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la bulla

No han vuelto ni están volviendo, porque no se habían ido

En este país, que diría Larra, se ha dado la vuelta al principio de presunción de inocencia, que ha quedado en “todo el mundo es culpable mientras no demuestre lo contrario”

  • Isabel Díaz Ayuso durante la visita a los incendios en Madrid.

No es que esté volviendo, ni que haya vuelto. Es que no se fue nunca. Por ejemplo, mucha gente todavía no sabe que Podemos fue absuelto de todas las acusaciones lanzadas contra ellos con la intención de hundirlos. Una técnica, no penada lamentablemente propia de la política repugnante del “Denuncia, que algo queda”.

Ya lo hemos dicho otras veces: se denuncia sin pruebas, sin un solo dato en que basar la denuncia; y aunque el Supremo ha recomendado que esas denuncias sean rechazadas, hay jueces que las admiten para ponerse de inmediato a buscar algún resquicio por el que encontrar al menos una duda, como si la Justicia no estuviera obligada a manejar solamente hechos probados, pruebas tangibles e indiscutibles. En este país, que diría Larra, se ha dado la vuelta al principio de presunción de inocencia, que ha quedado en “todo el mundo es culpable mientras no demuestre lo contrario”, con lo cual todos estamos en libertad provisional.

El fascismo siempre ha estado presente, ha estado presumiendo sus ideas, celebrándolas, a veces como una anécdota, a veces como una necesidad. Y si nos descuidamos sólo un poco, será necesario prohibir que los manifestantes vuelen para evitar “accidentes”, como en el tiempo rememorado, el que, inocentemente, habíamos creído pretérito. El fascismo no vuelve: se despierta.

Mucha gente se había hecho pasar por progresista, por sus desacuerdos con el PSOE o el PP, pero nunca descubrió la verdadera causa: su espíritu dictatorial, porque para esas personas las cosas sólo se resuelven con más autoridad, con mano más dura. Siempre ha habido gente egoísta, desagradecida, liante, tergiversadora, soberbia, autoconsiderados superiores y por tanto adoradores de sí mismos.

Solamente necesitaban una chispa. Y la chispa fue saltando como un cohete lanzado con efecto, de forma sucesiva: Bukele, Orbán, Meloni, para abrir el apetito y en España Abascal, Ayuso y Feijoo y Moreno, con todo su coro de asociaciones afines y gente que ha vuelto a respirar porque ¡por fin! ha encontrado su horma. ¡Cuánto deberían apretarles los zapatos! “Ya es hora de apretar el cinturón a los demás…” ¡y a ellos!, por muy libres que hayan llegado a creerse, de sufrir la misma política del resto de trabajadores, autónomos, pequeños empresarios, funcionarios y sufridores en general. Ya veremos a quien culpan cuando se nieguen a reconocer su error y se asusten, como se asustaron los alemanes en 1944 sin arrepentimiento, después de haber elegido lo que eligieron en 1933.

Una de sus formas de actuar en una primera etapa, es demonizar a quien no sea como ellos, a quien, por ejemplo, defienda a los más necesitados. Muchas de las denuncias falsas tienen acogida. Por ejemplo, David Sánchez ha sido condenado por cambiar el nombre a una calle, después de ser absuelto de tráfico de influencias. La policía informó al juez que no hallaban pruebas contra Begoña Gómez. Pero el Juez ha seguido con la misma prisa antes de irse de vacaciones, sumando supuestas culpas, para que la rebaja del Tribunal Superior dejara algo, no fuera a anular el “principio de autoridad”. El garrote vil del panadero de Alcalá, la persecución de “El Vivillo” sin haber sido bandolero en su vida, o el crimen de Cuenca y las torturas sufridas por los dos sospechosos a punto de probar también el garrote vil, por un crimen que nunca se había dado, son ejemplos de horrores, no errores, por como negligencias o necesidad de condenar.

El problema es que un/a trabajador/a puede ser castigado/a por un error. Incluso expulsado. Los denunciantes en cambio parecen no tener responsabilidad. Peor aún, tampoco la tienen los responsables de las denuncias sin documentar. Después de una sentencia absolutoria, el juicio (im)popular continúa. Mucha gente, desinformados, porque la mayoría no quiere oir, no quiere saber no quiere hablar “de política” pero defienden “su derecho” a opinar, derecho que incluye condenar antes de la decisión de la Justicia. Y mantener la condena después.

Esto ¿es democracia? ¿De verdad? Pues favorece a la derecha y a la ultraderecha, cada vez menos diferenciadas entre sí, de forma descarada. Si fuera democracia deberíamos buscar ya un planeta deshabitado. ¡Ah,no! eso también está monopolizado por los monopolizadores del dinero físico, que seguramente lo necesitarán en ese lugar remoto, cuando emigren.

