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Opinión

Cometas bajo amenaza de muerte y ejecuciones en directo en Palestina

Impedir que la ayuda humanitaria entre en Gaza o en Ceuta, nos tiene que hacer reflexionar mucho como sociedad

  • Profesionales de UNRWA en el nuevo espacio de aprendizaje temporal abierto en Jabalia en agosto. -

Supongo que uno no es consciente del momento histórico que vive porque ya tiene suficiente con vivir su día a día o, en muchos casos y lugares del mundo, con sobrevivirlo. Sin embargo, cuando echamos la mirada atrás, a ese convulso siglo XX, no nos podemos creer que la vida continuase mientras que miles de personas eran asesinadas en campos de concentración alemanes, que se creyesen una raza superior con el suficiente derecho de gasear a personas, hacerlas trabajar hasta la muerte y a exterminar a todo un pueblo.

Pero la vida transcurre con su tozuda realidad diaria y ese mismo pueblo judío, víctima del Holocausto, es el que comete un genocidio televisado desde hace ya casi tres años contra la población palestina. No le ha bastado con haber masacrado a la población de Gaza y haber destruido cualquier atisbo de vida. 

No les ha bastado con haber asesinado o mutilado a 64.000 niños y niñas palestinos, según datos de Unicef. Tampoco, que la ONU haya constatado que Israel está cometiendo genocidio en Gaza al atacar deliberadamente a niños disparándoles en la cabeza, siguiendo esa idea de exterminar al pueblo palestino. Así lo atestigua esta comisión de investigación que afirma tener motivos razonables para concluir que estos actos “forman parte de una estrategia deliberada para destruir el futuro de los palestinos en Gaza atacando a sus niños”. 

Ni tampoco haber acabado con el derecho a la educación de los que han quedado vivos. No, quieren derribar hasta el derecho sagrado de la infancia a jugar. Lo último es la prohibición de cometas, porque los colonos tienen miedo, dicen en una pieza de un informativo de televisión que veo, ya que los globos y cometas van cargados de explosivos y queman sus campos. Esos mismos colonos judíos que asedian a familias palestinas en su propia tierra y que, por poner un ejemplo, han secuestrado a tres familias palestinas de Cisjordania, a las que les han cortado la luz y el agua y han encerrado instalando sus tiendas de campaña en frente, mientras que los policías israelíes no hacían otra cosa que rezar. 

Matar niños por volar cometas e instalar cabinas para ver ejecuciones en directo de presos palestinos. Sí, así lo ha explicado con tremendo entusiasmo el ministro de Seguridad Nacional de Israel, Ben Gvir en unas imágenes en las que ha dado todo tipo de detalles de cómo iban a ser esas estructuras en las que se podría ver los ahorcamientos. Ahorcamientos públicos en la “única democracia” de Oriente Medio, como se jactan de decir.

Y yo no salgo de mi asombro por ver cómo la vida sigue, por el silencio de la comunidad internacional, por la connivencia de las democracias occidentales, por la vergüenza de la Europa de los Derechos Humanos, por la sociedad en la que nos hemos convertido hablando de la caída de los influencers y viendo el mundo en un scroll infinito que paramos para consumir odio. 

Ese lenguaje de odio, que este año he podido analizar con alumnos de Secundaria, y que llevó a los nazis a hablar de los judíos como ratas o piojos o a los fascistas a matar a rojos en la España franquista. “Animales humanos” como denomina el ministro de Defensa israelí, Yoav Gallant, a los palestinos.  

La deshumanización del otro, en definitiva. Lo que está ocurriendo ahora y más cerca, en Ceuta. Con una población, sí, cansada, agotada y que se siente abandonada por las instituciones del Estado por una falta de gestión por parte del Gobierno, pero donde el racismo arraiga y vemos cómo los vecinos impiden el reparto de comida por parte de la Cruz Roja a la que acusan de “¡mafia!”.

