Sociedad

La Atalaya, la torre vigía que mantuvo ‘en vela’ a los jerezanos durante siglos

lavozdelsur.es visita este monumento civil anexo a la iglesia de San Dionisio, cuya propiedad es municipal y su estado reclama una urgente restauración

Es una torre civil pero a simple vista no lo parece. Se trata de la torre de la Atalaya, la torre de la Vela o la torre del Reloj, uno de los símbolos del centro histórico de Jerez que tras años de abandono y de olvido, la sociedad civil de la ciudad quiere volver a recuperar.

Así, en ese proceso de concienciación y como parte del ciclo de conferencias Torres, Atalayas y Miradores organizado por el Ayuntamiento de Jerez junto a la Universidad Pablo de Olavide y la Hermandad del Mayor Dolor, se abrió el pasado sábado a una visita que incluía su subida, de la misma forma que hace unos meses se hizo lo propio desde la delegación de Patrimonio. No es para menos. De propiedad municipal, la torre de la Atalaya puede ser uno de los próximos valores patrimoniales a restaurar en la ciudad y así, hace un año el Gobierno local anunció una partida presupuestaria para iniciar unos trabajos que, por el momento, no han comenzado.

Construida por el concejo de la ciudad con la colaboración del noble Perafán de Ribera, su principal función fue la instalación del primer reloj del municipio, tal y como sostienen las actas capitulares de 1447. Adosada al muro del evangelio de la parroquia de San Dionisio, su acceso actual tiene que hacerse obligatoriamente por el interior de la iglesia, ya que en los años 60 la puerta que daba a la plaza Plateros se cerró. El reloj, que dio problemas durante toda su historia, fue instalado en 1449 y mientras que en un primer lugar marcaba las horas con la campana, en el siglo XVI se le instaló una esfera de piedra. Hoy no hay huella de él, porque en su lugar hay un gran hueco abierto hacia la plaza Plateros.

La torre de la Vela desde el interior de San Dionisio. FOTO: MANU GARCÍA.

Subir a la Atalaya hoy no es recomendable para aquellos que sufran de vértigo o algún tipo de patología médica. El párroco de San Dionisio, Luis López-Cuervo, cuenta a lavozdelsur.es durante la visita que la parroquia está deseando la pronta restauración de la torre y la colaboración, en la medida de lo posible, con el Ayuntamiento para hacer de la torre de la Vela un atractivo de la ciudad. “Queremos que se restaure, es una lástima que esté en estas condiciones”, explica. Sobre el apelativo “de la Vela”, López-Cuervo recuerda que se debe al fuego que mantenía literalmente en vela a los jerezanos del siglo XVI.

Así lo cuentan los historiadores  que han estudiado esta edificación civil. Un estudio del arquitecto José Maria Guerrero Vega referencia esta y otras circunstancias de esta joya patrimonial, de cuyo origen gótico-mudéjar y de su desarrollo habló otro arquitecto, Manuel Barroso Becerra, en el ciclo Torres, Atalayas y Miradores, con la participación de la Asociación Jerezana Amigos del Archivo.

Un atractivo singular para Jerez

Probablemente la torre de la Atalaya sea el monumento que mejor represente al estilo gótico-mudéjar jerezano, como han sostenido numerosos historiadores del arte. Su relevancia histórica, su singular trascendencia pero también su ubicación estratégica la hacen de un atractivo imprescindible.

De esa forma, son muchos los colectivos y personalidades que han reclamado su restauración y la puesta en marcha de un programa para hacerla accesible y visitable, es decir, su acceso público. De hecho y a la par que otras inversiones, su rehabilitación podría ser un revulsivo para el turismo de la ciudad, a la par que otros atractivos como la reciente apertura de la torre de la Catedral, en este caso por parte del Obispado.

La torre se compone de dos volúmenes yuxtapuestos, de planta rectangular y adosados a los muros de la parroquia de San Dionisio, tal y como sostiene Guerrero Vega. Estos se dividen en dos niveles diferentes: en la parte inferior, de forma similar a una capilla, una bóveda de crucería la cubre, con ladrillo y nervios de capiteles vegetales y mocárabes; en la superior, que era destinada a albergar la maquinaria del reloj, se abre un hueco de grandes dimensiones que en el caso de una restauración podría ser utilizado para otros fines, tal y como sostiene el párroco de San Dionisio durante la visita de este medio.

La campana de la torre civil. FOTO: MANU GARCÍA.

La estancia que se encuentra en esta parte alta podría utilizarse como sala para dar cobijo a encuentros previos a la propia visita del campanario, cuyas campanas, cuenta la leyenda, están rotas de dar la alerta de “que vienen los moros”. Sobre los techos de la torre, lavozdelsur.es toma testimonio del lamentable estado de conservación. Las losas, llenas de verdín, restos vegetales y heces de paloma, dan prueba del abandono y de la necesaria transformación que la torre de la Vela reclama.

“¡No hay moros en la costa!”

Se dice que el refranero esconde tras de sí mucho de la cultura popular y también de la historia. Como posible torre vigía, la vela se mantenía encendida siempre y cuando no hubiera peligro. Ese peligro no era otro que el de las incursiones berberiscas, frecuentes en época bajomedieval y a comienzos de la Edad Moderna, entre los siglos XV y XVII. Desde arriba, se puede divisar una vasta extensión de la ciudad de Jerez, con el arroyo hacia un lado y las puertas de Sevilla y Real hacia el otro. Un horizonte que se puede divisar sin dificultades hoy desde la Atalaya, desde donde se ve los dominios de la sierra de San Cristóbal, de cuya cantera procede precisamente la piedra del monumento.

Vista panorámica de Jerez desde lo alto de la torre de la Atalaya. FOTO: MANU GARCÍA.

Una restauración profunda a mediados del siglo pasado, dirigida por Rafael Manzano, eliminó la esfera de piedra del reloj, donde ahora se sitúa una ventana abierta hacia la plaza Plateros. Declarada Bien de Interés Cultural en 1979, la torre de la Atalaya recibió una intervención hace dos años, cuando el consistorio actúo de emergencia, con objeto de eliminar el riesgo de desprendimiento. Ahora, este emblema de Jerez queda a la espera de que las autoridades se pongan de acuerdo para ponerlo en valor. Una circunstancia que de darse con celeridad, de beneficiará a la promoción turística y la conservación del legado histórico-artístico de una ciudad que no puede esperar más por su patrimonio.

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