Cuatro siglos después de que Cervantes pusiera el punto y final de su obra magna, España continúa atrapada —y traspasada— en la misma encrucijada manchega. A menudo nos miramos en el espejo y nos encontramos con la silueta del hidalgo empobrecido, el hombre que decidió que la realidad era un inconveniente menor frente a la magnitud de sus ideales.
La España de Cervantes no era un lugar feliz; era, en esencia, un escenario de penuria, picaresca y desengaño. Sin embargo, en medio de esa miseria, brotó Alonso Quijano. No era un loco sin peligro; era el símbolo del iluso soñador, un hombre que abrazaba un idealismo supremo, no porque no supiera ver la realidad, sino precisamente porque la conocía demasiado bien y prefirió transmutarla. El Quijote es la rebelión del individuo contra lo establecido. En su demencia, hay más cordura que en la ciega obediencia a la conveniencia de los demás.
Antropológicamente, España sigue dividida en dos bandos inamovibles. No hablamos de derecha o izquierda, ni de centro o periferia; la fractura es mucho más profunda. Por un lado, tenemos a los Quijotes: esos raros especímenes que insisten en creer que la justicia, la verdad y la dignidad no son conceptos abstractos, sino metas por las que merece la pena montar un Rocinante al uso y embestir contra los gigantes, aunque estos últimos resulten ser, invariablemente, molinos de viento cuya única función es moler la esperanza de los que pasan. Son los que se atreven a soñar, los que se emocionan por causas perdidas y los que cargan sobre sus espaldas el peso de una ética antigua en un tiempo que ha confundido el precio con el valor.
Por otro lado, están los que tratan, por todos los medios, de truncar las ilusiones de esos viejos soñadores. Son los arquitectos de la insidia, los maestros de la envidia, los que no soportan que alguien más se atreva a imaginar un mundo donde los valores pesen más que los números. Para ellos, el idealismo es una amenaza; les recuerda su propia mediocridad, su renuncia silenciosa a la grandeza de intentar algo distinto.
¡Qué bonito es ser un pobre iluso en un mundo repleto de insidias y de envidias! Existe una libertad secreta en el fracaso del soñador. Mientras el resto del mundo se afana en proteger su pequeño jardín de intereses mezquinos, el Quijote vuela sobre el campo de batalla, invulnerable a las críticas de quienes nunca han tenido el valor de montar a caballo. Su armadura es su fe, su escudo es su desprecio por lo mediocre.
A todo esto, pobre Quijote del siglo XXI, ¿sabe usted si el presidente del Gobierno ha comparecido durante los incendios que asolan la nación, o ha dado la cara en plena crisis migratoria? No, ya le adelanto la respuesta. Sus molinos son otros. Mientras la España real se abrasa en llamas y la vulnerabilidad humana se agolpa en nuestras costas, los que ostentan el mando operan en una realidad paralela, en una corte de cartón piedra donde la narrativa y las playlists son la única política válida.
Gracias por la lectura y feliz lunes.
Cuatro siglos después de que Cervantes pusiera el punto y final de su obra magna, España continúa atrapada —y traspasada— en la misma encrucijada manchega. A menudo nos miramos en el espejo y nos encontramos con la silueta del hidalgo empobrecido, el hombre que decidió que la realidad era un inconveniente menor frente a la magnitud de sus ideales.
La España de Cervantes no era un lugar feliz; era, en esencia, un escenario de penuria, picaresca y desengaño. Sin embargo, en medio de esa miseria, brotó Alonso Quijano. No era un loco sin peligro; era el símbolo del iluso soñador, un hombre que abrazaba un idealismo supremo, no porque no supiera ver la realidad, sino precisamente porque la conocía demasiado bien y prefirió transmutarla. El Quijote es la rebelión del individuo contra lo establecido. En su demencia, hay más cordura que en la ciega obediencia a la conveniencia de los demás.
Antropológicamente, España sigue dividida en dos bandos inamovibles. No hablamos de derecha o izquierda, ni de centro o periferia; la fractura es mucho más profunda. Por un lado, tenemos a los Quijotes: esos raros especímenes que insisten en creer que la justicia, la verdad y la dignidad no son conceptos abstractos, sino metas por las que merece la pena montar un Rocinante al uso y embestir contra los gigantes, aunque estos últimos resulten ser, invariablemente, molinos de viento cuya única función es moler la esperanza de los que pasan. Son los que se atreven a soñar, los que se emocionan por causas perdidas y los que cargan sobre sus espaldas el peso de una ética antigua en un tiempo que ha confundido el precio con el valor.
Por otro lado, están los que tratan, por todos los medios, de truncar las ilusiones de esos viejos soñadores. Son los arquitectos de la insidia, los maestros de la envidia, los que no soportan que alguien más se atreva a imaginar un mundo donde los valores pesen más que los números. Para ellos, el idealismo es una amenaza; les recuerda su propia mediocridad, su renuncia silenciosa a la grandeza de intentar algo distinto.
¡Qué bonito es ser un pobre iluso en un mundo repleto de insidias y de envidias! Existe una libertad secreta en el fracaso del soñador. Mientras el resto del mundo se afana en proteger su pequeño jardín de intereses mezquinos, el Quijote vuela sobre el campo de batalla, invulnerable a las críticas de quienes nunca han tenido el valor de montar a caballo. Su armadura es su fe, su escudo es su desprecio por lo mediocre.
A todo esto, pobre Quijote del siglo XXI, ¿sabe usted si el presidente del Gobierno ha comparecido durante los incendios que asolan la nación, o ha dado la cara en plena crisis migratoria? No, ya le adelanto la respuesta. Sus molinos son otros. Mientras la España real se abrasa en llamas y la vulnerabilidad humana se agolpa en nuestras costas, los que ostentan el mando operan en una realidad paralela, en una corte de cartón piedra donde la narrativa y las playlists son la única política válida.
Gracias por la lectura y feliz lunes.
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