Opinión

Acoso escolar: un iceberg en la escuela

Poco sabemos de la realidad del acoso escolar. Hace ahora un año, el 27 de septiembre de 2018, el gobierno contestaba con una serie de datos a una pregunta del diputado socialista Antonio Hurtado. Es la única información oficial que podemos encontrar fácilmente de un problema que todos conocemos porque todos hemos sido niños y adolescentes y todos hemos asistido en múltiples ocasiones a situaciones de acoso escolar.

Según los datos aportados ese día, entre 2012 y 2017 se habrían registrado 5500 casos de acoso en España y 2017 habría sido el peor año de la serie con 1054 casos. Andalucía tiene el dudoso honor de ser, además, la comunidad autónoma con más casos de ese año con 255 casos. Y, si vemos la serie, ha habido años peores en nuestra comunidad. Frente a los 255 de 1054 (24,19 %) de 2017, tenemos 266 de 948 (28,06 %) en 2015 y 260 de 944 (27,54 %) en 2016. Sin embargo, todos sabemos que estos datos son irreales, porque en nuestros recuerdos, aunque sean recuerdos lejanos, todos somos capaces de recordar muchos casos de acoso en nuestras aulas. Y eso casa mal con sólo 255 casos en un año en toda Andalucía.

De hecho, hay otros datos, a veces contradictorios, que corroboran esa sensación. Según el Estudio Conducta sobre Salud de los Jóvenes en Edad Escolar (HBSC, por sus siglas en inglés) de la Organización Mundial de la Salud, a pesar de que el índice de victimización en España es inferior que en la mayoría de los países europeos, el 7,5% de los niños y el 4,3% de las niñas fueron víctimas de acoso escolar en España en 2014, último año del que se dispone de datos. Otros datos son aún más preocupantes, según publicaba la Unesco el día 1 de octubre de 2018, uno de cada tres adolescentes en el mundo sufre acoso escolar.

Es cierto que estos datos se refieren a todos los países y las diferencias son grandes entre unos países y otros, pero esta cifra parece más creíble y nosólo porque case mejor con nuestros recuerdos, sino porque está también más cerca de otros datos que daba la Junta de Andalucíaun año antes. El 25 de enero de 2017, el Centro de Estudios Andaluceshacía públicos otros datos que se acercan a los de la Unesco. Según esta fundación, dependiente de Consejería de la Presidencia, Administración Pública e Interior, un 30% del alumnado de Primaria y un 20% del de Secundaria habría sido víctima de acoso escolar.

Y es que el gran problema del acoso escolar es su invisibilidad. El acoso escolar es como un iceberg en el que lo que vemos es una mínima parte de la realidad. Realmente es aún peor que un iceberg, porque si la parte visible de un iceberg es aproximadamente un 11 %, los 255 casos de acoso escolar suponen apenas un 0,1 % sobre los aproximadamente 251000 alumnos que estarían sufriendo acoso si aplicamos los porcentajes que indicaba el Centro de Estudios Andaluces a los 577845 alumnos de primaria y a los 388343 alumnos de secundaria que habría en Andalucía.

El pasado mes de junio Amnistía Internacional publicó su informe Pupitres libres de acoso escolar. En este informe se analizan estos datos y la eficacia de las medidas tomadas por las autoridades para hacer frente al problema. Los resultados son demoledores. Muchas de esas medidas no se están implementando y quedan importantes lagunas por cubrir para garantizar la protección de nuestros niños y niñas. El Plan Estratégico para combatir el acoso no se ha implementado en su integridad, el Observatorio Estatal de la Convivencia Escolar sólo existe de nombre y no recoge, como debería, la información necesaria para realizar los análisis, diagnósticos e intervenciones necesarias para combatir el acoso escolar. De hecho, el 96,3 % de los casos de acoso identificados en 2017 por el servio de atención telefónica del Ministerio de Educación(900 018 018) ni siquiera llegaron a inspección, a pesar de que el protocolo de este servicio indica que deben informar a la inspección de todos los casos.

Ante esto Amnistía Internacional pide que se dé una adecuada visibilidad al acoso escolar, que no hagamos la vista gorda frente a cualquier tipo de acoso: acoso físico, insultos, hostigamiento, exclusión social y ciberacoso. Pedimos también que exista un sistema de denuncias realmente útil que utilicen los y las adolescentes, ya que el teléfono actual es insuficiente; así como el desarrollo de programas de apoyo entre iguales obligatorios en todos los centros educativos, programas que cuenten con alumnos y alumnas formados que se impliquen en la detección y atención de conflictos. La concienciación del más del 50 % del alumnado que, sin ser víctima o acosador, es testigo del acoso, resulta imprescindible para acabar con esta lacra.

También las familias y el profesorado son imprescindibles para hallar una solución. Las primeras porque ante el silencio del acosado y el acosador, son muchas veces las familias de los testigos las primeras en conocer lo que está sucediendo y porque son la parte más importante en la educación de sus hijos e hijas. El profesorado debe ser capaz de interpretar los pequeños indicios que indican el posible acoso y la detección de éste debería formar parte de la formación permanente de profesores y profesoras, mediante cursos obligatorios y realmente útiles para detectar y enfrentarse al acoso en los centros escolares.

Por último, en estos días en que nuestros escolares y adolescentes se incorporan a un nuevo curso escolar, debemos ser conscientes de que hay une serie de factores de riesgo que los convierten más fácilmente en víctimas. El género, la diversidad sexual, la baja extracción social, la pertenencia a culturas o grupos étnicos minoritarios contribuyen a crear víctimas tipo sobre las que habría que centrar los esfuerzos. Por eso, es imprescindible una formación continuada para profesorado y otros miembros de la comunidad educativa que incluya contenidos sobre género, diversidad sexual, multiculturalismo y TIC, ya que éstas últimas son el medio en el que el acoso crece con más fuerza y el menos visible

Juan Francisco Villar Caño es activista del Equipo de MMCC de Amnistía Internacional Andalucía.

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Un comentario

  1. ¡Vaya tostonazo del mal llamado lenguaje “inclusivo”! ¿De verdad que usted, en su vida privada, en sus conversaciones con familiares y amigos, dice “los y las adolescentes”, “alumnos y alumnas formados”, “educación de sus hijos e hijas”, “formación permanente de profesores y profesoras”…?

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