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La viuda de El Cabrero prepara su "inmensa" biografía mientras planta cara a quienes "abusan" de su legado: "No lo consentiré"

Elena Bermúdez, letrista y defensora a ultranza del legado de José Domínguez contra "sus falsos amigos", asegura que "estaba obligada a no dejar en el olvido toda la información que solo yo tengo"

  • Elena Bermúdez y El Cabrero, en una imagen que ella misma ha publicado estos días en sus redes sociales.

La historia de amor entre Elena Bermúdez y José Domínguez Muñoz podía haber sido una más entre las de tantos españoles como se conocieron en el exilio europeo en las últimas postrimerías del franquismo, pero llegó a ser muy distinta porque él ya era conocido, desde entonces, como El Cabrero, el cantaor flamenco más contestatario en el arranque de la democracia española, el que encabezaba los carteles de todos los festivales y el que no iba a callarse, jamás y a compás, frente a ninguna de las injusticias que las consiguientes hipocresías estaban llamadas a alentar, y ella, su futura esposa, iba a ser la letrista oculta de todos aquellos fandangos y serranas a los que su marido ponía sobre el escenario coraje, voz y corazón.

El caso es que corría el año 1972 y El Cabrero —fallecido el pasado mes de mayo a los 81 años de edad— aterrizó en la ciudad de Ginebra, precisamente cuando el dramaturgo sevillano Salvador Távora hizo cala en aquella ciudad suiza con su ópera prima, Quejío, que terminó integrando al cantaor de Aznalcóllar. “Yo lo conocí entonces porque frecuentaba una tertulia literaria en uno de aquellos teatros de Ginebra y Távora me propuso que yo hablara con su director, amigo mío, para representar allí, y allí recuerdo a José y a sus compañeros comiéndose un bocadillo”, recuerda ahora entre risas Elena, a punto de cumplir 80 años pero con la memoria intacta “sobre todo de las cosas lejanas”.

“Siempre me han sobrevalorado”, bromea la viuda de El Cabrero en conversación con lavozdelsur.es, “y me propusieron que montara yo un recital bilingüe, en francés y español, sobre los poetas de la Generación del 27, y lo hice”. Cuando se le recuerda que este próximo año será el centenario de la formación de aquella generación irrepetible, ella se queda unos segundos callada, como rebobinando entre sorprendida y dolorida, y reacciona luego: “Es verdad, cuántos años encima tengo ya”.

Pero el caso es que allí en Ginebra y en los últimos suspiros del tardofranquismo español, entre Salvador Távora y los textos de Lorca, Alberti y Cernuda cuando eran mucho más conocidos fuera que dentro de nuestro país, fue cuando la gallega Elena Bermúdez se enamoró de El Cabrero. Fue algo tan fugaz, que no hicieron falta más que unos cuantos meses para que los dos se vinieran a vivir al pueblecito sevillano de Aznalcóllar, el de José, ya para siempre. Hubo cartas en las dos direcciones, claro, “pero también visitas y más cosas”, recuerda Elena medio siglo después, en la casa de Aznalcóllar donde también ha pasado estos últimos siete años cuidando de su marido en lo peor de la enfermedad.

  • El Cabrero, en una actuación en Jerez hace años, junto a la guitarra de Manuel Herrera.
  • -

De repente, la memoriosa viuda de El Cabrero se percata de que es tarde y aún no ha tomado café, y da una voz cargada de dulzura como quien invoca a otro de los amores de su vida: “Emiliano, ¿puedes hacerme un café, por favor?”. Se dirige, desde muy lejos, a uno de los tres hijos que tuvo con José, Emiliano Domínguez, que aquí en casa y en pijama no es todavía El Crespo Zapata, como es conocido artísticamente por haberle dado continuidad al legado de su padre.

