Estamos a vista de pájaro sobrevolando La Granja. Se trata de un conjunto de barriadas y residenciales que forman parte del Distrito Granja-Delicias en Jerez. Como se suele decir para describir ese sentimiento de barrio, hay gente que salió de La Granja, pero La Granja nunca salió de esa gente. El sentimiento de pertenencia de los granjeros cotiza fuerte en la ciudad. O como decía el célebre bandoneoísta porteño, Aníbal Troilo, ¿Dicen que me fui del barrio? ¿Cuándo? ¿Pero cuándo? Si siempre estoy llegando...
Solo en La Granja vive unas 10.000 personas. Un pueblo con más habitantes que muchos pueblos de cualquier provincia andaluza. Exactamente, más habitantes que 632 pueblos de la comunidad autónoma más poblada de España.
Antes todo esto era campo. Antes había una zona en La Granja que se conocía como la incubadora, por la enorme fecundidad de sus residentes. Así fue creciendo esta populosa aglomeración urbana dentro del Jerez urbano. Salpicada de plazoletas con nombres dedicados a pueblos de la Sierra de Cádiz, los niños siguen jugando a la pelota en ellas.
Los mayores, muchas abuelas y abuelos que vivieron el boom de La Granja, se siguen sentando cada tarde, con la fresquita, alrededor de una buena tertulia. Sillas de playa en círculo para comentar lo que sea, para relatar, para aplaudir, para recordar, para hacer comunidad sin pretenderlo. Después de un largo día de sol de agosto, de canícula de justicia, La Granja baja a la calle, a tomar el fresco, al pie de unos bloques recalentados, en los que nadie se derrite gracias a la insostenibilidad del aire acondicionado.
Cuando La Granja empezó a llenarse de familias a principios de los años setenta, aquello era literalmente el final de la ciudad. "Esto era el fin de Jerez. Todas las afueras, no había nadie", recuerda una de sus vecinas más veteranas. Hoy, más de cincuenta años después, el barrio conserva algo que muchas zonas nuevas de la ciudad ya no tienen: una vida de calle que no se ha apagado y una demanda de vivienda tan alta que, según cuentan sus propios habitantes, no llega a colgarse el cartel de "se vende".
Isabel Mateo lleva en el barrio prácticamente toda la vida. Llevo "desde el 72", cuando se entregaron los primeros pisos, uno de los cuales compró su padre. "Fue mi padre el que compró los pisos", explica. Con el tiempo, ella se quedó en esa vivienda familiar, y desde allí ha visto transformarse el barrio década a década.
Y si algo define aquellos primeros años, según su testimonio, es un apodo que hoy suena entrañable: "Aquí le decían, cuando a los primeros se estaba aquí en La Granja, le decían la incubadora". El motivo era evidente: "Nada más que se hacían niños, venga niños...". Familias jóvenes recién instaladas en pisos nuevos que llenaron el barrio de una generación entera de críos. Familias como las que ahora a duras penas logran emanciparse o tener acceso a una vivienda.
Las verbenas de septiembre y los bloques engalanados
De aquella época, lo que más echan de menos las vecinas son las verbenas. "Se hacían muchas, las verbenas en septiembre", recuerda Isabel, que sitúa el escenario en los alrededores de la iglesia. Y con ellas venía todo un ritual comunitario: "Se adornaban todos los bloques". Durante un tiempo, cuando aquellas fiestas empezaron a decaer, fue la asociación de vecinos la que tomó el relevo organizando actividades. "Se hicieron algunas veces los parquecitos ahí fuera, pero ya eso no existe", lamenta.
El descenso de la natalidad se nota. "Los niños han bajado claramente", admite. Pero cuando se le pregunta si el barrio se ha vaciado, la respuesta es rotunda: "Los vecinos siguen habiendo muchos vecinos. Todos los pisos están ocupados". Y añade una frase que resume el momento inmobiliario de la zona: "Aquí no se puede poner un cartel de 'se vende' porque está vendido antes de que lo ponga". Sobre el alquiler, es aún más tajante: "Aquí no puede alquilar ningún piso".
