Cultura

Las fuerzas opuestas de la naturaleza según Viardot

La crítica de Villamarta

Después de Cendrillon, representada el pasado 16 de febrero, vuelve a las tablas del Teatro Villamarta una obra de Pauline Viardot (1821-1910), una autora de una destacada importancia histórica por varios motivos: fue una de las cantantes de ópera más prestigiosas en las décadas centrales del siglo XIX; sería una de las favoritas de los mejores compositores que pensaron no pocas veces en su voz al construir determinados personajes; fue depositaria, junto a su hermana María Malibrán, de la técnica vocal construida por su padre, el tenor sevillano Manuel García, que sentó las bases de la que desarrollarían los belcantistas Rossini, Bellini y Donizetti; fue compositora competente aunque apegada a los modelos de los autores con los que tuvo relación profesional; y, por último, sería difusora de la cultura hispánica en París, contribuyendo a la fabricación romántica de la imagen de España desde su casa del Barrio Latino.

El último hechicero (Le dernier sorcier) fue estrenada el 20 de septiembre de 1867 en una representación privada en la Villa Turgeneven Baden-Baden, utilizando un texto de su amigo y colaborador literario habitual Iván Turguénev (fue un proyecto en el que ambos trabajaron desde, al menos, finales de la década de 1840). Con la ayuda de Franz Liszt, la primera presentación pública tuvo lugar casi dos años después, en el Court Theatre de Weimar el 8 de abril de 1869, con el libreto traducido al alemán por Richard Pohl como Der letzte Zauberer, y la sustitución del acompañamiento original para piano por un arreglo para orquesta completa.

Pauline Viardot acababa de retirarse de la escena operística y estaba desarrollando una actividad como docente de canto en su Villa de Baden-Baden. Para poner a prueba a sus alumnos comenzó a componer óperas de pequeño formato para ser interpretadas ante un público del entorno personal de la maestra. Fue el caso de El último hechicero, en cuya primera función participaron los hijosde Viardot: Louise Héritte en el papel de Lelio, Claudie como la Reina, Marianne como Verveine y Paul como Perlimpinpin. La propia Pauline Viardot acompañó al piano, el único instrumento previsto en la partitura original.

Arriesgado y simbólico montaje en Villamarta. FOTO: Manu García.

Entre la audiencia estaban célebres amigos de la anfitriona y autora de la música: Giulia Grisi, Clara Wieck Schumann, Charles-Wilfrid de Bériot, Hermann Levi, Albertina Ferlesi y Marianne Lüdecke. La villa de Viardot en Baden-Baden contaba con un amplio salón y una galería de arte adjunta. Más adelante se añadió un reducido teatro con un aforo de treinta personas, conocido como el Théâtre du Thiergarten, que era perfecto para estas pequeñas representaciones. Este coliseo sería inaugurado el 13 de agosto de 1869 con una función, precisamente, de El último hechicero. En aquella velada estuvo JohannesBrahms, que se encargó de dirigir la orquesta de cámara en una función posterior el 23 de agosto.

En la creación de El último hechicero y otras  óperas de cámara de Pauline Viardot, fue determinante la amistad mantenida con su libretista habitual Iván Turgenev, al que conoció cuando ella cantó en San Petersburgo en 1843. La relación entre ambos se mantuvo a lo largo del tiempo gracias a que Turgenev procuraba en sus prolongadas estancias en París instalarse cerca del domicilio de Viardot y su marido, Louis. Cuando éstos se trasladaron a Baden-Baden en 1863, Turgenev los siguió poco después y construyó su propia villa junto a la de ellos. El trabajo conjunto de Turgenev y Viardot en Baden-Baden dio como resultado tres óperas de cámara previstas para ser interpretadas por sus estudiantes: Demasiadas mujeres (Trop de femmes), El último hechicero (Le dernier sorcier)y El Ogro (L’ogre). Cuando en julio de 1870 estalló la guerra franco-prusiana, los Viardot abandonaron Baden-Baden para trasladarse a Londres, Turgenev los siguió. Y allí fue representado de nuevo El último hechicero.

