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Opinión

Verano del 26: Japonerías I

Las figuras patriarcales fueron tomando lugar a la cabeza de la procesión. Hubo reverencias ceremoniales, hubo palabras y una montañita de tierra espolvoreada de blanco sobre la carretera. Llegaron los bomberos y los guardias. Un matrimonio español, con sus hijos adolescentes, cayeron junto a mí. Creo que éramos los únicos con rasgos europeos reconocibles en aquella calle

  • Japonerías I.

La cama es ancha, la habitación chica, pero nada parece sobredimensionado. A la ventana se llega gateando por sobre la cama. La tapa del retrete tiene calefacción, ¡en verano! Tienes que encajar los pies entre el retrete y el lavabo para echarte el agua por la cara. En esas te das cuenta de que el remolino que forma el agua al salir por el desagüe hace girar como loca la rejilla cestito que protege las cañerías. Y digo yo, que esa fuerza giratoria podría producir electricidad para el consumo doméstico, con la de agua que cae por los desagües. Lo que tengo que averiguar es como se rasuran la barba por aquí, porque si te afeitas de jabón y brocha el lavabo no da sin salpicarlo todo.

Son los últimos días del Obon, dijéramos, los días de muertos de la Europa cristiana luterana, reformada o católica, o los de América, y pondré el acento en México, dado que como en Japón, se celebra una semana completa y tan central es el primer día como el último: La octava de muertos / Tōrō nagashi (灯籠流し), aquí. El momento en que los ancestros se regresan a su mundo de espíritus hasta el año próximo, en que volverán a compartir con los vivos.

Es 15 de agosto crucé la avenida y veía por todas partes farolillos apagados, era de día, y cubiertos con impermeables, porque los aguaceros son superlativos. Supe que tenía que seguir penetrando el barrio hasta que encontré, en una calle estrecha un grupo de gente vestida de modo tradicional y una capilla o altar erigido en la calle. Dentro del altar había dos relicarios en forma de arca. Luego pude saber que el más chico lo cargan les niñes y el mayor løs adultøs. Después de larga espera comenzó la procesión de les niñes, con su correspondiente lanzamiento de cubos de agua y riego de manguera jardinera. Dieron una vuelta a la manzana. Se abrió la nueva espera. Los miembros de la cofradía daban unos pasos aquí o allá, algunos me ofrecieron una sonrisa, un dedo pulgar o una fugaz reverencia de respeto. Se iban juntando cada vez más. Algunos consultaban el reloj. Mi lavadora habría terminado ya, así que regresé y puse la secadora. No debía permitirme dejar ocupada la única lavadora, por respeto a los demás. Seguía el deambular de los cófrades. Entré en uno de esos restaurancitos diminutos que hay en esa misma calle. Muy amable, el dueño me dijo que abrían para el almuerzo. Corría el tiempo y terminaba mi secadora. De camino encontré un supermercado y me compré un plátano de Filipinas y un saguchito de huevo. Vacié la secadora y subí a tender, con inmensa imaginación, mi ropa todavía húmeda, en mi habitación.

Regresé, y no sé por qué, con la seguridad de que no me perdería nada importante. Allá seguían los cofrades. Volvieron a sonreírme, algunes. Mujeres con perfecto delantal, yo diría que almidonado, atendían las mesas mostrador donde ofrecían agua, té y algunas golosinas y regalitos a los niños. Algunos varones empezaban a tomar, con aceptación o con alegría, que no me movería de allí. Algunas madres me informaron de alguna cosa, advirtiéndome que ‘soy nueva aquí’.

Por fin, sonó la voz abocinada de un megáfono. Se formó un círculo de mujeres y hombres vestidos para la brega. Saludo reverencial. Comenzó la charla. Intuí que primero hacía, el orador, un resumen del año anterior; me lo inventé para mí gobierno. Luego otro varón recibió una banda, a saber si para ocupar alguna presidencia durante el año venidero. Entonces llegaron las instrucciones, o yo me lo inventé, porque la prosodia cambió. Hubo un nuevo saludo reverencial y todøs se pusieron en camino. Yo los seguí. Tenía que seguirlos.

Caminamos por calles y callejas y fuimos a dar a un parque. Allá iba a producirse una concentración de cofradías, colegí. Se veían ropas tradicionales semejantes, pero de colores diferentes. Observé que al otro lado del parquecito había una línea de arcas dispuestas en la calle ya cerrada. Me dije, acá empieza la procesión de les adultes. Se abrió una nueva espera. Miembros de cofradías diferentes se saludaban, quizá no se veían desde hacía un año. Un cófrade se me acercó para hablarme y preguntarme de dónde soy. Uno de sus hijos tomó parte en la conversación. Me pidió que fotografiara a toda la familia. Todøs me saludaron con regocijo.

