Todos los veranos aparece en X la misma pregunta: “¿Qué libro me recomendáis para las vacaciones?”. Yo suelo responder El conde de Montecristo. Qué queréis que os diga, me lo leí en verano y siempre me ha parecido un libro muy veraniego. Hay una isla, el Mediterráneo, barcos, contrabandistas, tesoros y bastante agua.
No sé qué más requisitos necesita una novela para entrar en la categoría de lectura estival.
El problema es que, cuando recomiendo sus más de mil páginas, descubro que no han preguntado exactamente qué libro leer durante el verano. Buscan “algo ligerito”. Una historia que se lea rápido, que entretenga, que no exija demasiado y, a ser posible, que pueda terminarse antes de que desaparezca el moreno. Y creo que me perdí el momento en el que decidimos que el cerebro también tenía que irse de vacaciones.
No tengo absolutamente nada contra los libros ligeros. Los leo y los disfruto como cualquiera. Tampoco creo que una deba pasarse agosto enfrentándose a Dostoievski para demostrar nada a nadie. Lo que me chirría es que hayamos empezado a considerar la dificultad casi como un defecto. Un libro que exige concentración, que obliga a detenerse, que incorpora palabras que desconocemos o que nos hace volver unas páginas atrás parece haberse convertido en una experiencia lectora fallida.
Bienvenidos a la era de la desintelectualidad: queremos algo ligerito, rápido y sin efectos secundarios. Libros que no nos obliguen a pensar demasiado, a sentir demasiado ni, sobre todo, a enfrentarnos a la incómoda posibilidad de descubrir que quizá no sabemos tanto como creemos.
Supongo que eso sigue siendo leer, claro. Pero algunas veces se parece sospechosamente a consumir contenido. Y ahí es donde aparece la gentrificación de la literatura. Como el turista que llega a un barrio atraído por aquello que lo hacía diferente y termina contribuyendo a convertirlo en un decorado, hemos empezado a relacionarnos con los libros sin querer que nos molesten demasiado. Nos gusta la idea de leer. Nos gustan las librerías. Nos gustan las fotografías de bibliotecas, los marcapáginas, las ediciones bonitas, las velas con olor a libro antiguo y las estanterías de madera cuidadosamente desordenadas. Nos encanta todo lo que rodea a la literatura siempre que la literatura propiamente dicha no nos complique demasiado la tarde.
Las antiguas librerías de barrio olían a polvo y a papel. Ahora algunas huelen a té matcha. No tengo nada contra el matcha, que conste, pero resulta fascinante observar cómo el libro se ha convertido también en un objeto estético. Se venden ediciones concebidas para combinar entre ellas, lomos preciosos, cantos
pintados y clásicos que probablemente jamás abandonarán la estantería porque su función ya no consiste necesariamente en ser leídos. Quedan estupendos junto a una vela con aroma a biblioteca victoriana. Hemos convertido el intelecto en decoración de interiores.
Y esto afecta también a la manera en que elegimos qué leer. Durante mucho tiempo una de las grandes ventajas de entrar en una librería era encontrarse con alguien capaz de recomendar un libro que uno ni siquiera sabía que quería. Un librero que conocía su fondo, había leído buena parte de él y podía llevarte desde la novela que acababas de terminar hasta un autor del que jamás habías oído hablar. Ahora el algoritmo hace algo parecido, solo que tiene otros intereses. Lejos de ampliar nuestro horizonte lector, pretende mantenernos consumiendo.
Así aparecen las novelas que «se leen solas», las que «enganchan desde la primera página», las que «te duran una tarde». Expresiones que utilizamos como elogios sin preguntarnos cuándo la velocidad se convirtió en una virtud literaria. Parece que terminar cincuenta libros al año tiene necesariamente más valor que leer veinte, como si Goodreads concediera una medalla al llegar a diciembre.
Quizá por eso El conde de Montecristo me parece una lectura de verano estupenda. Precisamente porque necesita tiempo. Hay que instalarse en él. Acompañar a Edmond Dantès durante años, perderse en sus planes, conocer personajes que reaparecerán cientos de páginas después y aceptar que Dumas no tenía ninguna prisa por llegar al final.
El verano, al menos en teoría, nos regala precisamente tiempo. Podemos emplearlo en leer doscientas páginas o mil doscientas. En una novela romántica, un clásico, un ensayo o un misterio. Da exactamente igual. La cuestión no está en qué leemos, sino en empezar a desconfiar de la idea de que un libro es peor porque nos exige algo a cambio.
La literatura puede entretenernos, consolarnos y hacernos compañía junto a una piscina, pero también puede incomodarnos, agotarnos, obligarnos a consultar una palabra y dejarnos pensando durante tres días. Y quizá no deberíamos tener tanta prisa por echar del barrio precisamente aquello que habíamos venido a buscar.