Instante de la representación. FOTO: Manu García.

La obra seria olvidada hasta que la Universidad de Calgary realizó su estreno norteamericano en enero de 2005, con una traducción al inglés del libreto y la versión para orquesta de cámara utilizada en las funciones de 1869 en el Théâtre du Thiergarten, que Nicholas Žekulin reconstruyó basándose de los documentos de Viardot custodiados en la Universidad de Harvard. Un poco más adelante la obra fue consagrada durante la celebración del centenario de la muerte de Pauline Viardot con una puesta en escena en julio de 2010 (empleando de nuevo la versión de Žekulin de 2005) en el convento de los Minims en Pourrières. En esta función jerezana se recupera, muy acertadamente, la interesante versión original para piano.

El reparto de la representación del Teatro Villamarta ha sido, en conjunto, muy homogéneo, con solistas de voces bien timbradas, de proyección fácil y notable adecuación estilística. El grupo estuvo encabezado por la soprano sanluqueña Ruth Rosique, que no es la primera vez que actúa aquí (para el recuerdo su Pamina en Die Zauberflöte, Julieta en Roméo et Juliette de Gounod o Amor en Orfeo ed Euridice de Gluck). Su atractiva voz de soprano lírico-ligera, de bello timbre, sobresalió en los momentos claves de su particella, especialmente en la “Chanson de la Pluie” y en el “Dúo de la Rosa”. Por otra parte, en los pasajes hablados estuvo acertada como actriz y superó, al igual que el resto de los solistas, las dificultades que en la colocación de la voz impone la alternancia de canto y diálogo. Asimismo, ofreció un alarde de control en la emisión al cantar mientras pedaleaba en una bicicleta estática.

El barítono madrileño Alberto Arrabal, que ya ha cantado en el Teatro Villamarta papeles como el Marcello de La Bohèmede Puccini en 2006, posee una voz de gran caudal, que tardó un tiempo en calentar, pero que cuando estuvo ya en forma óptima se mostró bien timbrada y con un atractivo color, aunque el fraseo no excesivamente nítido ocultada sutilezas interpretativas. Sus mejores momentos se localizaron en el segundo acto, en particular en el aria “Si tu ne sais pas”. Como actor fue más que solvente en los diálogos hablados.

La mezzo-soprano austríaca Alexandra Rivas, que ya cantó la temporada pasada en el Teatro Villamarta como Siebel en Faust de Gounod, fue minuciosa en el fraseo y, una vez que disminuyó el vibrato provocado por la frialdad inicial, la proyección mejoró, logrando mostrar con un elegante legato los hallazgos melódicos de su particella. No obstante, la escritura del personaje frecuenta insistentemente el registro grave, en el que la voz de cantante está menos cómoda que en el medio y el agudo. De modo inteligente, no desaprovechó la belleza del “Stornello” del inicio del segundo acto.

Otro momento de la ópera de cámara representada en Villamarta. FOTO: Manu García.

También la soprano Susana Casas, que ya fue la Fée en la Cendrillon de Viardot del pasado febrero, mostró las mismas cualidades de aquella ocasión: un cuidadoso fraseo, un registro agudo brillante y un buen manejo de los reguladores, lo que le permitió crear frases muy bellas, como las contenidas en la romanza del primer acto “Ramasse cette rose”.

El tenor Francisco Sánchez realizó una histriónica y divertida interpretación tanto en el canto como en la actuación, construyendo un minucioso y carismático retrato de Perlimpimpin (qué nombre tan lorquiano) que robó escenas al resto de los intérpretes.