La memoria de Elena tiene una libérrima capacidad de sobrevuelo, y por eso explica que sus padres, gallegos, fueron migrantes en Suiza y por eso ella acabó allí, desde tan pequeña. “Entré de forma ilegal, cuando un tío mío me llevó burlando los controles, y por eso estuve mucho tiempo sin ir a la escuela pública; mi madre se gastaba su sueldo en pagarme el colegio privado”, recapitula. Así que cuando conoció a El Cabrero, todavía con 23 años y en la flor de su vida, Elena Bermúdez encontró la razón definitiva para volver a España, y con amor.

Y no a cualquier sitio, sino al único lugar del mundo al que José no estaba dispuesto a renunciar ni por grabar un disco, la sierra y el pueblo de Aznalcóllar, donde él seguía empeñado en seguir de cabrero, hasta el punto de que cuando su letrista de entonces, Pepe Carrasco, le propone grabar un disco, El Cabrero se negó porque no quería dejar su verdadero oficio, y Carrasco tuvo que insistir varios años para lanzar el primer disco del cantaor, después de llegar al trato de que lo hacía (Así canta El Cabrero, lanzado en 1975) con la condición de que la discográfica costeara todos los gastos médicos del parto de su primer hijo.

  • José Domínguez Muñoz, más conocido como El Cabrero, fue un número uno de los festivales flamencos en las últimas décadas del siglo XX.
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A partir de entonces fue Elena, su esposa y madre de sus hijos, la que se convirtió no solo en su principal letrista, sino también en la administradora “de los papeles” (con el tiempo, también de las redes sociales) y sobre todo en la guardiana de toda su inspiración. “José era así: capaz de decir disparates en nuestra vida cotidiana pero también de soltar una luminosa metáfora cuando menos te lo esperabas, y había que apuntarla”.

Por eso la casa está llena de libretas, todas inundadas de fogonazos poéticos de José, de los que soltaba en medio de la conversación con un amigo, o después de cagarse en Dios por cualquier cosa, porque la expresión es un desahogo coloquial aunque a él le supusiera una cuantiosa multa de 67.000 pesetas y hasta entrar en la cárcel 22 días por haberla soltado por un fallo en su voz en un concierto de Alcolea (Córdoba) allá por el prehistórico año de 1980…

Contra "los falsos amigos"

Ha vivido tanto Elena junto a José, ha sufrido y gozado y aprendido tanto junto “a este gigante”, que lo último que estaría dispuesta a consentir quien fue también sus pies y sus manos es que “abusaran de El Cabrero, como lo están haciendo”. Lo dice la misma mujer, ya cansada, que revolucionó hace un par de días sus redes sociales con el grito rotundo de “¡De El Cabrero no se abusa!”.

En el post que ha dado tanto que hablar en estas últimas 24 horas, Bermúdez se queja de que “si eres fotógrafo, dibujante, escritor, compositor o autor de letras de cante o canción, cualquiera se cree en el derecho –y algunos “por cojones”— de adueñarse de tu trabajo. Pero se equivocan: no tienen derecho alguno”, aunque “los creadores solemos hacer la vista gorda por aversión al papeleo”.

Lo escribe quien es “la heredera de todos los derechos de imagen, marca y copyright de El Cabrero” y quien no se ha opuesto nunca “a que cabreristas, peñas y otras entidades sin ánimo de lucro publiquen en las redes sus recuerdos”, pues “se lo agradezco mucho”. Pero otra cosa bien distinta son “los falsos amigos que abusan de la confianza que recibieron de José y que lo utilizan para trepar y alguno para hacer dinero con sus vídeos ilegalmente publicados”, ha denunciado la viuda del artista, de momento, en su perfil de Facebook. Aunque “me sobran los dedos de una mano para contar a estos desleales”, ha sentenciado Bermúdez, “no les voy a consentir que utilicen sin escrúpulos a un hombre que fue un ejemplo de generosidad e integridad y ya no puede defenderse de sus abusos”.

