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Opinión

Lorca, el poeta y el mito

Hay poetas cuya grandeza está en una arquitectura intelectual que permanece cuando ya se ha disipado el efecto inmediato del poema. Machado, Cernuda, Juan Ramón Jiménez, Eliot: todos obligan al lector a volver sobre sus versos

  • Federico García Lorca.

Sé que esto no les va a gustar a los mitómanos y santificadores de "Federico", los que hablan de él como si hubiera sido un amigo de toda la vida, ni tampoco a buena parte de los lorquianos, algunos de los cuales han contribuido, quizá sin pretenderlo, a deformar su vida y su obra. Cuando se cumplen noventa años de su asesinato, me parece una buena ocasión para decir en voz alta una opinión que quien esto escribe y otros sostenemos desde hace tiempo: Lorca está sobrevalorado como poeta.

No digo que no sea uno de los grandes poetas del siglo XX. Sería absurdo negarlo. Pertenece por derecho propio a una de las épocas más extraordinarias de la poesía española. Pero una cosa es reconocer su importancia y otra muy distinta aceptar sin rechistar el lugar casi sagrado que la cultura española le reserva desde mediados del siglo pasado.

Borges, con esa ironía suya capaz de desmontar una reputación en cuatro palabras, lo definió como un «andaluz profesional». La frase puede sonar cruel, incluso injusta, pero esconde una intuición que merece la pena mirar de cerca: la imagen de Lorca y su obra ha terminado imponiéndose, muchas veces, sobre el poeta.

Porque alrededor de él se ha levantado un personaje de dimensiones casi míticas: Granada, Andalucía, el flamenco, el gitano, la luna, la sangre, el caballo, el duende, Nueva York, el amor, la muerte y, al final, el asesinato. Todo eso forma parte de su universo, naturalmente, pero también ha montado una poderosa maquinaria sentimental que condiciona cómo leemos sus poemas. A veces parece que, antes de abrir un libro suyo, ya sabemos lo que se supone que debemos sentir. Y ahí empieza el problema.

Conviene, sin embargo, no confundir dos discusiones distintas. Una cosa es el culto: la maquinaria sentimental que convierte a Lorca en icono antes que en autor discutible. Otra cosa, separada, es la calidad de la obra misma. Se podría estar de acuerdo con todo el diagnóstico sobre la canonización y aun así sostener que los poemas aguantan cualquier peso que se les ponga encima. No es mi caso

—creo que ambas cosas están relacionadas, que el culto ha blindado a la obra de la lectura crítica que necesitaría— pero conviene decirlo con esta claridad para no dar por probada la segunda cuestión solo por haber argumentado la primera.

Lorca murió con apenas 38 años. Su asesinato convirtió inevitablemente su figura en símbolo y dejó su obra abierta, incompleta, suspendida en un momento en que todavía estaba en plena evolución. Es imposible saber qué habría escrito de haber vivido. Imposible saber si habría alcanzado nuevas cumbres, si habría cambiado de rumbo, o si su poesía habría perdido parte de esa intensidad que hoy atribuimos a su juventud. Todo eso pertenece al territorio de los futuribles. Y los futuribles no sirven para juzgar una obra. Hay que juzgar al Lorca que existe, no al que pudo haber sido.

Y el Lorca que existe es desigual. Hay poemas extraordinarios, imágenes que ya forman parte para siempre de la memoria del idioma, una capacidad musical fuera de lo común. Pero hay también una producción que no siempre sostiene ese nivel, y una simbología —luna, sangre, muerte, caballo, cuchillo, agua, noche, verde— repetida hasta la saciedad, que a fuerza de insistir termina pareciendo un repertorio reconocible antes que una revelación renovada en cada página.

Su enorme capacidad metafórica es, al mismo tiempo, una de sus mayores virtudes y el terreno donde con más facilidad asoma la objeción crítica. Lorca sabe producir imágenes deslumbrantes, pero no toda imagen deslumbrante es necesariamente profunda. Con frecuencia, la potencia visual y emocional parece sustituir a una construcción intelectual más compleja.

