Anika

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Anika

01-09-2017 / 08:10 h.

Anika tiene cinco años y nació en el primer mundo. No elegimos nacer en un sitio u otro, simplemente aparecemos por aquí. Y, aunque ella no lo sabe, es una privilegiada por haber nacido en ese lugar. Viéndola crecer me parece que nuestra tarea, como familia que la sostiene y como sociedad que la ampara, sería educarla para que piense por sí misma. Yo no sé muy bien cómo se hace eso, pero habría que hacerlo. Tal vez así, Anika llegue a tomar conciencia de su privilegio y, seguidamente, tal vez —sólo tal vez— desarrolle una capacidad crítica que le lleve a adoptar un compromiso con su mundo: luchar activamente por una sociedad más equilibrada. Es decir, por una sociedad en la que cualquier hombre, nacido en cualquier lugar del mundo, tuviera las mismas oportunidades de alcanzar un mínimo de felicidad. No sería una felicidad estandarizada, como nos gusta pensar a los occidentales, pues cada pueblo tiene su propia idea sobre qué cosa debe ser la felicidad. Ya sé que es una entelequia aspirar a que los privilegiados se comprometan a compartir  sus privilegios… sería muy difícil, cierto, pero sería drásticamente honesto. Y honestidad es algo que necesitamos en la sociedad que hemos construido…

…pero educar a los hijos es tarea compleja cuando las influencias extrañas a la familia son más potentes, más atractivas y masivas. Me temo que esas influencias tienden a diseñar sociedades aculturadas, acríticas y sumisas. La vulgaridad y la simpleza del pensamiento es el devenir inevitable de la sociedad capitalista que nos gobierna. Es el pan y circo de cualquier historia. Es el soma para los epsilones de Huxley. Los televidentes no se movilizan porque la realidad que se les muestra es amable y fácil de asimilar y, sobre todo, porque no hay motivos para cambiarla. Los durmientes no molestan, sólo calientan el skay y hablan de fútbol, carnaval o Semana Santa. Los consumidores cumplen con la tarea diseñada para ellos… y así el mundo sigue girando la mar de bien para los pocos que lo manejan. Es un fracaso para cualquier generación que sus hijos acaben pensando que el éxito es pagarse sus propias cervezas y olvidarse del mundo. Uno piensa que sería estupendo despertarlos.

Sí… es lo que uno piensa sentado a la sombra de don José Enrique Varela, bilaureado general español, conspirador contra la II República, represor de masones, receptor de sobornos británicos; aceptador de casa, jardines y monumento ecuestre sufragados con el expolio de sus miserables conciudadanos, y un ejemplo pésimo para las nuevas generaciones…

…discurre a la sombra de Varela gente amable. Es la gente de una pequeña población del sur. Hombres y mujeres preocupados de sus pequeñas cosas, que son las más importantes para cada uno de nosotros. La gente aspira a vivir en paz con sus vecinos y, la realidad es que, para casi todos nosotros el mundo se termina detrás de la siguiente esquina. No llegamos a entender las grandes causas cuando, por ejemplo, tenemos mala salud o no hay dinero para llegar a final de mes. Lo que pase más allá de la esquina no es mi asunto, es otra gente, es otra dimensión. Que cada palo aguante su vela, porque uno tiene suficiente con atender sus propios problemas. Es la sociedad despojada de su poder, atomizada y ensimismada en su propio ombligo. Es una sociedad derrotada y sin conciencia. ¡Prueba superada! Han conseguido que ese comportamiento sea el normal, el que nos dicta el sentido común que han diseñado para nosotros. Y así, desgraciadamente, no hay forma de cambiar el mundo, ni siquiera la realidad más cercana a cada uno de nosotros.

Por eso Anika —y todos los de su generación— deberían crecer con su propio pensamiento. Si es así podremos tener una posibilidad de que tal pensamiento les haga ser críticos con su realidad. Y si lo consiguen, tal vez se impliquen todos en la tarea de cambiarla.

Sería la demostración de que aún tenemos esperanza, como pueblo y como especie.