Comenzaron los preparativos de los tronos de las arcas. El maestro vertía agua, para flexibilizarlas, las ataduras de cuerdas de las vigas de bambú. Empezaban a anudarse, un pañuelo enroscado, a su cabeza. Comenzó la música tradicional. Las figuras patriarcales fueron tomando lugar a la cabeza de la procesión. Hubo reverencias ceremoniales, hubo palabras y una montañita de tierra espolvoreada de blanco sobre la carretera. Llegaron los bomberos y los guardias. Un matrimonio español, con sus hijos adolescentes, cayeron junto a mí. Creo que éramos los únicos con rasgos europeos reconocibles en aquella calle. El comentario de la mujer me hizo sonreír, la verdad: hablaba de las zapatillas que llevaban los de la cofradía que ocupaba un lugar preeminente en aquella parte de la ceremonia. Bueno, eran unas espardeñas, de las que solo llevaban la suela y unos cordeles las sujetaban al pie desde el tobillo al hueco entre el dedo gordo y el segundo del pie. En la tradición española perdieron, o nunca tuvieron, ese cordel así y llevan una capucha para los dedos que los protegen y sostienen la espardeña al pie, igualmente sujeta por cordeles al tobillo.

Yo no sabía cómo podía terminar aquella ceremonia. Imaginaba que quizá aquella montañita ardería. Pero no. De pronto un miembro de la cofradía de las espardeñas avanzó sobre la montaña y con un paso de danza, corto y preciso, pisó por sobre la montaña. Ahí comenzó el sarao procesional. Los ancianos se retiraron para reubicarse con sus cofradías. Volvió la música. Los guardias cortaron el tráfico de la avenida, solo en un sentido, y los bomberos tomaron sus puestos. No faltó el fotógrafo con peto de color naranja actuando entre los personajes de la ceremonia y luego subido a una escalera para cambiar bombillas.

En cuanto la primera cofradía tomó por la avenida, cargando con su arca, los bomberos abrieron la manga hacia el cielo para provocar la lluvia ritual. Luego pasó el grupo de mujeres con varas, en este caso de metal. Para hacernos una idea: lo que en Sevilla llamaríamos las mujeres de mantilla y con vara, pero acá con sus propios avíos. La cofradía del arca encaró la avenida y todas la demás la siguieron. Avanzaba con cánticos y palmadas contra las vigas de bambú. Cuando la cofradía llegó a la primera capilla, el jaleo se disparó. El trono con el arca (Mikoshi, según tengo entendido) se detuvo. A las órdenes del capataz, hicieron girar el trono para que mirara hacia la capilla y comenzó ‘la levantá’, aquí. Todas las cofradías rindieron reverencia a los altares de todas las demás.

Las ceremonias finalizan con farolillos lanzados al río, en este caso el Sumida, a la caía del sol. Es el modo de mostrar a las almas su camino de regreso, aunque el río y sus secretos muestran que hay almas que quieren quedarse en los que fueron sus pagos. Quizá dejaron asuntos todavía sin resolver.

 

La cama es ancha, la habitación chica, pero nada parece sobredimensionado. A la ventana se llega gateando por sobre la cama. La tapa del retrete tiene calefacción, ¡en verano! Tienes que encajar los pies entre el retrete y el lavabo para echarte el agua por la cara. En esas te das cuenta de que el remolino que forma el agua al salir por el desagüe hace girar como loca la rejilla cestito que protege las cañerías. Y digo yo, que esa fuerza giratoria podría producir electricidad para el consumo doméstico, con la de agua que cae por los desagües. Lo que tengo que averiguar es como se rasuran la barba por aquí, porque si te afeitas de jabón y brocha el lavabo no da sin salpicarlo todo.

Son los últimos días del Obon, dijéramos, los días de muertos de la Europa cristiana luterana, reformada o católica, o los de América, y pondré el acento en México, dado que como en Japón, se celebra una semana completa y tan central es el primer día como el último: La octava de muertos / Tōrō nagashi (灯籠流し), aquí. El momento en que los ancestros se regresan a su mundo de espíritus hasta el año próximo, en que volverán a compartir con los vivos.

Es 15 de agosto crucé la avenida y veía por todas partes farolillos apagados, era de día, y cubiertos con impermeables, porque los aguaceros son superlativos. Supe que tenía que seguir penetrando el barrio hasta que encontré, en una calle estrecha un grupo de gente vestida de modo tradicional y una capilla o altar erigido en la calle. Dentro del altar había dos relicarios en forma de arca. Luego pude saber que el más chico lo cargan les niñes y el mayor løs adultøs. Después de larga espera comenzó la procesión de les niñes, con su correspondiente lanzamiento de cubos de agua y riego de manguera jardinera. Dieron una vuelta a la manzana. Se abrió la nueva espera. Los miembros de la cofradía daban unos pasos aquí o allá, algunos me ofrecieron una sonrisa, un dedo pulgar o una fugaz reverencia de respeto. Se iban juntando cada vez más. Algunos consultaban el reloj. Mi lavadora habría terminado ya, así que regresé y puse la secadora. No debía permitirme dejar ocupada la única lavadora, por respeto a los demás. Seguía el deambular de los cófrades. Entré en uno de esos restaurancitos diminutos que hay en esa misma calle. Muy amable, el dueño me dijo que abrían para el almuerzo. Corría el tiempo y terminaba mi secadora. De camino encontré un supermercado y me compré un plátano de Filipinas y un saguchito de huevo. Vacié la secadora y subí a tender, con inmensa imaginación, mi ropa todavía húmeda, en mi habitación.

