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Opúsculos morales: el hombre y sus lugares

Reflexiones de elaboración propia, inspiradas en 'Estar en su lugar' (Editorial Anagrama) de Claire Marin, filósofa francesa actual

  • Detalle de la cubierta del ensayo de Claire Marin, filósofa francesa actual.

Reflexiones de elaboración propia, inspiradas en Estar en su lugar (Editorial Anagrama) de Claire Marin, filósofa francesa actual.

El espacio es el escenario de la actuación humana. Cada vez que se entra en un espacio, inmediatamente ese espacio entra en nosotros. Es una relación muy íntima; somos sensibles a nuestro entorno; algo sucede desde el mismo momento en que nos relacionamos con un espacio, una especie de compenetración con él. Reaccionamos intuitiva y emocionalmente a las condiciones en las que nos encontramos en cualquier momento y lugar, aunque sea a un nivel inconsciente.

Nuestra especie ha comprendido que necesita un refugio; que no podemos existir como organismos en la naturaleza sin una guarida. Es algo básico; las cuevas no eran suficientes. Nos protegían, pero no nos permitían expandir nuestras capacidades complejas. Nos hacen falta espacios que no solo nos protejan, sino que también nos inspiren; un cobijo, para que nuestras vidas se desarrollen.

Cuando por primera vez, de pequeño, entró en la casa de su tía, el recibidor tenía un techo muy bajo. Sin embargo, al entrar en la sala le pareció enorme. Levantó los brazos hacia el techo para ver si podía tocarlo con la mano ¡Sorprendentemente, era muy alto! Cuando se hizo mayor las medidas se ajustaron a la realidad.

"Hacerse un hueco”

Hacerse un hueco en el mundo o en la vida requiere de muchos actos de resistencia física y emocional. El mundo avanza muy aprisa y nadie te cede un espacio. Hacerse un hueco no es esperar a que se abra una rendija en la multitud, sino plantar los pies, respirar hondo y reclamar esos centímetros de suelo que te corresponden por el simple hecho de vivir. A veces, hay que remover montañas para tener unos metros en que refugiarse. Y si no que se lo pregunten a los jóvenes. Algunas personas empiezan siendo un susurro invisible y terminan ocupando todo el escenario social. "Asomó la cabeza, metió el hombro, plantó los pies y ya nadie pudo moverlo”. Es construirse un espacio dentro de la sociedad, pero también descubrir un lugar para desarrollar la intimidad.

“¡Volando voy; volando vengo!”

Movimiento continuo de abrirse y cerrarse; abrirse al mundo exterior y replegarse al mundo interior. Constantino Cavafis en su obra Ítaca pide que el camino sea largo, lleno de aventuras y conocimientos, lleno de experiencias sin importar la meta. El hombre viajero experimenta las luces y las sombras, la belleza y el dolor.

“Apropiarse de un lugar”

Todo el mundo dibuja un círculo a su alrededor, aunque sea invisible. De niños los trazábamos con los dedos en la arena o con una tiza en el asfalto. Una familia en la playa con una niña. Juegan a "recrear el mundo". Un doble círculo paralelo; en su exterior están dibujadas la escuela, el ayuntamiento, el hospital, etc. Se trata de identificar y correr de un establecimiento a otro a un grito de la madre, su padre y ella, a ver quién llega antes.

Un niño de nueve años, en un cuartucho muy pequeño de techo inclinado, escribía cartas a un amigo imaginario o dibujaba personajes para un tebeo. La mejor hora era en la siesta de verano cuando sus padres descansaban. Deseaba no ser descubierto, poder seguir felizmente oculto, perdido en mi guarida, en silencio, siendo grande no siendo nada.

