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'Rafaela', la última novela sobre la relación de las grandes familias bodegueras de Jerez y sus trabajadores

Se trata de la nueva obra de Manuel Luis Vergel, que fue presentada por el historiador Manuel Romero en La Moderna: "a los bodegueros lo primero que les interesó siempre fue hacerse ricos"

  • Manuel Luis Vergel, momentos antes de presentar 'Rafaela' en La Moderna. -

El salón del fondo de La Moderna sigue con su particular programación cultural –en absoluto programada, como debe ser– y esta vez le ha tocado el turno a la presentación de Rafaela, una novela de Manuel Luis Vergel Egusquiza. El acto fue presentado por el doctor en Historia del Arte Manuel Romero Bejarano y contó con la asistencia de unas cuarenta personas que coparon este pequeño espacio, entre otras Atilano y Alfonso Pacheco: sobran las presentaciones.

Tanto Romero como Vergel incidieron durante sus intervenciones en las condiciones sociales de la época en que el autor centra la trama ­–Jerez a finales de los años 60, en el tardofranquismo o desarrollismo, como prefieran– una época en que desde el punto de vista económico se han superado las severas penurias de la posguerra; la gente tiene más alegría, incluso en el bolsillo, pero en España sigue habiendo una dictadura y en Jerez mandan los mismos que hace más de un siglo.

Rafaela no es propiamente un libro sobre la lucha de clases, pero sí en un hecho que está muy presente y que marca profundamente a los personajes y sus relaciones. Por supuesto, estamos hablando de las grandes familias bodegueras y de los trabajadores tanto de sus empresas como de sus viviendas. Romero establece la existencia de dos ‘escuelas’ a la hora de acercarse en Jerez a estas relaciones: estaría primero la de ‘Qué buenos somos’, en las que autores de dichas familias –e incluso también autores relevantes como Francisco Bejarano, su tío, como ocurre en su remembranza El Jerez de los Bodegueros– tienden a justificar lo que han hecho por la ciudad o incluso se da carta de bonhomía al hecho de que se mantengan ensimismados en su propio mundo, con un planteamiento totalmente ajeno a cualquier conflicto social y mucho menos de responsabilidad. En segundo lugar, se puede hablar, efectivamente, de novela de corte social, que iría desde La Bodega, de Vicente Blasco Ibáñez hasta la obras mayores de Caballero Bonald y que encuentra en Rafaela su último eslabón.

 

  • Vergel y Romero, durante la presentación del libro, junto a la muralla de Jerez. 
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“Es cierto que los bodegueros han hecho cosas por la ciudad, pero lo cierto es que lo primero, lo que más les interesaba, era hacerse ricos. Desde mediados del siglo XIX hasta los años 70 del XX fueron los dueños de Jerez, una ciudad en la que nadie hacía caso a los trabajadores”, afirma Romero sin poner muchos matices. Habla de los González y, por supuesto, de los Domecq, recordando, por ejemplo, al Pantera paseándose en su Rolls Royce por el barrio de San Mateo, imagen bizarra donde las haya, como a él le gusta decir.

En este contexto se desarrolla la trama de Rafaela, con la aportación de que al transcurrir en la época ye-ye, finales de los 60, no es la típica novela de posguerra. Las condiciones de los trabajadores han mejorado y en España se está creando el caldo de cultivo que culminará, menos de una década después, con el cambio de régimen poco después de la muerte del dictador Franco. El autor, Vergel, enfatiza estos aspectos, pero recuerda que los sueldos daban para vivir muy justos o que no tiene sentido que hoy se romantice vivir en una casa de vecinos “cuando lo normal es que hubiera un baño en el corredor para el uso de cuatro viviendas”, algo que en absoluto chocó a la audiencia, con una media de edad relativamente alta.

  • Vergel, rodeado del historiador Manuel Romero y el músico Diego Pozo 'El Ratón'.
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Vergel, que no esconde que hay mucho de su familia en esta novela –la tercera, una obra cerrada, con principio y fin en sí misma, pero que tiene algunos nexos con las dos anteriores– afirma que quiere hablar de estas cosas en estos momentos en que “la realidad, la verdad, se difumina debido a las fake news o la inteligencia artificial. Rafaela, en cualquier caso, es una novela y, como tal, hace referencia a una realidad concreta y, a partir de ahí, introduce elementos de ficción, como se ha hecho siempre, desde El Quijote, por eso creo que es bueno que se sepan algunas cosas, que no se pierdan”.

Ese contexto social, que tanto el autor como su introductor insisten en su importancia, no implica que no se desarrolle una trama en la que, eso sí, habrá entrega de llaves de vivienda a trabajadores de las bodegas, habrá reuniones en las hermandades del trabajo... todo ello mientras conocemos las distintas vicisitudes de Rafaela en su relación tanto con las grandes familias de Jerez, que no hay problema alguno en afirmar que son un trasunto de los Domecq y los González, como de sus empleados, sin dejar de lado la existencia de otros conflictos muy de la época como dejar de vivir (y trabajar) en el campo para trasladarse a la ciudad.