Regresé, y no sé por qué, con la seguridad de que no me perdería nada importante. Allá seguían los cofrades. Volvieron a sonreírme, algunes. Mujeres con perfecto delantal, yo diría que almidonado, atendían las mesas mostrador donde ofrecían agua, té y algunas golosinas y regalitos a los niños. Algunos varones empezaban a tomar, con aceptación o con alegría, que no me movería de allí. Algunas madres me informaron de alguna cosa, advirtiéndome que ‘soy nueva aquí’.

Por fin, sonó la voz abocinada de un megáfono. Se formó un círculo de mujeres y hombres vestidos para la brega. Saludo reverencial. Comenzó la charla. Intuí que primero hacía, el orador, un resumen del año anterior; me lo inventé para mí gobierno. Luego otro varón recibió una banda, a saber si para ocupar alguna presidencia durante el año venidero. Entonces llegaron las instrucciones, o yo me lo inventé, porque la prosodia cambió. Hubo un nuevo saludo reverencial y todøs se pusieron en camino. Yo los seguí. Tenía que seguirlos.

Caminamos por calles y callejas y fuimos a dar a un parque. Allá iba a producirse una concentración de cofradías, colegí. Se veían ropas tradicionales semejantes, pero de colores diferentes. Observé que al otro lado del parquecito había una línea de arcas dispuestas en la calle ya cerrada. Me dije, acá empieza la procesión de les adultes. Se abrió una nueva espera. Miembros de cofradías diferentes se saludaban, quizá no se veían desde hacía un año. Un cófrade se me acercó para hablarme y preguntarme de dónde soy. Uno de sus hijos tomó parte en la conversación. Me pidió que fotografiara a toda la familia. Todøs me saludaron con regocijo.

Comenzaron los preparativos de los tronos de las arcas. El maestro vertía agua, para flexibilizarlas, las ataduras de cuerdas de las vigas de bambú. Empezaban a anudarse, un pañuelo enroscado, a su cabeza. Comenzó la música tradicional. Las figuras patriarcales fueron tomando lugar a la cabeza de la procesión. Hubo reverencias ceremoniales, hubo palabras y una montañita de tierra espolvoreada de blanco sobre la carretera. Llegaron los bomberos y los guardias. Un matrimonio español, con sus hijos adolescentes, cayeron junto a mí. Creo que éramos los únicos con rasgos europeos reconocibles en aquella calle. El comentario de la mujer me hizo sonreír, la verdad: hablaba de las zapatillas que llevaban los de la cofradía que ocupaba un lugar preeminente en aquella parte de la ceremonia. Bueno, eran unas espardeñas, de las que solo llevaban la suela y unos cordeles las sujetaban al pie desde el tobillo al hueco entre el dedo gordo y el segundo del pie. En la tradición española perdieron, o nunca tuvieron, ese cordel así y llevan una capucha para los dedos que los protegen y sostienen la espardeña al pie, igualmente sujeta por cordeles al tobillo.

Yo no sabía cómo podía terminar aquella ceremonia. Imaginaba que quizá aquella montañita ardería. Pero no. De pronto un miembro de la cofradía de las espardeñas avanzó sobre la montaña y con un paso de danza, corto y preciso, pisó por sobre la montaña. Ahí comenzó el sarao procesional. Los ancianos se retiraron para reubicarse con sus cofradías. Volvió la música. Los guardias cortaron el tráfico de la avenida, solo en un sentido, y los bomberos tomaron sus puestos. No faltó el fotógrafo con peto de color naranja actuando entre los personajes de la ceremonia y luego subido a una escalera para cambiar bombillas.

En cuanto la primera cofradía tomó por la avenida, cargando con su arca, los bomberos abrieron la manga hacia el cielo para provocar la lluvia ritual. Luego pasó el grupo de mujeres con varas, en este caso de metal. Para hacernos una idea: lo que en Sevilla llamaríamos las mujeres de mantilla y con vara, pero acá con sus propios avíos. La cofradía del arca encaró la avenida y todas la demás la siguieron. Avanzaba con cánticos y palmadas contra las vigas de bambú. Cuando la cofradía llegó a la primera capilla, el jaleo se disparó. El trono con el arca (Mikoshi, según tengo entendido) se detuvo. A las órdenes del capataz, hicieron girar el trono para que mirara hacia la capilla y comenzó ‘la levantá’, aquí. Todas las cofradías rindieron reverencia a los altares de todas las demás.

Las ceremonias finalizan con farolillos lanzados al río, en este caso el Sumida, a la caía del sol. Es el modo de mostrar a las almas su camino de regreso, aunque el río y sus secretos muestran que hay almas que quieren quedarse en los que fueron sus pagos. Quizá dejaron asuntos todavía sin resolver.

 

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