Es curioso, al llegar al restaurante elegimos el primer día la mesa ubicada en el lugar de nuestro agrado. Después, con los días decimos "está es mi mesa". Parece, así, como si nos adueñáramos de ese espacio. Un día de agrado satisfactorio, suficiente, puede consistir en un vino decente en el lugar conveniente, sin más. Al convertirnos en "asiduos" de ese local se convierte en nuestra mesa fija. Lo mismo sucede en todos los espacios: en el hogar, en las aulas, en el cine…

“El emplazamiento íntimo”

Los lugares que habitamos íntimamente, no tienen por qué guardar la menor relación con los lugares que habitamos externamente, en el espacio, en la sociedad. ¿En qué sitio me siento "en casa"? ¿Puede haber un hombre sin vida íntima? Nunca tengo verdadero acceso al paisaje interior del otro y hasta el ser más próximo sigue siendo un enigma, un interrogante, una sorpresa. Algunos filósofos afirman que la zona particular de cada uno nadie puede conocerla, ni adivinarla y mucho menos sentirla. El lugar interior es un centro movedizo, constante en la amplitud de sus variaciones, regular en sus derivas. Casi todas las acciones humanas merecen comprensión y respeto, porque desconocemos la oscilación íntima, la confusión de los sentimientos o las tempestades interiores de los hombres; el modo en que el deseo impulsa las pasiones secretas. Crecer es componer, combinar elementos dispares de historias distintas y, en ese equilibrio precario, adjudicarse un lugar que no existía hasta la fecha.

“De un lugar a otro”

Una persona caminaba de un lado para otro, gesticulando con sus manos, siempre de paso; no sabía estarse quieta, ni se dejaba encerrar en un único modo de ser, en una vida convencional. Deseaba vivir todos los modos de vida posibles, en un movimiento incesante de su alma.

Otro hombre se ausentó a otro espacio para siempre; antes, ya había jugado con la idea del alejamiento; tenía la necesidad de recogerse, de mudarse a otra parte, de renacer; en su hogar se había sentido inexistente, perdido. Es imposible sujetar a los que huyen, a los nómadas.

"Cómo las aves migratorias, nos vemos siempre tentados por otras latitudes... Se trata de confiar en que los encuentros, los lugares o los espacios nos provoquen eso que se agota con tanta facilidad: el ímpetu de la novedad, la capacidad creadora, la emergencia de lo inédito" (Claire Marin, Estar en su lugar).

“Extraviarse por el camino”

Perderse en el sendero, en el laberinto de la vida. Al inicio de la Divina Comedia, Dante Alighieri dice: "A mitad del camino de la vida, me encontré en una selva oscura, por haber descuidado la vía recta." Sin embargo, perderse también es camino. En ocasiones, nos perdemos para reencontrarnos con nosotros mismos, para mejorar nuestro ser, para recuperar el rumbo propio. Antonio Machado en sus Proverbios y cantares expresa: "Caminante, no hay camino, se hace camino al andar." En ocasiones, perderse es el único camino posible.

“Fuera de lugar”

Para no sentirse "fuera de lugar" hay que elegir y habitar el lugar apropiado. Aquel hombre corriente se sentía "fuera de lugar " en los grupos masivos, en el lujo excesivo; ante la grosería, la soberbia y la altivez.

“Cuidado con los clanes”

¡Cuidado con los clanes de todo orden: culturales, religiosos o políticos! ¡Se mueven como una secta! ¡Es más fácil entrar que salir! Los ritos de iniciación son cómodos, no te exigen credenciales. El "yo" solitario vive en la intemperie; el calor del clan, de la manada, te acurruca con su calidez tibia. Una vez dentro, encajar en el círculo exige limar tus aristas individuales. Comprender que debes irte es un proceso lento; salir no es un desvío, es un desgarro. No obstante, Flaubert asegura en su Diccionario de los lugares comunes que “siempre se debe pertenecer a un círculo”.

“Una forma de toxicidad”

Se trata de una persona que invade el espacio físico y emocional del otro o los otros; con sus opiniones, sus agresiones verbales, sus chismes y bromas ácidas se convierte en el centro de las reuniones. Se mueve entre la alabanza y el desprecio, exagerando o minimizando el valor de unos y otros, ausentes o no de la reunión.

“Estar descentrado”

No tener centro. Vivir en los extremos, fuera de su lugar natural. El centro de los sentimientos se ubica en el corazón; el centro de la razón en el cerebro. Sin embargo, el descentrado se mueve, se agita con viveza excesiva, no para, no se está quieto en ninguna parte. El hombre descentrado camina por la periferia de su propia existencia, habitando un eje que ya no le pertenece y buscando un norte en una brújula rota.

