A ciertas alturas todos, todas las personas, somos casi los personajes de nuestra propia novela. En ese momento de plenitud, de sosiego, de silencio interior, cuando el tiempo empieza a medirse de otra forma y no lo marcan las jornadas laborales, el personaje y el hombre miran hacia atrás y buscan allá donde fueron felices, allá donde sonreír era el propósito de vivir y allá donde al final de la jornada no estaban solo las cartas de los bancos, sino las importantes. Y entonces uno se encuentra que se repite, quizás no los hechos –o hasta que sí-, pero sí la sensación de plenitud que ya retrataron Juan Ramón en Platero, Joaquín Romero Murube en Pueblo Lejano, José Manuel Caballero Bonald en La casa del padre, Julio Mariscal en Pueblo, Antonio Muñoz Molina en El Jinete polaco... Por nombrar algunos nombres señeros que han coincidido en esa vitalidad, en esa nostálgica alegría de vivir, que nada tiene que ver con un testamento vital, sino con la sonrisa de la vida y con aquellas casas en las que las puertas estaban abiertas.
José Cenizo Jiménez, de Paradas, Sevilla, está en ese momento dulce en el que se permite tocar con gusto el tiempo y recordar. Y recuerda la vida en cantes flamencos en los que se ha curtido y en esta prosa poética que suena al fondo de cada una de las estampas de Antes del porvenir, un libro que ha publicado con el apoyo del ayuntamiento de su pueblo.
Y uno, que es también de pueblo, no puede más que identificarse y andar las mismas calles que José, aunque sean en otro pueblo andaluz, o jugar a los mismos juegos que él, o deambular por los mismos espacios de las casas que hizo suyos, o ver de nuevo la cara de los amigos, o la imagen respetuosa de los maestros que se admiraron y que un día se fueron del pueblo, o hasta las frutas que entonces eran la divisa de una estación del año y no un señuelo en un supermercado, o la lluvia, o los héroes… Debe ser que la vida de esta generación que creció en el albor de la actual democracia, año arriba, año abajo, se ha repetido como lo hacen los pétalos de una margarita, en un país gris (de color solo para los niños) en el que las ilusiones nos llevaban de la mano.
La larga ristra de dedicatorias finales, los nombres propios que cierran este ligero y denso manual de vida, dan cuenta no solo de la realidad, sino también de la fuerza de la memoria, de la intensidad de vivir y recordar con una enorme gratitud, que es la que amasa Cenizo en muchas de sus obras y en bastantes de estos textos. Complace leerlo. Es un viaje en el tiempo, a la vida, a la de todos nosotros que pertenecemos a una realidad irrepetible, que casi nada tiene que ver con esta de ahora en la que la IA y otras bestias nos miran cara a cara y nos roban el corazón y la identidad.
Pero quizás, como él tan bien advierte: “Nadie crece. Pasaron los años y el pueblo ha cambiado. Sus plazas y sus calles se han renovado y es otra la juventud que las vive, otra letra la de su música.
Sigo ahí contemplándome, sin embargo. Como en algunos cuadros, si escarbo un poco, otra obra aparece, otra vida. La plaza no ha cambiado, su fuente canta la misma canción, los padres aún están, el niño te mira junto a otros niños de entonces. Nadie crece.” (p.33).
A ciertas alturas todos, todas las personas, somos casi los personajes de nuestra propia novela. En ese momento de plenitud, de sosiego, de silencio interior, cuando el tiempo empieza a medirse de otra forma y no lo marcan las jornadas laborales, el personaje y el hombre miran hacia atrás y buscan allá donde fueron felices, allá donde sonreír era el propósito de vivir y allá donde al final de la jornada no estaban solo las cartas de los bancos, sino las importantes. Y entonces uno se encuentra que se repite, quizás no los hechos –o hasta que sí-, pero sí la sensación de plenitud que ya retrataron Juan Ramón en Platero, Joaquín Romero Murube en Pueblo Lejano, José Manuel Caballero Bonald en La casa del padre, Julio Mariscal en Pueblo, Antonio Muñoz Molina en El Jinete polaco... Por nombrar algunos nombres señeros que han coincidido en esa vitalidad, en esa nostálgica alegría de vivir, que nada tiene que ver con un testamento vital, sino con la sonrisa de la vida y con aquellas casas en las que las puertas estaban abiertas.
José Cenizo Jiménez, de Paradas, Sevilla, está en ese momento dulce en el que se permite tocar con gusto el tiempo y recordar. Y recuerda la vida en cantes flamencos en los que se ha curtido y en esta prosa poética que suena al fondo de cada una de las estampas de Antes del porvenir, un libro que ha publicado con el apoyo del ayuntamiento de su pueblo.
Y uno, que es también de pueblo, no puede más que identificarse y andar las mismas calles que José, aunque sean en otro pueblo andaluz, o jugar a los mismos juegos que él, o deambular por los mismos espacios de las casas que hizo suyos, o ver de nuevo la cara de los amigos, o la imagen respetuosa de los maestros que se admiraron y que un día se fueron del pueblo, o hasta las frutas que entonces eran la divisa de una estación del año y no un señuelo en un supermercado, o la lluvia, o los héroes… Debe ser que la vida de esta generación que creció en el albor de la actual democracia, año arriba, año abajo, se ha repetido como lo hacen los pétalos de una margarita, en un país gris (de color solo para los niños) en el que las ilusiones nos llevaban de la mano.
La larga ristra de dedicatorias finales, los nombres propios que cierran este ligero y denso manual de vida, dan cuenta no solo de la realidad, sino también de la fuerza de la memoria, de la intensidad de vivir y recordar con una enorme gratitud, que es la que amasa Cenizo en muchas de sus obras y en bastantes de estos textos. Complace leerlo. Es un viaje en el tiempo, a la vida, a la de todos nosotros que pertenecemos a una realidad irrepetible, que casi nada tiene que ver con esta de ahora en la que la IA y otras bestias nos miran cara a cara y nos roban el corazón y la identidad.
Pero quizás, como él tan bien advierte: “Nadie crece. Pasaron los años y el pueblo ha cambiado. Sus plazas y sus calles se han renovado y es otra la juventud que las vive, otra letra la de su música.
Sigo ahí contemplándome, sin embargo. Como en algunos cuadros, si escarbo un poco, otra obra aparece, otra vida. La plaza no ha cambiado, su fuente canta la misma canción, los padres aún están, el niño te mira junto a otros niños de entonces. Nadie crece.” (p.33).
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