La Plaza Ubrique, la Ronda y Grazalema: la geografía interna del barrio
Las vecinas, algunas octogenarias que lucen tatuajes, manejan con precisión la estructura del barrio, que se organiza en torno a varios espacios diferenciados. Está la Plaza Ubrique, con unos 18 bloques, dividida además en dos por unos escalones: lo que ellas llaman "la Ubrique alta" y "la Ubrique baja". Está la Ronda, la más grande, con unos 20 bloques. Y está Grazalema, con 16, situada por detrás.
Cada zona tiene su propio carácter y su propio ritmo. Cuando se les pregunta dónde está el ambiente, no dudan: "Sube para arriba y está todo lleno de niños", señalan hacia la Plaza Ronda, donde por las tardes se concentran las familias. En cambio, en algunos tramos de la Plaza Ubrique el ambiente es más tranquilo, más de conversación entre vecinas.
Porque esa es la otra gran seña de identidad de La Granja: la costumbre de salir a la calle. "Aquí por las noches nos ponemos aquí todas las mujeres", explican. "En invierno nos ponemos a mediodía, al solecito", y también por la tarde. Y no solo mujeres mayores: "Chicos, jóvenes y todo", con lo que describen como "un ambiente muy bueno".
Balonazos, rejas y la eterna discusión de la pelota
Ni siquiera el clásico conflicto vecinal de los balones se libra del tono conciliador con el que las vecinas hablan de su barrio. Los carteles de prohibido jugar a la pelota siguen ahí, y los niños siguen jugando. Una vecina relata que tuvo que cambiar la reja de su vivienda por los balonazos, y bromea con que habría que modificar el cartel: "Prohibido jugar a la pelota a cañonazos". Pero deja clara su posición: "A mí no me molesta que jueguen. Lo que pasa es que no jueguen tan fuerte".
En cuanto a servicios, La Granja se basta a sí misma. "Hay bares, hay confitería, hay panadería, hay pescadería. Hay de todo", enumeran en una enorme extensión de Jerez que también tiene centro de salud, biblioteca municipal, y un pabellón deportivo que ahora está de reformas.
Otra vecina, que compró su piso a finales de los ochenta y se mudó definitivamente en 1992, resume por qué la gente no se va: "Aquí todos nos conocemos rápido y es como si fuéramos conocidos de toda la vida".
Estamos a vista de pájaro sobrevolando La Granja. Se trata de un conjunto de barriadas y residenciales que forman parte del Distrito Granja-Delicias en Jerez. Como se suele decir para describir ese sentimiento de barrio, hay gente que salió de La Granja, pero La Granja nunca salió de esa gente. El sentimiento de pertenencia de los granjeros cotiza fuerte en la ciudad. O como decía el célebre bandoneoísta porteño, Aníbal Troilo, ¿Dicen que me fui del barrio? ¿Cuándo? ¿Pero cuándo? Si siempre estoy llegando...
Solo en La Granja vive unas 10.000 personas. Un pueblo con más habitantes que muchos pueblos de cualquier provincia andaluza. Exactamente, más habitantes que 632 pueblos de la comunidad autónoma más poblada de España.
Antes todo esto era campo. Antes había una zona en La Granja que se conocía como la incubadora, por la enorme fecundidad de sus residentes. Así fue creciendo esta populosa aglomeración urbana dentro del Jerez urbano. Salpicada de plazoletas con nombres dedicados a pueblos de la Sierra de Cádiz, los niños siguen jugando a la pelota en ellas.
Los mayores, muchas abuelas y abuelos que vivieron el boom de La Granja, se siguen sentando cada tarde, con la fresquita, alrededor de una buena tertulia. Sillas de playa en círculo para comentar lo que sea, para relatar, para aplaudir, para recordar, para hacer comunidad sin pretenderlo. Después de un largo día de sol de agosto, de canícula de justicia, La Granja baja a la calle, a tomar el fresco, al pie de unos bloques recalentados, en los que nadie se derrite gracias a la insostenibilidad del aire acondicionado.
Cuando La Granja empezó a llenarse de familias a principios de los años setenta, aquello era literalmente el final de la ciudad. "Esto era el fin de Jerez. Todas las afueras, no había nadie", recuerda una de sus vecinas más veteranas. Hoy, más de cincuenta años después, el barrio conserva algo que muchas zonas nuevas de la ciudad ya no tienen: una vida de calle que no se ha apagado y una demanda de vivienda tan alta que, según cuentan sus propios habitantes, no llega a colgarse el cartel de "se vende".
