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El Odiseo de Nolan, como el de Homero: el viaje del héroe a su semilla

La grandeza de Odiseo –Ulises para los amigos que venimos del latín- es su condición de hombre a secas, o sea, la grandeza de su propia perdición, el milagro de sus propias tentaciones, la prosa gorda de sus meteduras de pata y su persistencia a pesar de tantos pesares

  • Cartel de la nueva película de Christopher Nolan, La Odisea, filmada completamente en Imax

Odiseo, llamado Ulises más tarde por los romanos, no solo le da nombre a la Odisea, que es esa vuelta perfecta del héroe a la semilla, ese regreso del hombre de cualquier tiempo y lugar a su patria chica, el viaje imprescindible de todo ser humano a su Ítaca para empezar a conocerse, sino que constituye la metáfora más completa de lo que significa para un hombre vivir. Vivir después de la vida, aunque sea un instante para calibrar justamente los átomos de éxito y fracaso; vivir después de la aventura, del amor, del suspense, del terror, de la paternidad, de la amistad, de la guerra, de los misterios, de los dioses y de los muertos; vivir para degustar cuantos géneros habíamos creído inventar luego cuando Homero ya los había concentrado todos. Vivir en el regazo de Penélope el tiempo justo para asegurarse de que quien tanto lo esperó a uno sea consciente de que la vida pasa. Y pesa.

Ahora que tantos marroquíes han perdido la vida en su aventura por Ceuta, ahora que tantos ucranios han conquistado la dicha de haber sobrevivido a una guerra que no acaba, ahora que tantos palestinos siguen viviendo sobre los escombros de tanto odio incluso internacional, llega Christopher Nolan para poner de moda, con su soberbia película, el relato de todos los relatos, la madre del borrego literario, el cuento de nunca acabar mientras se teje de día y se desteje de noche, como hubiera soñado Luis Cernuda si su peregrinaje hubiera sido tan distinto como para considerarse a sí mismo “disponible por siempre, mozo o viejo” y no “sin hijo que te busque, como a Ulises, / sin Ítaca que aguarde y sin Penélope”.

La grandeza de Odiseo –Ulises para los amigos que venimos del latín- es su condición de hombre a secas, o sea, la grandeza de su propia perdición, el milagro de sus propias tentaciones, la prosa gorda de sus meteduras de pata y su persistencia a pesar de tantos pesares. Y todo eso ha sido perfectamente capaz de reflejarlo Nolan en su filme, pues ha puesto en valor la enseñanza de Homero por encima de todos los cantos de sirena que nos ofrecen hoy la Inteligencia Artificial y otros artificios.

"Nolan ha puesto en valor la enseñanza de Homero por encima de todos los cantos de sirena que nos ofrecen hoy la Inteligencia Artificial y otros artificios"

Anoche vi la película, por fin, con mi hijo, en una sala tan felizmente atestada que cuando llegamos a comprar nuestras entradas a última hora solo contaba con dos butacas, y bien separadas, de modo que mi hijo y yo no pudimos comentar la jugada hasta bien pasada la una de la madrugada, cuando encendieron las luces, echaban los créditos y todos los asistentes ayudaban a recoger los restos del naufragio. Telémaco se disponía a reinar y a mí me congratulaba la emoción de que mi hijo hubiera entendido tanto de la vida en una sola noche.

De regreso a casa, él me hablaba de las localizaciones tan reales que había elegido el director, de las casualidades de que algunos de sus actores se hubieran emparejado en la vida real, del milagro ficcional de que algunos de ellos participaran también en la película de al lado titulada Spider-Man: Brand New Day, pues en efecto Tom Holland, sin ir más lejos, hacía de Telémaco en la Odisea y de hombre araña en la otra sala.

Y yo trataba de inculcarle que la película que acabábamos de disfrutar juntos para no olvidar encerraba una alegoría portentosa, jugosa y dolorosa de la vida misma, que esa alegoría había sido compuesta hacía miles de años y que la mayor enseñanza de Odiseo, al cabo de tanto sufrimiento, es que la guerra fue lo de menos, una deshonra organizada por los poderosos en todo caso, una vergüenza colectiva, una mala conciencia representada por la inteligente diosa Atenea hasta el final, y que lo de más, lo trascendente, el meollo argumental era el regreso del héroe sin más heroísmo que su propio reconocimiento de su vulnerabilidad.

