Jerez

Las viviendas que no quiso el magnate del brandy de Jerez

Bodegas Fundador, antigua Domecq, vendió a los vecinos de la barriada del mismo nombre los pisos en los que llevan viviendo más de 30 años

Charo llegó a la barriada Domecq cuando tenía 20 años. Desde entonces, y ahora tiene unos cuantos más, no ha salido de allí. Las viviendas se inauguraron en los años 60 del siglo pasado para dar cobijo a los trabajadores de la bodega del mismo nombre. Ella todavía se acuerda cómo fue. “Nos invitaron a una copita a todos los pisos”, dice. Aunque también recuerda detalles menos agradables. “Los primeros días no había ni agua ni luz”. ¿Cómo lo solucionaron? “Pues ahí había una fuente —dice señalando a la entrada a la barriada— y con velas”. Ella es una de las vecinas que, después de más de 40 años, pudo tener su casa en propiedad. Hasta hace unos meses pertenecían a Bodegas Fundador, adquiridas a finales de 2015 por el magnate filipino Andrew Tan, que desembolsó 275 millones de euros para hacerse con esta firma y con Garvey, una operación que incluía unos 200 pisos de protección oficial de los que quería deshacerse.

“Nos llegó una carta en la que se nos informó de que se ponían a la venta los pisos”, cuentan las vecinas, que fueron citadas a una reunión donde se les informó de las condiciones de la venta. En el caso de Charo fueron algo más de 2.000 euros, porque su vivienda tiene más habitaciones, pero algunas vecinas han abonado unos 1.300 euros para quedarse en propiedad unos pisos en los que llevan media vida. “Esto era un paraíso de bonito”, rememora Charo. Su padre era albañil y trabajaba como oficial de primera en la bodega. Por eso tenían derecho a un piso. En él vive con su hija, su madre dependiente, un perro y un gato. Ella lo enseña orgullosa. “Mirad qué buenas vistas desde aquí”, dice abriendo la ventana de la cocina.

Charo, su hija y Pepa, en una de las viviendas. FOTO: JUAN CARLOS TORO.

En el mismo rellano vive su vecina Pepa. Es hija, esposa, cuñada y nuera de trabajadores de la vid. “Mi padre fue el primer ganador del concurso de arrumbador de las Fiestas de la Vendimia”, comenta orgullosa. “Antonio Padilla, en 1951”, apostilla. Nada menos que 32 años lleva en la barriada, de la que habla muy bien. Solo le pone dos fallos: “Hay pocos autobuses y pocas tiendas para comprar”. Para ella, que está operada de corazón y es diabética, las caminatas hasta el centro son imposibles. Aunque para sus vecinos se deshace en elogios. “Somos como una familia”. Ella, viuda, vive sola, “aunque siempre tengo a alguien”, dice, “mis nietos cada vez que vienen me piden huevos con patatas”.

Pepa hace un recorrido por su vivienda parándose en algunos de sus recuerdos. “Esta foto es de la boda de mi Óscar”, comenta. “Aquí tengo mi refugio —señala al entrar en una pequeña salita con un sofá, una mesita y un mueble—, donde hago punto y leo el periódico”. Y muestra orgullosa su diploma de súperabuela. “Tengo ocho nietos y uno es campeón de Andalucía de boxeo”, señala. Ella, a su edad, sigue yendo al centro de adultos, porque “el saber no ocupa lugar”, y porque de joven no tuvo la oportunidad.

Pepa muestra la foto donde se la ve firmando la compra de la vivienda. FOTO: JUAN CARLOS TORO.

La compra de las viviendas les hizo tanta ilusión que Pepa, en su salón, tiene una foto enmarcada mientras firma la adquisición de su piso, donde vive desde finales de los 80. “Yo no la conocí tan bonita”, comenta, aunque sí es verdad que cuando llegó había un guarda que cuidaba también del jardín. Ya no queda nada de eso. Ni guarda ni jardín. Los bloques presentan desperfectos, están ennegrecidos —piden a gritos una mano de pintura— y en algunas zonas tienen grietas. “Esta me la iba a arreglar mi hijo, pero todavía no ha podido”, dice Pepa en el balcón de su vivienda. Pero, eso sí, “se vive bien”.

La mayoría de los vecinos que conserva la barriada Domecq son personas mayores. Muchas de ellas recuerdan cómo ocupaban las calles siendo pequeñas. “Había muchos niños jugando al elástico, a la tiza, a la lima, al escondite”… enumera una vecina, quien señala que competían con los niños de la barriada del Pimiento —conocida así por el color verde de sus bloques—. Pocos trabajadores de la bodega quedan en estos bloques. Uno o dos, cuentan Charo y Pepa. Unas 912 pesetas de alquiler comenzaron pagando, que fueron 14,75 euros —que puede variar dependiendo del tamaño del piso— hasta que se confirmó la compra de las viviendas, que siempre confiaron en que se llevara a efecto. Como dice Pepa, delante de retratos de la Virgen de la Cabeza y Fray Leopoldo que tiene en su casa, “nunca hay que perder la fe”.

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