Cantaba Silvio Rodríguez que la vida no vale nada “si escucho un grito mortal y no es capaz de tocar mi corazón que se apaga”. Y ante nuestros ojos hemos visto ese grito: el sufrimiento de miles de seres humanos lanzándose al mar para alcanzar Ceuta, buscando apenas una rendija de dignidad. Sin cifra definitiva, 142 de ellos ahogaron su esperanza y su vida. El resto logró salvar el cuerpo, pero la ilusión quedó truncada en la agónica vuelta a una existencia negada.
La indignación de las personas con conciencias éticas -en Ceuta y en toda Andalucía- ha ido creciendo con cada noticia, con cada declaración política. Pero el debate público ha girado, una vez más, en torno a causas geopolíticas, inverosímiles inductores y supuestas consecuencias de seguridad. Las personas concretas -las que murieron y el futuro de las decenas de miles que arriesgaron la vida en la costa ceutí- quedaron, prácticamente, en el olvido.
Lo ocurrido es una muestra cruda de la confrontación entre la totalidad del sistema y quienes quedan situados en su exterioridad: las víctimas, seres a los que se les ha negado la humanidad. El migrante en la frontera es un Otro vulnerable cuya presencia interpela a la totalidad, obligándonos a preguntar por lo que el sistema no quiere reconocer. Cuando alguien muere o es devuelto sin ser escuchado, se produce una renuncia radical al ejercicio de la ética.
En efecto, como plantea Enrique Dussel, la ética comienza con la víctima: si el sistema necesita excluir vidas para funcionar, esa normalidad encierra una injusticia. Cada muerte o devolución forzada no es un caso aislado, sino el síntoma de una estructura que ignora vidas concretas. La totalidad debe ser transformada desde la exterioridad de sus víctimas.
Blas Infante insistió en la identidad mestiza y plural de Andalucía, construida históricamente mediante el encuentro entre pueblos y culturas, y que mantuvo el espíritu abierto a todas las costumbres y religiones. Infante lo vio como un rasgo de nuestra identidad y supo reconocer lo que la presencia del Otro había significado en nuestra cultura: «Como resumen de nuestra Historia, hubimos de escribir en nuestra Constitución de Ronda: “En Andalucía no hay extranjeros”». Ese espíritu fraternal, abierto y comunitario de la identidad andaluza es el que hoy parece encontrarse en reposo, o manifestarse con escasas muestras de actividad. Pero nunca estará apagado del todo en la población andaluza.
La modernidad eurocéntrica y el desarrollismo capitalista tienden a homogeneizar las culturas que dominan. Así ha sucedido también en Andalucía desde el siglo XVI, a pesar de los episodios de resistencia protagonizados por la población andaluza. Pero la historia más reciente de los movimientos migratorios de buena parte de las clases trabajadoras mantiene vivo el rescoldo de lo que significa el encuentro: sentirse extraño en otra tierra y ser consciente de lo que significa la hospitalidad. Lo que en andaluz se decía: "Pase, está usted en su casa". Una expresión sencilla que era también una señal de esa costumbre acogedora que ha identificado a nuestra cultura.
El amigo de Blas Infante, Pedro Vallina, médico social y ejemplo de humanismo libertario, señaló la bondad y la generosidad como rasgos propios de Andalucía, y afirmó que esa generosidad viene de ayudarse entre pobres. Por eso, y por ser enemigo de la injusticia, el cacique le teme, decía Vallina.
Salir del reposo y recuperar la condición de tierra hospitalaria puede producirse por acontecimientos que actúen como disruptores éticos. Puede ser la memoria de una injusticia sufrida, el encuentro con quien padece la exclusión o la irrupción de experiencias que desbordan los esquemas habituales. Pero también puede suceder porque otras voces andaluzas inicien la actividad que despeje mixtificaciones y señale horizontes emergentes de nuestra propia cultura. Ese sería el motor que necesitamos desplegar en la vida social y política andaluza. Las personas devueltas inmisericordemente a Marruecos, las que deambulan por las calles ceutíes -menores y mayores, mujeres y hombres- y las familias de las más de 140 personas fallecidas, que esperan vivir el duelo sintiéndose acompañadas por las familias andaluzas, lo demandan.
