"Los bufones y payasos son los personajes característicos de la cultura cómica de la Edad Media. En cierto modo, son los vehículos permanentes y consagrados del principio carnavalesco en la vida cotidiana, aquella que se desarrollaba fuera del carnaval".
M. Bajtín, La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento
Mi amigo es un hombre leído y lector. No me atrevo a llamarle culto, porque ignora y desprecia todo lo que huela a ciencias empíricas o formales, y creo que en el siglo XXI no es posible llamar culto con esa fuga de agua tan grosera. Mi amigo no es un facha, pero él cree que sí; o, por lo menos, le gusta que los demás lo crean. Es una especie de émulo burlón e ingenioso de Judas Iscariote, que aspira a la salvación traicionando al mesías para que se cumpla lo que este anuncia —aquello de los evangelios que contaba Borges—. En la Almería nazarí hubo una corriente de místicos que actuaban contra la placidez de la fe mediante la provocación deliberada, la búsqueda de la condena pública y la disociación entre una piedad íntima y una conducta externa escandalosa: son los malāmatíes (de malāma, «reproche» o «vituperio» en árabe), la "gente del reproche". Mi amigo es un periodista malamatí, ciertamente. Sospecho incluso que es menos ignorante en ciencias de lo que proclama, pero con él nunca se sabe.
Pero, para parecer un buen facha, debe guerrear contra los "ridículos progres" y los "temidos woke", y ve en mí las dos figuras sintetizadas. Para esta operación de lógica delirante ha de realizar tres saltos inferenciales, a cuál más paranoide: (a) construir un hombre de paja que nada tiene que ver conmigo; (b) ejecutar un ejercicio de boxeo de sombras en el que siempre gana por KO; y (c) inventarse un pasado izquierdista del que ya está de vuelta y desencantado (¿habrá algo más woke que este "despertar"?).
Es alguien que quiere ver las cosas, en las noches sin luna, apagando la vela, porque no está dispuesto a que nadie le limite su imaginación aparentemente literaria. Como el magnífico periodista que es, no creo que suscriba aquello de que "ninguna realidad debe estropearte un buen titular"; pero, como personaje, sí está dispuesto —incluso deseoso— a que ninguna imagen real le estropee el magnífico disfraz de facha que le han construido su generosa y cautivadora imaginación.
Entra en este disfraz de facha simulado como Alonso Quijano entró en don Quijote: por mor de un exceso de lecturas caballerescas, de la lectura de libelos de extrema derecha. Y, al igual que Quijano respira por la herida de Dulcinea, a mi amigo la cuestión de género le tiene sorbido el seso —que no el sexo, por supuesto—; y por los labios de esas cicatrices reiteradamente abiertas respira su delirio. No es de extrañar, pues, que sea devoto de Soto Ivars o de Arcadi Espada, porque entre el suavón de Soto y el sádico de Espada se mueve una machosfera tan estudiada como cruel. Mi amigo no es en absoluto cruel, pero le gusta presumir de malote, porque cree que así se liga más, especialmente en el Este que en el Oeste.
Mi amigo dice que ha visto el síndrome de alienación parental igual que otros dicen haber visto ovnis o al demonio, sin más fundamento empírico que su propia alucinación. El pobre está tan aplastado por la dictadura woke que ha tenido que exiliarse en un piso de las barriadas de Rochelambert, en Sevilla. Y desde allí levanta una barricada antiprogre que puede costarle la vida. Ahora anda muy preocupado por las niñas de Ceuta, aunque no por el resto de las niñas de la península, ni por las baleares, las canarias o las melillenses: es una preocupación caballa. Ayer le preocupaban los bosques que quemaba el «Perro Sánchez», o el cambio climático que, según él, se han inventado esos ideólogos marxistas y lesbianas disfrazados de científicos. Y, por encima de todo, si algo odia mi amigo —aunque hasta ese odio sea pura simulación— es al Gobierno y a cuanto lo rodea, contra el que descarga un repertorio de improperios que no me atrevo a transcribir sin sonrojo, y que dice más de quien los profiere que de quien los recibe.
En ocasiones se pasa de rosca en la caricatura del facha perfecto y ha de dar marcha atrás para hacer más creíble su apuesta carnavalesca. Pero el carnaval verdadero, nos enseñó Bajtín, es aquel en el que "es la vida misma la que juega e interpreta —sin escenario, sin tablado, sin actores, sin espectadores— su propio renacimiento"; y mi amigo, en cambio, no sabe vivir sin escenario ni sin público. Roba la estética del carnaval sin su gramática: le falta la fiesta, le falta el pueblo y le falta, sobre todo, el destronamiento final. En fin, mi amigo es soportable porque es inofensivo, no como los otros fachas que estos días la han tomado con Ceuta.
