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Opinión

María, la judía que fundó el cristianismo

Otro aspecto decisivo es el hecho de que tres Marías se quedaran con Jesús hasta el final: su madre, su hermana y María Magdalena. Los discípulos masculinos, en cambio, ya habían huido presa del pánico

  • La Virgen María y San Juan frente a Cristo. -

Sobre la madre de Jesús sabemos muy poco. Nuestro conocimiento es tan escaso que nos resulta increíble que alguien le pueda dedicar un libro entero. Sin embargo, eso es lo que ha conseguido James D. Tabor, profesor emérito de Estudios Religiosos, con María desconocida (Kairós, 2026), un penetrante estudio que arroja luz sobre uno de los mayores enigmas de la historia. Se ha escrito mucho acerca del personaje religioso, muy poco acerca de la mujer judía que, según el Nuevo Testamento, dio a luz en Belén. 

Tabor, de forma persuasiva, argumenta que el mensaje cristiano no salió de la nada. Fue María quien inculcó a su primogénito principios sobre hacer el bien incluso a los enemigos o no juzgar según las apariencias. Su segundo hijo, Santiago, colaboró con ella y se habría puesto al frente del incipiente movimiento religioso tras la ejecución de Jesús. Sí, hemos escrito “hermano” y no  “primo”, un término utilizado por la Iglesia católica para que el nombre de María fuera sinónimo de pureza y no se mezclara con la siempre conflictiva cuestión de la sexualidad

Nos situamos en una visión estrictamente laica. El autor no pretende ofender los sentimientos religiosos sino proceder a una reconstrucción del pasado. La que los creyentes consideran “madre de Dios” sería, aquí, la cabeza de una familia numerosa en un periodo histórico especialmente conflictivo y pagaría un altísimo precio por la rebelión de los suyos frente a Roma. Este no sería, ni mucho menos, un caso único: las mujeres tuvieron en los orígenes del cristianismo una importancia que no se ha querido reconocer. 

Una cuestión clave sería la pertenencia de María a un linaje real como descendiente del Rey David. De ahí que sus hijos fueran potenciales aspirantes al trono de Israel. Llegado a este punto, el lector tal vez desee protestar: ¿Acaso las genealogías evangélicas no establecen el parentesco real a través de José, no de su esposa? La de Lucas, según el autor, pertenecería a María en realidad. Se explican así las diferencias con la de Mateo. No son dos genealogías de una misma persona, José, como tantos estudiosos han creído. 

María sería una joven de alta cuna, hija de un hombre, Joaquín, que según el Protoevangelio de Santiago fue un terrateniente que poseía rebaños y sirvientes. Según Tabor, no poseemos ninguna razón válida para prescindir de esta idea. Sería más tarde cuando Jesús, para ser fiel a sus principios religiosos, renunciaría a la posición económica que le correspondía. María, por tanto, no fue una mujer pobre y analfabeta. Eso es lo que da a entender el hecho de que su primogénito se mueva con soltura en distintos ambientes sociales. ¡Cómo! ¿Acaso no estamos hablando de un carpintero? Lo cierto es que la palabra griega que designa el oficio de José, tekton, se refiere más bien a un constructor. No debía ser alguien rico pero tampoco un don nadie. 

Acostumbramos a imaginar a un Jesús al margen de los lazos de parentesco. Tabor, por el contrario, imagina su movimiento como un “asunto familiar”. La mujer que lo encabezaba, María, era una persona de carne y hueso que no encajaba con las necesidades ideológicas de una religión naciente. Eso explica que su figura fuera sometida a un intenso proceso de reelaboración, hasta que la teología cristiana acabó de construir “una María pasiva, asexuada y apolítica”. Se la redujo, en suma, a ser un simple recipiente para la divinidad. El dogma, de esta forma, habría desfigurado la historia al apartar a una personalidad clave de su contexto, un imperio romano siempre dispuesto a acallar la menor disidencia con la máxima brutalidad. 

La realidad factual sería la de una matriarca fuerte encabezó el grupo de mujeres que acompañaban a Jesús. Eran ellas las que proporcionaban el apoyo financiero que permitía a los doce apóstoles no preocuparse de cuestiones prácticas. Su contribución, sin embargo, no fue reconocida. En los textos, los hombres del grupo, mientras viajan, dan la impresión de vivir del aire. Como si no tuvieran que hacer frente a necesidades materiales. 

Otro aspecto decisivo es el hecho de que tres Marías se quedaran con Jesús hasta el final: su madre, su hermana y María Magdalena. Los discípulos masculinos, en cambio, ya habían huido presa del pánico. Este contraste nos habla de la existencia en el siglo I de mujeres empoderadas capaces de ofrecer, en el mundo actual, un modelo de valentía para quienes se oponen a toda forma de sometimiento.    

