Ediciones:

Seguir en Discover

escuela de salud

Cuando migrar parece la única forma de tener futuro

Las redes sociales no crean el deseo de migrar. Lo que hacen es amplificar una aspiración que ya existe: la de vivir mejor. Y cuando esa aspiración pertenece a un niño o a un adolescente, deberíamos preguntarnos qué hay detrás de ella y qué consecuencias tiene para su salud y su bienestar

  • Las calles de Ceuta se recomponen como pueden tras el asalto a la frontera. -

En los debates sobre migración solemos hablar de fronteras, de llegadas, de control, de devoluciones, de cifras. Hablamos mucho menos de una pregunta esencial: ¿qué lleva a un niño o a un adolescente a imaginar que su futuro está lejos de su casa?

La migración puede comenzar mucho antes de cruzar una frontera. Puede comenzar en una conversación, en una imagen de Instagram o TikTok, en el relato de un amigo que consiguió llegar, en la comparación permanente con otros jóvenes o en la percepción de que en el lugar donde se vive no hay oportunidades.

Las redes sociales no inventan esa aspiración. La hacen visible, la multiplican y, en ocasiones, la convierten en una promesa.

La aspiración de migrar también es un determinante de salud

Cuando un adolescente siente que estudiar, trabajar, tener una vivienda, acceder a una sanidad adecuada o construir una vida digna solo será posible en otro país, estamos ante algo más profundo que una decisión migratoria.

Estamos ante una experiencia marcada por los determinantes sociales de la salud.

La pobreza, la desigualdad, la falta de oportunidades educativas, la inseguridad, la violencia, la discriminación o la ausencia de expectativas de futuro condicionan el bienestar físico y emocional durante la infancia. La OMS advierte de que las experiencias previas a la migración, el propio viaje y las condiciones de vida después de llegar pueden afectar a la salud mental de niños, niñas y adolescentes migrantes.

Por eso, cuidar su salud no puede significar únicamente atenderles cuando llegan.

Hay que preguntarse qué condiciones les hicieron pensar que marcharse era la mejor alternativa.

Del sueño al viaje

Para algunos jóvenes, migrar representa esperanza.

Y la esperanza es saludable.

Tener un proyecto de futuro, imaginar una vida mejor y creer que existen oportunidades son elementos fundamentales para el bienestar. El problema aparece cuando la distancia entre las expectativas y la realidad es enorme.

Una fotografía de una vida ideal en Europa no muestra necesariamente las dificultades de encontrar alojamiento, aprender un idioma, acceder a la escuela, conseguir formación, regularizar una situación administrativa o integrarse socialmente.

Tampoco muestra la soledad. Ni el miedo. Ni el duelo por la separación familiar. Ni las experiencias traumáticas que algunos menores pueden haber vivido antes o durante el viaje.

La salud mental de un niño migrante puede estar condicionada por una cadena de acontecimientos: lo que dejó atrás, lo que vivió durante el trayecto y lo que encuentra al llegar.

El viaje no termina cuando se cruza la frontera

Para un adulto, llegar puede significar el final de un trayecto.

Para un menor no acompañado, puede ser el comienzo de otro viaje mucho más largo.

Un viaje administrativo, educativo, emocional y social.

Necesita un lugar seguro donde dormir. Atención sanitaria. Escolarización. Alimentación adecuada. Relaciones afectivas estables. Aprender el idioma. Recuperar rutinas. Crear vínculos. Recibir apoyo psicológico cuando sea necesario. Y, sobre todo, recuperar algo que muchas veces se pierde durante estos procesos: la sensación de tener control sobre la propia vida.

La protección de la infancia no puede reducirse a alojar a un menor.

Acoger no es guardar. Acoger es acompañar.

Y acompañar significa preparar también el paso hacia la vida adulta: formación profesional, empleo, autonomía económica, vivienda y redes sociales.

La salud mental necesita tiempo

Hay una tendencia comprensible a buscar síntomas inmediatamente después de una experiencia traumática.

Pero no todos los niños expresan el sufrimiento de la misma manera.

Algunos muestran ansiedad, miedo, tristeza o problemas de sueño. Otros pueden presentar irritabilidad, aislamiento, dificultades de concentración o problemas de conducta. Y otros aparentemente se adaptan bien y no manifiestan inicialmente ningún malestar.

Por eso necesitamos sistemas capaces de detectar, acompañar y no patologizar.

No todo sufrimiento es una enfermedad mental. Pero tampoco todo silencio significa que un niño esté bien.

La respuesta debe combinar atención psicológica cuando sea necesaria con algo mucho más amplio: escuela, amistades, actividades comunitarias, deporte, cultura, estabilidad y adultos de referencia.

