve etapa como alcalde de Cádiz y presidente del cantón gaditano (1873), sacó a subasta la custodia del Corpus Christi, inflexible secularizador del espacio público y las instituciones, expropiador y derribador de conventos, ahora se plantea, al parecer, el marianismo... Es un fenómeno común en Cádiz. Salvochea se vuelve abanderado de toda causa: de la tolerancia, de la templanza, la no violencia, el feminismo, el antirracismo y, casi, del movimiento LGTBI; del humanismo, la caridad a los pobres, la “libertad”; símbolo de la integridad de la persona X con su ideal Y, del coraje de luchar por tu sueño Z... Del tener “dos cojones. Y grandes”, como señala una de las columnas de esta obra. Otra columna ni siquiera menciona su nombre. El secretario general del PSOE municipal lo invoca para afirmar “que su pelea continúa siendo la nuestra”.
En su correspondiente artículo, José Pettengui parece dar con una de las claves de este fenómeno: Fermín Salvochea es “el ‘alcalde pobre’, el que todavía mete miedo a esa derechona meapilas y bienpensante que, en sus tiempos, se santiguaba despavorida al verlo pasar por la calle, que más tarde trató de borrarlo de la historia y que hoy trata de trivializar su memoria con cuatro anécdotas de casapuerta, trivialidades de sacristía y nombramientos de Hijo Predilecto”.
El carácter quijotesco y, sí, crístico de la figura de Salvochea le reportó una veneración popular ya en vida, aunando a gentes de sensibilidades e idearios muy diversos. Legendario es su lluvioso entierro en septiembre de 1907, donde una multitud de unas treinta o cincuenta mil personas salió a acompañar el féretro, burlando el aguacero. Sin embargo, todavía no se podían limar tanto las aristas del personaje: aún se recordaba que el Salvochea maduro había sido un rebelde anarquista, partidario de la acción insurreccional, no ajeno a los explosivos y con una palabra de sorna para todos los cargos, desde el doctor titulado hasta el político de la Restauración borbónica. ¿Qué no diría de nosotros...?
Reconociendo el “problema”, no creemos que sea tan fácil asignar culpas. Pues no existen demasiados recursos a disposición del ciudadano interesado en saber quién fue realmente Fermín Salvochea. Debajo de apropiaciones, generalidades o el ocasional unicornio rosa se esconde un enigma biográfico, una vida con varios periodos (su estancia formativa en Inglaterra, sus largos años de presidio...) que resultan aún opacos para el historiador. Ese enigma puede deberse en parte a un desinterés interesado, a que, como escribía Pettengui, “Salvochea resulta molesto —todavía— en una ciudad impasible”. Pero se acrecienta por una curiosa circunstancia: Salvochea parece haber gafado a todos los que pretendieron alguna vez ser sus biógrafos.
La biografía de Salvochea más accesible para el lector actual sigue siendo la que publicó en Editorial Renacimiento en 2012 el historiador José Gutiérrez Molina, reedición de una semblanza por Rudolf Rocker y unas memorias sobre el revolucionario gaditano escritas por un amigo y discípulo de este, Pedro Vallina, que convendría calificar de semihagiográficas. Dichas memorias, Crónica de un revolucionario, fueron publicada originalmente en París en 1958, medio siglo después de la muerte de Salvochea, y beben exclusivamente de los recuerdos de su autor. Dos décadas antes, Vallina planeaba acometer una biografía de índole documental cuando la Guerra Civil dio al traste con sus planes: “Cuando ya tenía recopilados innumerables datos sobre la vida de Salvochea, y reunidos sus escritos y su correspondencia, me disponía a visitar los lugares de sus acciones y sufrimientos, pero estalló la guerra civil, y mi archivo y biblioteca fueron sañudamente aniquilados por los franquistas”. Salvochea y Malatesta le habían advertido muchos años antes de que su labor “sería destruida por los enemigos, como lo fue la de ellos”.
Desde la selva tropical de Oaxaca, donde proporciona atención médica “a los indios pobres, que me consideran su amigo”, un Pedro Vallina septuagenario se saca de la memoria al Fermín que conoció en su primera juventud, “sin un libro ni el más leve documento que me sirva de ayuda en el trabajo”. Aun así, expresa el anhelo de que esa biografía mejor documentada se manifieste en un futuro: “Otros más afortunados que yo, podrán escribir una biografía completa cual la que yo tenía preparada, con respecto a Fermín Salvochea”. Deseo que, como veremos, se reveló un tanto optimista.
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