Por eso me parece legítimo preguntarse si Lorca es, sobre todo, un extraordinario poeta de la imagen, la música y la emoción, más que un poeta de pensamiento. Y esa diferencia importa.

Hay poetas cuya grandeza está en una arquitectura intelectual que permanece cuando ya se ha disipado el efecto inmediato del poema. Machado, Cernuda, Juan Ramón Jiménez, Eliot: todos obligan al lector a volver sobre sus versos porque bajo la música hay una estructura de pensamiento que no se agota a la primera lectura.

Lorca funciona, muchas veces, de otro modo. Su fuerza está en la fulguración. En el golpe de la imagen. En el ritmo. En la asociación inesperada. En esa capacidad casi única para convertir una palabra en escena. Eso no es poco. Es muchísimo. Pero tampoco debería confundirse con una profundidad ilimitada.

En Poeta en Nueva York, por ejemplo, encontramos algunos de sus momentos más poderosos y originales, pero también una escritura donde la acumulación de imágenes, asociaciones y símbolos puede dejar, en no pocos lectores, una sensación de arbitrariedad. La llamada "lógica lírica" lorquiana fascina; también puede dar la impresión, en determinados poemas, de que la crítica

posterior se ha esforzado bastante por encontrar una arquitectura donde acaso solo había, ante todo, una intuición poderosa.

Conviene recordar, además, que Poeta en Nueva York arrastra problemas textuales y de composición: el libro que conocemos se publicó después de la muerte de Lorca y no puede equipararse, sin matices, a un volumen que él mismo diera por cerrado.

Pero quizá el mayor problema no esté en Lorca, sino en algunos de sus intérpretes. La canonización puede hacerle a veces un flaco favor a un escritor y en el caso de Lorca es singularísima. Cuando un autor se convierte en monumento, deja de discutirse y empieza a venerarse. Y la literatura necesita justo lo contrario: lectores capaces de disentir, y de hacerlo con criterio.

Los llamados «lorquianos» han producido estudios fundamentales y han contribuido de manera decisiva a conservar, editar y comprender su obra. Sería injusto meterlos a todos en el mismo saco. Pero existe también una tradición lorquiana que ha construido una imagen tan compacta del poeta que hoy resulta difícil separar al hombre, al personaje y al escritor.

Lorca ha terminado siendo, a la vez, poeta, mito, mártir, símbolo de Granada, icono de Andalucía, figura de la libertad, representación de la marginación y emblema universal de una España asesinada. Todo eso puede ser históricamente comprensible. Pero la literatura no debería necesitar mártires para producir grandes poetas. Y aquí aparece la paradoja más terrible: quizá el hombre y la obra hayan quedado sepultados precisamente por quienes más han contribuido a hacerlos eternos.

Decir que Lorca está sobrevalorado no significa restarle estimación a su figura y obra. Al contrario: significa devolverlo a la literatura.

Un poeta verdaderamente grande debería poder soportar que alguien diga que un poema suyo no le gusta, que un libro le parece irregular, que una metáfora le resulta excesiva, o que otro poeta de su generación le parece superior.

No debería hacer falta comparecer ante una especie de tribunal de fidelidad lorquiana para poder decir que uno prefiere a Cernuda, a Machado, a Juan Ramón, o incluso a poetas de otras tradiciones y otras épocas.

Personalmente —y aquí entro ya en el terreno inevitable del gusto— nunca me ha convencido eso de colocar a ciertos autores con calzador en el lugar que supuestamente les corresponde. La literatura no es una procesión de santos ni una clasificación oficial de méritos.

Y quizá a Lorca le haya pasado algo particularmente paradójico: su muerte prematura permitió que su obra quedara congelada en el instante exacto de la leyenda. Lo que sí sabemos es lo que dejó. Y eso debería bastarnos. Lorca fue un gran poeta. Probablemente uno de los grandes poetas españoles del siglo XX. Pero convertirlo en el poeta intocable, en el poeta que todos debemos admirar de la misma manera, no engrandece su obra. La empobrece. Porque cuando un escritor deja de poder discutirse, deja también de poder leerse en libertad.

