Opinión

La cruz de España

El gobierno socialista de Pedro Sánchez, entre sus primeras medidas, anuncia su interés en trasladar los restos del dictador Franco de su ubicación actual -Valle de los Caídos o  monumento a la Cruzada según el decreto ley del 23 de agosto de 1957-, a donde quiera su familia. Demasiado benévolos son. ¡España! ese país donde un golpista y -posterior- dictador sigue recibiendo homenajes e incluso tiene una Fundación subvencionada con dinero del Estado. Menudo ejemplo para las nuevas generaciones. ¿Así vamos a perpetuar nuestra democracia?

Tranquilo, amable lector. No te enerves todavía. Ya sé que hay varios columnistas que se han tirado de los pelos al escuchar la noticia. No hagas lo mismo. Y si lo haces sé consciente de que: o bien la dictadura hizo correctamente su lavado de cerebro, o por otro lado, admítelo, eres un franquista recalcitrante. Ya, ya,… Stalin y sus gulags, pero escucha… que no vivimos en Rusia. Sino en España. Porque lo correcto, bajo los términos del actual Estado de derecho, es que seas de izquierdas o de derechas, abomines de la dictadura que nos retrasó durante cuatro décadas. Y no percibir como un ataque el deseo de exhumar los restos del máximo responsable de aquello y luego pensar que hacemos con el resto del espacio.

Tranquilo, amable lector. No te enerves todavía. Ya sé que hay varios columnistas que se han tirado de los pelos al escuchar la noticia. No hagas lo mismo.

¿Demolerlo? Es lo que hubiera ocurrido en cualquier país de nuestro entorno europeo una vez recuperada la democracia. No seamos nacionalcatólicos. No caería un símbolo religioso. Ni mucho menos cristiano. De hecho, cristianos cayeron muchos, incluso en manos golpistas. Que se lo pregunten a la memoria del doctor Rafael Calvo. O a la del farmacéutico Francisco Tato. Lo que sí caería es un símbolo que representa la violencia con la que fue impuesta la dictadura franquista. Y también caería un símbolo que encarna la melomanía de un genocida. Que no nos hablen en columnas de opinión de los logros de Franco porque no hubo ni uno. Y no hubo ni uno en el momento que sus gobiernos puestos a dedo tenían como simiente una matanza fundacional a su propio pueblo comenzada con un golpe de Estado, que tuvo su continuidad al provocar de ese modo una guerra civil y que se extendió en el tiempo a través de un sistema de represión y muerte.

En el Carnaval de 1936, entre otras agrupaciones, Manuel López Cañamaque escribió la murga Los silleros. Recreaba a los viejos artesanos ambulantes que por las calles vendían y arreglaban distintos tipos de sillas. Entre sus pasodobles se encontraba el que musicalmente llamó “Nea”. En uno de ellos describió, a través de un sueño, en lo que había sido convertido España tras la cruenta represión sufrida, sobre todo por el pueblo de Asturias, tras la revolución de 1934: “Vi una cárcel muy grande / llena de presos / condenados a muerte / en los procesos”. ¡Exacto! La misma que fue dirigida por Francisco Franco un par de años antes de sublevarse.

Y es que, amable lector, ni la cultura popular llegó a imaginar en sus peores temores (“fue una pesadilla que si vuelve a presentarse / no me queda más remedio / seguramente que suicidarme”) que ocho décadas después aquella cruz que en España quedó clavada (“una cruz que España estaba clavada / dos ladrones modernos la custodiaban”) ya no solo iba a perpetuarse en el tiempo, sino que acabaría convirtiéndose en el mayor homenaje a un dictador y a su obra. Y que todavía iba a ver españoles que se molestarían por una decisión que se debía haber tomado hace mucho tiempo.

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