Ayer leí un artículo de un compañero politologo marroquí que me hizo pensar y analizar, pues hay declaraciones políticas que pueden parecer una simple salida de tono y, sin embargo, conviene analizarlas dentro de un contexto mucho más amplio.
Si artículo recogía las declaraciones del ministro marroquí de asuntos religiosos mencionando "la lucha sagrada" para liberar Ceuta y Melilla, no creo que debamos caer en alarmismos ni afirmar que Marruecos esté preparando una operación para ocupar las ciudades autónomas, ahora. Pero tampoco sería inteligente despachar estas declaraciones como una mera cuestión de política interna marroquí.
Marruecos sabe muy bien jugar en el tablero de la geopolítica, y así lo ha demostrado durante estos últimos años, sobre todo atrayendo a Estados Unidos e Israel como aliados mientras nuestro gobierno se alejaba de ellos, Marruecos ha buscado apoyos internacionales en su hoja de ruta expansionista. Porque detrás de Ceuta y Melilla existe otra cuestión que Marruecos lleva décadas intentando resolver y que, pondrá muy pronto otra vez en el tablero, el Sáhara Occidental.
Y aquí es donde la política exterior de Rabat adquiere una dimensión estratégica con más calado. Marruecos ha convertido el reconocimiento de su soberanía sobre el Sáhara en uno de los grandes objetivos de su diplomacia y con una hoja de ruta muy bien diseñada, utilizando relaciones económicas, acuerdos comerciales, cooperación migratoria y alianzas internacionales para conseguir que cada vez más países se aproximen a su posición, y aunque España no ha sido ajena a esa estrategia, lo ha visto como algo alejado de sus intereses geopolíticos, craso error pues el cambio de posición del Gobierno español sobre el Sáhara abrió una nueva etapa en las relaciones entre Madrid y Rabat. Desde entonces, Marruecos ha encontrado en España un "socio estratégico" al que presionar, pero eso no significa que haya desaparecido su reivindicación histórica sobre Ceuta y Melilla.
Al contrario. Precisamente por eso debemos preguntarnos qué utilidad política puede tener ahora volver a poner ambas ciudades encima de la mesa?
En política internacional, una reivindicación territorial no tiene por qué perseguir una solución inmediata ni a medio plazo, puede servir como instrumento de presión futura. Puede utilizarse para recordar al adversario que existen asuntos pendientes y, sobre todo, para aumentar el precio de determinadas decisiones.
Y Marruecos sabe utilizar muy bien esa herramienta como ya pudimos comprobar en 2021. La crisis migratoria de Ceuta demostró hasta qué punto una cuestión fronteriza puede convertirse en un instrumento de presión política. Aquella crisis coincidió, además, con las fuertes tensiones entre España y Marruecos alrededor del Sáhara.
Por eso resulta difícil contemplar las nuevas reivindicaciones territoriales como un asunto completamente aislado. Quizás la cuestión no sea si Marruecos pretende ocupar Ceuta y Melilla mañana. La pregunta importante que debemos hacernos, y es aquí donde hay que profundizar más en el artículo de mí colega marroquí, ¿si Mohamed VI está intentando construir, poco a poco, las condiciones políticas para que algún día la cuestión de Ceuta y Melilla pueda ser considerada internacionalmente como una reivindicación legítima.
Porque una cosa es intentar conquistar un territorio y otra muy distinta conseguir que una parte de la comunidad internacional empiece a asumir que existe un supuesto conflicto territorial pendiente.
Una segunda estrategia es mucho más lenta, pero también puede ser mucho más eficaz. Y aquí aparece nuevamente el Sáhara Occidental, Marruecos podría estar jugando una partida doble de largo recorrido; Primero consolidar internacionalmente su posición sobre el Sáhara, ésta jugada le serviría de negociación ahora ante nuestros socios de la UE si se posicionarán firmemente junto a España en la crisis de Ceuta, a cambió de posponer la reivindicion de Ceuta y Melilla conseguir más apoyos internacionales sobre el Sáhara, ojo, y como he recogido antes, con una hoja de ruta bien diseñada para ir metiendo en agenda que la comunidad internacional empiece a asumir que existe un supuesto conflicto territorial entre España y Marruecos, ya que nuestros vecinos quieren disponer de cartas sobre la mesa en un futuro a medio-largo plazo.
