Rafael Gil, de Jerez a Uganda para descubrir que la arquitectura puede cambiar vidas
El arquitecto jerezano abandonó una carrera en grandes empresas de Barcelona para trabajar en proyectos sociales en Uganda. Cinco años después, su experiencia ha dado forma a un documental
Durante años, el jerezanoRafael Gil siguió el camino que parecía lógico. Estudió Arquitectura, se instaló en Barcelona y fue acumulando experiencia profesional en estudios y empresas del sector. Desde fuera, todo encajaba dentro de una trayectoria prometedora. Sin embargo, mientras su carrera avanzaba, crecía también una sensación incómoda que no conseguía apartar.
La profesión que había imaginado durante la universidad se parecía poco a la realidad que encontraba cada mañana. Había proyectos, plazos y objetivos empresariales, pero apenas rastro de aquella dimensión humana que le había llevado a elegir la arquitectura. Poco a poco empezó a preguntarse si aquello era realmente lo que quería hacer durante el resto de su vida.
La respuesta llegó en 2021. Con 27 años, decidió cerrar una etapa que parecía estable para abrir otra completamente incierta. Dejó atrás Barcelona, guardó sus pertenencias, reunió unos 5.000 euros ahorrados durante sus primeros años de trabajo y compró un billete con destino a África. No buscaba una aventura, sino respuestas.
"Me di cuenta de que ninguno de los trabajos que tenía representaba algo importante para mí a nivel vital. No encontraba propósito ni vocación en lo que hacía", recuerda hoy junto a lavozdelsur.es. Aquella sensación de vacío fue el detonante de un cambio que acabaría transformando tanto su carrera profesional como su forma de entender la vida.
Cuando la arquitectura dejó de tener sentido
Rafael había llegado a Barcelona como tantos jóvenes arquitectos. Terminó sus estudios mientras trabajaba como becario y después fue encadenando empleos cada vez más estables. La progresión parecía natural. Primero pequeños estudios, después empresas más grandes y finalmente una multinacional.
Sin embargo, cuanto más avanzaba dentro de esa estructura, más se alejaba de las razones que le habían llevado a estudiar la carrera. La arquitectura se convertía en una pieza dentro de un engranaje empresarial donde él apenas encontraba espacio para sentirse identificado con el resultado final de su trabajo.
Rafael Gil trabajando en sus proyectos para África.
JUAN CARLOS TORO
Con el paso del tiempo comprendió que el problema no era la profesión en sí misma. Lo que le generaba frustración era una manera concreta de ejercerla. "Yo había estudiado arquitectura con una visión mucho más social y humanista. Cuando empecé a trabajar sentí que me estaba alejando completamente de aquello que me había llevado a elegir esta profesión".
La decisión de marcharse no fue impulsiva. Llevaba tiempo acumulando dudas y cuestionándose una rutina que cada vez sentía más ajena. Cuando finalmente dio el paso, lo hizo sin demasiadas certezas sobre el futuro, pero con la convicción de que necesitaba romper aquella inercia para descubrir qué quería hacer realmente.
El viaje que cambió el rumbo
La idea inicial era sencilla: viajar, conocer otras realidades y recuperar una conexión con aquello que le motivaba. Durante ese recorrido llegó a Uganda, donde una experiencia concreta terminó marcando el rumbo de todo lo que vendría después.
Su paso por un orfanato como voluntario le permitió descubrir que existía una dimensión social con la que conectaba profundamente. Al mismo tiempo, comprendió que podía aportar mucho más desde aquello que mejor sabía hacer. No se trataba únicamente de colaborar, sino de poner sus conocimientos profesionales al servicio de proyectos concretos.
A partir de entonces comenzó a contactar con ONG y organizaciones locales. Se presentaba como un arquitecto español que estaba recorriendo el país y que quería implicarse en iniciativas sociales vinculadas a la construcción. Entre esas conversaciones apareció una oportunidad para colaborar en unas obras en Uganda.
Aquella experiencia fue decisiva. Por primera vez en mucho tiempo sintió que la arquitectura recuperaba el significado que había perdido. "Me di cuenta de que sí quería seguir siendo arquitecto. Lo que no quería era ejercer la profesión de la manera en la que lo estaba haciendo hasta entonces".
Construir donde más falta hace
Después de varios meses de viaje, regresó a España con una idea mucho más clara sobre el camino que quería seguir. Poco después recibió una propuesta para participar profesionalmente en la construcción de un orfanato en Uganda financiado por una organización internacional.