La salud mental también se construye creando oportunidades.

No podemos pedirles resiliencia y ofrecerles incertidumbre

Hay una palabra que aparece con frecuencia cuando hablamos de niños migrantes: resiliencia.

Y es cierto que muchos muestran una extraordinaria capacidad de adaptación. Pero conviene tener cuidado.

La resiliencia no puede convertirse en una excusa para que las instituciones hagan menos.

No podemos admirar la capacidad de un adolescente para superar la adversidad mientras le ofrecemos meses de incertidumbre, cambios continuos de centro, dificultades para estudiar o una transición a la vida adulta llena de obstáculos.

La resiliencia es una capacidad individual. La protección es una responsabilidad colectiva.

Y aquí también hablamos de salud pública

La migración infantil no debería abordarse exclusivamente desde Interior, Exteriores o las políticas de fronteras. También es una cuestión de salud pública, educación, servicios sociales, vivienda y derechos de la infancia.

Porque la salud de estos niños no depende solamente de que no tengan una enfermedad.

Depende de si pueden dormir tranquilos. De si tienen amigos. De si pueden ir a la escuela. De si alguien escucha sus miedos. De si pueden llamar a su familia. De si tienen una persona adulta de referencia. De si pueden imaginarse dentro de cinco años.

Y esta última cuestión quizá sea la más importante.

Un niño que puede imaginar su futuro tiene una oportunidad de construirlo.

Antes de preguntarnos por qué vienen, deberíamos preguntarnos qué futuro buscan

El debate migratorio necesita menos simplificaciones.

No todos los jóvenes que migran han sido engañados por las redes sociales. No todos vienen únicamente por razones económicas. No todos huyen de una guerra. No todos tienen las mismas historias.

Pero sí podemos compartir una pregunta: ¿Qué hace que un adolescente crea que su futuro está en otro lugar?

Las redes sociales pueden amplificar esa idea. Los traficantes pueden aprovecharla. Los rumores pueden deformarla.

Pero la aspiración estaba antes.

Y si queremos comprender realmente las migraciones infantiles, tenemos que mirar ahí.

Porque cuando miles de jóvenes están dispuestos a asumir riesgos extraordinarios para alcanzar otro país, no basta con preguntarse cómo controlar la frontera.

Hay que preguntarse qué expectativas de futuro estamos ofreciendo y qué mundo estamos construyendo para ellos.

La frontera puede detener un cuerpo. Pero no puede detener una aspiración.

Y la salud de un niño tampoco debería quedar detenida al otro lado de una frontera.

Migrar puede ser una decisión. Tener un futuro digno debería ser un derecho.

En los debates sobre migración solemos hablar de fronteras, de llegadas, de control, de devoluciones, de cifras. Hablamos mucho menos de una pregunta esencial: ¿qué lleva a un niño o a un adolescente a imaginar que su futuro está lejos de su casa?

La migración puede comenzar mucho antes de cruzar una frontera. Puede comenzar en una conversación, en una imagen de Instagram o TikTok, en el relato de un amigo que consiguió llegar, en la comparación permanente con otros jóvenes o en la percepción de que en el lugar donde se vive no hay oportunidades.

Las redes sociales no inventan esa aspiración. La hacen visible, la multiplican y, en ocasiones, la convierten en una promesa.

La aspiración de migrar también es un determinante de salud

Cuando un adolescente siente que estudiar, trabajar, tener una vivienda, acceder a una sanidad adecuada o construir una vida digna solo será posible en otro país, estamos ante algo más profundo que una decisión migratoria.

Estamos ante una experiencia marcada por los determinantes sociales de la salud.

La pobreza, la desigualdad, la falta de oportunidades educativas, la inseguridad, la violencia, la discriminación o la ausencia de expectativas de futuro condicionan el bienestar físico y emocional durante la infancia. La OMS advierte de que las experiencias previas a la migración, el propio viaje y las condiciones de vida después de llegar pueden afectar a la salud mental de niños, niñas y adolescentes migrantes.

Por eso, cuidar su salud no puede significar únicamente atenderles cuando llegan.

Hay que preguntarse qué condiciones les hicieron pensar que marcharse era la mejor alternativa.

Del sueño al viaje

Para algunos jóvenes, migrar representa esperanza.

Y la esperanza es saludable.

Tener un proyecto de futuro, imaginar una vida mejor y creer que existen oportunidades son elementos fundamentales para el bienestar. El problema aparece cuando la distancia entre las expectativas y la realidad es enorme.

Una fotografía de una vida ideal en Europa no muestra necesariamente las dificultades de encontrar alojamiento, aprender un idioma, acceder a la escuela, conseguir formación, regularizar una situación administrativa o integrarse socialmente.