“Poner las cosas en su sitio”

Dar a cada asunto o persona la importancia justa que merece. Hacer entender los límites: Cuando alguien actúa con arrogancia o se toma demasiadas libertades, ponerlo "en su sitio"; hacerle ver cuál es su posición y exigir respeto. Organizar física y emocionalmente las cosas.

“Estar allí sin estar allí”

El emigrante es un extraño en su país de origen y un extranjero en su país de adopción. Vive como en una especie de limbo emocional. Sufre un desgarro en su identidad, suspendido entre dos mundos: es un extraño al volver a su origen y un forastero en su destino. Es un hombre que camina entre la nostalgia y el porvenir. El migrante sabe que al lugar al que llega lo hace "por allanamiento"; también sabe, melancólico, que el regreso absoluto no existe. Al volver, descubre que la patria ha caminado sin él. Su conciencia es un constante vaivén que nunca llega a establecerse de veras en ninguna parte; está atrapado en la bipolaridad, entre sus dos formas de comportarse, entre dos lenguas; se encuentra abocado a la “fluctuación de ánimo”.

“El verdadero sitio”

El verdadero sitio es el lugar de la reconciliación con uno mismo, armonizando las contradicciones de todo ser humano. Es el refugio en el que el hombre se acerca a lo que es y a lo que sueña. El lugar desde el que modulamos los afectos y templamos la palabra. Se trata de unir las diferentes líneas vitales, que se entrecruzan más que nos fragmentan. Un hombre se encuentra en su verdadero sitio cuando cerrando los ojos, y a pesar de la oscuridad, se reconoce a sí mismo. Es el lugar donde la vida adquiere sentido.

¿Habéis intentado trazar vuestro mapa personal de rincones a los que os apetece volver una y otra vez para sentir un soplo de alegría?

"Quien fuera terrestre arraigaría en el suelo; quien fuera celeste ascendería al cielo o, en su defecto, a las montañas. Quien estuviera hecho para vivir en el agua permanecería en un equilibrio inestable; y los seres de fuego, ¿dónde vivirían los seres de fuego?” (Claire Marin, Estar en su lugar).

Reflexiones de elaboración propia, inspiradas en Estar en su lugar (Editorial Anagrama) de Claire Marin, filósofa francesa actual.

El espacio es el escenario de la actuación humana. Cada vez que se entra en un espacio, inmediatamente ese espacio entra en nosotros. Es una relación muy íntima; somos sensibles a nuestro entorno; algo sucede desde el mismo momento en que nos relacionamos con un espacio, una especie de compenetración con él. Reaccionamos intuitiva y emocionalmente a las condiciones en las que nos encontramos en cualquier momento y lugar, aunque sea a un nivel inconsciente.

Nuestra especie ha comprendido que necesita un refugio; que no podemos existir como organismos en la naturaleza sin una guarida. Es algo básico; las cuevas no eran suficientes. Nos protegían, pero no nos permitían expandir nuestras capacidades complejas. Nos hacen falta espacios que no solo nos protejan, sino que también nos inspiren; un cobijo, para que nuestras vidas se desarrollen.

Cuando por primera vez, de pequeño, entró en la casa de su tía, el recibidor tenía un techo muy bajo. Sin embargo, al entrar en la sala le pareció enorme. Levantó los brazos hacia el techo para ver si podía tocarlo con la mano ¡Sorprendentemente, era muy alto! Cuando se hizo mayor las medidas se ajustaron a la realidad.

"Hacerse un hueco”

Hacerse un hueco en el mundo o en la vida requiere de muchos actos de resistencia física y emocional. El mundo avanza muy aprisa y nadie te cede un espacio. Hacerse un hueco no es esperar a que se abra una rendija en la multitud, sino plantar los pies, respirar hondo y reclamar esos centímetros de suelo que te corresponden por el simple hecho de vivir. A veces, hay que remover montañas para tener unos metros en que refugiarse. Y si no que se lo pregunten a los jóvenes. Algunas personas empiezan siendo un susurro invisible y terminan ocupando todo el escenario social. "Asomó la cabeza, metió el hombro, plantó los pies y ya nadie pudo moverlo”. Es construirse un espacio dentro de la sociedad, pero también descubrir un lugar para desarrollar la intimidad.

