"El materialista histórico considera misión suya cepillar la historia a contrapelo"
Walter Benjamin, Sobre el concepto de historia, tesis VII (1940)
Hay libros a los que la historia trata mal por exceso de reverencia. Ideal Andaluz, la memoria que un notario de veintinueve años llamado Blas Infante leyó en el Ateneo de Sevilla el 23 de marzo de 1914 y publicó al año siguiente, es uno de ellos. Convertido en texto fundacional del andalucismo, canonizado, citado de memoria y esculpido en mármol, se ha leído casi siempre del modo más pobre: como una "historia sagrada" de Andalucía, un relato de esencias eternas que arrancarían de Tartessos y desembocarían, sin solución de continuidad, en el genio andaluz. Yo sostengo lo contrario. Ideal Andaluz solo se entiende si se lee al revés, como esos mensajes cifrados cuyo sentido oculto aparece cuando invertimos la lectura.
Empecemos por la tesis que lo cambia todo: Andalucía no es el punto de partida de Infante, sino el punto de llegada. El cosmopolitismo de Infante es tan radical que necesita un pueblo concreto donde encarnar los valores universales de la especie —la igualdad, la libertad, la alegría, el equilibrio, la fraternidad—. Andalucía es, en rigor, un instrumento: la vía política para realizar unos fines éticos que son de todos. Frente al nacionalismo etnicista, que privatiza en la sangre y en la tierra lo que pertenece a la humanidad, Infante hace la operación inversa: legitima lo particular andaluz precisamente porque es universal. Los andaluces son distintos porque, en el fondo, no lo son: son igualmente diversos, dentro de la diversidad que impone la vida. Ahí está cifrada la letra del himno —"hombres de luz que a los hombres, almas de hombres les dimos"—: el ideal andaluz no separa, humaniza.
Un ensayo político disfrazado de metafísica
Conviene decirlo sin rodeos, porque de ahí vienen casi todos los malentendidos: Ideal Andaluz no es un tratado de filosofía, ni un estudio historiográfico, ni un ensayo etnográfico, aunque tenga páginas de todo eso. Es un ensayo político cuyo estilo no es descriptivo ni demostrativo, sino persuasivo. Su objetivo no es decir la verdad de los hechos, sino producir hegemonía, hacer emerger un sujeto político nuevo: el pueblo andaluz. Lo que Bourdieu llamaba "eficacia simbólica".
Y aquí está la clave que tantos lectores no han sabido descifrar. La retórica desbordante, teosófica, hegeliana, esa parafernalia de mayúsculas —la Eternidad, la Armonía, el Fin, el Espíritu— no es adorno superfluo ni ingenuidad decimonónica. Cumple una función críptica: inmuniza el contenido materialista del texto frente a los centralistas y los confesionales de la época, y a la vez lo reviste de la épica que gustaba a las clases medias ilustradas. Bajo ese ropaje idealista se despliega un análisis de fuerte contenido materialista. El propio Infante lo confiesa: al comienzo de una nueva visión del mundo "a los hombres hay que hablarles con palabras de niño". No es que el mensaje esté oculto; lo que se oculta es la intención de no explicitarlo. La retórica de Ideal Andaluz puede ser semánticamente vacua, pero es pragmáticamente utilísima. Ese estilo, que fue el precio ineludible de su difusión en 1915, ha sido después el mayor obstáculo para entenderlo.
Ni esencias ni razas: un naturalismo cooperativo
Cuando se despeja la hojarasca aparece un armazón teórico coherente, que podríamos llamar naturalista. En él conviven el evolucionismo vitalista —Darwin, pero sobre todo Fouillée y sus ideas-fuerza, y el apoyo mutuo de Kropotkin—, el organicismo krausista, la fisiocracia de Henry George y la filosofía de la historia kantiana y hegeliana. De Fouillée toma Infante la distinción decisiva: hay una idea-fuerza básica, universal —el Ideal humano—, y hay ideas-fuerza instrumentales —el ideal de las naciones, el de España, el de Andalucía—. Las segundas están al servicio de la primera.
Por eso su famoso patriotismo español, que tanto desconcierta, no contradice su andalucismo. La España de la que habla no es un Estado ni una nación ya hecha, sino una sociedad natural de regiones, una Iberia prepolítica que hay que reconstruir desde abajo: del individuo a la familia, de la familia al municipio, del municipio a la región, de la región a la nación. "El alma española no es otra cosa que la convergencia, en la suma, de las energías regionales". El impulso jamás baja de arriba abajo; sube de abajo arriba. Es el federalismo de Pi y Margall convertido en programa.
Y contra la corriente de su tiempo —recordemos que escribe a las puertas de los totalitarismos—, Infante rechaza de plano cualquier deriva étnica. Corrige la palabra "raza" por "tipos antropológicos" y recuerda, citando a Topinard, que no existe una raza francesa ni alemana ni inglesa. Las naciones son construcciones políticas entre regiones afines, no destinos de sangre.
La tierra: el materialismo bajo el idealismo
Si algún capítulo desmiente la lectura beata de Ideal Andaluz es el económico. El programa de Infante es, sin ambages, materialista: sin transformar las condiciones materiales de vida no hay conciencia colectiva que valga. Y el problema material de Andalucía tenía —tiene— un nombre: el latifundio. "El suelo de Andalucía está dividido entre muy pocos señores, mientras que ningún derecho ostenta sobre él la inmensa mayoría de los andaluces".
De la fisiocracia y del georgismo toma su alternativa. La propiedad privada de la tierra, al permitir a unos cerrar a otros las puertas de la Naturaleza, no es un derecho: es la negación del derecho de propiedad para la mayoría. La salida que propone no es la incautación violenta ni la expropiación, sino el impuesto único progresivo sobre el valor de la tierra —inspirado en la reforma de Lloyd George—, que absorbe para la comunidad la renta que nada debe al trabajo humano. El objetivo último: acabar con el caciquismo creando una clase media campesina y devolviendo la tierra andaluza al pueblo que la trabaja.
Seis palabras para hoy
Se puede resumir todo esto en pocas constantes, y son las que hacen del texto algo más que una reliquia: es un pensamiento igualitario, federalista, republicano, democrático-radical —municipalismo, asamblea, democracia directa frente a la delegación—, movido por una insólita ética de la alegría de raíz spinoziana. Infante rechaza el odio, el resentimiento y el agravio como cimientos de identidad: no se construye un pueblo por negación de otro. La nación andaluza es una nación mestiza y cosmopolita «de la que solo quedan excluidos aquellos que quieren excluirse».
Cien años después, atravesados por el desierto comunitario de la globalización financiera, con las élites deslegitimadas y el mapa territorial en cuestión, la pregunta se responde sola. Frente a los nacionalismos insolidarios y etnicistas que hoy vuelven a tener voz, Ideal Andaluz ofrece la respuesta contraria: naturalista, federal, cooperativa, alegre. Infante escribió para hacer emerger un pueblo cosmopolita. ¿Alguien duda de que ese objetivo sigue siendo el nuestro?
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