Aquella fue la primera vez que pudo trabajar como arquitecto remunerado dentro de un proyecto social. Lo que inicialmente parecía una experiencia aislada terminó convirtiéndose en el inicio de una trayectoria que ha marcado los últimos años de su vida profesional.
Rafael Gil, trabajando en un proyecto en Uganda.
El proyecto salió adelante y abrió la puerta a nuevas colaboraciones. Organizaciones españolas que trabajaban en Uganda comenzaron a contactar con él para afrontar obras similares. Escuelas, hogares de acogida, centros comunitarios y distintas infraestructuras fueron llegando una detrás de otra.
Hoy suma cinco construcciones terminadas y ha participado en el asesoramiento de más de una decena de iniciativas. Su trabajo ha evolucionado desde la simple dirección de obra hasta el diseño integral de proyectos y la consultoría estratégica para entidades que quieren desarrollar actuaciones sociales sobre el terreno.
"Al principio no sabía si aquello tendría recorrido. Lo único que tenía claro era que quería intentarlo. Con el tiempo descubrí que existía una necesidad real y que podía aportar algo útil desde mi profesión".
Aprender antes de construir
Trabajar en Uganda implica enfrentarse a una realidad muy diferente a la europea. No se trata únicamente de cuestiones técnicas o económicas. También existe una dimensión cultural que, según explica Rafael, resulta imprescindible comprender antes de plantear cualquier intervención.
Durante años ha dedicado buena parte de sus esfuerzos a aprender cómo funcionan las dinámicas locales, cuáles son las dificultades reales de las organizaciones que trabajan sobre el terreno y de qué manera puede integrarse en un contexto completamente distinto al suyo.
Esa aproximación le llevó a formar progresivamente un equipo local y a establecer relaciones de confianza que considera fundamentales para el éxito de cualquier proyecto. "La clave es acercarse desde la humildad. No puedes llegar pensando que sabes más que quienes llevan toda la vida viviendo allí".
El jerezano Rafael Gil encontró su propósito como arquitecto en África.
La historia colonial del continente también forma parte de esa reflexión. Rafael reconoce que ser europeo y trabajar en África obliga a asumir determinadas responsabilidades y a cuestionarse constantemente la manera en que se participa en los proyectos. Para él, escuchar y aprender resulta tan importante como construir.
Ese proceso de adaptación ha terminado convirtiéndose en una de las principales fortalezas de su trabajo. Más allá de los edificios, lo que intenta desarrollar son relaciones duraderas que permitan que las iniciativas tengan continuidad una vez terminadas las obras.
El éxito no siempre se mide en ladrillos
Uno de los aprendizajes más importantes que ha extraído durante estos años tiene que ver con lo que ocurre después de la inauguración, porque la construcción de un edificio es solo una parte del proceso. Lo verdaderamente complejo empieza cuando la infraestructura entra en funcionamiento.
Rafael ha visitado todos los proyectos en los que ha participado y esa experiencia le ha permitido observar realidades muy distintas. Algunos centros funcionan plenamente y han conseguido cumplir los objetivos para los que fueron concebidos. Otros, sin embargo, han seguido caminos inesperados.
"He visto proyectos que me llenan de orgullo y otros que me han roto el corazón", admite. En algunos casos, edificios diseñados para una función concreta han terminado utilizándose para otra completamente diferente. En otros, simplemente han quedado vacíos.
Rafael Gil, posando para lavozdelsur.es.
JUAN CARLOS TORO
Detrás de esos resultados suele aparecer un mismo problema: la falta de planificación a largo plazo. Muchas iniciativas nacen impulsadas por la ilusión y las buenas intenciones, pero carecen de una estrategia sólida que garantice su sostenibilidad futura.
Por eso insiste cada vez más en la necesidad de acompañar las construcciones con planes de gestión realistas. "Lo importante no es levantar un edificio. Lo importante es que siga teniendo sentido dentro de cinco años".
Una lección llamada Bosco
Cuando habla del impacto de la cooperación internacional, el jerezano evita los discursos grandilocuentes y prefiere explicar las cosas a través de historias concretas. Una de ellas es la de Bosco, un técnico ugandés con quien ha compartido buena parte de esta trayectoria.
Bosco trabajaba realizando labores de mantenimiento en una escuela cuando tuvo acceso a formación especializada gracias a un programa financiado mediante donaciones. Con el tiempo se convirtió en profesional de la construcción y hoy participa activamente en distintos proyectos.
Rafael Gil, rodeado de los niños de Uganda en uno de sus proyectos.