Tampoco muestra la soledad. Ni el miedo. Ni el duelo por la separación familiar. Ni las experiencias traumáticas que algunos menores pueden haber vivido antes o durante el viaje.

La salud mental de un niño migrante puede estar condicionada por una cadena de acontecimientos: lo que dejó atrás, lo que vivió durante el trayecto y lo que encuentra al llegar.

El viaje no termina cuando se cruza la frontera

Para un adulto, llegar puede significar el final de un trayecto.

Para un menor no acompañado, puede ser el comienzo de otro viaje mucho más largo.

Un viaje administrativo, educativo, emocional y social.

Necesita un lugar seguro donde dormir. Atención sanitaria. Escolarización. Alimentación adecuada. Relaciones afectivas estables. Aprender el idioma. Recuperar rutinas. Crear vínculos. Recibir apoyo psicológico cuando sea necesario. Y, sobre todo, recuperar algo que muchas veces se pierde durante estos procesos: la sensación de tener control sobre la propia vida.

La protección de la infancia no puede reducirse a alojar a un menor.

Acoger no es guardar. Acoger es acompañar.

Y acompañar significa preparar también el paso hacia la vida adulta: formación profesional, empleo, autonomía económica, vivienda y redes sociales.

La salud mental necesita tiempo

Hay una tendencia comprensible a buscar síntomas inmediatamente después de una experiencia traumática.

Pero no todos los niños expresan el sufrimiento de la misma manera.

Algunos muestran ansiedad, miedo, tristeza o problemas de sueño. Otros pueden presentar irritabilidad, aislamiento, dificultades de concentración o problemas de conducta. Y otros aparentemente se adaptan bien y no manifiestan inicialmente ningún malestar.

Por eso necesitamos sistemas capaces de detectar, acompañar y no patologizar.

No todo sufrimiento es una enfermedad mental. Pero tampoco todo silencio significa que un niño esté bien.

La respuesta debe combinar atención psicológica cuando sea necesaria con algo mucho más amplio: escuela, amistades, actividades comunitarias, deporte, cultura, estabilidad y adultos de referencia.

La salud mental también se construye creando oportunidades.

No podemos pedirles resiliencia y ofrecerles incertidumbre

Hay una palabra que aparece con frecuencia cuando hablamos de niños migrantes: resiliencia.

Y es cierto que muchos muestran una extraordinaria capacidad de adaptación. Pero conviene tener cuidado.

La resiliencia no puede convertirse en una excusa para que las instituciones hagan menos.

No podemos admirar la capacidad de un adolescente para superar la adversidad mientras le ofrecemos meses de incertidumbre, cambios continuos de centro, dificultades para estudiar o una transición a la vida adulta llena de obstáculos.

La resiliencia es una capacidad individual. La protección es una responsabilidad colectiva.

Y aquí también hablamos de salud pública

La migración infantil no debería abordarse exclusivamente desde Interior, Exteriores o las políticas de fronteras. También es una cuestión de salud pública, educación, servicios sociales, vivienda y derechos de la infancia.

Porque la salud de estos niños no depende solamente de que no tengan una enfermedad.

Depende de si pueden dormir tranquilos. De si tienen amigos. De si pueden ir a la escuela. De si alguien escucha sus miedos. De si pueden llamar a su familia. De si tienen una persona adulta de referencia. De si pueden imaginarse dentro de cinco años.

Y esta última cuestión quizá sea la más importante.

Un niño que puede imaginar su futuro tiene una oportunidad de construirlo.

Antes de preguntarnos por qué vienen, deberíamos preguntarnos qué futuro buscan

El debate migratorio necesita menos simplificaciones.

No todos los jóvenes que migran han sido engañados por las redes sociales. No todos vienen únicamente por razones económicas. No todos huyen de una guerra. No todos tienen las mismas historias.

Pero sí podemos compartir una pregunta: ¿Qué hace que un adolescente crea que su futuro está en otro lugar?

Las redes sociales pueden amplificar esa idea. Los traficantes pueden aprovecharla. Los rumores pueden deformarla.

Pero la aspiración estaba antes.

Y si queremos comprender realmente las migraciones infantiles, tenemos que mirar ahí.

Porque cuando miles de jóvenes están dispuestos a asumir riesgos extraordinarios para alcanzar otro país, no basta con preguntarse cómo controlar la frontera.

Hay que preguntarse qué expectativas de futuro estamos ofreciendo y qué mundo estamos construyendo para ellos.

La frontera puede detener un cuerpo. Pero no puede detener una aspiración.

Y la salud de un niño tampoco debería quedar detenida al otro lado de una frontera.

Migrar puede ser una decisión. Tener un futuro digno debería ser un derecho.

Comentarios