El hombre que quiso robar a la Falange

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El hombre que quiso robar a la Falange

27-10-2017 / 09:42 h.

En San Fernando fusilaron a hombres honrados y los tiraron en fosas comunes. Sus asesinos, decididos defensores de la sublevación del 18 de julio de 1936, y sus cómplices necesarios, por acción u omisión, fueron considerados personas de orden. La opinión de esas personas amorales, sobre la moralidad pública y privada de personas sospechosas de no apoyar el alzamiento, era prueba suficiente para que los jueces inclinaran una sentencia. La adhesión inquebrantable al Glorioso Movimiento Salvador de la Patria, además de los servicios —confesables o inconfesables— que prestaron al Régimen, les permitió vivir sin sobresaltos. Las personas de orden no fueron molestadas por las autoridades fascistas surgidas del alzamiento y de la guerra civil que provocó. Algunos de sus nombres fueron grabados en placas de mármol y repartidas por las ciudades a modo de ejemplo a seguir… leyendas aún cuelgan por las esquinas como sudarios viejos y ninguno de los gobernantes de San Fernando, hasta el día de hoy, ha tenido la dedicación de hacer cumplir la ley, y retirarlos. Los criminales y sus cómplices no deberían ser modelos a seguir por las nuevas generaciones (…pero, visto lo visto, me temo que en España los fascismos se auto regeneran con placas o sin placas en las esquinas).

Uno de esos héroes asesinados y silenciados por la barbarie militar y fascista fue don Ramón Alba Guerrero, natural de San Fernando, hijo de Ramón y Rosario. Afiliado a Izquierda Republicana, teniente de navío de la Armada en la reserva. Estuvo destinado en Algeciras y en Estepona como ayudante de Marina. En los primeros momentos de la sublevación, aprovechando que vivía en el mismo edificio, entró por una ventana en las oficinas de Falange Española y trató de recuperar la documentación que los fascistas habían incautado en las sedes de sindicatos, logias masónicas y partidos políticos del Frente Popular. Lo apresaron en Algeciras por este intento o por sus antecedentes políticos (aunque la familia asegura que lo detuvieron por ayudar a un compañero, Luis Varela, que huía con un hermano desde Cádiz). A Ramón lo trasladaron a San Fernando y lo encarcelaron en el Penal de Cuatro Torres, Arsenal de la Carraca, donde…

«…según manifestaciones de todas las personas que han sido consultadas, y un informe obrante en los archivos de la comisaría informante, a dicho individuo le fue aplicado el Bando de Guerra en San Fernando…».

Aplicarle el bando de guerra significa —para el que no lo sepa— que lo mataron a tiros, al amanecer, y abandonaron su cuerpo en una fosa común, sin identificación. Le quitaron la vida porque, de una forma u otra, había dificultado el éxito de la sublevación. Ocurrió el 14 de enero de 1937 y nadie se molestó en inscribir su fallecimiento en el Registro Civil… tal acto habría significado reconocer un asesinato. No lo hicieron. Tuvo que ser su viuda, doña Emilia Rodríguez Dalmau, la que instara su registro en sede judicial. Dice el documento que falleció «a consecuencia de heridas por armas de fuego», como si las balas se encontraran casualmente con el cuerpo del militar. Dejó un huérfano, Carlos Ramón… Con una alta probabilidad, su cuerpo fue arrojado en la fosa común número 2 del cementerio de San Fernando. Pepe Casado la describe así en su obra Memorias de un malnacido:

«…fui testigo asimismo del completo [sic] de la primera fosa común de fusilados, y antes de completarla ya habían comenzado los sepultureros a ahondar la segunda que, afortunadamente, nunca se completó».

Llenaron la primera fosa con los fusilados durante el periodo conocido como terror caliente, verano y otoño de 1936. A Ramón le cupo el dudoso honor de ser de los últimos asesinados por aplicación del Bando de Guerra, en enero de 1937 —a partir de ahí la represión continuó bajo un remedo de causas judiciales que los historiadores denominan Justicia del Terror—. Por eso es muy probable que esté enterrado en la segunda fosa que describe Casado. Fosa que actualmente está excavando AMEDE San Fernando.

Ese 14 de enero de 1937 asesinaron a siete hombres: Ramón Alba Guerrero (marino), Luis Cereceda Besada (marino), Juan Gil Campos (carpintero de rivera), Juan Miralles Mateo (carpintero de rivera), Antonio Oliva Caro (panadero), Emilio José Ordaz Martínez (practicante) y por último, José Sánchez y Sánchez de Movellán, cuñado de don Ramón.

Sánchez de Movellán también era marino; condestable de la Armada, auxiliar Segundo Torpedista, que estuvo destinado en la Base de Submarinos de Mahón. Pasó al retiro el 3 de octubre de 1931 y fijó su residencia en San Fernando. Dos hombres de la misma familia, leales al juramento prestado, asesinados el mismo día frente al mismo pelotón. Dos viudas, cinco huérfanos. Nueve víctimas directas del terror pensado y desplegado milimétricamente en 1936.

Según fuentes familiares, a don José le sorprendió el Glorioso Alzamiento en el Arsenal de la Carraca. No sabemos las causas y circunstancias concretas de su detención, lo más probable es que no secundara abiertamente la sublevación militar. Lo encarcelaron en el Penal de Cuatro Torres, en el propio Arsenal, y fusilado el fatídico 14 de enero. Sus asesinos tampoco inscribieron su defunción. Fue su hermano Manuel, meses más tarde, el que instó su inscripción al juez.

Todos merecen ser recordados, pero entre ellos destaquemos hoy a don Ramón Alba Guerrero. Si su intento de entrar por una ventana en la sede de Falange Española —para arrebatar a los fascistas las listas que sirvieron para encarcelar, torturar y asesinar, y para destrozar las vidas de miles de españoles—, hubiese tenido éxito, habría evitado muchos sufrimientos a mucha gente. Este gesto merece nuestra admiración y reconocimiento. La Memoria de este hombre (y la de otros miles de represaliados por el fascismo en España)  trasciende al ámbito familiar y pertenece a todos los españoles. Puesto que «…el conocimiento por un pueblo de la historia de su opresión pertenece a su patrimonio y, como tal, debe ser preservado con medidas apropiadas…» (1), es hora de que los héroes salgan de las fosas, sus historias trasciendan para poder decir, orgullosos, sus nombres y contar sus gestas. Lo merecen.

(1) En el documento de la Naciones Unidas «Principios para la protección y la promoción de los derechos humanos mediante la lucha contra la impunidad».

 
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