Isabel Mateo lleva en el barrio prácticamente toda la vida. Llevo "desde el 72", cuando se entregaron los primeros pisos, uno de los cuales compró su padre. "Fue mi padre el que compró los pisos", explica. Con el tiempo, ella se quedó en esa vivienda familiar, y desde allí ha visto transformarse el barrio década a década.
Y si algo define aquellos primeros años, según su testimonio, es un apodo que hoy suena entrañable: "Aquí le decían, cuando a los primeros se estaba aquí en La Granja, le decían la incubadora". El motivo era evidente: "Nada más que se hacían niños, venga niños...". Familias jóvenes recién instaladas en pisos nuevos que llenaron el barrio de una generación entera de críos. Familias como las que ahora a duras penas logran emanciparse o tener acceso a una vivienda.
Las verbenas de septiembre y los bloques engalanados
De aquella época, lo que más echan de menos las vecinas son las verbenas. "Se hacían muchas, las verbenas en septiembre", recuerda Isabel, que sitúa el escenario en los alrededores de la iglesia. Y con ellas venía todo un ritual comunitario: "Se adornaban todos los bloques". Durante un tiempo, cuando aquellas fiestas empezaron a decaer, fue la asociación de vecinos la que tomó el relevo organizando actividades. "Se hicieron algunas veces los parquecitos ahí fuera, pero ya eso no existe", lamenta.
El descenso de la natalidad se nota. "Los niños han bajado claramente", admite. Pero cuando se le pregunta si el barrio se ha vaciado, la respuesta es rotunda: "Los vecinos siguen habiendo muchos vecinos. Todos los pisos están ocupados". Y añade una frase que resume el momento inmobiliario de la zona: "Aquí no se puede poner un cartel de 'se vende' porque está vendido antes de que lo ponga". Sobre el alquiler, es aún más tajante: "Aquí no puede alquilar ningún piso".
La Plaza Ubrique, la Ronda y Grazalema: la geografía interna del barrio
Las vecinas, algunas octogenarias que lucen tatuajes, manejan con precisión la estructura del barrio, que se organiza en torno a varios espacios diferenciados. Está la Plaza Ubrique, con unos 18 bloques, dividida además en dos por unos escalones: lo que ellas llaman "la Ubrique alta" y "la Ubrique baja". Está la Ronda, la más grande, con unos 20 bloques. Y está Grazalema, con 16, situada por detrás.
Cada zona tiene su propio carácter y su propio ritmo. Cuando se les pregunta dónde está el ambiente, no dudan: "Sube para arriba y está todo lleno de niños", señalan hacia la Plaza Ronda, donde por las tardes se concentran las familias. En cambio, en algunos tramos de la Plaza Ubrique el ambiente es más tranquilo, más de conversación entre vecinas.
Porque esa es la otra gran seña de identidad de La Granja: la costumbre de salir a la calle. "Aquí por las noches nos ponemos aquí todas las mujeres", explican. "En invierno nos ponemos a mediodía, al solecito", y también por la tarde. Y no solo mujeres mayores: "Chicos, jóvenes y todo", con lo que describen como "un ambiente muy bueno".
Balonazos, rejas y la eterna discusión de la pelota
Ni siquiera el clásico conflicto vecinal de los balones se libra del tono conciliador con el que las vecinas hablan de su barrio. Los carteles de prohibido jugar a la pelota siguen ahí, y los niños siguen jugando. Una vecina relata que tuvo que cambiar la reja de su vivienda por los balonazos, y bromea con que habría que modificar el cartel: "Prohibido jugar a la pelota a cañonazos". Pero deja clara su posición: "A mí no me molesta que jueguen. Lo que pasa es que no jueguen tan fuerte".
En cuanto a servicios, La Granja se basta a sí misma. "Hay bares, hay confitería, hay panadería, hay pescadería. Hay de todo", enumeran en una enorme extensión de Jerez que también tiene centro de salud, biblioteca municipal, y un pabellón deportivo que ahora está de reformas.
Otra vecina, que compró su piso a finales de los ochenta y se mudó definitivamente en 1992, resume por qué la gente no se va: "Aquí todos nos conocemos rápido y es como si fuéramos conocidos de toda la vida".
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