De los partidos de derechas y ultraderechas, PP, Vox, Salf y otros grupos de extrema derecha, no cabe esperar iniciativas que promuevan acciones de fraternidad y acogida acordes con la mejor tradición de nuestro pueblo, dadas las muestras de racismo, xenofobia e intolerancia que expresan en sus discursos y propuestas políticas.
Pero la izquierda parece ausente. Unos se encuentran atrapados en la gestión gubernamental: una gestión que parece arrodillada ante el eje Trump-Israel-Monarquía marroquí y que juega a la defensiva frente a las acusaciones de la oposición derechista y de otros sectores de la derecha española y europea. Todo lo más, balbucean algún gesto simbólico que no va mucho más allá de pedir alguna iniciativa relacionada con el Mundial de fútbol.
Otros, de quienes se esperaba más, siguen enredados en el debate sobre la unidad que, de cara a la galería, se supone destinada a frenar el avance de la ultraderecha -¿alguien se lo cree?-, pero en el que realmente parece estar en juego la supervivencia de los propios aparatos de partido.
Y quien dio la sorpresa, despertando la ilusión de bastantes jóvenes y abanderando acertadamente el andalucismo, no acaba de resolver las dudas sobre su proyecto, atrapado entre viejas doctrinas y un andalucismo que parece impostado, con una implantación todavía reducida y apresurada. Y nos produce dolor que todavía haya quien no haya entendido nada de lo sucedido en Magariños.
Solo las ONG, con escasos recursos materiales y humanos, parecen estar a la altura de lo que la situación exige. Pero todo ello es insuficiente.
El objetivo señalado por las ONG y algún partido —las dirigencias estatales de Podemos— es la consecución de vías legales seguras para la población migrante que quiere acceder a Andalucía y a otros territorios del Estado. Se trataría de abrir nuevas vías y ampliar el alcance, el número de plazas, los requisitos y la accesibilidad de las existentes: visados de búsqueda de empleo y contratación en origen para la migración laboral; reasentamiento, admisión y visados humanitarios para quienes necesitan protección; mecanismos ágiles de reagrupación familiar; y corredores humanitarios para trasladar a personas vulnerables desde zonas de conflicto. El objetivo siempre sería sustituir el acceso clandestino y peligroso por un procedimiento previo, regulado y controlado por el Estado.
Para poner en marcha estas medidas deben actuar el Gobierno y el Congreso de los Diputados; para acoger e integrar a la población migrante que ya está aquí, el Parlamento y la Junta de Andalucía. También los ayuntamientos pueden intervenir mediante asistencia social y prestación de servicios. Pero hay algo más fundamental: el empuje del motor que alcance a las instituciones y se extienda por los pueblos y barrios de Andalucía.
Necesitamos que ese motor active la conciencia andaluza en reposo, que convierta en rabia e indignación lo acontecido en Ceuta, que ponga en marcha un clamor desde las calles y los patios, desde los corros (los que quedan), la taberna, el centro de mayores o las redes sociales, que exija el trato humanitario a la población migrante. Andalucía no puede dejar que quienes buscan nuestra ayuda mueran en el intento. Como ha sido costumbre, no se pregunta de dónde vienes antes de ofrecerte un vaso de agua. Andalucía por sí, por la Humanidad, como decía Infante, es la persona andaluza “que no pregunta al que llega por su Dios ni por su rey. Le da pan y le da sombra”.
Esperamos, por tanto, que el motor —la izquierda andalucista comprometida con la fraternidad republicana— active hoy una respuesta no solo de justicia, sino de responsabilidad cálida y acogedora hacia quien sufre. Porque la memoria de la propia vulnerabilidad del pueblo debería activar el vínculo con la vulnerabilidad ajena.
Eso ha sido Andalucía. Esa es también la Andalucía por la que luchó y por la que fue asesinado, hace 90 años, Blas Infante.