"La guerra es lo de menos en en la Odisea de Odiseo: una deshonra organizada por los poderosos, una vergüenza colectiva, una mala conciencia representada por la inteligente diosa Atenea"

Nolan respeta la magia de Homero y nos sigue regalando los ingredientes que hicieron de su obra una tabla de la ley. Como en los cantos que nos han ido legando de generación en generación, ahí vemos en la gran pantalla a Penélope, con más fe en el regreso de su marido que en su propia lealtad, que ya es decir; ahí vemos a Telémaco, atormentado por el reto de ser un hijo a la altura del héroe que lo concibió; y ahí vemos hasta al perro de Odiseo, un chucho de caza llamado Argos que se resiste a morir mientras no regrese su amo. Y en el cómputo de aventuras por tierra, mar y aire, vemos a Polifemo encerrando en la cueva a sus ovejas antes de que aquellos soldados ya de vuelta importunaran su soledad; a los lestrigones asesinando tan brutalmente a la mayor parte de los soldados de Odiseo; y a Circe sin romanticismo alguno, convirtiendo en cerdos a los hombres insaciables que volvían normalmente arrasándolo todo, en un inteligente simbolismo de Homero al que Nolan le da una vuelta de tuerca al universalizar esa brutalidad de los cerdos en la brutalidad animal o al enmascarar la brutalidad condenable de todas las guerras en un ejercicio poético de desenmascarar a los cerdos metafóricos convirtiéndolos justamente en cerdos reales.

La película de Nolan, enésima versión del clásico, merece la pena porque viene muy oportunamente a desenmascarar a otros cerdos perfectamente reconocibles cada día en el telediario, porque coloca a los héroes de cartón-piedra a la altura del betún, porque nos recuerda que a los héroes de veras no se les caen los anillos por regresar vestidos de mendigo, y son los que aspiran a tener los pies en el suelo a pesar de haber volado tanto tal vez por culpa de los vientos del carajo, y porque nos esperanza en que, por mucho que enojemos a Poseidón, siempre estará Zeus por encima para impartir la justicia poética que hace tanta falta.

Odiseo, llamado Ulises más tarde por los romanos, no solo le da nombre a la Odisea, que es esa vuelta perfecta del héroe a la semilla, ese regreso del hombre de cualquier tiempo y lugar a su patria chica, el viaje imprescindible de todo ser humano a su Ítaca para empezar a conocerse, sino que constituye la metáfora más completa de lo que significa para un hombre vivir. Vivir después de la vida, aunque sea un instante para calibrar justamente los átomos de éxito y fracaso; vivir después de la aventura, del amor, del suspense, del terror, de la paternidad, de la amistad, de la guerra, de los misterios, de los dioses y de los muertos; vivir para degustar cuantos géneros habíamos creído inventar luego cuando Homero ya los había concentrado todos. Vivir en el regazo de Penélope el tiempo justo para asegurarse de que quien tanto lo esperó a uno sea consciente de que la vida pasa. Y pesa.

Ahora que tantos marroquíes han perdido la vida en su aventura por Ceuta, ahora que tantos ucranios han conquistado la dicha de haber sobrevivido a una guerra que no acaba, ahora que tantos palestinos siguen viviendo sobre los escombros de tanto odio incluso internacional, llega Christopher Nolan para poner de moda, con su soberbia película, el relato de todos los relatos, la madre del borrego literario, el cuento de nunca acabar mientras se teje de día y se desteje de noche, como hubiera soñado Luis Cernuda si su peregrinaje hubiera sido tan distinto como para considerarse a sí mismo “disponible por siempre, mozo o viejo” y no “sin hijo que te busque, como a Ulises, / sin Ítaca que aguarde y sin Penélope”.