“¡Volando voy; volando vengo!”

Movimiento continuo de abrirse y cerrarse; abrirse al mundo exterior y replegarse al mundo interior. Constantino Cavafis en su obra Ítaca pide que el camino sea largo, lleno de aventuras y conocimientos, lleno de experiencias sin importar la meta. El hombre viajero experimenta las luces y las sombras, la belleza y el dolor.

“Apropiarse de un lugar”

Todo el mundo dibuja un círculo a su alrededor, aunque sea invisible. De niños los trazábamos con los dedos en la arena o con una tiza en el asfalto. Una familia en la playa con una niña. Juegan a "recrear el mundo". Un doble círculo paralelo; en su exterior están dibujadas la escuela, el ayuntamiento, el hospital, etc. Se trata de identificar y correr de un establecimiento a otro a un grito de la madre, su padre y ella, a ver quién llega antes.

Un niño de nueve años, en un cuartucho muy pequeño de techo inclinado, escribía cartas a un amigo imaginario o dibujaba personajes para un tebeo. La mejor hora era en la siesta de verano cuando sus padres descansaban. Deseaba no ser descubierto, poder seguir felizmente oculto, perdido en mi guarida, en silencio, siendo grande no siendo nada.

Es curioso, al llegar al restaurante elegimos el primer día la mesa ubicada en el lugar de nuestro agrado. Después, con los días decimos "está es mi mesa". Parece, así, como si nos adueñáramos de ese espacio. Un día de agrado satisfactorio, suficiente, puede consistir en un vino decente en el lugar conveniente, sin más. Al convertirnos en "asiduos" de ese local se convierte en nuestra mesa fija. Lo mismo sucede en todos los espacios: en el hogar, en las aulas, en el cine…

“El emplazamiento íntimo”

Los lugares que habitamos íntimamente, no tienen por qué guardar la menor relación con los lugares que habitamos externamente, en el espacio, en la sociedad. ¿En qué sitio me siento "en casa"? ¿Puede haber un hombre sin vida íntima? Nunca tengo verdadero acceso al paisaje interior del otro y hasta el ser más próximo sigue siendo un enigma, un interrogante, una sorpresa. Algunos filósofos afirman que la zona particular de cada uno nadie puede conocerla, ni adivinarla y mucho menos sentirla. El lugar interior es un centro movedizo, constante en la amplitud de sus variaciones, regular en sus derivas. Casi todas las acciones humanas merecen comprensión y respeto, porque desconocemos la oscilación íntima, la confusión de los sentimientos o las tempestades interiores de los hombres; el modo en que el deseo impulsa las pasiones secretas. Crecer es componer, combinar elementos dispares de historias distintas y, en ese equilibrio precario, adjudicarse un lugar que no existía hasta la fecha.

“De un lugar a otro”

Una persona caminaba de un lado para otro, gesticulando con sus manos, siempre de paso; no sabía estarse quieta, ni se dejaba encerrar en un único modo de ser, en una vida convencional. Deseaba vivir todos los modos de vida posibles, en un movimiento incesante de su alma.

Otro hombre se ausentó a otro espacio para siempre; antes, ya había jugado con la idea del alejamiento; tenía la necesidad de recogerse, de mudarse a otra parte, de renacer; en su hogar se había sentido inexistente, perdido. Es imposible sujetar a los que huyen, a los nómadas.

"Cómo las aves migratorias, nos vemos siempre tentados por otras latitudes... Se trata de confiar en que los encuentros, los lugares o los espacios nos provoquen eso que se agota con tanta facilidad: el ímpetu de la novedad, la capacidad creadora, la emergencia de lo inédito" (Claire Marin, Estar en su lugar).

