A boca llena

La Terraza: el mejor sustitutivo del sexo

El Camino de los Enamorados comunica el centro urbano de El Puerto de Santa María con la playa de La Puntilla y discurre por los pinares a los que Rafael Alberti dio fama en una de sus obras más conocidas, La arboleda perdida. Era un sendero tranquilo frecuentado por las parejas de novios, ya saben. Seguro que más de una vez se adentraron en él Francisco y María. Él era un mozo apuesto que trabajaba en el bar Belmonte de La Línea de la Concepción. Ella, una hermosa chiquilla que cosía con una tía de Francisco. En una de las visitas a su parienta, Francisco la conoció, se enamoraron, él se vino a vivir a El Puerto y se casaron.

Trabajó primero en el bar Las Columnas, frente al Teatro Principal. De allí pasó al del Club de Oficiales de la Base de Rota, donde estuvo once años. Hasta que un día, el emprendedor que siempre tuvo dentro salió, pidió el finiquito y con el dinero que le dieron compró un local en el Camino de los Enamorados, un lugar en medio de la nada que empezaba a urbanizarse. Tuvo la misma visión que años después, cuando los promotores de Vigalpe, el centro comercial de Valdelagrana, le recomendaron que invirtiera en uno de los locales lo que había reunido para comprarse un coche nuevo que sustituyese a la vieja furgoneta. Hoy día, más ampliado, sigue siendo Gipsy, uno de los primeros buffet libres de la provincia.

Muy pronto, al caminito de los novios se dejaría de ir sólo para pelar la pava. No tardaron en construirse bloques de viviendas que dieron lugar a un barrio de clase media trabajadora. La propia familia Ortiz Peinado adquirió un piso en un edificio de ladrillo visto próximo al negocio. El bar fue siempre un inmueble llamativo para el tipo de construcciones que se estilaban entonces. Una edificación cuadrangular a dos alturas, todo de madera en su interior con sillas de cuero, muy al estilo del Club de Oficiales de la Base.

Teriyaki de atún de almadraba.

El trato familiar y la cocina tradicional fueron entonces, como lo sigue siendo ahora, la filosofía del local. Mariló, que es hoy la cabeza visible y la persona más solicitada por los clientes habituales, ya echaba una mano cuando tenía sólo ocho añitos. No tardarían en ganar buena fama los pinchos morunos, las papas alioli o las tortillas camperas. Es entonces cuando se empieza a correr la voz entre los residentes de las urbanizaciones próximas, como la aún incipiente Vistahermosa, y el negocio familiar no para de prosperar.

Aunque echaban una mano en vacaciones, los tres hermanos del matrimonio, Mariló, Germán e Indalecio, estaban centrados en sus carreras, que nada tenían que ver con la hostelería. Todo apuntaba a que, en cuanto se jubilara Francisco, la empresa familiar Gipsy Servicios Globales S.L., que ya contaba con buffet y se dedicaban a celebraciones y eventos, acabaría siendo traspasada. De hecho, en 1992, cuando Mariló termina sus estudios de Educación infantil, cambia de actividad el local, que pasa a ser durante quince años la Escuela Infantil Disney. Pero como la cabra siempre tira al monte, en 2007 La Terraza reabre, pero como restaurante to take away. Sin embargo, la llegada de la crisis frustró el proyecto y el local permaneció cerrado un par de años.

Es en 2012 cuando el Bar Terraza vive una segunda juventud. Manteniendo su filosofía de ambiente familiar y cocina casera, pero adaptándose al siglo XXI. Y lo hace tirando de un hombre de la casa, Jesús Virués, que bien entrado ya en los 40, deja el buffet de Vigalpe para realizar un curso de actualización y hacerse cargo con posterioridad de la cocina de “lo de Marió”.

Inicialmente, la carta era muy extensa. Poco a poco, se ha ido recortando y muchos platos se rotan cada semana fuera de carta. En esa adaptación a los nuevos tiempos, han encomendado la comunicación a un buen amigo y compañero, Carlos Alberto Cabrera, que con enorme acierto gestiona las redes sociales. Hace unas semanas se puso en contacto con A boca llena para invitarnos a conocer la carta.