La grandeza de Odiseo –Ulises para los amigos que venimos del latín- es su condición de hombre a secas, o sea, la grandeza de su propia perdición, el milagro de sus propias tentaciones, la prosa gorda de sus meteduras de pata y su persistencia a pesar de tantos pesares. Y todo eso ha sido perfectamente capaz de reflejarlo Nolan en su filme, pues ha puesto en valor la enseñanza de Homero por encima de todos los cantos de sirena que nos ofrecen hoy la Inteligencia Artificial y otros artificios.

"Nolan ha puesto en valor la enseñanza de Homero por encima de todos los cantos de sirena que nos ofrecen hoy la Inteligencia Artificial y otros artificios"

Anoche vi la película, por fin, con mi hijo, en una sala tan felizmente atestada que cuando llegamos a comprar nuestras entradas a última hora solo contaba con dos butacas, y bien separadas, de modo que mi hijo y yo no pudimos comentar la jugada hasta bien pasada la una de la madrugada, cuando encendieron las luces, echaban los créditos y todos los asistentes ayudaban a recoger los restos del naufragio. Telémaco se disponía a reinar y a mí me congratulaba la emoción de que mi hijo hubiera entendido tanto de la vida en una sola noche.

De regreso a casa, él me hablaba de las localizaciones tan reales que había elegido el director, de las casualidades de que algunos de sus actores se hubieran emparejado en la vida real, del milagro ficcional de que algunos de ellos participaran también en la película de al lado titulada Spider-Man: Brand New Day, pues en efecto Tom Holland, sin ir más lejos, hacía de Telémaco en la Odisea y de hombre araña en la otra sala.

Y yo trataba de inculcarle que la película que acabábamos de disfrutar juntos para no olvidar encerraba una alegoría portentosa, jugosa y dolorosa de la vida misma, que esa alegoría había sido compuesta hacía miles de años y que la mayor enseñanza de Odiseo, al cabo de tanto sufrimiento, es que la guerra fue lo de menos, una deshonra organizada por los poderosos en todo caso, una vergüenza colectiva, una mala conciencia representada por la inteligente diosa Atenea hasta el final, y que lo de más, lo trascendente, el meollo argumental era el regreso del héroe sin más heroísmo que su propio reconocimiento de su vulnerabilidad.

"La guerra es lo de menos en en la Odisea de Odiseo: una deshonra organizada por los poderosos, una vergüenza colectiva, una mala conciencia representada por la inteligente diosa Atenea"

Nolan respeta la magia de Homero y nos sigue regalando los ingredientes que hicieron de su obra una tabla de la ley. Como en los cantos que nos han ido legando de generación en generación, ahí vemos en la gran pantalla a Penélope, con más fe en el regreso de su marido que en su propia lealtad, que ya es decir; ahí vemos a Telémaco, atormentado por el reto de ser un hijo a la altura del héroe que lo concibió; y ahí vemos hasta al perro de Odiseo, un chucho de caza llamado Argos que se resiste a morir mientras no regrese su amo. Y en el cómputo de aventuras por tierra, mar y aire, vemos a Polifemo encerrando en la cueva a sus ovejas antes de que aquellos soldados ya de vuelta importunaran su soledad; a los lestrigones asesinando tan brutalmente a la mayor parte de los soldados de Odiseo; y a Circe sin romanticismo alguno, convirtiendo en cerdos a los hombres insaciables que volvían normalmente arrasándolo todo, en un inteligente simbolismo de Homero al que Nolan le da una vuelta de tuerca al universalizar esa brutalidad de los cerdos en la brutalidad animal o al enmascarar la brutalidad condenable de todas las guerras en un ejercicio poético de desenmascarar a los cerdos metafóricos convirtiéndolos justamente en cerdos reales.

La película de Nolan, enésima versión del clásico, merece la pena porque viene muy oportunamente a desenmascarar a otros cerdos perfectamente reconocibles cada día en el telediario, porque coloca a los héroes de cartón-piedra a la altura del betún, porque nos recuerda que a los héroes de veras no se les caen los anillos por regresar vestidos de mendigo, y son los que aspiran a tener los pies en el suelo a pesar de haber volado tanto tal vez por culpa de los vientos del carajo, y porque nos esperanza en que, por mucho que enojemos a Poseidón, siempre estará Zeus por encima para impartir la justicia poética que hace tanta falta.

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