Impedir que la ayuda humanitaria entre en Gaza o en Ceuta, nos tiene que hacer reflexionar mucho como sociedad. Y sí, hay que buscar soluciones, pero es urgente, humanizarnos. 

Supongo que uno no es consciente del momento histórico que vive porque ya tiene suficiente con vivir su día a día o, en muchos casos y lugares del mundo, con sobrevivirlo. Sin embargo, cuando echamos la mirada atrás, a ese convulso siglo XX, no nos podemos creer que la vida continuase mientras que miles de personas eran asesinadas en campos de concentración alemanes, que se creyesen una raza superior con el suficiente derecho de gasear a personas, hacerlas trabajar hasta la muerte y a exterminar a todo un pueblo.

Pero la vida transcurre con su tozuda realidad diaria y ese mismo pueblo judío, víctima del Holocausto, es el que comete un genocidio televisado desde hace ya casi tres años contra la población palestina. No le ha bastado con haber masacrado a la población de Gaza y haber destruido cualquier atisbo de vida. 

No les ha bastado con haber asesinado o mutilado a 64.000 niños y niñas palestinos, según datos de Unicef. Tampoco, que la ONU haya constatado que Israel está cometiendo genocidio en Gaza al atacar deliberadamente a niños disparándoles en la cabeza, siguiendo esa idea de exterminar al pueblo palestino. Así lo atestigua esta comisión de investigación que afirma tener motivos razonables para concluir que estos actos “forman parte de una estrategia deliberada para destruir el futuro de los palestinos en Gaza atacando a sus niños”. 

Ni tampoco haber acabado con el derecho a la educación de los que han quedado vivos. No, quieren derribar hasta el derecho sagrado de la infancia a jugar. Lo último es la prohibición de cometas, porque los colonos tienen miedo, dicen en una pieza de un informativo de televisión que veo, ya que los globos y cometas van cargados de explosivos y queman sus campos. Esos mismos colonos judíos que asedian a familias palestinas en su propia tierra y que, por poner un ejemplo, han secuestrado a tres familias palestinas de Cisjordania, a las que les han cortado la luz y el agua y han encerrado instalando sus tiendas de campaña en frente, mientras que los policías israelíes no hacían otra cosa que rezar. 

Matar niños por volar cometas e instalar cabinas para ver ejecuciones en directo de presos palestinos. Sí, así lo ha explicado con tremendo entusiasmo el ministro de Seguridad Nacional de Israel, Ben Gvir en unas imágenes en las que ha dado todo tipo de detalles de cómo iban a ser esas estructuras en las que se podría ver los ahorcamientos. Ahorcamientos públicos en la “única democracia” de Oriente Medio, como se jactan de decir.

Y yo no salgo de mi asombro por ver cómo la vida sigue, por el silencio de la comunidad internacional, por la connivencia de las democracias occidentales, por la vergüenza de la Europa de los Derechos Humanos, por la sociedad en la que nos hemos convertido hablando de la caída de los influencers y viendo el mundo en un scroll infinito que paramos para consumir odio. 

Ese lenguaje de odio, que este año he podido analizar con alumnos de Secundaria, y que llevó a los nazis a hablar de los judíos como ratas o piojos o a los fascistas a matar a rojos en la España franquista. “Animales humanos” como denomina el ministro de Defensa israelí, Yoav Gallant, a los palestinos.  

La deshumanización del otro, en definitiva. Lo que está ocurriendo ahora y más cerca, en Ceuta. Con una población, sí, cansada, agotada y que se siente abandonada por las instituciones del Estado por una falta de gestión por parte del Gobierno, pero donde el racismo arraiga y vemos cómo los vecinos impiden el reparto de comida por parte de la Cruz Roja a la que acusan de “¡mafia!”.

Impedir que la ayuda humanitaria entre en Gaza o en Ceuta, nos tiene que hacer reflexionar mucho como sociedad. Y sí, hay que buscar soluciones, pero es urgente, humanizarnos. 

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