Quizá haya llegado el momento de bajar a Lorca del altar, de quitarle un poco de mármol al monumento, y de devolverle algo mucho más importante que la veneración: la posibilidad de seguir siendo, simplemente, un poeta andaluz que escribió algunos de los mejores versos del siglo XX.

Sé que esto no les va a gustar a los mitómanos y santificadores de "Federico", los que hablan de él como si hubiera sido un amigo de toda la vida, ni tampoco a buena parte de los lorquianos, algunos de los cuales han contribuido, quizá sin pretenderlo, a deformar su vida y su obra. Cuando se cumplen noventa años de su asesinato, me parece una buena ocasión para decir en voz alta una opinión que quien esto escribe y otros sostenemos desde hace tiempo: Lorca está sobrevalorado como poeta.

No digo que no sea uno de los grandes poetas del siglo XX. Sería absurdo negarlo. Pertenece por derecho propio a una de las épocas más extraordinarias de la poesía española. Pero una cosa es reconocer su importancia y otra muy distinta aceptar sin rechistar el lugar casi sagrado que la cultura española le reserva desde mediados del siglo pasado.

Borges, con esa ironía suya capaz de desmontar una reputación en cuatro palabras, lo definió como un «andaluz profesional». La frase puede sonar cruel, incluso injusta, pero esconde una intuición que merece la pena mirar de cerca: la imagen de Lorca y su obra ha terminado imponiéndose, muchas veces, sobre el poeta.

Porque alrededor de él se ha levantado un personaje de dimensiones casi míticas: Granada, Andalucía, el flamenco, el gitano, la luna, la sangre, el caballo, el duende, Nueva York, el amor, la muerte y, al final, el asesinato. Todo eso forma parte de su universo, naturalmente, pero también ha montado una poderosa maquinaria sentimental que condiciona cómo leemos sus poemas. A veces parece que, antes de abrir un libro suyo, ya sabemos lo que se supone que debemos sentir. Y ahí empieza el problema.

Conviene, sin embargo, no confundir dos discusiones distintas. Una cosa es el culto: la maquinaria sentimental que convierte a Lorca en icono antes que en autor discutible. Otra cosa, separada, es la calidad de la obra misma. Se podría estar de acuerdo con todo el diagnóstico sobre la canonización y aun así sostener que los poemas aguantan cualquier peso que se les ponga encima. No es mi caso

—creo que ambas cosas están relacionadas, que el culto ha blindado a la obra de la lectura crítica que necesitaría— pero conviene decirlo con esta claridad para no dar por probada la segunda cuestión solo por haber argumentado la primera.

Lorca murió con apenas 38 años. Su asesinato convirtió inevitablemente su figura en símbolo y dejó su obra abierta, incompleta, suspendida en un momento en que todavía estaba en plena evolución. Es imposible saber qué habría escrito de haber vivido. Imposible saber si habría alcanzado nuevas cumbres, si habría cambiado de rumbo, o si su poesía habría perdido parte de esa intensidad que hoy atribuimos a su juventud. Todo eso pertenece al territorio de los futuribles. Y los futuribles no sirven para juzgar una obra. Hay que juzgar al Lorca que existe, no al que pudo haber sido.

Y el Lorca que existe es desigual. Hay poemas extraordinarios, imágenes que ya forman parte para siempre de la memoria del idioma, una capacidad musical fuera de lo común. Pero hay también una producción que no siempre sostiene ese nivel, y una simbología —luna, sangre, muerte, caballo, cuchillo, agua, noche, verde— repetida hasta la saciedad, que a fuerza de insistir termina pareciendo un repertorio reconocible antes que una revelación renovada en cada página.

Su enorme capacidad metafórica es, al mismo tiempo, una de sus mayores virtudes y el terreno donde con más facilidad asoma la objeción crítica. Lorca sabe producir imágenes deslumbrantes, pero no toda imagen deslumbrante es necesariamente profunda. Con frecuencia, la potencia visual y emocional parece sustituir a una construcción intelectual más compleja.

Por eso me parece legítimo preguntarse si Lorca es, sobre todo, un extraordinario poeta de la imagen, la música y la emoción, más que un poeta de pensamiento. Y esa diferencia importa.