A Elena no le apetece demasiado insistir en esta queja razonada suya porque la lucha ha de ir por otros cauces, pero sí recuerda con desazón a esos “amigos desleales” que “grabaron todo lo que quisieron abusando de su confianza” y que ahora no tienen empacho en ganar dinero a su costa con vídeos o con camisetas. "Una cosa es subir tres, cuatro, diez vídeos, y otra cosa es hacer negocio con centenares", dice, sin querer mencionar a nadie, pero sabiendo a quiénes se refiere.

Una biografía con muchos novios

Elena Bermúdez lleva muchos años escribiendo la biografía de su marido, “aunque la tenía parada últimamente por la enfermedad de él”. “Han sido años difíciles” estos últimos en los que vivieron en Valencina de la Concepción “y luego me lo traje a Aznalcóllar otra vez porque aquí podía cuidar mejor de él”, insiste. “Pero ahora ya la tengo terminada y quiero publicarla este próximo invierno”, señala, y añade: “Tengo más de 300 páginas escritas, y llevará muchos anexos”. Poco parece para quien tiene tanto que contar y documentar de una vida tan apasionada y apasionante. “Yo no tengo oficio de escritora ni mucho menos, pero sí tengo recuerdos desde su infancia que solo tengo yo porque él me los ha contado y a mí, afortunadamente y a pesar de los achaques físicos, me queda la memoria”.

  • El Cabrero no renunció jamás al oficio que también le dio nombre artístico.
  • -

No está decidido el título aún, ni la editorial que sacará el libro, “pero tiene muchos novios”, señala Bermúdez, que solo espera que “se edite bien y se distribuya mejor, y no solo en España”. Si fuera por la discretísima esposa de El Cabrero, ni siquiera aparecería su nombre en la portada, porque es una mujer acostumbrada al segundo plano, como ha demostrado no solo a lo largo de su vida en común con el artista, sino en la producción de cuantos documentales se han grabado sobre su figura: primero aquel que los franceses Martine Voyeux, Amar Arhab y Béatrice Soulé titularon El Cabrero. El canto de la sierra, y luego el que, hace solo dos años, rodó Joaquín Mimbrero con el título de Mi patria es la libertad. El de los franceses, estrenado en 1989, ganó el Premio Especial de la Crítica en el Festival Rosa de Oro de Montreux y consiguió vender sus derechos a las televisiones de 43 países, excepto en España, donde a pesar de que fue emitido en Canal Plus Francia pareció no encajar para ofrecerlo igualmente en el Canal Plus de entonces de nuestro país. “De TVE, a pesar de que les mandé una copia profesional del documental, ni siquiera contestaron nunca”, recuerda Elena. “Y en Canal Sur dijeron simplemente que no encajaba con su programación”.

El rechazo en su propio país no le termina de extrañar a Elena porque solamente ella sabe lo políticamente incorrecto que podía ser su marido, o el concentrado nivel de verdad y coherencia que podía destilar un artista acostumbrado desde sus inicios a ser castigado o boicoteado por el poder de cada momento, incluido el poder mediático y el poder cultural que maneja el dinero, que conocía –porque se las escribía ella misma— esas letras incendiarias capaces de no dejar títere con cabeza y que tanto preocupaban a la gente como Dios manda, a la gente de orden a la que tanto le molestaba que El Cabrero no reconociera ni Dios ni amo y que cantara: “Yo no soy el animal / que se calla por un pienso / porque tengo en mis adentros / una disconformidad / que me sirve de alimento”, por ejemplo. O por ejemplo: “El rico se come el pan, / el pobre come basura; / los dos a la tierra van / y al final de la jornada / tienen la misma estatura”.

  • El Cabrero y su esposa, Elena Bermúdez, en una foto de archivo.
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Los fandangos de El Cabrero, empapados de la ética de la tierra, iban más allá de la política: “A los perros embusteros / que me ladran por la espalda / yo los miro y me sonrío, / porque sé que la palabra / del obrero tiene el brillo / que a los ricos les falta”. El propio Salvador Távora dijo en cierta ocasión que El Cabrero “canta como es”. Y así era José: “Piden tierra y se la niegan”, cantaba en tantos festivales, “Tierra para trabajar / piden tierra y se la niegan. / Hay otros que piden más / armas para hacer la guerra / y a esos sí que se las dan”.

