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“Yo voy a rezarle a la Macarena y se me revuelven las tripas cuando veo la tumba del asesino de mi abuelo”

Nieves es nieta de Francisco Salgado, un minero de Riotinto que fue asesinado en Sevilla en julio de 1936 por fuerzas golpistas al mando del criminal de guerra Queipo de Llano

Nieves no es muy creyente, pero siente devoción por la Virgen Macarena, a la que le reza y va a visitar a la Basílica cuando puede y le apetece. Porque vive cerca o porque su padre, marmolista, puso mucho mármol del que hay en el interior del templo religioso, sede de unas de las hermandades más señeras de la Semana Santa de Sevilla y patrimonio emocional de la religiosidad popular. Nieves, nada más entrar a rezar a su Virgen, mira a su izquierda y se le revuelven las tripas al ver la tumba de Queipo de Llano, jefe militar de las tropas golpistas de Franco en territorio andaluz, el criminal de guerra que mandó asesinar a su abuelo y que marcó la vida de toda su estirpe.

El abuelo de Nieves, Francisco Salgado, un minero de Riotinto afiliado a la UGT, se sumó a una milicia minera el 19 de julio de 1936, al día siguiente de estallar el golpe de Estado, con camiones cargados de dinamita y con el objetivo de llegar a Sevilla para abortar la operación contra la II República. A la milicia le acompañaban varios agentes de la Guardia Civil pero uno de ellos, Gregorio Haro Lumbreras, cumpliendo órdenes del sanguinario Queipo de Llano, que está enterrado en la Basílica de la Macarena, traicionó a los mineros y los esperó en la localidad de Camas, en La Pañoleta, a la entrada justo de la capital andaluza, e hizo estallar los camiones con la dinamita.

Unos 25 mineros murieron en el acto, según el historiador Francisco Espinosa, autor de La justicia de Queipo. Francisco Salgado, el abuelo revolucionario de Nieves, que iba en la parte delantera de la comitiva minera a favor de la democracia, murió justo después de ir a rastras hasta el Ayuntamiento de Camas, localidad donde los mineros fueron asaltados por los fascistas, a avisar de la tragedia ocurrida. “Ni sé cómo pudo llegar, pero el caso es que llegó y, justo después de avisar, murió”, cuenta con las lágrimas asomando a sus ojos delante de la Basílica de la Macarena, donde esta tarde ha venido a una concentración para que los restos de sanguinario Queipo de Llano, responsable de 50.000 asesinatos en Andalucía durante el golpe de Estado y la posterior dictadura, salgan del templo al que ella acude a rezarle a su Virgen Macarena.

“Mi abuelo defendía a los obreros”

“Yo no soy muy creyente, pero a la Macarena le tengo mucha devoción porque encima vivo cerca de la Basílica y porque mi padre puso mucho mármol aquí”, cuenta la nieta del minero que dio su vida por salvar a la democracia española del fascismo. “Mi abuelo defendía a los obreros y era un hombre my trabajador, un hombre bueno”, sentencia ufana, con el mentón levantado.

Su abuelo, junto con el resto de asesinados en el acto, fue enterrado en una zanja en el Cementerio Viejo de Camas; aunque Lida, la madre de Nieves e hija de Francisco, que tenía cinco años cuando le mataron a su padre, pensó toda su vida que estaba tirado como un perro en una cuneta. Casi con 80 años, Lida supo dónde estaba su padre aunque no le dio tiempo a ver el enterramiento digno que le dieron su hija Nieves y su nieta. “Mi madre lloraba desconsoladamente cuando le dijimos que había aparecido su padre, ella ha vivido toda su vida con esa pena y ese dolor”, relata Nieves, que tras la muerte de su madre es ella ahora la que se encarga de que a su abuelo se le haga justicia y se dignifique su memoria y la de todas las víctimas del franquismo.

Según el historiador Francisco Espinosa, fueron 71 los mineros que no murieron en el acto y que cayeron apresados por los golpistas y asesinados, dando cumplimiento a la sentencia de muerte dictaminada por un Consejo de Guerra. Sólo se salvó un menor de edad, que fue condenado a 20 años de cárcel y un día.

Ni derecho a llorar

La abuela de Nieves no tuvo derecho ni a llorar a su marido. Con 29 años tuvo que abandonar Riotinto huyendo de un señorito que “quería abusar de ella” y de los señalamientos por ser la mujer del sindicalista asesinado por rojo. Cargada con dos hijos de 5 y 2 años de edad, trabajó sirviendo en casas, vendiendo pescado por la calle o en el estraperlo. “Mi abuela pasó mucha necesidad a consecuencia de quedarse viuda”, señala Nieves, quien por momentos tiene que parar para poder seguir hablando y no convertir la conversación en una llantina.

La vida, que a veces es retorcida, quiso que Lida, la hija del minero asesinado por demócrata, se casara con un marmolista y que éste fuera el que pusiera el mármol en la tumba de Queipo de Llano. “A mi abuelo lo mató Queipo de Llano y mi padre tuvo que ponerle el mármol y encima no se pudo negar”, narra Nieves con una rabia frenada por la ternura con la que cuenta la historia de su estirpe, marcada a sangre y fuego por los fascistas que se levantaron contra la democracia española en 1936.

Lida, que ya ha fallecido, de vez en cuando se iba a la Basílica de la Macarena, le rezaba a su Virgen y luego pisoteaba con “asco profundo” la tumba del genocida Queipo de Llano que, en cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica y Democrática de Andalucía, tendría que estar fuera ya del templo religioso, propiedad de la Hermandad de la Macarena y la sede de la religiosidad popular. “Nunca mi madre tuvo miedo, la historia de mi abuelo ha estado siempre muy presente en mi casa”, subraya Nieves, que recuerda que su madre era una mujer valiente que incluso en la dictadura se atrevía a hablar de política.

Nieves guarda con mimo las fotografías, la autopsia y los recuerdos que su madre le dejó sobre el abuelo Francisco. Su hija también comparte con ella la memoria familiar y la acompaña a todos los sitios que puede a recordar que su abuelo fue un defensor de las clases explotadas, un joven revolucionario que soñaba con la libertad, la igualdad y la fraternidad. Un hombre bueno con ideales de justicia que dio su vida por defender la legalidad democrática frente a los golpistas que se levantaron contra España y que levantaron una dictadura en la que los criminales de guerra fueron honrados, frente al dolor callado de las víctimas del franquismo.

“A mí se me revuelven las tripas cuando entro en la Basílica de la Macarena y veo allí la tumba del asesino de mi abuelo, que tanto sufrimiento le provocó a mi abuela y a mi madre”, manifiesta enfadada esta mujer de 61 años que lleva dentro de ella muchas heridas heredadas y que ella a su vez dejará en herencia a su única hija. “Lo que a mí me contaba mi abuela no lo puedo olvidar en la vida, fue durísimo, a mi abuela la dejaron sin poder siquiera dar de comer a sus hijos”, recalca.

 

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