La evolución de su compañero le permitió comprender de manera tangible cómo una oportunidad concreta puede transformar una vida y generar nuevas oportunidades para otras personas. Es una experiencia que sigue citando cuando intenta explicar por qué continúa implicado en este tipo de iniciativas.
"Ver cómo alguien crece profesionalmente y después ayuda a su comunidad te hace entender que cada pequeño gesto tiene consecuencias reales". Para él, esa cadena de impacto resume buena parte del sentido de su trabajo.
Del terreno a la pantalla
Toda esa experiencia terminó convirtiéndose en el eje central de Todo por hacer, un cortometraje documental codirigido junto a la realizadora Lara Capeáns. La pieza nació a partir de su propia crisis personal y de las preguntas que le llevaron a abandonar Barcelona hace cinco años.
Lejos de los relatos tradicionales sobre cooperación internacional, el documental plantea una reflexión sobre el propósito, la utilidad y la capacidad de generar cambios positivos desde acciones aparentemente pequeñas. Una mirada íntima que evita caer en el paternalismo habitual de muchos discursos.
La obra incorpora además una banda sonora grabada íntegramente en Uganda por el coro infantil de la Kumwenya School, una decisión que refuerza el vínculo entre la historia narrada y el contexto donde se desarrolla.
'Todo por hacer', el cortometraje de un jerezano que se marchó a Uganda.
Tras su estreno en 2025, el documental ha recorrido distintas ciudades españolas y ha sido seleccionado en festivales internacionales. Ahora continúa ampliando su recorrido con nuevas proyecciones y encuentros abiertos al público.
'Todo por hacer', el documental de su vida
El documental se ha convertido también en una herramienta para abrir conversaciones. Rafael participa regularmente en coloquios, encuentros y actividades divulgativas donde comparte experiencias relacionadas con la arquitectura social y la cooperación internacional.
Además, trabaja en la organización de talleres formativos dirigidos a arquitectos interesados en conocer de primera mano cómo se desarrollan estos proyectos en Uganda. Su intención es crear espacios donde otros profesionales puedan descubrir alternativas diferentes a los caminos tradicionales de la profesión.
Si algo ha aprendido durante estos años es que las transformaciones profundas rara vez nacen de grandes gestos. Suelen construirse poco a poco, a partir de decisiones individuales que terminan generando efectos inesperados. Quizá por eso el título de su documental sigue funcionando como una declaración de principios. "Queda muchísimo por hacer", reconoce, animando a todo el mundo a ayudar a las fundaciones que cambian vidas.
Durante años, el jerezanoRafael Gil siguió el camino que parecía lógico. Estudió Arquitectura, se instaló en Barcelona y fue acumulando experiencia profesional en estudios y empresas del sector. Desde fuera, todo encajaba dentro de una trayectoria prometedora. Sin embargo, mientras su carrera avanzaba, crecía también una sensación incómoda que no conseguía apartar.
La profesión que había imaginado durante la universidad se parecía poco a la realidad que encontraba cada mañana. Había proyectos, plazos y objetivos empresariales, pero apenas rastro de aquella dimensión humana que le había llevado a elegir la arquitectura. Poco a poco empezó a preguntarse si aquello era realmente lo que quería hacer durante el resto de su vida.
La respuesta llegó en 2021. Con 27 años, decidió cerrar una etapa que parecía estable para abrir otra completamente incierta. Dejó atrás Barcelona, guardó sus pertenencias, reunió unos 5.000 euros ahorrados durante sus primeros años de trabajo y compró un billete con destino a África. No buscaba una aventura, sino respuestas.
"Me di cuenta de que ninguno de los trabajos que tenía representaba algo importante para mí a nivel vital. No encontraba propósito ni vocación en lo que hacía", recuerda hoy junto a lavozdelsur.es. Aquella sensación de vacío fue el detonante de un cambio que acabaría transformando tanto su carrera profesional como su forma de entender la vida.
Cuando la arquitectura dejó de tener sentido
Rafael había llegado a Barcelona como tantos jóvenes arquitectos. Terminó sus estudios mientras trabajaba como becario y después fue encadenando empleos cada vez más estables. La progresión parecía natural. Primero pequeños estudios, después empresas más grandes y finalmente una multinacional.
Sin embargo, cuanto más avanzaba dentro de esa estructura, más se alejaba de las razones que le habían llevado a estudiar la carrera. La arquitectura se convertía en una pieza dentro de un engranaje empresarial donde él apenas encontraba espacio para sentirse identificado con el resultado final de su trabajo.
Rafael Gil trabajando en sus proyectos para África.