Todos los veranos aparece en X la misma pregunta: “¿Qué libro me recomendáis para las vacaciones?”. Yo suelo responder El conde de Montecristo. Qué queréis que os diga, me lo leí en verano y siempre me ha parecido un libro muy veraniego. Hay una isla, el Mediterráneo, barcos, contrabandistas, tesoros y bastante agua.
No sé qué más requisitos necesita una novela para entrar en la categoría de lectura estival.
El problema es que, cuando recomiendo sus más de mil páginas, descubro que no han preguntado exactamente qué libro leer durante el verano. Buscan “algo ligerito”. Una historia que se lea rápido, que entretenga, que no exija demasiado y, a ser posible, que pueda terminarse antes de que desaparezca el moreno. Y creo que me perdí el momento en el que decidimos que el cerebro también tenía que irse de vacaciones.
No tengo absolutamente nada contra los libros ligeros. Los leo y los disfruto como cualquiera. Tampoco creo que una deba pasarse agosto enfrentándose a Dostoievski para demostrar nada a nadie. Lo que me chirría es que hayamos empezado a considerar la dificultad casi como un defecto. Un libro que exige concentración, que obliga a detenerse, que incorpora palabras que desconocemos o que nos hace volver unas páginas atrás parece haberse convertido en una experiencia lectora fallida.
Bienvenidos a la era de la desintelectualidad: queremos algo ligerito, rápido y sin efectos secundarios. Libros que no nos obliguen a pensar demasiado, a sentir demasiado ni, sobre todo, a enfrentarnos a la incómoda posibilidad de descubrir que quizá no sabemos tanto como creemos.
Supongo que eso sigue siendo leer, claro. Pero algunas veces se parece sospechosamente a consumir contenido. Y ahí es donde aparece la gentrificación de la literatura. Como el turista que llega a un barrio atraído por aquello que lo hacía diferente y termina contribuyendo a convertirlo en un decorado, hemos empezado a relacionarnos con los libros sin querer que nos molesten demasiado. Nos gusta la idea de leer. Nos gustan las librerías. Nos gustan las fotografías de bibliotecas, los marcapáginas, las ediciones bonitas, las velas con olor a libro antiguo y las estanterías de madera cuidadosamente desordenadas. Nos encanta todo lo que rodea a la literatura siempre que la literatura propiamente dicha no nos complique demasiado la tarde.
Las antiguas librerías de barrio olían a polvo y a papel. Ahora algunas huelen a té matcha. No tengo nada contra el matcha, que conste, pero resulta fascinante observar cómo el libro se ha convertido también en un objeto estético. Se venden ediciones concebidas para combinar entre ellas, lomos preciosos, cantos
pintados y clásicos que probablemente jamás abandonarán la estantería porque su función ya no consiste necesariamente en ser leídos. Quedan estupendos junto a una vela con aroma a biblioteca victoriana. Hemos convertido el intelecto en decoración de interiores.
Y esto afecta también a la manera en que elegimos qué leer. Durante mucho tiempo una de las grandes ventajas de entrar en una librería era encontrarse con alguien capaz de recomendar un libro que uno ni siquiera sabía que quería. Un librero que conocía su fondo, había leído buena parte de él y podía llevarte desde la novela que acababas de terminar hasta un autor del que jamás habías oído hablar. Ahora el algoritmo hace algo parecido, solo que tiene otros intereses. Lejos de ampliar nuestro horizonte lector, pretende mantenernos consumiendo.
Así aparecen las novelas que «se leen solas», las que «enganchan desde la primera página», las que «te duran una tarde». Expresiones que utilizamos como elogios sin preguntarnos cuándo la velocidad se convirtió en una virtud literaria. Parece que terminar cincuenta libros al año tiene necesariamente más valor que leer veinte, como si Goodreads concediera una medalla al llegar a diciembre.
Quizá por eso El conde de Montecristo me parece una lectura de verano estupenda. Precisamente porque necesita tiempo. Hay que instalarse en él. Acompañar a Edmond Dantès durante años, perderse en sus planes, conocer personajes que reaparecerán cientos de páginas después y aceptar que Dumas no tenía ninguna prisa por llegar al final.
El verano, al menos en teoría, nos regala precisamente tiempo. Podemos emplearlo en leer doscientas páginas o mil doscientas. En una novela romántica, un clásico, un ensayo o un misterio. Da exactamente igual. La cuestión no está en qué leemos, sino en empezar a desconfiar de la idea de que un libro es peor porque nos exige algo a cambio.
La literatura puede entretenernos, consolarnos y hacernos compañía junto a una piscina, pero también puede incomodarnos, agotarnos, obligarnos a consultar una palabra y dejarnos pensando durante tres días. Y quizá no deberíamos tener tanta prisa por echar del barrio precisamente aquello que habíamos venido a buscar.
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