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Cuando el mar deja de ser frontera para convertirse en cementerio

Quiero escribir sobre inmigrantes como personas, que es lo que son. Porque fueron hijos, madres, hermanos, amigos. Antes que cifras tuvieron nombre

  • Las calles de Ceuta se recomponen como pueden tras el asalto a la frontera. -

Hay noticias que duran un día. Y hay otras que deberían acompañarnos durante mucho tiempo. La tragedia vivida en Ceuta pertenece a las segundas.

Decenas de personas han muerto intentando alcanzar una costa que simbolizaba una oportunidad. En una antigua instalación hospitalaria se ha improvisado una gran morgue para acoger los cuerpos mientras continúa la identificación de las víctimas. Es una imagen que debería avergonzarnos como sociedad. No solo por lo que ha ocurrido, sino por la rapidez con la que corremos el riesgo de acostumbrarnos.

Quiero escribir sobre inmigrantes como personas, que es lo que son. Porque fueron hijos, madres, hermanos, amigos. Antes que cifras tuvieron nombre.

Cuando morir parece una opción

Siempre me hago la misma pregunta cuando ocurre una tragedia de este tipo. ¿Qué tiene que suceder en la vida de una persona para que lanzarse al mar, con un enorme riesgo de morir, parezca una alternativa razonable?

La respuesta nunca es sencilla. Hay pobreza, guerras, hambre, persecución, ausencia de futuro, desigualdades insoportables y, cada vez más, los efectos del cambio climático. También hay mafias que comercian con la desesperación y gobiernos que utilizan la migración como instrumento de presión política.

Pero ninguna de esas explicaciones puede hacernos olvidar una realidad: nadie arriesga la vida por capricho.

Una frontera también mide nuestros valores

Los Estados tienen derecho a proteger sus fronteras. Es una obligación democrática.

Pero también tienen la obligación de proteger la vida humana.

Ambas responsabilidades no son incompatibles. El problema aparece cuando la seguridad desplaza completamente a la humanidad y cuando la eficacia se mide únicamente por cuántas personas consiguen o no cruzar una frontera, sin preguntarnos cuántas mueren en el intento.

Una democracia también se evalúa por cómo trata a quienes no tienen voz, a quienes llegan sin papeles, sin recursos y sin capacidad para defenderse.

La salud pública empieza mucho antes del hospital

Quienes trabajamos durante años en salud pública aprendimos que las enfermedades y las muertes rara vez son fruto del azar. Detrás existen determinantes sociales, económicos y políticos. También sucede aquí.

Estas muertes no pueden analizarse únicamente desde la óptica de la seguridad o del control migratorio. Son el resultado de enormes desigualdades globales, de la falta de vías seguras para migrar, de conflictos internacionales y de políticas que, demasiadas veces, reaccionan cuando ya es demasiado tarde.

La salud pública consiste precisamente en evitar que las tragedias ocurran. En prevenir. En anticiparse. Y también en recordar que todas las vidas tienen el mismo valor.

El peligro de las cifras

Ochenta. Noventa. Cien.

La cifra cambia según pasan las horas y según las fuentes consultadas.

Pero hay algo mucho más preocupante que el número exacto: nuestra facilidad para convertirlo en estadística.

Cada vez que decimos “ochenta fallecidos” corremos el riesgo de olvidar que estamos hablando de ochenta historias interrumpidas, de ochenta familias rotas y de decenas de madres que quizá nunca lleguen siquiera a recuperar el cuerpo de sus hijos.

Las cifras son necesarias para entender la dimensión del problema. Pero nunca deberían sustituir a las personas.

Europa también está en esa playa

Con frecuencia hablamos de Ceuta como si fuera únicamente una cuestión española.

No lo es.

Es una frontera europea. Y, por tanto, una responsabilidad compartida.

Europa no puede reivindicar los derechos humanos en los foros internacionales mientras acepta con resignación que sus fronteras se conviertan periódicamente en escenarios de muerte.

La cooperación con los países de origen es imprescindible. También lo son las políticas de desarrollo, las vías legales de migración y los dispositivos de salvamento. Nada de eso resolverá por sí solo el fenómeno migratorio. Pero sí puede evitar tragedias como la que acabamos de vivir.

No acostumbrarnos

Quizá lo que más me preocupa no sea esta tragedia. Me preocupa la siguiente. Porque llegará.

Y volveremos a debatir sobre competencias, sobre responsabilidades diplomáticas, sobre quién actuó antes o después, sobre si Marruecos utilizó la migración como instrumento de presión o sobre si España estaba preparada y cómo lo resolvió en 48 horas.

Todo eso debe investigarse y esclarecerse.

Pero hay una pregunta previa que no deberíamos dejar de hacernos: ¿cómo hemos llegado a aceptar que decenas de personas puedan morir intentando alcanzar nuestras costas sin que ello provoque una conmoción colectiva sostenida?

Cuando una sociedad deja de indignarse ante la muerte de quienes considera diferentes, empieza también a perder una parte de sí misma.