“Creían que era argentino”

Elena Bermúdez recuerda con nitidez no solamente todo lo vivido con José después de más de medio siglo, “y así lo cuento en el libro, con mi propia voz, aunque en el libro salgan dos voces”, sino también las vivencias de José durante su infancia y adolescencia, cuando todavía ella no había aparecido, “porque él me las contaba muchas veces”. Y a pesar de toda aquella discografía flamenca en la que ella tanto tuvo que ver, desde Encina y cobre, de 1988, en colaboración con el guitarrista Paco del Gastor, hasta Correo de Vélez, de 2016, pasando por el famoso disco dedicado a los fandangos de Huelva, de 1992, Elena recuerda con especial cariño los dos discos en los que su marido se atrevió con los tangos argentinos. El primero de ellos, de 1996, fue Sin remache, tras cuya publicación “tuvo que ir a la ciudad argentina de Córdoba para actuar y para ser entrevistado por el periodista de máxima audiencia de allí, y los oyentes se creían que era argentino”.

  • Portada del disco de tangos argentinos que grabó El Cabrero en 1996.
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Razones no debieron de faltarles a los argentinos que oían cantar tangos a un tipo de Aznalcóllar. Porque "cabrero en argentino significa cabreado", relata Elena, y "creían que un argentino enojado se había puesto a cantar tangos por puro sentimiento". Y también aquello tenía su historia, desde luego, más profunda, y la sabe bien Elena, que la contará con todo tipo de detalles en la biografía que está por salir. “Su padre le daba 25 pesetas cada semana por cuidar las cabras, cuando él tenía 15 o 16 años”, recuerda ella porque se lo contaba él. “Pues con aquella edad tomaba el autobús desde Aznalcóllar y hacía un trayecto de casi dos horas para llegar a la Estación de Córdoba”, luego Plaza de Armas. Entraba en un bar que se llamaba El Roda, en Marqués de Paradas, “y se gastaba poco a poco todo el dinero de la semana en una gramola que reproducía tangos de Carlos Gardel”. “Ya entonces fumaba”, dice Elena, “pero también se sacrificaba sin fumar por escuchar más a Gardel, y se reservaba el dinero justo para el autobús de vuelta”.

“Yo no he conocido a nadie con tanta pasión por la música como José”, asegura Elena, quien recuerda asimismo que “tenemos una colección con las 900 grabaciones de Gardel, y él y yo nos pasábamos las noches enteras escuchándolo, no una ni dos veces, sino muy a menudo”.

Elena asegura que la biografía tampoco será una hagiografía del cantaor porque “también tenía sus defectos, como cualquier ser humano, y era a veces muy impaciente, porque se le antojaba un cencerro de Aracena, por ejemplo, y no le importaba que yo dejara de hacer el arroz que estuviese cocinando para que nos fuéramos a cualquier hora, aunque como vivías junto a un gigante así, y eras consciente, todas estas cosas quedan como anécdotas muy por debajo de lo importante”.

  • Elena Bermúdez y El Cabrero, en una foto publicada por ellos en redes en 2024.
  • -

El Cabrero vivió como quiso. “Todo se lo gastaba en cabras, pero da igual: nos iremos igual que vinimos”, dice filosóficamente su viuda. “No le gustaban los toros ni el fútbol ni la Semana Santa, por ejemplo; solo las cabras, los cencerros, la sierra y el cante, y no entendía nada que no fuera estrictamente natural”.

Lo cantó él mismo en muchos lugares, porque al margen de que en los años 80 firmara más contratos que El Lebrijano y Camarón, por ejemplo, o que en su gira de 1993 se lo llevara por EEUU el mismísimo Peter Gabriel, a él nunca se le olvidó de dónde venía: “Y cuando el tiempo me gane / ya cansado y para viejo, / jugaré a pastor de nubes / y de zagal pondré al viento”. Otra letra de Elena, que sigue luchando aquí abajo “por su dignidad”. La de El Cabrero, la de ella, la de ambos. 

