Puertas abiertas, a pesar del robusto llamador con forma de mano agarrando una bola de hierro que a la altura de los ojos de un niño recibía en el portón, rodeaba mi vida infantil.
Cada vez que mi abuela Ana nos mandaba a comprar, el cesto de palma y la lista en papel aseguraban el éxito, si bien nosotros poníamos la fuerza para la carga. Confitería del Tío Pepito y la de Pepe el de la Candelaria, carnicería del Habicholita, la Cooperativa, pan de la Conchi, molletes de la calle Cantareros o de la Chispa, picos de Andrés, bizcochos marcheneros del horno de la calle Méndez, fruta y verdura de la Plaza de Abastos y hasta la tienda de las famosas especias preparadas para las espinacas marcheneras, eran destino cotidiano. El kiosco de Manolita y los calentitos de Carmela de la plaza del Ayuntamiento, y la ferretería de Rompetechos para aprovisionamiento de tachuelas, otros clásicos.
Entrando por el zaguán de las casas ya olía, en la parte izquierda había un torno o puerta con pequeño mostrador donde se veían los productos a la venta. Muchas veces no había nadie, y entonces en voz alta - menor de edad - se decía "¡despacha!". Y se escuchaba desde el fondo de la galería "ya voy", "buenos días" era lo siguiente. La casa se unía con el obrador, horno, pequeña alhóndiga o incluso taller de bicicletas, y permitía la conciliación familiar.
Nos reconocían, hablábamos brevemente y obsequiaban algunos detalles para el autoconsumo. "¿Y tú de quién eres?", cuando se incorporaba algún primito nuevo o amigo.
Sin embargo, el verbo del título del artículo de hoy puede tener connotaciones incluso de despido laboral, cuestión que bajo ninguna manera se asocia al bienaventurado "despacha", porque detrás de ella, hay vida en nuestros pueblos y barrios.
Puertas abiertas, a pesar del robusto llamador con forma de mano agarrando una bola de hierro que a la altura de los ojos de un niño recibía en el portón, rodeaba mi vida infantil.
Cada vez que mi abuela Ana nos mandaba a comprar, el cesto de palma y la lista en papel aseguraban el éxito, si bien nosotros poníamos la fuerza para la carga. Confitería del Tío Pepito y la de Pepe el de la Candelaria, carnicería del Habicholita, la Cooperativa, pan de la Conchi, molletes de la calle Cantareros o de la Chispa, picos de Andrés, bizcochos marcheneros del horno de la calle Méndez, fruta y verdura de la Plaza de Abastos y hasta la tienda de las famosas especias preparadas para las espinacas marcheneras, eran destino cotidiano. El kiosco de Manolita y los calentitos de Carmela de la plaza del Ayuntamiento, y la ferretería de Rompetechos para aprovisionamiento de tachuelas, otros clásicos.
Entrando por el zaguán de las casas ya olía, en la parte izquierda había un torno o puerta con pequeño mostrador donde se veían los productos a la venta. Muchas veces no había nadie, y entonces en voz alta - menor de edad - se decía "¡despacha!". Y se escuchaba desde el fondo de la galería "ya voy", "buenos días" era lo siguiente. La casa se unía con el obrador, horno, pequeña alhóndiga o incluso taller de bicicletas, y permitía la conciliación familiar.
Nos reconocían, hablábamos brevemente y obsequiaban algunos detalles para el autoconsumo. "¿Y tú de quién eres?", cuando se incorporaba algún primito nuevo o amigo.
Sin embargo, el verbo del título del artículo de hoy puede tener connotaciones incluso de despido laboral, cuestión que bajo ninguna manera se asocia al bienaventurado "despacha", porque detrás de ella, hay vida en nuestros pueblos y barrios.
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