El salón del fondo de La Moderna sigue con su particular programación cultural –en absoluto programada, como debe ser– y esta vez le ha tocado el turno a la presentación de Rafaela, una novela de Manuel Luis Vergel Egusquiza. El acto fue presentado por el doctor en Historia del Arte Manuel Romero Bejarano y contó con la asistencia de unas cuarenta personas que coparon este pequeño espacio, entre otras Atilano y Alfonso Pacheco: sobran las presentaciones.

Tanto Romero como Vergel incidieron durante sus intervenciones en las condiciones sociales de la época en que el autor centra la trama ­–Jerez a finales de los años 60, en el tardofranquismo o desarrollismo, como prefieran– una época en que desde el punto de vista económico se han superado las severas penurias de la posguerra; la gente tiene más alegría, incluso en el bolsillo, pero en España sigue habiendo una dictadura y en Jerez mandan los mismos que hace más de un siglo.

Rafaela no es propiamente un libro sobre la lucha de clases, pero sí en un hecho que está muy presente y que marca profundamente a los personajes y sus relaciones. Por supuesto, estamos hablando de las grandes familias bodegueras y de los trabajadores tanto de sus empresas como de sus viviendas. Romero establece la existencia de dos ‘escuelas’ a la hora de acercarse en Jerez a estas relaciones: estaría primero la de ‘Qué buenos somos’, en las que autores de dichas familias –e incluso también autores relevantes como Francisco Bejarano, su tío, como ocurre en su remembranza El Jerez de los Bodegueros– tienden a justificar lo que han hecho por la ciudad o incluso se da carta de bonhomía al hecho de que se mantengan ensimismados en su propio mundo, con un planteamiento totalmente ajeno a cualquier conflicto social y mucho menos de responsabilidad. En segundo lugar, se puede hablar, efectivamente, de novela de corte social, que iría desde La Bodega, de Vicente Blasco Ibáñez hasta la obras mayores de Caballero Bonald y que encuentra en Rafaela su último eslabón.

 

  • Vergel y Romero, durante la presentación del libro, junto a la muralla de Jerez. 
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“Es cierto que los bodegueros han hecho cosas por la ciudad, pero lo cierto es que lo primero, lo que más les interesaba, era hacerse ricos. Desde mediados del siglo XIX hasta los años 70 del XX fueron los dueños de Jerez, una ciudad en la que nadie hacía caso a los trabajadores”, afirma Romero sin poner muchos matices. Habla de los González y, por supuesto, de los Domecq, recordando, por ejemplo, al Pantera paseándose en su Rolls Royce por el barrio de San Mateo, imagen bizarra donde las haya, como a él le gusta decir.

En este contexto se desarrolla la trama de Rafaela, con la aportación de que al transcurrir en la época ye-ye, finales de los 60, no es la típica novela de posguerra. Las condiciones de los trabajadores han mejorado y en España se está creando el caldo de cultivo que culminará, menos de una década después, con el cambio de régimen poco después de la muerte del dictador Franco. El autor, Vergel, enfatiza estos aspectos, pero recuerda que los sueldos daban para vivir muy justos o que no tiene sentido que hoy se romantice vivir en una casa de vecinos “cuando lo normal es que hubiera un baño en el corredor para el uso de cuatro viviendas”, algo que en absoluto chocó a la audiencia, con una media de edad relativamente alta.

  • Vergel, rodeado del historiador Manuel Romero y el músico Diego Pozo 'El Ratón'.
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Vergel, que no esconde que hay mucho de su familia en esta novela –la tercera, una obra cerrada, con principio y fin en sí misma, pero que tiene algunos nexos con las dos anteriores– afirma que quiere hablar de estas cosas en estos momentos en que “la realidad, la verdad, se difumina debido a las fake news o la inteligencia artificial. Rafaela, en cualquier caso, es una novela y, como tal, hace referencia a una realidad concreta y, a partir de ahí, introduce elementos de ficción, como se ha hecho siempre, desde El Quijote, por eso creo que es bueno que se sepan algunas cosas, que no se pierdan”.

Ese contexto social, que tanto el autor como su introductor insisten en su importancia, no implica que no se desarrolle una trama en la que, eso sí, habrá entrega de llaves de vivienda a trabajadores de las bodegas, habrá reuniones en las hermandades del trabajo... todo ello mientras conocemos las distintas vicisitudes de Rafaela en su relación tanto con las grandes familias de Jerez, que no hay problema alguno en afirmar que son un trasunto de los Domecq y los González, como de sus empleados, sin dejar de lado la existencia de otros conflictos muy de la época como dejar de vivir (y trabajar) en el campo para trasladarse a la ciudad.

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