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Septimio, el farero feliz

Una visita al faro de Chipiona, el más alto de España y décimo del mundo, de la mano de quien lleva viviendo y trabajando en él desde 1995

Aún le quedan unos años para jubilarse, pero Septimio Andrés Domínguez (Madrid, 1967), a diferencia de la gran mayoría, no resta hojas al calendario a la espera de que llegue ese día. No solo porque le encante su trabajo, también por la peculiar forma de vida que lleva desde 1987. “No me imagino el momento de volver a vivir con vecinos. Va a ser un reto”.

Septimio es el farero del faro más grande de España, el sexto de Europa y el décimo del mundo, el de Chipiona. Lejos de esa mística que los rodeaba antaño y que casi los señalaba como personas hurañas, nuestro protagonista es una persona afable y abierta. Reside aquí, con su mujer y su hija, desde 1995, pero antes hizo lo propio en el del Cabo de la Nao, en Javea (Alicante) y en el del Cabo de Creus, en Gerona. Este 2018 cumple 31 años en una profesión que aglutina un compuesto de “aventura” y “vocación”. Aun así, el madrileño no nació queriendo ser farero. Recuerda que en su juventud, leyendo cada domingo el suplemento del periódico El País, había un anuncio que le llamaba poderosamente la atención. Algo así como “hágase funcionario, hágase farero. Un trabajo fijo y seguro”. “Lo vi tantas veces que me animé”, señala.

A casi 69 metros de altura —un equivalente a 20 pisos— y tras subir nada menos que 344 escalones, uno entiende mejor el porqué de esa vida que tanto ama Septimio. Una brisa hace mucho más llevadera el calor de un perfecto día entre semana de primavera, sin una sola nube en el cielo. Abajo, la playa de Regla, casi vacía —nada que ver con lo que se vivirá el fin de semana y a partir de junio—, al fondo a la izquierda, el santuario; detrás, todo Chipiona, con su mar de plásticos a lo lejos. A nuestros pies, los famosos corrales de pesca y a la derecha, Sanlúcar, con el Coto de Doñana de fondo. Llama poderosamente la atención las diferentes tonalidades que adquiere el Atlántico. De un azul intenso a otro más claro, pasando a uno casi blanquecino en lo que es el estuario del Guadalquivir.

El farero, subiendo los 344 peldaños que hay hasta su punto más alto. FOTO: MANU GARCÍA.

A siete kilómetros de la Punta del Perro, donde se sitúa el faro, Septimio nos señala la Piedra Salmedina, un pequeño arrecife en el que se sitúa una baliza. Es en ese punto donde el ingeniero y arquitecto Eduardo Saavedra proyectó a mitad del siglo XIX el faro, al que quería elevar hasta los 100 metros de altura. Sin embargo fue uno de sus discípulos aventajados, Jaime Font, quien replanteó el proyecto, reduciendo el presupuesto inicial, para situarlo en su actual emplazamiento y sus 69 metros. Construido a base de arenisca y piedra ostionera, el 30 de abril de 1863 se colocó su primera piedra, finalizando la obra en 1867 para encenderse por vez primera el 28 de noviembre de aquel año. Desde entonces, solo dos veces ha permanecido apagado: en 1898, por la guerra de la independencia de Cuba contra Estados Unidos, y en 1936, durante la Guerra Civil, cuando las tropas franquistas quisieron evitar un ataque naval del ejército republicano.

En el siglo XXI, la vida del farero es mucho más relajada que la que tenían hace 150 años, cuando el faro se alimentaba de petróleo y era necesario recargarlo tres o cuatro veces al día. “Antiguamente, decían que el de Chipiona era un mal destino. Y tenían razón. Imagina subir 200 litros subiendo los 344 peldaños”, señala Septimio mientras ascendemos la escalera de caracol, con la lengua prácticamente fuera y haciendo obligadas paradas para no desfallecer. Ahora, continúa explicando el madrileño, la tecnología es puntera y el faro se ilumina con una lente de fresnel que proyecta un haz de luz visible desde 25 millas náuticas (unos 50 kilómetros), con la particularidad de que también los aviones se guían gracias a él. “En 1963, cuando se construyó la Base de Rota, los americanos se dieron cuenta de que sus aviones podían tomarlo como referencia para aterrizar. Así que pagaron la obra para hacerlo aeromarítimo”.

Las impresionantes vistas de Chipiona, desde casi 70 metros de altura. FOTO: MANU GARCÍA.

En España hay 188 faros y su gestión está delegada en 27 autoridades portuarias autonómicas o provinciales. En el caso del de Chipiona, se da la circunstancia que depende del Puerto de Sevilla, ya que principalmente su trabajo cubre toda la desembocadura del Guadalquivir hasta la capital hispalense. En cuanto a Septimio, su función es la de dar las instrucciones necesarias a los llamados prácticos, las embarcaciones que hacen de guías para los buques que llegan hasta la Piedra Salmedina y, desde allí, hasta el río. Debido a que no todo su ancho es navegable, solo una pequeña parte, se hace necesario utilizar diferentes sistemas para que los barcos lleguen a buen puerto, como las visuales —el propio faro, boyas y balizas—, señales de frecuencia, mareógrafos —que miden la altura de las mareas—, estaciones meteorológicas y correntómetros —aparatos que sirven para medir la velocidad y la dirección de las corrientes de agua—. Toda esta tecnología hace que Septimio tenga que estar continuamente formándose, algo que, afirma, es otro de los alicientes de su trabajo.

En cuanto a su vida en el faro, reconoce que es “muy tranquila. Es como vivir en una casa normal, pero en realidad no tiene nada que ver. No solo es no tener vecinos. Desde aquí ves llegar los frentes, los temporales los sientes casi como si estuvieras en el mar, porque las olas embisten hasta aquí…”. De hecho, señala que este invierno ha sido de los más duros que recuerda en ese sentido, y afirma que una noche llegó a caer un rayo en el faro que lo apagó por unos minutos, teniendo que entrar en funcionamiento una baliza de emergencia situada prácticamente a su misma altura. Por lo demás, presume de tener un horario laboral de oficina, de siete de la mañana a dos y media de la tarde, “lo que no quita que si pasa cualquier emergencia, tenga que estar al tanto”, como aquella noche en la que tuvo que subir hasta cinco veces porque fallaba la rotación de la lente. También tiene otros componentes “penosos”, como mantener en perfecto estado las boyas “con lo que implica la mar y el oleaje”, pero sin duda se queda con todo lo bueno, que no es poco. “Vivir aquí, el entorno del río con sus marismas y arrozales y tener acceso al Coto para vigilar las boyas y balizas… Eso no tiene precio”.

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