Hay poetas cuya grandeza está en una arquitectura intelectual que permanece cuando ya se ha disipado el efecto inmediato del poema. Machado, Cernuda, Juan Ramón Jiménez, Eliot: todos obligan al lector a volver sobre sus versos porque bajo la música hay una estructura de pensamiento que no se agota a la primera lectura.

Lorca funciona, muchas veces, de otro modo. Su fuerza está en la fulguración. En el golpe de la imagen. En el ritmo. En la asociación inesperada. En esa capacidad casi única para convertir una palabra en escena. Eso no es poco. Es muchísimo. Pero tampoco debería confundirse con una profundidad ilimitada.

En Poeta en Nueva York, por ejemplo, encontramos algunos de sus momentos más poderosos y originales, pero también una escritura donde la acumulación de imágenes, asociaciones y símbolos puede dejar, en no pocos lectores, una sensación de arbitrariedad. La llamada "lógica lírica" lorquiana fascina; también puede dar la impresión, en determinados poemas, de que la crítica

posterior se ha esforzado bastante por encontrar una arquitectura donde acaso solo había, ante todo, una intuición poderosa.

Conviene recordar, además, que Poeta en Nueva York arrastra problemas textuales y de composición: el libro que conocemos se publicó después de la muerte de Lorca y no puede equipararse, sin matices, a un volumen que él mismo diera por cerrado.

Pero quizá el mayor problema no esté en Lorca, sino en algunos de sus intérpretes. La canonización puede hacerle a veces un flaco favor a un escritor y en el caso de Lorca es singularísima. Cuando un autor se convierte en monumento, deja de discutirse y empieza a venerarse. Y la literatura necesita justo lo contrario: lectores capaces de disentir, y de hacerlo con criterio.

Los llamados «lorquianos» han producido estudios fundamentales y han contribuido de manera decisiva a conservar, editar y comprender su obra. Sería injusto meterlos a todos en el mismo saco. Pero existe también una tradición lorquiana que ha construido una imagen tan compacta del poeta que hoy resulta difícil separar al hombre, al personaje y al escritor.

Lorca ha terminado siendo, a la vez, poeta, mito, mártir, símbolo de Granada, icono de Andalucía, figura de la libertad, representación de la marginación y emblema universal de una España asesinada. Todo eso puede ser históricamente comprensible. Pero la literatura no debería necesitar mártires para producir grandes poetas. Y aquí aparece la paradoja más terrible: quizá el hombre y la obra hayan quedado sepultados precisamente por quienes más han contribuido a hacerlos eternos.

Decir que Lorca está sobrevalorado no significa restarle estimación a su figura y obra. Al contrario: significa devolverlo a la literatura.

Un poeta verdaderamente grande debería poder soportar que alguien diga que un poema suyo no le gusta, que un libro le parece irregular, que una metáfora le resulta excesiva, o que otro poeta de su generación le parece superior.

No debería hacer falta comparecer ante una especie de tribunal de fidelidad lorquiana para poder decir que uno prefiere a Cernuda, a Machado, a Juan Ramón, o incluso a poetas de otras tradiciones y otras épocas.

Personalmente —y aquí entro ya en el terreno inevitable del gusto— nunca me ha convencido eso de colocar a ciertos autores con calzador en el lugar que supuestamente les corresponde. La literatura no es una procesión de santos ni una clasificación oficial de méritos.

Y quizá a Lorca le haya pasado algo particularmente paradójico: su muerte prematura permitió que su obra quedara congelada en el instante exacto de la leyenda. Lo que sí sabemos es lo que dejó. Y eso debería bastarnos. Lorca fue un gran poeta. Probablemente uno de los grandes poetas españoles del siglo XX. Pero convertirlo en el poeta intocable, en el poeta que todos debemos admirar de la misma manera, no engrandece su obra. La empobrece. Porque cuando un escritor deja de poder discutirse, deja también de poder leerse en libertad.

Quizá haya llegado el momento de bajar a Lorca del altar, de quitarle un poco de mármol al monumento, y de devolverle algo mucho más importante que la veneración: la posibilidad de seguir siendo, simplemente, un poeta andaluz que escribió algunos de los mejores versos del siglo XX.

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