Pues será democracia pero no está persigue. Así es normal el renacimiento del fascismo. Tener la justicia de su parte anima.

No es que esté volviendo, ni que haya vuelto. Es que no se fue nunca. Por ejemplo, mucha gente todavía no sabe que Podemos fue absuelto de todas las acusaciones lanzadas contra ellos con la intención de hundirlos. Una técnica, no penada lamentablemente propia de la política repugnante del “Denuncia, que algo queda”.

Ya lo hemos dicho otras veces: se denuncia sin pruebas, sin un solo dato en que basar la denuncia; y aunque el Supremo ha recomendado que esas denuncias sean rechazadas, hay jueces que las admiten para ponerse de inmediato a buscar algún resquicio por el que encontrar al menos una duda, como si la Justicia no estuviera obligada a manejar solamente hechos probados, pruebas tangibles e indiscutibles. En este país, que diría Larra, se ha dado la vuelta al principio de presunción de inocencia, que ha quedado en “todo el mundo es culpable mientras no demuestre lo contrario”, con lo cual todos estamos en libertad provisional.

El fascismo siempre ha estado presente, ha estado presumiendo sus ideas, celebrándolas, a veces como una anécdota, a veces como una necesidad. Y si nos descuidamos sólo un poco, será necesario prohibir que los manifestantes vuelen para evitar “accidentes”, como en el tiempo rememorado, el que, inocentemente, habíamos creído pretérito. El fascismo no vuelve: se despierta.

Mucha gente se había hecho pasar por progresista, por sus desacuerdos con el PSOE o el PP, pero nunca descubrió la verdadera causa: su espíritu dictatorial, porque para esas personas las cosas sólo se resuelven con más autoridad, con mano más dura. Siempre ha habido gente egoísta, desagradecida, liante, tergiversadora, soberbia, autoconsiderados superiores y por tanto adoradores de sí mismos.

Solamente necesitaban una chispa. Y la chispa fue saltando como un cohete lanzado con efecto, de forma sucesiva: Bukele, Orbán, Meloni, para abrir el apetito y en España Abascal, Ayuso y Feijoo y Moreno, con todo su coro de asociaciones afines y gente que ha vuelto a respirar porque ¡por fin! ha encontrado su horma. ¡Cuánto deberían apretarles los zapatos! “Ya es hora de apretar el cinturón a los demás…” ¡y a ellos!, por muy libres que hayan llegado a creerse, de sufrir la misma política del resto de trabajadores, autónomos, pequeños empresarios, funcionarios y sufridores en general. Ya veremos a quien culpan cuando se nieguen a reconocer su error y se asusten, como se asustaron los alemanes en 1944 sin arrepentimiento, después de haber elegido lo que eligieron en 1933.

Una de sus formas de actuar en una primera etapa, es demonizar a quien no sea como ellos, a quien, por ejemplo, defienda a los más necesitados. Muchas de las denuncias falsas tienen acogida. Por ejemplo, David Sánchez ha sido condenado por cambiar el nombre a una calle, después de ser absuelto de tráfico de influencias. La policía informó al juez que no hallaban pruebas contra Begoña Gómez. Pero el Juez ha seguido con la misma prisa antes de irse de vacaciones, sumando supuestas culpas, para que la rebaja del Tribunal Superior dejara algo, no fuera a anular el “principio de autoridad”. El garrote vil del panadero de Alcalá, la persecución de “El Vivillo” sin haber sido bandolero en su vida, o el crimen de Cuenca y las torturas sufridas por los dos sospechosos a punto de probar también el garrote vil, por un crimen que nunca se había dado, son ejemplos de horrores, no errores, por como negligencias o necesidad de condenar.

El problema es que un/a trabajador/a puede ser castigado/a por un error. Incluso expulsado. Los denunciantes en cambio parecen no tener responsabilidad. Peor aún, tampoco la tienen los responsables de las denuncias sin documentar. Después de una sentencia absolutoria, el juicio (im)popular continúa. Mucha gente, desinformados, porque la mayoría no quiere oir, no quiere saber no quiere hablar “de política” pero defienden “su derecho” a opinar, derecho que incluye condenar antes de la decisión de la Justicia. Y mantener la condena después.

Esto ¿es democracia? ¿De verdad? Pues favorece a la derecha y a la ultraderecha, cada vez menos diferenciadas entre sí, de forma descarada. Si fuera democracia deberíamos buscar ya un planeta deshabitado. ¡Ah,no! eso también está monopolizado por los monopolizadores del dinero físico, que seguramente lo necesitarán en ese lugar remoto, cuando emigren.

Pues será democracia pero no está persigue. Así es normal el renacimiento del fascismo. Tener la justicia de su parte anima.

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