La historia de amor entre Elena Bermúdez y José Domínguez Muñoz podía haber sido una más entre las de tantos españoles como se conocieron en el exilio europeo en las últimas postrimerías del franquismo, pero llegó a ser muy distinta porque él ya era conocido, desde entonces, como El Cabrero, el cantaor flamenco más contestatario en el arranque de la democracia española, el que encabezaba los carteles de todos los festivales y el que no iba a callarse, jamás y a compás, frente a ninguna de las injusticias que las consiguientes hipocresías estaban llamadas a alentar, y ella, su futura esposa, iba a ser la letrista oculta de todos aquellos fandangos y serranas a los que su marido ponía sobre el escenario coraje, voz y corazón.

El caso es que corría el año 1972 y El Cabrero —fallecido el pasado mes de mayo a los 81 años de edad— aterrizó en la ciudad de Ginebra, precisamente cuando el dramaturgo sevillano Salvador Távora hizo cala en aquella ciudad suiza con su ópera prima, Quejío, que terminó integrando al cantaor de Aznalcóllar. “Yo lo conocí entonces porque frecuentaba una tertulia literaria en uno de aquellos teatros de Ginebra y Távora me propuso que yo hablara con su director, amigo mío, para representar allí, y allí recuerdo a José y a sus compañeros comiéndose un bocadillo”, recuerda ahora entre risas Elena, a punto de cumplir 80 años pero con la memoria intacta “sobre todo de las cosas lejanas”.

“Siempre me han sobrevalorado”, bromea la viuda de El Cabrero en conversación con lavozdelsur.es, “y me propusieron que montara yo un recital bilingüe, en francés y español, sobre los poetas de la Generación del 27, y lo hice”. Cuando se le recuerda que este próximo año será el centenario de la formación de aquella generación irrepetible, ella se queda unos segundos callada, como rebobinando entre sorprendida y dolorida, y reacciona luego: “Es verdad, cuántos años encima tengo ya”.

Pero el caso es que allí en Ginebra y en los últimos suspiros del tardofranquismo español, entre Salvador Távora y los textos de Lorca, Alberti y Cernuda cuando eran mucho más conocidos fuera que dentro de nuestro país, fue cuando la gallega Elena Bermúdez se enamoró de El Cabrero. Fue algo tan fugaz, que no hicieron falta más que unos cuantos meses para que los dos se vinieran a vivir al pueblecito sevillano de Aznalcóllar, el de José, ya para siempre. Hubo cartas en las dos direcciones, claro, “pero también visitas y más cosas”, recuerda Elena medio siglo después, en la casa de Aznalcóllar donde también ha pasado estos últimos siete años cuidando de su marido en lo peor de la enfermedad.

  • El Cabrero, en una actuación en Jerez hace años, junto a la guitarra de Manuel Herrera.
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De repente, la memoriosa viuda de El Cabrero se percata de que es tarde y aún no ha tomado café, y da una voz cargada de dulzura como quien invoca a otro de los amores de su vida: “Emiliano, ¿puedes hacerme un café, por favor?”. Se dirige, desde muy lejos, a uno de los tres hijos que tuvo con José, Emiliano Domínguez, que aquí en casa y en pijama no es todavía El Crespo Zapata, como es conocido artísticamente por haberle dado continuidad al legado de su padre.

La memoria de Elena tiene una libérrima capacidad de sobrevuelo, y por eso explica que sus padres, gallegos, fueron migrantes en Suiza y por eso ella acabó allí, desde tan pequeña. “Entré de forma ilegal, cuando un tío mío me llevó burlando los controles, y por eso estuve mucho tiempo sin ir a la escuela pública; mi madre se gastaba su sueldo en pagarme el colegio privado”, recapitula. Así que cuando conoció a El Cabrero, todavía con 23 años y en la flor de su vida, Elena Bermúdez encontró la razón definitiva para volver a España, y con amor.

