Ediciones:

Seguir en Discover

Opinión

Las estancias de Juana

Juana no necesitó una fotografía para sobrevivir al tiempo: bastaron su rebeldía, su generosidad y una manera distinta de estar en el mundo

  • Sello de Correos emitido en homenaje a Juana.

Juana se refleja en todas las estancias de su casa que la sobrevivieron en la calle Nido, en el callejero de Cáceres. Callejero o callejera sigue siendo hoy sinónimo de persona de dudosa reputación para determinada clase de personas, aunque no parece que Juana lo fuera. Gracias al equipo de El reflejo de Juana, aquí; sabemos que Juana Elguezabal Leguinazabal dejó toda su herencia para mejorar la vida de las personas que menos acceso a la vida tenían. Eso sí, fundó el Teatro Variedades, despertó la ira de un curita y el desagrado de unos guardianes de una moral que, sin embargo, no habitan en el callejero ni seguramente lo harán.

Nació en Derio, Bizkaia y se vino a servir a Cáceres y su tía Juana Elguezabal Vidaurrazaga y a su marido, el notario Saturnino González Celaya. En realidad la prohijaron con sus catorce años cumplidos. Salió de un caserío y vino a vivir a una casa donde pudo cultivarse y terminaría siendo la persona a contra corriente que enseñaba a sus empleados a leer y a escribir y dejaría su herencia para la fundación de escuelas. Igual que sus tíos quedaría sin descendencia y dicen las lenguas que en el nicho 72 del Cementerio de la Montaña habría encontrado su última estancia un niño que no tenía ni donde caerse muerto.

Juana, respingué, al recordar a aquella Juana de Castilla, la que no estaba loca. De otra Juana, la de América, de Ibarbourou. De la Juana de Derio no se conserva fotografía ni dibujo; se conserva el Cuerpo de Bomberos de la ciudad de Cáceres, como consecuencia del incendio que devastó su primer Teatro Variedades, de madera. Y un sello de Correos en homenaje a su vida y a la obra de su vida.

Pero la literatura, también en verano, puede ver amenazada la alegría por culpa de un conductor de autobús que, a los gritos, autoritario y mentiroso, impiden a un viajero que suba al autobús, siendo que otros viajaros, ya dentro, hacen lo que ahora le impiden al recién llegado. Una compañía, por otra parte, no solo bien conocida, sino conocidísima por la valoración muy negativa de sus servicios. El oligopolio, tan querido del neoliberalismo, hace posible el disparate. Son las cuitas de un verano que no debemos que perturben las almas ponzoñosas llenas de resentimiento y rencor.

Juanas, Juanes también, John, Johanna. Del hebrero, ser misericordioso: bueno, en sentido amplio. Sor Juana Inés de la Cruz, otra de las Juanas de mis amores literarios, aunque haya sido Juana de América a la que más me haya seguido en los últimos tiempos y más me ha inspirado, como aquí, cuando encontré una mancha que se me antojaba Argentina.

Juanas que sufrieron el hecho de ser mujeres, de ser distintas, de ser brillantes y de querer ser mejores que ellas mismas.

Juana se refleja en todas las estancias de su casa que la sobrevivieron en la calle Nido, en el callejero de Cáceres. Callejero o callejera sigue siendo hoy sinónimo de persona de dudosa reputación para determinada clase de personas, aunque no parece que Juana lo fuera. Gracias al equipo de El reflejo de Juana, aquí; sabemos que Juana Elguezabal Leguinazabal dejó toda su herencia para mejorar la vida de las personas que menos acceso a la vida tenían. Eso sí, fundó el Teatro Variedades, despertó la ira de un curita y el desagrado de unos guardianes de una moral que, sin embargo, no habitan en el callejero ni seguramente lo harán.

Nació en Derio, Bizkaia y se vino a servir a Cáceres y su tía Juana Elguezabal Vidaurrazaga y a su marido, el notario Saturnino González Celaya. En realidad la prohijaron con sus catorce años cumplidos. Salió de un caserío y vino a vivir a una casa donde pudo cultivarse y terminaría siendo la persona a contra corriente que enseñaba a sus empleados a leer y a escribir y dejaría su herencia para la fundación de escuelas. Igual que sus tíos quedaría sin descendencia y dicen las lenguas que en el nicho 72 del Cementerio de la Montaña habría encontrado su última estancia un niño que no tenía ni donde caerse muerto.

Juana, respingué, al recordar a aquella Juana de Castilla, la que no estaba loca. De otra Juana, la de América, de Ibarbourou. De la Juana de Derio no se conserva fotografía ni dibujo; se conserva el Cuerpo de Bomberos de la ciudad de Cáceres, como consecuencia del incendio que devastó su primer Teatro Variedades, de madera. Y un sello de Correos en homenaje a su vida y a la obra de su vida.

Pero la literatura, también en verano, puede ver amenazada la alegría por culpa de un conductor de autobús que, a los gritos, autoritario y mentiroso, impiden a un viajero que suba al autobús, siendo que otros viajaros, ya dentro, hacen lo que ahora le impiden al recién llegado. Una compañía, por otra parte, no solo bien conocida, sino conocidísima por la valoración muy negativa de sus servicios. El oligopolio, tan querido del neoliberalismo, hace posible el disparate. Son las cuitas de un verano que no debemos que perturben las almas ponzoñosas llenas de resentimiento y rencor.

Juanas, Juanes también, John, Johanna. Del hebrero, ser misericordioso: bueno, en sentido amplio. Sor Juana Inés de la Cruz, otra de las Juanas de mis amores literarios, aunque haya sido Juana de América a la que más me haya seguido en los últimos tiempos y más me ha inspirado, como aquí, cuando encontré una mancha que se me antojaba Argentina.

Juanas que sufrieron el hecho de ser mujeres, de ser distintas, de ser brillantes y de querer ser mejores que ellas mismas.

Comentarios