JUAN CARLOS TORO
Con el paso del tiempo comprendió que el problema no era la profesión en sí misma. Lo que le generaba frustración era una manera concreta de ejercerla. "Yo había estudiado arquitectura con una visión mucho más social y humanista. Cuando empecé a trabajar sentí que me estaba alejando completamente de aquello que me había llevado a elegir esta profesión".
La decisión de marcharse no fue impulsiva. Llevaba tiempo acumulando dudas y cuestionándose una rutina que cada vez sentía más ajena. Cuando finalmente dio el paso, lo hizo sin demasiadas certezas sobre el futuro, pero con la convicción de que necesitaba romper aquella inercia para descubrir qué quería hacer realmente.
El viaje que cambió el rumbo
La idea inicial era sencilla: viajar, conocer otras realidades y recuperar una conexión con aquello que le motivaba. Durante ese recorrido llegó a Uganda, donde una experiencia concreta terminó marcando el rumbo de todo lo que vendría después.
Su paso por un orfanato como voluntario le permitió descubrir que existía una dimensión social con la que conectaba profundamente. Al mismo tiempo, comprendió que podía aportar mucho más desde aquello que mejor sabía hacer. No se trataba únicamente de colaborar, sino de poner sus conocimientos profesionales al servicio de proyectos concretos.
A partir de entonces comenzó a contactar con ONG y organizaciones locales. Se presentaba como un arquitecto español que estaba recorriendo el país y que quería implicarse en iniciativas sociales vinculadas a la construcción. Entre esas conversaciones apareció una oportunidad para colaborar en unas obras en Uganda.
Aquella experiencia fue decisiva. Por primera vez en mucho tiempo sintió que la arquitectura recuperaba el significado que había perdido. "Me di cuenta de que sí quería seguir siendo arquitecto. Lo que no quería era ejercer la profesión de la manera en la que lo estaba haciendo hasta entonces".
Construir donde más falta hace
Después de varios meses de viaje, regresó a España con una idea mucho más clara sobre el camino que quería seguir. Poco después recibió una propuesta para participar profesionalmente en la construcción de un orfanato en Uganda financiado por una organización internacional.
Aquella fue la primera vez que pudo trabajar como arquitecto remunerado dentro de un proyecto social. Lo que inicialmente parecía una experiencia aislada terminó convirtiéndose en el inicio de una trayectoria que ha marcado los últimos años de su vida profesional.
Rafael Gil, trabajando en un proyecto en Uganda.
El proyecto salió adelante y abrió la puerta a nuevas colaboraciones. Organizaciones españolas que trabajaban en Uganda comenzaron a contactar con él para afrontar obras similares. Escuelas, hogares de acogida, centros comunitarios y distintas infraestructuras fueron llegando una detrás de otra.
Hoy suma cinco construcciones terminadas y ha participado en el asesoramiento de más de una decena de iniciativas. Su trabajo ha evolucionado desde la simple dirección de obra hasta el diseño integral de proyectos y la consultoría estratégica para entidades que quieren desarrollar actuaciones sociales sobre el terreno.
"Al principio no sabía si aquello tendría recorrido. Lo único que tenía claro era que quería intentarlo. Con el tiempo descubrí que existía una necesidad real y que podía aportar algo útil desde mi profesión".
Aprender antes de construir
Trabajar en Uganda implica enfrentarse a una realidad muy diferente a la europea. No se trata únicamente de cuestiones técnicas o económicas. También existe una dimensión cultural que, según explica Rafael, resulta imprescindible comprender antes de plantear cualquier intervención.
Durante años ha dedicado buena parte de sus esfuerzos a aprender cómo funcionan las dinámicas locales, cuáles son las dificultades reales de las organizaciones que trabajan sobre el terreno y de qué manera puede integrarse en un contexto completamente distinto al suyo.
Esa aproximación le llevó a formar progresivamente un equipo local y a establecer relaciones de confianza que considera fundamentales para el éxito de cualquier proyecto. "La clave es acercarse desde la humildad. No puedes llegar pensando que sabes más que quienes llevan toda la vida viviendo allí".
El jerezano Rafael Gil encontró su propósito como arquitecto en África.
La historia colonial del continente también forma parte de esa reflexión. Rafael reconoce que ser europeo y trabajar en África obliga a asumir determinadas responsabilidades y a cuestionarse constantemente la manera en que se participa en los proyectos. Para él, escuchar y aprender resulta tan importante como construir.
Ese proceso de adaptación ha terminado convirtiéndose en una de las principales fortalezas de su trabajo. Más allá de los edificios, lo que intenta desarrollar son relaciones duraderas que permitan que las iniciativas tengan continuidad una vez terminadas las obras.