Y no a cualquier sitio, sino al único lugar del mundo al que José no estaba dispuesto a renunciar ni por grabar un disco, la sierra y el pueblo de Aznalcóllar, donde él seguía empeñado en seguir de cabrero, hasta el punto de que cuando su letrista de entonces, Pepe Carrasco, le propone grabar un disco, El Cabrero se negó porque no quería dejar su verdadero oficio, y Carrasco tuvo que insistir varios años para lanzar el primer disco del cantaor, después de llegar al trato de que lo hacía (Así canta El Cabrero, lanzado en 1975) con la condición de que la discográfica costeara todos los gastos médicos del parto de su primer hijo.

  • José Domínguez Muñoz, más conocido como El Cabrero, fue un número uno de los festivales flamencos en las últimas décadas del siglo XX.
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A partir de entonces fue Elena, su esposa y madre de sus hijos, la que se convirtió no solo en su principal letrista, sino también en la administradora “de los papeles” (con el tiempo, también de las redes sociales) y sobre todo en la guardiana de toda su inspiración. “José era así: capaz de decir disparates en nuestra vida cotidiana pero también de soltar una luminosa metáfora cuando menos te lo esperabas, y había que apuntarla”.

Por eso la casa está llena de libretas, todas inundadas de fogonazos poéticos de José, de los que soltaba en medio de la conversación con un amigo, o después de cagarse en Dios por cualquier cosa, porque la expresión es un desahogo coloquial aunque a él le supusiera una cuantiosa multa de 67.000 pesetas y hasta entrar en la cárcel 22 días por haberla soltado por un fallo en su voz en un concierto de Alcolea (Córdoba) allá por el prehistórico año de 1980…

Contra "los falsos amigos"

Ha vivido tanto Elena junto a José, ha sufrido y gozado y aprendido tanto junto “a este gigante”, que lo último que estaría dispuesta a consentir quien fue también sus pies y sus manos es que “abusaran de El Cabrero, como lo están haciendo”. Lo dice la misma mujer, ya cansada, que revolucionó hace un par de días sus redes sociales con el grito rotundo de “¡De El Cabrero no se abusa!”.

En el post que ha dado tanto que hablar en estas últimas 24 horas, Bermúdez se queja de que “si eres fotógrafo, dibujante, escritor, compositor o autor de letras de cante o canción, cualquiera se cree en el derecho –y algunos “por cojones”— de adueñarse de tu trabajo. Pero se equivocan: no tienen derecho alguno”, aunque “los creadores solemos hacer la vista gorda por aversión al papeleo”.

Lo escribe quien es “la heredera de todos los derechos de imagen, marca y copyright de El Cabrero” y quien no se ha opuesto nunca “a que cabreristas, peñas y otras entidades sin ánimo de lucro publiquen en las redes sus recuerdos”, pues “se lo agradezco mucho”. Pero otra cosa bien distinta son “los falsos amigos que abusan de la confianza que recibieron de José y que lo utilizan para trepar y alguno para hacer dinero con sus vídeos ilegalmente publicados”, ha denunciado la viuda del artista, de momento, en su perfil de Facebook. Aunque “me sobran los dedos de una mano para contar a estos desleales”, ha sentenciado Bermúdez, “no les voy a consentir que utilicen sin escrúpulos a un hombre que fue un ejemplo de generosidad e integridad y ya no puede defenderse de sus abusos”.

A Elena no le apetece demasiado insistir en esta queja razonada suya porque la lucha ha de ir por otros cauces, pero sí recuerda con desazón a esos “amigos desleales” que “grabaron todo lo que quisieron abusando de su confianza” y que ahora no tienen empacho en ganar dinero a su costa con vídeos o con camisetas. "Una cosa es subir tres, cuatro, diez vídeos, y otra cosa es hacer negocio con centenares", dice, sin querer mencionar a nadie, pero sabiendo a quiénes se refiere.