Cantaba Silvio Rodríguez que la vida no vale nada “si escucho un grito mortal y no es capaz de tocar mi corazón que se apaga”. Y ante nuestros ojos hemos visto ese grito: el sufrimiento de miles de seres humanos lanzándose al mar para alcanzar Ceuta, buscando apenas una rendija de dignidad. Sin cifra definitiva, 142 de ellos ahogaron su esperanza y su vida. El resto logró salvar el cuerpo, pero la ilusión quedó truncada en la agónica vuelta a una existencia negada.
La indignación de las personas con conciencias éticas -en Ceuta y en toda Andalucía- ha ido creciendo con cada noticia, con cada declaración política. Pero el debate público ha girado, una vez más, en torno a causas geopolíticas, inverosímiles inductores y supuestas consecuencias de seguridad. Las personas concretas -las que murieron y el futuro de las decenas de miles que arriesgaron la vida en la costa ceutí- quedaron, prácticamente, en el olvido.
Lo ocurrido es una muestra cruda de la confrontación entre la totalidad del sistema y quienes quedan situados en su exterioridad: las víctimas, seres a los que se les ha negado la humanidad. El migrante en la frontera es un Otro vulnerable cuya presencia interpela a la totalidad, obligándonos a preguntar por lo que el sistema no quiere reconocer. Cuando alguien muere o es devuelto sin ser escuchado, se produce una renuncia radical al ejercicio de la ética.
En efecto, como plantea Enrique Dussel, la ética comienza con la víctima: si el sistema necesita excluir vidas para funcionar, esa normalidad encierra una injusticia. Cada muerte o devolución forzada no es un caso aislado, sino el síntoma de una estructura que ignora vidas concretas. La totalidad debe ser transformada desde la exterioridad de sus víctimas.
Blas Infante insistió en la identidad mestiza y plural de Andalucía, construida históricamente mediante el encuentro entre pueblos y culturas, y que mantuvo el espíritu abierto a todas las costumbres y religiones. Infante lo vio como un rasgo de nuestra identidad y supo reconocer lo que la presencia del Otro había significado en nuestra cultura: «Como resumen de nuestra Historia, hubimos de escribir en nuestra Constitución de Ronda: “En Andalucía no hay extranjeros”». Ese espíritu fraternal, abierto y comunitario de la identidad andaluza es el que hoy parece encontrarse en reposo, o manifestarse con escasas muestras de actividad. Pero nunca estará apagado del todo en la población andaluza.
La modernidad eurocéntrica y el desarrollismo capitalista tienden a homogeneizar las culturas que dominan. Así ha sucedido también en Andalucía desde el siglo XVI, a pesar de los episodios de resistencia protagonizados por la población andaluza. Pero la historia más reciente de los movimientos migratorios de buena parte de las clases trabajadoras mantiene vivo el rescoldo de lo que significa el encuentro: sentirse extraño en otra tierra y ser consciente de lo que significa la hospitalidad. Lo que en andaluz se decía: "Pase, está usted en su casa". Una expresión sencilla que era también una señal de esa costumbre acogedora que ha identificado a nuestra cultura.
El amigo de Blas Infante, Pedro Vallina, médico social y ejemplo de humanismo libertario, señaló la bondad y la generosidad como rasgos propios de Andalucía, y afirmó que esa generosidad viene de ayudarse entre pobres. Por eso, y por ser enemigo de la injusticia, el cacique le teme, decía Vallina.
Salir del reposo y recuperar la condición de tierra hospitalaria puede producirse por acontecimientos que actúen como disruptores éticos. Puede ser la memoria de una injusticia sufrida, el encuentro con quien padece la exclusión o la irrupción de experiencias que desbordan los esquemas habituales. Pero también puede suceder porque otras voces andaluzas inicien la actividad que despeje mixtificaciones y señale horizontes emergentes de nuestra propia cultura. Ese sería el motor que necesitamos desplegar en la vida social y política andaluza. Las personas devueltas inmisericordemente a Marruecos, las que deambulan por las calles ceutíes -menores y mayores, mujeres y hombres- y las familias de las más de 140 personas fallecidas, que esperan vivir el duelo sintiéndose acompañadas por las familias andaluzas, lo demandan.