El éxito no siempre se mide en ladrillos
Uno de los aprendizajes más importantes que ha extraído durante estos años tiene que ver con lo que ocurre después de la inauguración, porque la construcción de un edificio es solo una parte del proceso. Lo verdaderamente complejo empieza cuando la infraestructura entra en funcionamiento.
Rafael ha visitado todos los proyectos en los que ha participado y esa experiencia le ha permitido observar realidades muy distintas. Algunos centros funcionan plenamente y han conseguido cumplir los objetivos para los que fueron concebidos. Otros, sin embargo, han seguido caminos inesperados.
"He visto proyectos que me llenan de orgullo y otros que me han roto el corazón", admite. En algunos casos, edificios diseñados para una función concreta han terminado utilizándose para otra completamente diferente. En otros, simplemente han quedado vacíos.
Rafael Gil, posando para lavozdelsur.es.
JUAN CARLOS TORO
Detrás de esos resultados suele aparecer un mismo problema: la falta de planificación a largo plazo. Muchas iniciativas nacen impulsadas por la ilusión y las buenas intenciones, pero carecen de una estrategia sólida que garantice su sostenibilidad futura.
Por eso insiste cada vez más en la necesidad de acompañar las construcciones con planes de gestión realistas. "Lo importante no es levantar un edificio. Lo importante es que siga teniendo sentido dentro de cinco años".
Una lección llamada Bosco
Cuando habla del impacto de la cooperación internacional, el jerezano evita los discursos grandilocuentes y prefiere explicar las cosas a través de historias concretas. Una de ellas es la de Bosco, un técnico ugandés con quien ha compartido buena parte de esta trayectoria.
Bosco trabajaba realizando labores de mantenimiento en una escuela cuando tuvo acceso a formación especializada gracias a un programa financiado mediante donaciones. Con el tiempo se convirtió en profesional de la construcción y hoy participa activamente en distintos proyectos.
Rafael Gil, rodeado de los niños de Uganda en uno de sus proyectos.
La evolución de su compañero le permitió comprender de manera tangible cómo una oportunidad concreta puede transformar una vida y generar nuevas oportunidades para otras personas. Es una experiencia que sigue citando cuando intenta explicar por qué continúa implicado en este tipo de iniciativas.
"Ver cómo alguien crece profesionalmente y después ayuda a su comunidad te hace entender que cada pequeño gesto tiene consecuencias reales". Para él, esa cadena de impacto resume buena parte del sentido de su trabajo.
Del terreno a la pantalla
Toda esa experiencia terminó convirtiéndose en el eje central de Todo por hacer, un cortometraje documental codirigido junto a la realizadora Lara Capeáns. La pieza nació a partir de su propia crisis personal y de las preguntas que le llevaron a abandonar Barcelona hace cinco años.
Lejos de los relatos tradicionales sobre cooperación internacional, el documental plantea una reflexión sobre el propósito, la utilidad y la capacidad de generar cambios positivos desde acciones aparentemente pequeñas. Una mirada íntima que evita caer en el paternalismo habitual de muchos discursos.
La obra incorpora además una banda sonora grabada íntegramente en Uganda por el coro infantil de la Kumwenya School, una decisión que refuerza el vínculo entre la historia narrada y el contexto donde se desarrolla.
'Todo por hacer', el cortometraje de un jerezano que se marchó a Uganda.
Tras su estreno en 2025, el documental ha recorrido distintas ciudades españolas y ha sido seleccionado en festivales internacionales. Ahora continúa ampliando su recorrido con nuevas proyecciones y encuentros abiertos al público.
'Todo por hacer', el documental de su vida
El documental se ha convertido también en una herramienta para abrir conversaciones. Rafael participa regularmente en coloquios, encuentros y actividades divulgativas donde comparte experiencias relacionadas con la arquitectura social y la cooperación internacional.
Además, trabaja en la organización de talleres formativos dirigidos a arquitectos interesados en conocer de primera mano cómo se desarrollan estos proyectos en Uganda. Su intención es crear espacios donde otros profesionales puedan descubrir alternativas diferentes a los caminos tradicionales de la profesión.
Si algo ha aprendido durante estos años es que las transformaciones profundas rara vez nacen de grandes gestos. Suelen construirse poco a poco, a partir de decisiones individuales que terminan generando efectos inesperados. Quizá por eso el título de su documental sigue funcionando como una declaración de principios. "Queda muchísimo por hacer", reconoce, animando a todo el mundo a ayudar a las fundaciones que cambian vidas.
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