Por eso en España debemos tener muy claro algo que debería ser no solo una cuestión de Estado: Nuestra posición sobre el Sáhara Occidental no puede estar vinculada, ni explícita ni implícitamente, al futuro de Ceuta y Melilla.
Una cosa es buscar una solución política al conflicto del Sáhara y otra aceptar que la soberanía española pueda convertirse en moneda de cambio.
Ceuta y Melilla no deben de ser fichas de una partida diplomática pues son ciudades españolas y está posición es indiscutible e innegociables. Y precisamente porque España debe mantener una relación estratégica con Marruecos en materia de inmigración, seguridad, comercio y lucha contra el terrorismo debemos hacerlo desde la fortaleza y no desde la dependencia.
También sería un error responder a cada declaración marroquí con una escalada diplomática verbal. La política exterior requiere serenidad, inteligencia y perspectiva. Pero serenidad no significa ingenuidad.
Marruecos tiene una estrategia. España también debería tenerla. Y esa estrategia debería comenzar por comprender que la cuestión del Sáhara, Ceuta y Melilla y la relación bilateral entre Madrid y Rabat no son compartimentos estancos. Quizás hoy Ceuta y Melilla sean para Rabat una reivindicación política secundaria y utilizable para otros objetivos como es el Sáhara.Quizás sean una herramienta de presión. Quizás sean, simplemente, una bandera del nacionalismo marroquí.
Pero si algo nos enseña la historia es que las reivindicaciones territoriales, cuando se repiten durante décadas, no deben ser ignoradas. Porque en geopolítica hay algo mucho más peligroso que una amenaza explícita: la normalización progresiva de una reivindicación que, al principio, parecía imposible.
España debería tomar nota. Sin alarmismo. Sin provocaciones. Pero también sin ingenuidad, aunque esto último, quizás como diría mí compañero politologo Fragu esté unida a la posible información que Marruecos tiene de nuestro gobierno realizada a través del espionaje del Pegasus. Pero esto sería harina de otro costal que en un futuro podríamos saber...
Ayer leí un artículo de un compañero politologo marroquí que me hizo pensar y analizar, pues hay declaraciones políticas que pueden parecer una simple salida de tono y, sin embargo, conviene analizarlas dentro de un contexto mucho más amplio.
Si artículo recogía las declaraciones del ministro marroquí de asuntos religiosos mencionando "la lucha sagrada" para liberar Ceuta y Melilla, no creo que debamos caer en alarmismos ni afirmar que Marruecos esté preparando una operación para ocupar las ciudades autónomas, ahora. Pero tampoco sería inteligente despachar estas declaraciones como una mera cuestión de política interna marroquí.
Marruecos sabe muy bien jugar en el tablero de la geopolítica, y así lo ha demostrado durante estos últimos años, sobre todo atrayendo a Estados Unidos e Israel como aliados mientras nuestro gobierno se alejaba de ellos, Marruecos ha buscado apoyos internacionales en su hoja de ruta expansionista. Porque detrás de Ceuta y Melilla existe otra cuestión que Marruecos lleva décadas intentando resolver y que, pondrá muy pronto otra vez en el tablero, el Sáhara Occidental.
Y aquí es donde la política exterior de Rabat adquiere una dimensión estratégica con más calado. Marruecos ha convertido el reconocimiento de su soberanía sobre el Sáhara en uno de los grandes objetivos de su diplomacia y con una hoja de ruta muy bien diseñada, utilizando relaciones económicas, acuerdos comerciales, cooperación migratoria y alianzas internacionales para conseguir que cada vez más países se aproximen a su posición, y aunque España no ha sido ajena a esa estrategia, lo ha visto como algo alejado de sus intereses geopolíticos, craso error pues el cambio de posición del Gobierno español sobre el Sáhara abrió una nueva etapa en las relaciones entre Madrid y Rabat. Desde entonces, Marruecos ha encontrado en España un "socio estratégico" al que presionar, pero eso no significa que haya desaparecido su reivindicación histórica sobre Ceuta y Melilla.
Al contrario. Precisamente por eso debemos preguntarnos qué utilidad política puede tener ahora volver a poner ambas ciudades encima de la mesa?