Ojalá dentro de unos meses no recordemos únicamente cuántos murieron en Ceuta.

Ojalá recordemos, sobre todo, que cada una de esas vidas valía exactamente lo mismo que la nuestra.

Hay noticias que duran un día. Y hay otras que deberían acompañarnos durante mucho tiempo. La tragedia vivida en Ceuta pertenece a las segundas.

Decenas de personas han muerto intentando alcanzar una costa que simbolizaba una oportunidad. En una antigua instalación hospitalaria se ha improvisado una gran morgue para acoger los cuerpos mientras continúa la identificación de las víctimas. Es una imagen que debería avergonzarnos como sociedad. No solo por lo que ha ocurrido, sino por la rapidez con la que corremos el riesgo de acostumbrarnos.

Quiero escribir sobre inmigrantes como personas, que es lo que son. Porque fueron hijos, madres, hermanos, amigos. Antes que cifras tuvieron nombre.

Cuando morir parece una opción

Siempre me hago la misma pregunta cuando ocurre una tragedia de este tipo. ¿Qué tiene que suceder en la vida de una persona para que lanzarse al mar, con un enorme riesgo de morir, parezca una alternativa razonable?

La respuesta nunca es sencilla. Hay pobreza, guerras, hambre, persecución, ausencia de futuro, desigualdades insoportables y, cada vez más, los efectos del cambio climático. También hay mafias que comercian con la desesperación y gobiernos que utilizan la migración como instrumento de presión política.

Pero ninguna de esas explicaciones puede hacernos olvidar una realidad: nadie arriesga la vida por capricho.

Una frontera también mide nuestros valores

Los Estados tienen derecho a proteger sus fronteras. Es una obligación democrática.

Pero también tienen la obligación de proteger la vida humana.

Ambas responsabilidades no son incompatibles. El problema aparece cuando la seguridad desplaza completamente a la humanidad y cuando la eficacia se mide únicamente por cuántas personas consiguen o no cruzar una frontera, sin preguntarnos cuántas mueren en el intento.

Una democracia también se evalúa por cómo trata a quienes no tienen voz, a quienes llegan sin papeles, sin recursos y sin capacidad para defenderse.

La salud pública empieza mucho antes del hospital

Quienes trabajamos durante años en salud pública aprendimos que las enfermedades y las muertes rara vez son fruto del azar. Detrás existen determinantes sociales, económicos y políticos. También sucede aquí.

Estas muertes no pueden analizarse únicamente desde la óptica de la seguridad o del control migratorio. Son el resultado de enormes desigualdades globales, de la falta de vías seguras para migrar, de conflictos internacionales y de políticas que, demasiadas veces, reaccionan cuando ya es demasiado tarde.

La salud pública consiste precisamente en evitar que las tragedias ocurran. En prevenir. En anticiparse. Y también en recordar que todas las vidas tienen el mismo valor.

El peligro de las cifras

Ochenta. Noventa. Cien.

La cifra cambia según pasan las horas y según las fuentes consultadas.

Pero hay algo mucho más preocupante que el número exacto: nuestra facilidad para convertirlo en estadística.

Cada vez que decimos “ochenta fallecidos” corremos el riesgo de olvidar que estamos hablando de ochenta historias interrumpidas, de ochenta familias rotas y de decenas de madres que quizá nunca lleguen siquiera a recuperar el cuerpo de sus hijos.

Las cifras son necesarias para entender la dimensión del problema. Pero nunca deberían sustituir a las personas.

Europa también está en esa playa

Con frecuencia hablamos de Ceuta como si fuera únicamente una cuestión española.

No lo es.

Es una frontera europea. Y, por tanto, una responsabilidad compartida.

Europa no puede reivindicar los derechos humanos en los foros internacionales mientras acepta con resignación que sus fronteras se conviertan periódicamente en escenarios de muerte.

La cooperación con los países de origen es imprescindible. También lo son las políticas de desarrollo, las vías legales de migración y los dispositivos de salvamento. Nada de eso resolverá por sí solo el fenómeno migratorio. Pero sí puede evitar tragedias como la que acabamos de vivir.

No acostumbrarnos

Quizá lo que más me preocupa no sea esta tragedia. Me preocupa la siguiente. Porque llegará.

Y volveremos a debatir sobre competencias, sobre responsabilidades diplomáticas, sobre quién actuó antes o después, sobre si Marruecos utilizó la migración como instrumento de presión o sobre si España estaba preparada y cómo lo resolvió en 48 horas.

Todo eso debe investigarse y esclarecerse.

Pero hay una pregunta previa que no deberíamos dejar de hacernos: ¿cómo hemos llegado a aceptar que decenas de personas puedan morir intentando alcanzar nuestras costas sin que ello provoque una conmoción colectiva sostenida?

Cuando una sociedad deja de indignarse ante la muerte de quienes considera diferentes, empieza también a perder una parte de sí misma.

Ojalá dentro de unos meses no recordemos únicamente cuántos murieron en Ceuta.

Ojalá recordemos, sobre todo, que cada una de esas vidas valía exactamente lo mismo que la nuestra.

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