Sobre la madre de Jesús sabemos muy poco. Nuestro conocimiento es tan escaso que nos resulta increíble que alguien le pueda dedicar un libro entero. Sin embargo, eso es lo que ha conseguido James D. Tabor, profesor emérito de Estudios Religiosos, con María desconocida (Kairós, 2026), un penetrante estudio que arroja luz sobre uno de los mayores enigmas de la historia. Se ha escrito mucho acerca del personaje religioso, muy poco acerca de la mujer judía que, según el Nuevo Testamento, dio a luz en Belén. 

Tabor, de forma persuasiva, argumenta que el mensaje cristiano no salió de la nada. Fue María quien inculcó a su primogénito principios sobre hacer el bien incluso a los enemigos o no juzgar según las apariencias. Su segundo hijo, Santiago, colaboró con ella y se habría puesto al frente del incipiente movimiento religioso tras la ejecución de Jesús. Sí, hemos escrito “hermano” y no  “primo”, un término utilizado por la Iglesia católica para que el nombre de María fuera sinónimo de pureza y no se mezclara con la siempre conflictiva cuestión de la sexualidad

Nos situamos en una visión estrictamente laica. El autor no pretende ofender los sentimientos religiosos sino proceder a una reconstrucción del pasado. La que los creyentes consideran “madre de Dios” sería, aquí, la cabeza de una familia numerosa en un periodo histórico especialmente conflictivo y pagaría un altísimo precio por la rebelión de los suyos frente a Roma. Este no sería, ni mucho menos, un caso único: las mujeres tuvieron en los orígenes del cristianismo una importancia que no se ha querido reconocer. 

Una cuestión clave sería la pertenencia de María a un linaje real como descendiente del Rey David. De ahí que sus hijos fueran potenciales aspirantes al trono de Israel. Llegado a este punto, el lector tal vez desee protestar: ¿Acaso las genealogías evangélicas no establecen el parentesco real a través de José, no de su esposa? La de Lucas, según el autor, pertenecería a María en realidad. Se explican así las diferencias con la de Mateo. No son dos genealogías de una misma persona, José, como tantos estudiosos han creído. 

María sería una joven de alta cuna, hija de un hombre, Joaquín, que según el Protoevangelio de Santiago fue un terrateniente que poseía rebaños y sirvientes. Según Tabor, no poseemos ninguna razón válida para prescindir de esta idea. Sería más tarde cuando Jesús, para ser fiel a sus principios religiosos, renunciaría a la posición económica que le correspondía. María, por tanto, no fue una mujer pobre y analfabeta. Eso es lo que da a entender el hecho de que su primogénito se mueva con soltura en distintos ambientes sociales. ¡Cómo! ¿Acaso no estamos hablando de un carpintero? Lo cierto es que la palabra griega que designa el oficio de José, tekton, se refiere más bien a un constructor. No debía ser alguien rico pero tampoco un don nadie. 

Acostumbramos a imaginar a un Jesús al margen de los lazos de parentesco. Tabor, por el contrario, imagina su movimiento como un “asunto familiar”. La mujer que lo encabezaba, María, era una persona de carne y hueso que no encajaba con las necesidades ideológicas de una religión naciente. Eso explica que su figura fuera sometida a un intenso proceso de reelaboración, hasta que la teología cristiana acabó de construir “una María pasiva, asexuada y apolítica”. Se la redujo, en suma, a ser un simple recipiente para la divinidad. El dogma, de esta forma, habría desfigurado la historia al apartar a una personalidad clave de su contexto, un imperio romano siempre dispuesto a acallar la menor disidencia con la máxima brutalidad. 

La realidad factual sería la de una matriarca fuerte encabezó el grupo de mujeres que acompañaban a Jesús. Eran ellas las que proporcionaban el apoyo financiero que permitía a los doce apóstoles no preocuparse de cuestiones prácticas. Su contribución, sin embargo, no fue reconocida. En los textos, los hombres del grupo, mientras viajan, dan la impresión de vivir del aire. Como si no tuvieran que hacer frente a necesidades materiales. 

Otro aspecto decisivo es el hecho de que tres Marías se quedaran con Jesús hasta el final: su madre, su hermana y María Magdalena. Los discípulos masculinos, en cambio, ya habían huido presa del pánico. Este contraste nos habla de la existencia en el siglo I de mujeres empoderadas capaces de ofrecer, en el mundo actual, un modelo de valentía para quienes se oponen a toda forma de sometimiento.    

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