El Coro de Elfos, dirigido por Ana Rioja García-Rayo, estuvo formado por ocho voces excelentes (Isabel Mª Alarcón, Aurora Galán, Paula Ramírez, Irene Román, Isabel Chía, Carolina Gilabert, Aida Paola Naranjo y Ana Rioja), bien empastadas, de gran riqueza armónica y brillantes en los bellos y numerosos pasajes que la partitura les asigna, en especial en la apertura (“Par ici, par ici”) y cierre de la obra (“Salut! Salut!”). Entre ellas sobresalió Aurora Galán, ya que tenía asignados los pasajes solistas del personaje de Verberna.

Como ya había sucedido en la representación de Cendrillon de febrero de 2018, Francisco Manuel Soriano volvió a ocuparse de la dirección musical y de los acompañamientos al piano previstos en la versión original de la obra, muy atento a las necesidades de los cantantes y logrando que el conjunto lograra eficaces resultados. Su extraordinaria labor quedó de manifiesto en pasajes como el difícil cuarteto a capella que cantan Krakamiche, Stella, Lelio y Perlimpinpin casi al final de la obra.

Muy bien concebidos y utilizados los recursos de música electrónica debidos a Raúl Burrueco, que enriquecieron el discurso y lo actualizaron de forma discreta pero muy eficaz.

La muy creativa y plástica puesta en escena de Marta Eguilior fue el soporte perfecto para resaltar los valores de la obra y contribuir a que la magia de la partitura sea transmitida de modo elocuente. Su trabajo abarcó las vertientes principales de esta labor (escenografía, vestuario y dirección de escena) y contribuyó a que el trabajo actoral fuese esmerado. Aunque el reparto se mostró con más soltura en las partes cantadas que en las habladas, traducidas del original francés al castellano, la ayuda de Eguilior consiguió que se superasen los retos interpretativos, algo esencial para el éxito de la velada y la defensa de los valores de la obra de Pauline Viardot. Asimismo, fueron claves en el aspecto visual las efectistas proyecciones e iluminación de David Bernués, con hallazgos tan expresivos como la aparición del ciervo que está intentando cazar el personaje de Lelio, el efecto de la lluvia, la consulta del libro mágico o la cabra resultado del conjuro fallido del hechicero. En definitiva, el Teatro Villamarta se apunta otro gran logro desde el punto de vista musicológico y artístico.

El Último Hechicero (Pauline Viardot). Teatro Villamarta de Jerez, 23 de noviembre de 2018. Ruth Rosique (Stella), Alberto Arrabal (Krakamiche), Alexandra Rivas (Lelio), Susana Casas (la Reina de los elfos), Francisco Sánchez (Perlimpimpin), Aurora Galán (Verberna). Coro de Elfos (Isabel Mª Alarcón, Aurora Galán, Paula Ramírez, Irene Román, Isabel Chía, Carolina Gilabert, Aida Paola Naranjo y Ana Rioja), Ana Rioja García-Rayo (dirección del coro), Francisco Manuel Soriano (piano y dirección musical), Raúl Burrueco (música electrónica y arreglos), Marta Eguilior(dirección de escena, diseño de escenografía y vestuario, dramaturgia), David Bernués (iluminación y proyecciones), Rebeca Calvo (caracterización y rosticería), Josefa Castaño (sastrería), Andrés Moreno Mengíbar (coordinador musicológico y documentalista), José Manuel Martínez (edición de la partitura), Caremen Torreblanca (traducción del libreto francés/español), Rocío Gastelu (producción). Coproducción de la Agencia Andaluza de Instituciones Culturales con la Ópera de Cámara de Sevilla, el Teatro Villamarta, el XVI Festival de Música Española de Cádiz Manuel de Falla  y GNP producciones.

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Un comentario

  1. De nuevo, una gran velada en el Villamarta y muy bien descrita por el reviewer. Además, coincidimos con él en el sentido de que Jerez está apostando por las pequeñas ‘joyas’ musicales, parcialmente escondidas como esta de Viardot, que todavía no se han explorado completamente –valor musicológico- y sobre las que los ejecutantes hacen un buen ejercicio –valor artístico-. Bravo de nuevo a toda la gente que hace posible estos buenos momentos.

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