"Los bufones y payasos son los personajes característicos de la cultura cómica de la Edad Media. En cierto modo, son los vehículos permanentes y consagrados del principio carnavalesco en la vida cotidiana, aquella que se desarrollaba fuera del carnaval".
M. Bajtín, La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento
Mi amigo es un hombre leído y lector. No me atrevo a llamarle culto, porque ignora y desprecia todo lo que huela a ciencias empíricas o formales, y creo que en el siglo XXI no es posible llamar culto con esa fuga de agua tan grosera. Mi amigo no es un facha, pero él cree que sí; o, por lo menos, le gusta que los demás lo crean. Es una especie de émulo burlón e ingenioso de Judas Iscariote, que aspira a la salvación traicionando al mesías para que se cumpla lo que este anuncia —aquello de los evangelios que contaba Borges—. En la Almería nazarí hubo una corriente de místicos que actuaban contra la placidez de la fe mediante la provocación deliberada, la búsqueda de la condena pública y la disociación entre una piedad íntima y una conducta externa escandalosa: son los malāmatíes (de malāma, «reproche» o «vituperio» en árabe), la "gente del reproche". Mi amigo es un periodista malamatí, ciertamente. Sospecho incluso que es menos ignorante en ciencias de lo que proclama, pero con él nunca se sabe.
Pero, para parecer un buen facha, debe guerrear contra los "ridículos progres" y los "temidos woke", y ve en mí las dos figuras sintetizadas. Para esta operación de lógica delirante ha de realizar tres saltos inferenciales, a cuál más paranoide: (a) construir un hombre de paja que nada tiene que ver conmigo; (b) ejecutar un ejercicio de boxeo de sombras en el que siempre gana por KO; y (c) inventarse un pasado izquierdista del que ya está de vuelta y desencantado (¿habrá algo más woke que este "despertar"?).
Es alguien que quiere ver las cosas, en las noches sin luna, apagando la vela, porque no está dispuesto a que nadie le limite su imaginación aparentemente literaria. Como el magnífico periodista que es, no creo que suscriba aquello de que "ninguna realidad debe estropearte un buen titular"; pero, como personaje, sí está dispuesto —incluso deseoso— a que ninguna imagen real le estropee el magnífico disfraz de facha que le han construido su generosa y cautivadora imaginación.
Entra en este disfraz de facha simulado como Alonso Quijano entró en don Quijote: por mor de un exceso de lecturas caballerescas, de la lectura de libelos de extrema derecha. Y, al igual que Quijano respira por la herida de Dulcinea, a mi amigo la cuestión de género le tiene sorbido el seso —que no el sexo, por supuesto—; y por los labios de esas cicatrices reiteradamente abiertas respira su delirio. No es de extrañar, pues, que sea devoto de Soto Ivars o de Arcadi Espada, porque entre el suavón de Soto y el sádico de Espada se mueve una machosfera tan estudiada como cruel. Mi amigo no es en absoluto cruel, pero le gusta presumir de malote, porque cree que así se liga más, especialmente en el Este que en el Oeste.
Mi amigo dice que ha visto el síndrome de alienación parental igual que otros dicen haber visto ovnis o al demonio, sin más fundamento empírico que su propia alucinación. El pobre está tan aplastado por la dictadura woke que ha tenido que exiliarse en un piso de las barriadas de Rochelambert, en Sevilla. Y desde allí levanta una barricada antiprogre que puede costarle la vida. Ahora anda muy preocupado por las niñas de Ceuta, aunque no por el resto de las niñas de la península, ni por las baleares, las canarias o las melillenses: es una preocupación caballa. Ayer le preocupaban los bosques que quemaba el «Perro Sánchez», o el cambio climático que, según él, se han inventado esos ideólogos marxistas y lesbianas disfrazados de científicos. Y, por encima de todo, si algo odia mi amigo —aunque hasta ese odio sea pura simulación— es al Gobierno y a cuanto lo rodea, contra el que descarga un repertorio de improperios que no me atrevo a transcribir sin sonrojo, y que dice más de quien los profiere que de quien los recibe.
En ocasiones se pasa de rosca en la caricatura del facha perfecto y ha de dar marcha atrás para hacer más creíble su apuesta carnavalesca. Pero el carnaval verdadero, nos enseñó Bajtín, es aquel en el que "es la vida misma la que juega e interpreta —sin escenario, sin tablado, sin actores, sin espectadores— su propio renacimiento"; y mi amigo, en cambio, no sabe vivir sin escenario ni sin público. Roba la estética del carnaval sin su gramática: le falta la fiesta, le falta el pueblo y le falta, sobre todo, el destronamiento final. En fin, mi amigo es soportable porque es inofensivo, no como los otros fachas que estos días la han tomado con Ceuta.
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