Cultura

Más Ocaña y menos Rosalía

El pecado de Ocaña fue ser maricón y pobre, pero también tener un discurso por donde no cabe la hipocresía de quienes quieren que la diversidad sexual sirva para recaudar beneficios y no libertades

Se abre el telón y tres travestis ataviadas con mantillas y abanicos le cantan apasionadamente a una virgen que procesiona en un acto de irreverencia que subvierte en sí mismo todos los tratados morales y religiosos del franquismo. Tres hombres vestidos de mujer usan la mantilla, la saeta, la semana santa, los abanicos, los mantones y el acento andaluz para enfrentarse a la ideología nacional-católica del régimen franquista que vampirizó la cultura popular andaluza hasta hacerla suya, consiguiendo con ello, hasta nuestros días, que gran parte de la izquierda andaluza rechace su propia cultura porque quedó vinculada directamente a la identidad oficial de la dictadura.

José Pérez Ocaña (Cantillana, Sevilla, 1947), un joven al que en su pueblo, a sus espaldas, le llaman “mariconazo”, que ni siquiera se ha sacado el certificado de estudios primarios y que tiene pluma para dar y regalar a quien la quiera recibir, coge su maleta y unas cuantas pinturas de su arte irreverente que espera vender a su llegada a Barcelona y, con lo que saque, poder empezar la aventura de vivir lejos de las miradas inquisitoriales, de las palizas de su hermano y de los amores furtivos entre trigales verdes.

El joven se monta en ‘El catalán’, el tren que llenó los arrabales de la capital catalana de acentos andaluces, y llega a Barcelona con su maleta de cuero llena de libertad, provocación y ganas de abrir las mentes obtusas de aquella España franquista de misa y comunión diaria.

‘Ocaña’ es una obra de teatro, producida por la compañía vasca Pabellón 6 Arte Eszenikoak e interpretada magistralmente por Itziar Lazcano, Mikel Losada, Unai Izquierdo y Diego Pérez, quienes dan vida al pintor sevillano y a su universo afectivo y artístico, pero es también la vida de un libertario andaluz, maricón, con acento en la o, queer antes de que este anglicismo cruzara el charco, pintor icónico del underground barcelonés y un auténtico desconocido en la tierra que lo vio nacer y donde vino a morir con 36 años, de un modo tan espectacular y teatral como vivió.

Si Ocaña hubiera sido neoyorquino y se hubiera codeado con la beautiful people de la movida madrileña, sus cuadros estarían expuestos en el Moma, al lado de Andy Warhol, pero la vida quiso que naciera maricón, anarquista, en un pueblo agrario andaluz y en una familia pobre de solemnidad que lo único que heredó fue el miedo.

Pocas veces se cuenta que la libertad sexual en España se conquistó con los símbolos de la cultura popular andaluza que Ocaña, Nazario y Camilo, sus inseprables amigos, también andaluces, usaron como herramienta de libertad para abrir las mentes obtusas que se cruzaban con ellos, vestidos de ellas, por la Rambla de Barcelona.

Además de estética, el universo Ocaña también tenía ética y una profundidad identitaria que no se ha estudiado lo suficiente y que no ha sido en absoluto reivindicado por las instituciones andaluzas, a las que les faltó tiempo para darle la Medalla de Andalucía a la Duquesa de Alba pero que no se ha acordado aún del maricón que hermanó Cataluña y Andalucía a través de la cultura popular andaluza.

En esa noble tarea se encuadra la intención de la producción teatral ‘Ocaña’, dirigida magistralmente por María Goiricelaya, que ha llegado a la capital andaluza este fin de semana y llenado las tres funciones programadas en la sala La Fundición, para vergüenza del mundo teatral andaluz que ha sido incapaz de llevar a escena la vida de un andaluz tan universal como José Pérez Ocaña, quien se enfrentó al franquismo, a su familia y a la sociedad para abrir las grandes alamedas por donde hoy circula en libertad la disidencia sexual.

Igual, de haber sido la vida de la Duquesa de Alba, la Junta de Andalucía, la de ahora y la de antes, sí hubiera tenido a bien encontrar recursos públicos para subvencionar la producción de una obra de teatro que cuesta mucho menos que los 200.000 euros que se va a gastar el Ayuntamiento de Córdoba en pagar el caché de Rosalía o los siete millones de euros que el Ayuntamiento de Sevilla ha dedicado a los dos años temáticos de Murillo y Velázquez. El pecado de Ocaña fue ser maricón y pobre, pero también tener un discurso de libertad por donde no cabe la hipocresía de quienes quieren que la diversidad sexual sólo sirva para recaudar beneficios empresariales y no libertades.

 

 

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