Una biografía con muchos novios

Elena Bermúdez lleva muchos años escribiendo la biografía de su marido, “aunque la tenía parada últimamente por la enfermedad de él”. “Han sido años difíciles” estos últimos en los que vivieron en Valencina de la Concepción “y luego me lo traje a Aznalcóllar otra vez porque aquí podía cuidar mejor de él”, insiste. “Pero ahora ya la tengo terminada y quiero publicarla este próximo invierno”, señala, y añade: “Tengo más de 300 páginas escritas, y llevará muchos anexos”. Poco parece para quien tiene tanto que contar y documentar de una vida tan apasionada y apasionante. “Yo no tengo oficio de escritora ni mucho menos, pero sí tengo recuerdos desde su infancia que solo tengo yo porque él me los ha contado y a mí, afortunadamente y a pesar de los achaques físicos, me queda la memoria”.

  • El Cabrero no renunció jamás al oficio que también le dio nombre artístico.
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No está decidido el título aún, ni la editorial que sacará el libro, “pero tiene muchos novios”, señala Bermúdez, que solo espera que “se edite bien y se distribuya mejor, y no solo en España”. Si fuera por la discretísima esposa de El Cabrero, ni siquiera aparecería su nombre en la portada, porque es una mujer acostumbrada al segundo plano, como ha demostrado no solo a lo largo de su vida en común con el artista, sino en la producción de cuantos documentales se han grabado sobre su figura: primero aquel que los franceses Martine Voyeux, Amar Arhab y Béatrice Soulé titularon El Cabrero. El canto de la sierra, y luego el que, hace solo dos años, rodó Joaquín Mimbrero con el título de Mi patria es la libertad. El de los franceses, estrenado en 1989, ganó el Premio Especial de la Crítica en el Festival Rosa de Oro de Montreux y consiguió vender sus derechos a las televisiones de 43 países, excepto en España, donde a pesar de que fue emitido en Canal Plus Francia pareció no encajar para ofrecerlo igualmente en el Canal Plus de entonces de nuestro país. “De TVE, a pesar de que les mandé una copia profesional del documental, ni siquiera contestaron nunca”, recuerda Elena. “Y en Canal Sur dijeron simplemente que no encajaba con su programación”.

El rechazo en su propio país no le termina de extrañar a Elena porque solamente ella sabe lo políticamente incorrecto que podía ser su marido, o el concentrado nivel de verdad y coherencia que podía destilar un artista acostumbrado desde sus inicios a ser castigado o boicoteado por el poder de cada momento, incluido el poder mediático y el poder cultural que maneja el dinero, que conocía –porque se las escribía ella misma— esas letras incendiarias capaces de no dejar títere con cabeza y que tanto preocupaban a la gente como Dios manda, a la gente de orden a la que tanto le molestaba que El Cabrero no reconociera ni Dios ni amo y que cantara: “Yo no soy el animal / que se calla por un pienso / porque tengo en mis adentros / una disconformidad / que me sirve de alimento”, por ejemplo. O por ejemplo: “El rico se come el pan, / el pobre come basura; / los dos a la tierra van / y al final de la jornada / tienen la misma estatura”.

  • El Cabrero y su esposa, Elena Bermúdez, en una foto de archivo.
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Los fandangos de El Cabrero, empapados de la ética de la tierra, iban más allá de la política: “A los perros embusteros / que me ladran por la espalda / yo los miro y me sonrío, / porque sé que la palabra / del obrero tiene el brillo / que a los ricos les falta”. El propio Salvador Távora dijo en cierta ocasión que El Cabrero “canta como es”. Y así era José: “Piden tierra y se la niegan”, cantaba en tantos festivales, “Tierra para trabajar / piden tierra y se la niegan. / Hay otros que piden más / armas para hacer la guerra / y a esos sí que se las dan”.