De los partidos de derechas y ultraderechas, PP, Vox, Salf y otros grupos de extrema derecha, no cabe esperar iniciativas que promuevan acciones de fraternidad y acogida acordes con la mejor tradición de nuestro pueblo, dadas las muestras de racismo, xenofobia e intolerancia que expresan en sus discursos y propuestas políticas.
Pero la izquierda parece ausente. Unos se encuentran atrapados en la gestión gubernamental: una gestión que parece arrodillada ante el eje Trump-Israel-Monarquía marroquí y que juega a la defensiva frente a las acusaciones de la oposición derechista y de otros sectores de la derecha española y europea. Todo lo más, balbucean algún gesto simbólico que no va mucho más allá de pedir alguna iniciativa relacionada con el Mundial de fútbol.
Otros, de quienes se esperaba más, siguen enredados en el debate sobre la unidad que, de cara a la galería, se supone destinada a frenar el avance de la ultraderecha -¿alguien se lo cree?-, pero en el que realmente parece estar en juego la supervivencia de los propios aparatos de partido.
Y quien dio la sorpresa, despertando la ilusión de bastantes jóvenes y abanderando acertadamente el andalucismo, no acaba de resolver las dudas sobre su proyecto, atrapado entre viejas doctrinas y un andalucismo que parece impostado, con una implantación todavía reducida y apresurada. Y nos produce dolor que todavía haya quien no haya entendido nada de lo sucedido en Magariños.
Solo las ONG, con escasos recursos materiales y humanos, parecen estar a la altura de lo que la situación exige. Pero todo ello es insuficiente.
El objetivo señalado por las ONG y algún partido —las dirigencias estatales de Podemos— es la consecución de vías legales seguras para la población migrante que quiere acceder a Andalucía y a otros territorios del Estado. Se trataría de abrir nuevas vías y ampliar el alcance, el número de plazas, los requisitos y la accesibilidad de las existentes: visados de búsqueda de empleo y contratación en origen para la migración laboral; reasentamiento, admisión y visados humanitarios para quienes necesitan protección; mecanismos ágiles de reagrupación familiar; y corredores humanitarios para trasladar a personas vulnerables desde zonas de conflicto. El objetivo siempre sería sustituir el acceso clandestino y peligroso por un procedimiento previo, regulado y controlado por el Estado.
Para poner en marcha estas medidas deben actuar el Gobierno y el Congreso de los Diputados; para acoger e integrar a la población migrante que ya está aquí, el Parlamento y la Junta de Andalucía. También los ayuntamientos pueden intervenir mediante asistencia social y prestación de servicios. Pero hay algo más fundamental: el empuje del motor que alcance a las instituciones y se extienda por los pueblos y barrios de Andalucía.
Necesitamos que ese motor active la conciencia andaluza en reposo, que convierta en rabia e indignación lo acontecido en Ceuta, que ponga en marcha un clamor desde las calles y los patios, desde los corros (los que quedan), la taberna, el centro de mayores o las redes sociales, que exija el trato humanitario a la población migrante. Andalucía no puede dejar que quienes buscan nuestra ayuda mueran en el intento. Como ha sido costumbre, no se pregunta de dónde vienes antes de ofrecerte un vaso de agua. Andalucía por sí, por la Humanidad, como decía Infante, es la persona andaluza “que no pregunta al que llega por su Dios ni por su rey. Le da pan y le da sombra”.
Esperamos, por tanto, que el motor —la izquierda andalucista comprometida con la fraternidad republicana— active hoy una respuesta no solo de justicia, sino de responsabilidad cálida y acogedora hacia quien sufre. Porque la memoria de la propia vulnerabilidad del pueblo debería activar el vínculo con la vulnerabilidad ajena.
Eso ha sido Andalucía. Esa es también la Andalucía por la que luchó y por la que fue asesinado, hace 90 años, Blas Infante.
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