Bacalao con alioli gratinado.

Qué mejor momento que dejar atrás la motorada y dar una vuelta por El Puerto. Es un mediodía soleado y algo caluroso. Localizo el sitio gracias al GPS del coche. La terraza exterior está ambientada, pero dentro del local hay sitio de sobra. De hecho, la planta superior, con capacidad para una veintena de comensales y que últimamente acoge actividades culturales, conferencias y charlas, está vacía. Pregunto por Mariló, que desde el principio me atiende con suma amabilidad.

Me invita a tomar asiento y nada más ojear la carta me pregunto cómo sería antes de su reducción. Entrantes fríos, carnes, pescados, frituras, verduras, revueltos, platos combinados, arroces, menús infantiles, postres… Qué bárbaro. Reparo entonces en una hoja aparte con las opciones fuera de carta. Me llaman la atención los cachopos, el paté de corvina y el calamar guisado en su tinta relleno de atún.

Son casi las tres de la tarde y si tengo que leer toda la carta y decidirme qué pedir se me va a echar el tiempo encima. Por ello, emplazo a Mariló a que me aconseje. Lo que decida lo acompañaré de un vino blanco. Abrimos con un teriyaki de atún de almadraba macerado en aceite de oliva, soja y aceite de sésamo. El pescado es marca de la casa (Petaca Chico) y está en su punto. Viene acompañado de unas verduritas. Curioso.

Calamar relleno de atún.

Seguimos con un bacalao con alioli gratinado. El lomo está fresco, en su punto también, pero el gratinado de alioli es muy potente, demasiado ajo, tanto que para mi gusto se come todo el sabor del pescado. Viene acompañado de unas patatas encebolladas. A continuación, una tosta con secreto ibérico, jamón serrano y huevo de codorniz frio. Vienen sobre una tosta de pan de mollete. Me cuesta partirlo con el cuchillo, pero es problema de que no está bien afilado, porque una vez en la boca, la carne está tierna y jugosa. Muy rico.

La siguiente recomendación es un rollito de pollo con salsa de lambrusco relleno de panceta, dátiles y pistacho. El relleno es original y está rico. El calamar relleno de atún me ha entrado por los ojos nada más verlo en la carta. El aspecto del plato es impecable. Con el pescado bañado en su tinta, viene acompañado por unos spaghetti con tinta de calamar y una salsa alioli que completan un plato muy estético y lleno de texturas, sabores y matices. Completísimo. Lo más sorprendente y rico que he tomado en el bar Terraza. Si acaso, el relleno está un poco seco porque se ha cocinado demasiado. Aun así, notable alto.

Mariló, que es de las mías, me habla del sándwich de pollo que se le antoja siempre que se pone a dieta. Si lo compartimos a medias, que vaya marchando uno. Viene partido en cuatro trozos y el pan y el relleno están unidos por un palillo, como lo hacen en Mar Ali. Es un bocado exquisito, con el pan bien tostadito y dorado con un poco de mantequilla, un huevo y el jamón de york pasados por la plancha, la mayonesa y la carne de muslo y de contramuslo que evitan la sequedad propia del relleno de estos bocadillos. Qué cosa más rica.

Sándwich de pollo.

Por esta vez, me dejo atrás los postres caseros, con una interesante variedad, pero he apurado demasiado y no llego. Lo dejo para la próxima, junto a los caracoles, las tortitas de cola de toro, la lasaña de pescado, los canalones rellenos de corvina y espinaca fresca, los guisos de invierno, los lomos de sardinas marinadas sobre tosta de pan rústico, las habas con chocos, las mini brochetas de cordero maceradas al estilo andalusí… y menos mal que la carta la acotaron.

La Terraza no será nunca competencia para el gran Ángel León, ni tampoco lo pretende, pero sus 40 años dando bien de comer son garantía para sus clientes habituales y para los despistados que, como yo, su cuelan alguna vez por allí. Prometo más visitas, sobre todo en mis agostos ociosos.

Bar Terraza. Camino de los Enamorados, 8. 11500, El Puerto de Santa María (Cádiz). Teléfono de reservas: 956 54 27 18. Abierto todos los días ininterrumpidamente de 8 a 0 horas.

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