“Extraviarse por el camino”

Perderse en el sendero, en el laberinto de la vida. Al inicio de la Divina Comedia, Dante Alighieri dice: "A mitad del camino de la vida, me encontré en una selva oscura, por haber descuidado la vía recta." Sin embargo, perderse también es camino. En ocasiones, nos perdemos para reencontrarnos con nosotros mismos, para mejorar nuestro ser, para recuperar el rumbo propio. Antonio Machado en sus Proverbios y cantares expresa: "Caminante, no hay camino, se hace camino al andar." En ocasiones, perderse es el único camino posible.

“Fuera de lugar”

Para no sentirse "fuera de lugar" hay que elegir y habitar el lugar apropiado. Aquel hombre corriente se sentía "fuera de lugar " en los grupos masivos, en el lujo excesivo; ante la grosería, la soberbia y la altivez.

“Cuidado con los clanes”

¡Cuidado con los clanes de todo orden: culturales, religiosos o políticos! ¡Se mueven como una secta! ¡Es más fácil entrar que salir! Los ritos de iniciación son cómodos, no te exigen credenciales. El "yo" solitario vive en la intemperie; el calor del clan, de la manada, te acurruca con su calidez tibia. Una vez dentro, encajar en el círculo exige limar tus aristas individuales. Comprender que debes irte es un proceso lento; salir no es un desvío, es un desgarro. No obstante, Flaubert asegura en su Diccionario de los lugares comunes que “siempre se debe pertenecer a un círculo”.

“Una forma de toxicidad”

Se trata de una persona que invade el espacio físico y emocional del otro o los otros; con sus opiniones, sus agresiones verbales, sus chismes y bromas ácidas se convierte en el centro de las reuniones. Se mueve entre la alabanza y el desprecio, exagerando o minimizando el valor de unos y otros, ausentes o no de la reunión.

“Estar descentrado”

No tener centro. Vivir en los extremos, fuera de su lugar natural. El centro de los sentimientos se ubica en el corazón; el centro de la razón en el cerebro. Sin embargo, el descentrado se mueve, se agita con viveza excesiva, no para, no se está quieto en ninguna parte. El hombre descentrado camina por la periferia de su propia existencia, habitando un eje que ya no le pertenece y buscando un norte en una brújula rota.

“Poner las cosas en su sitio”

Dar a cada asunto o persona la importancia justa que merece. Hacer entender los límites: Cuando alguien actúa con arrogancia o se toma demasiadas libertades, ponerlo "en su sitio"; hacerle ver cuál es su posición y exigir respeto. Organizar física y emocionalmente las cosas.

“Estar allí sin estar allí”

El emigrante es un extraño en su país de origen y un extranjero en su país de adopción. Vive como en una especie de limbo emocional. Sufre un desgarro en su identidad, suspendido entre dos mundos: es un extraño al volver a su origen y un forastero en su destino. Es un hombre que camina entre la nostalgia y el porvenir. El migrante sabe que al lugar al que llega lo hace "por allanamiento"; también sabe, melancólico, que el regreso absoluto no existe. Al volver, descubre que la patria ha caminado sin él. Su conciencia es un constante vaivén que nunca llega a establecerse de veras en ninguna parte; está atrapado en la bipolaridad, entre sus dos formas de comportarse, entre dos lenguas; se encuentra abocado a la “fluctuación de ánimo”.

“El verdadero sitio”

El verdadero sitio es el lugar de la reconciliación con uno mismo, armonizando las contradicciones de todo ser humano. Es el refugio en el que el hombre se acerca a lo que es y a lo que sueña. El lugar desde el que modulamos los afectos y templamos la palabra. Se trata de unir las diferentes líneas vitales, que se entrecruzan más que nos fragmentan. Un hombre se encuentra en su verdadero sitio cuando cerrando los ojos, y a pesar de la oscuridad, se reconoce a sí mismo. Es el lugar donde la vida adquiere sentido.

¿Habéis intentado trazar vuestro mapa personal de rincones a los que os apetece volver una y otra vez para sentir un soplo de alegría?

"Quien fuera terrestre arraigaría en el suelo; quien fuera celeste ascendería al cielo o, en su defecto, a las montañas. Quien estuviera hecho para vivir en el agua permanecería en un equilibrio inestable; y los seres de fuego, ¿dónde vivirían los seres de fuego?” (Claire Marin, Estar en su lugar).

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