Roedores de cultura

La pasión por el conocimiento: 150 muertes de científicos, héroes anónimos

El físico y profesor Eugenio Manuel Fernández presenta 'Eso no estaba en mi libro de Historia de la Ciencia' en los Claustros de Santo Domingo, dentro del programa de la Feria del Libro de Jerez

La oferta editorial relacionada con la divulgación científica ha ido creciendo en los últimos años, tanto en cantidad como en calidad. Los aficionados a este género contamos con grandes divulgadores en castellano. Los editores han creado colecciones dentro de sus catálogos, incluso sellos editoriales dedicados a la divulgación, como es el caso de Guadalmazán y su serie Eso no estaba en mi libro de…”. José Antonio Lucero, profesor de historia y compañero del autor, fue el encargado de presentarnos a Eugenio Manuel Fernández Aguilar. Primero nos contó la biografía oficial: “Es Licenciado en Física y profesor de secundaria en Rota, Cádiz.

Ha participado en algunas antologías y, en solitario, ha publicado varios libros de divulgación científica, entre los que se encuentran tres biografías científicas traducidas al italiano, francés y ruso: La conspiración lunar ¡vaya timo! (Laetoli), Arquímedes (RBA, NG), Ampère (RBA, NG) y Boyle (RBA, NG). Es autor del equipo de autores de libros de textos de ciencias de secundaria en Algaida-Anaya y también ha participado en antologías de poesía. Mantiene los blogs Ciencia en el XXI (de carácter general y personal) y Ciencia en negro (sobre historia de la ciencia en la red Naukas).

Luego nos habló de cómo es Eugenio en la vida cotidiana. Es una persona de carácter fuerte, pero muy dialogante y de humor inteligente. Está obsesionado con las faltas de ortografía y es un maniático del orden. “Es un buen profesor de ciencias, exigente, debido a su pasión por el saber”. José Antonio reflexionó sobre esa vieja distinción entre ciencias y letras que todavía permanece arraigada en nuestra cultura. Es absurda esa batalla, “cuando uno comienza a estudiar historia o ciencias se da cuenta de que son dos vasos comunicantes. Para alguien que ame la ciencia, no conocer quiénes fueron Napoleón o Carlomagno supone desterrar gran parte del conocimiento. Y para los aficionados a la historia, no saber cuál fue la aportación de personajes como Arquímedes, Newton o Platón implica quedarse sin una porción importante de la cultura”.

El autor junto al presentador del acto literario. FOTO: MANU GARCÍA

Eugenio realiza una labor excepcional a la hora de entrelazar y comunicar todos esos ámbitos esenciales del conocimiento. “Lo maravilloso de este libro es que no parece una obra de historia de la ciencia”. No es un tratado convencional de ciencia, sino un canto ameno al amor por el conocimiento y un homenaje a todas esas personas que han hecho progresar nuestra civilización. “No es un libro de historia de la ciencia al uso porque la ciencia no es el hilo conductor del texto”, resaltó José Antonio. Con el fin de despertar la curiosidad, “Eugenio utiliza como hilo conductor la muerte de científicos para explicarnos cómo ha evolucionado la ciencia, desde la Antigüedad hasta el siglo XXI”. Destacó tres claves para la lectura del libro. La primera es que la ciencia conlleva un sacrificio de vidas. De forma altruista y anónima, muchos científicos han dado su vida por el progreso científico y técnico. La segunda es que la muerte nos llega a todos, y a veces de la forma más azarosa e imprevisible. Y la tercera es que sin la labor de estos héroes la civilización no habría llegado ser lo que es. Por eso “los profesores tenemos la obligación de despertar en nuestros jóvenes la pasión por el conocimiento”.

Eugenio Manuel Fernández realizó una excelente presentación de Eso no estaba en mi libro de Historia de la Ciencia. Como buen divulgador y profesor, maneja con soltura todos los recursos de la comunicación: humor, síntesis, naturalidad, humildad, interacción con el público, ironía y nuevas tecnologías. El resultado: contagia su pasión por el saber y te empuja a leer. Para explicar el origen del libro nos mostró una ecografía de su hija. Porque todo empezó cuando tuvo que asistir a las sesiones de preparación al parto con su mujer para aprender a respirar, a las cinco de la tarde… Aprovechaba ese rato para buscar en el móvil información relacionada con lo que allí sucedía. Así conoció a Fidel Pagés, médico militar español inventor de la anestesia epidural y que murió con 37 años en un accidente de tráfico. Entonces se le ocurrió escribir un libro sobre muertes de científicos. “El libro está repleto de héroes anónimos como Fidel Pagés”. Pero hablar de muertes entraña sus riesgos… Es delicado, porque todos tenemos cerca la muerte de seres queridos. Por eso Eugenio se propuso escribir una obra que tratase el tema con cierto humor, con naturalidad y, sobre todo, con mucho respeto.

En el libro hay 150 historias de científicos. Mencionó algunos casos, unos más conocidos que otros. Félix Rodríguez de la Fuente es un ejemplo de investigador y divulgador muy popular que tuvo una muerte trágica. Experto en cetrería, Félix nos acercó la ciencia de forma amena. Introdujo las aves rapaces en los aeropuertos para que cazasen a las palomas que se metían en las turbinas de los aviones. También transformó la imagen del lobo ibérico… Sin embargo, en el libro hay muchos casos de personas que dieron su vida por la ciencia y son ignorados por el gran público. Algunos son conocidos de forma parcial, como es el caso de Pierre Curie, que murió un día que iba corriendo al laboratorio. Se resbaló en la calle y le aplastó la cabeza un carruaje. Además de sus estudios de radiactividad con Marie, también descubrió con su hermano Jaques la piezoelectricidad: hay materiales, como el cuarzo, que cuando los comprimes responden con una corriente eléctrica. Se utiliza en los transductores, necesarios para hacer ecografías…

Habló de varios ejemplos, como el de Dian Fossey, asesinada por defender a los gorilas; el de Karen Wetterhan, que murió por la molécula de dimetilmercurio, capaz de traspasar la barrera de un guante de látex; el del matemático Alan Turing, que se suicidó con una manzana impregnada de cianuro; el del aracnólogo Frederick Octavius Pickard-Cambridge que se suicidó dejándose picar por una araña venenosa; el de Galois, que murió en un duelo… En el libro hay muchas ilustraciones con pinturas y fotografías. Eugenio cada vez que va a un museo investiga en qué cuadros aparecen científicos. También hay referencias a la literatura. “Este no es un libro de muerte, es un libro de vida. (…) Los héroes y heroínas de este libro son personas que entienden qué es la palabra libertad, tanto la suya como la de los demás. Y hacer ciencia, querido lector, es el mayor de los actos de libertad que la humanidad ha desarrollado en toda su historia”.

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