“Creían que era argentino”

Elena Bermúdez recuerda con nitidez no solamente todo lo vivido con José después de más de medio siglo, “y así lo cuento en el libro, con mi propia voz, aunque en el libro salgan dos voces”, sino también las vivencias de José durante su infancia y adolescencia, cuando todavía ella no había aparecido, “porque él me las contaba muchas veces”. Y a pesar de toda aquella discografía flamenca en la que ella tanto tuvo que ver, desde Encina y cobre, de 1988, en colaboración con el guitarrista Paco del Gastor, hasta Correo de Vélez, de 2016, pasando por el famoso disco dedicado a los fandangos de Huelva, de 1992, Elena recuerda con especial cariño los dos discos en los que su marido se atrevió con los tangos argentinos. El primero de ellos, de 1996, fue Sin remache, tras cuya publicación “tuvo que ir a la ciudad argentina de Córdoba para actuar y para ser entrevistado por el periodista de máxima audiencia de allí, y los oyentes se creían que era argentino”.

  • Portada del disco de tangos argentinos que grabó El Cabrero en 1996.
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Razones no debieron de faltarles a los argentinos que oían cantar tangos a un tipo de Aznalcóllar. Porque "cabrero en argentino significa cabreado", relata Elena, y "creían que un argentino enojado se había puesto a cantar tangos por puro sentimiento". Y también aquello tenía su historia, desde luego, más profunda, y la sabe bien Elena, que la contará con todo tipo de detalles en la biografía que está por salir. “Su padre le daba 25 pesetas cada semana por cuidar las cabras, cuando él tenía 15 o 16 años”, recuerda ella porque se lo contaba él. “Pues con aquella edad tomaba el autobús desde Aznalcóllar y hacía un trayecto de casi dos horas para llegar a la Estación de Córdoba”, luego Plaza de Armas. Entraba en un bar que se llamaba El Roda, en Marqués de Paradas, “y se gastaba poco a poco todo el dinero de la semana en una gramola que reproducía tangos de Carlos Gardel”. “Ya entonces fumaba”, dice Elena, “pero también se sacrificaba sin fumar por escuchar más a Gardel, y se reservaba el dinero justo para el autobús de vuelta”.

“Yo no he conocido a nadie con tanta pasión por la música como José”, asegura Elena, quien recuerda asimismo que “tenemos una colección con las 900 grabaciones de Gardel, y él y yo nos pasábamos las noches enteras escuchándolo, no una ni dos veces, sino muy a menudo”.

Elena asegura que la biografía tampoco será una hagiografía del cantaor porque “también tenía sus defectos, como cualquier ser humano, y era a veces muy impaciente, porque se le antojaba un cencerro de Aracena, por ejemplo, y no le importaba que yo dejara de hacer el arroz que estuviese cocinando para que nos fuéramos a cualquier hora, aunque como vivías junto a un gigante así, y eras consciente, todas estas cosas quedan como anécdotas muy por debajo de lo importante”.

  • Elena Bermúdez y El Cabrero, en una foto publicada por ellos en redes en 2024.
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El Cabrero vivió como quiso. “Todo se lo gastaba en cabras, pero da igual: nos iremos igual que vinimos”, dice filosóficamente su viuda. “No le gustaban los toros ni el fútbol ni la Semana Santa, por ejemplo; solo las cabras, los cencerros, la sierra y el cante, y no entendía nada que no fuera estrictamente natural”.

Lo cantó él mismo en muchos lugares, porque al margen de que en los años 80 firmara más contratos que El Lebrijano y Camarón, por ejemplo, o que en su gira de 1993 se lo llevara por EEUU el mismísimo Peter Gabriel, a él nunca se le olvidó de dónde venía: “Y cuando el tiempo me gane / ya cansado y para viejo, / jugaré a pastor de nubes / y de zagal pondré al viento”. Otra letra de Elena, que sigue luchando aquí abajo “por su dignidad”. La de El Cabrero, la de ella, la de ambos. 

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