Ricardo Pachón, que de segundo apellido es tan oportunamente Capitán, pasará a la historia por haber capitaneado la irrupción del llamado Nuevo Flamenco, aquel concepto nuevo en el que consiguió embarcar a lo más granado del quejío en la época de la transición (también flamenca), empezando por Camarón de la Isla, quien se quedó en Camarón a secas cuando abandonó la tutela del padre de Paco de Lucía y se vino a la localidad sevillana de Umbrete para hacer música de otra manera, disfrutando del proceso, viviendo los discos por dentro y empapándose del rock andaluz y de toda la poesía milenaria que iba del antiguo poeta persa Omar Kayán al universal Federico García Lorca, pasando hasta por Fernando Villalón, aquel olvidado poeta del 27 que se arruinó mientras buscaba criar toros con los ojos verdes.
Las letras de esos grandes y dispersos poetas fueron las que Pachón fue capaz de poner en la boca de José Monge Cruz gracias a aquel disco que los gitanos más puristas empezaron a descambiar en las tiendas porque no lo entendían como flamenco: La leyenda del tiempo. Aquel disco inolvidable, que solo empezó a valorarse décadas después de su creación, llevaba las guitarras de Tomatito y Raimundo Amador, la flauta de Jorge Pardo, el bajo de Manolo Rosa, la percusión de Rubem Dantas, el sintetizador de Manolo Marinelli y hasta el taconeo de Manolo Soler, entre otros sonidos innovadores para los cabales del flamenco allá por 1979.
Por provocar, el propio Camarón fue el primero en sacar el tema de Volando voy de Kiko Veneno, mucho antes de que él mismo lo incluyera en su disco Échate un cantecito en el año 1992, que no fue tanto el de la Expo Universal de Sevilla como el de la muerte del genio de la Isla.

- Ricardo Pachón, cuando fue homenajeado en la Venta de Vargas, en pandemia, en una imagen con la alcaldesa de San Fernando, Patricia Cavada.
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Tan prolífica iba a ser la relación de Pachón con Camarón, que luego vinieron discos tan trascendentes como Calle Real (1983), Viviré (1984) o Soy gitano, el auténtico fenómeno discográfico de 1989, al margen de ciertas grabaciones en directo en el que los seguidores del de la Isla agradecen hoy la viveza de esos sonidos de veras, el del ruidoso público de entonces y algunas intervenciones habladas del cantaor.
Pachón narró como nadie la expulsión de los gitanos de Triana al extrarradio de Sevilla, fue un adelatando con su oído privilegiado y nos ha legado los trabajos más atrevidos del flamenco
Ricardo Pachón acaba de marcharse al otro mundo a la edad de 89 años, con todos los deberes hechos. Trabajó como funcionario en las áreas de Cultura de la Diputación de Sevilla, de la Junta de Andalucía y hasta en los archivos de RTVE, pero siempre se volcó, por vocación y responsabilidad, en la realización de documentales relacionados con el flamenco, como aquel titulado Triana pura y pura en el que narró con tanta sensibilidad la crudeza de la última expulsión clasista de Sevilla: la de los gitanos que tuvieron que abandonar el barrio de Triana para integrar otras barriadas del extrarradio naciente como Las Tres Mil Viviendas. Aquel trabajo fue nominado como mejor largometraje documental para los Premios Goya.
Pero si el sevillano Pachón va a integrar la Historia del Flamenco lo será también por haber producido los tres primeros discos de Lole y Manuel (Nuevo día, Pasaje del agua y Romero verde) o incluso el debut de Kiko Veneno. Se licenció en Derecho en la Universidad de Sevilla, y a principios de los años 70 inició su carrera como productor del recordado grupo Smash después de convencer a Manuel Molina para que entrara a formar parte del mismo. También produjo el primer trabajo del grupo Imán, capaz de mezclar sonidos hindúes, brasileños y de rock sinfónico. Y hasta produjo discos indiscutiblemente históricos a artistas irrepetibles como Silvio (Al este del Edén, en 1980; o Fantasía Occidental, en 1988) o los Pata Negra (Rock gitano, de 1983 o Blues de la Frontera, de 1987).
Por aquella misma época también les produjo sus trabajos a guitarristas de la talla de Rafael Riqueni (Juego de niños, en 1986) o Tomatito (Rosas del amor, de 1987). Y más recientemente fue el productor de fenómenos como el de Maita Vende Ca o de artistas de pura raigambre jerezana que también se atrevieron con las heterodoxias, como Tomasa Guererro La Macanita con su disco Jerez, Xéres, Sherry, de 1998.
Se nos va Ricardo, el hombre del oído privilegiado que nos enseñó que ni la música ni la cultura ni la tradición debían ser una cárcel, sino ventanas abiertas al goce de las mezcolanzas. Descanse en paz.
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