En política internacional, una reivindicación territorial no tiene por qué perseguir una solución inmediata ni a medio plazo, puede servir como instrumento de presión futura. Puede utilizarse para recordar al adversario que existen asuntos pendientes y, sobre todo, para aumentar el precio de determinadas decisiones.
Y Marruecos sabe utilizar muy bien esa herramienta como ya pudimos comprobar en 2021. La crisis migratoria de Ceuta demostró hasta qué punto una cuestión fronteriza puede convertirse en un instrumento de presión política. Aquella crisis coincidió, además, con las fuertes tensiones entre España y Marruecos alrededor del Sáhara.
Por eso resulta difícil contemplar las nuevas reivindicaciones territoriales como un asunto completamente aislado. Quizás la cuestión no sea si Marruecos pretende ocupar Ceuta y Melilla mañana. La pregunta importante que debemos hacernos, y es aquí donde hay que profundizar más en el artículo de mí colega marroquí, ¿si Mohamed VI está intentando construir, poco a poco, las condiciones políticas para que algún día la cuestión de Ceuta y Melilla pueda ser considerada internacionalmente como una reivindicación legítima.
Porque una cosa es intentar conquistar un territorio y otra muy distinta conseguir que una parte de la comunidad internacional empiece a asumir que existe un supuesto conflicto territorial pendiente.
Una segunda estrategia es mucho más lenta, pero también puede ser mucho más eficaz. Y aquí aparece nuevamente el Sáhara Occidental, Marruecos podría estar jugando una partida doble de largo recorrido; Primero consolidar internacionalmente su posición sobre el Sáhara, ésta jugada le serviría de negociación ahora ante nuestros socios de la UE si se posicionarán firmemente junto a España en la crisis de Ceuta, a cambió de posponer la reivindicion de Ceuta y Melilla conseguir más apoyos internacionales sobre el Sáhara, ojo, y como he recogido antes, con una hoja de ruta bien diseñada para ir metiendo en agenda que la comunidad internacional empiece a asumir que existe un supuesto conflicto territorial entre España y Marruecos, ya que nuestros vecinos quieren disponer de cartas sobre la mesa en un futuro a medio-largo plazo.
Por eso en España debemos tener muy claro algo que debería ser no solo una cuestión de Estado: Nuestra posición sobre el Sáhara Occidental no puede estar vinculada, ni explícita ni implícitamente, al futuro de Ceuta y Melilla.
Una cosa es buscar una solución política al conflicto del Sáhara y otra aceptar que la soberanía española pueda convertirse en moneda de cambio.
Ceuta y Melilla no deben de ser fichas de una partida diplomática pues son ciudades españolas y está posición es indiscutible e innegociables. Y precisamente porque España debe mantener una relación estratégica con Marruecos en materia de inmigración, seguridad, comercio y lucha contra el terrorismo debemos hacerlo desde la fortaleza y no desde la dependencia.
También sería un error responder a cada declaración marroquí con una escalada diplomática verbal. La política exterior requiere serenidad, inteligencia y perspectiva. Pero serenidad no significa ingenuidad.
Marruecos tiene una estrategia. España también debería tenerla. Y esa estrategia debería comenzar por comprender que la cuestión del Sáhara, Ceuta y Melilla y la relación bilateral entre Madrid y Rabat no son compartimentos estancos. Quizás hoy Ceuta y Melilla sean para Rabat una reivindicación política secundaria y utilizable para otros objetivos como es el Sáhara.Quizás sean una herramienta de presión. Quizás sean, simplemente, una bandera del nacionalismo marroquí.
Pero si algo nos enseña la historia es que las reivindicaciones territoriales, cuando se repiten durante décadas, no deben ser ignoradas. Porque en geopolítica hay algo mucho más peligroso que una amenaza explícita: la normalización progresiva de una reivindicación que, al principio, parecía imposible.
España debería tomar nota. Sin alarmismo. Sin provocaciones. Pero también sin ingenuidad, aunque esto último, quizás como diría mí compañero politologo Fragu esté unida a la posible información que Marruecos tiene de nuestro gobierno realizada a través del espionaje del Pegasus. Pero esto sería harina de otro costal que en un futuro podríamos saber...
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