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Opinión

¡Ay, quién maneja mi barca!

Cuando una potencia extranjera introduce a referentes políticos europeos en un marco asociado al “terrorismo de izquierda”, la respuesta democrática debería ser clara: defensa de las libertades políticas

  • José Ignacio García de Adelante Andalucía. -

Hay momentos en política en los que la pregunta decisiva no es solo hacia dónde se quiere ir, sino si el horizonte dibujado en la respuesta es coherente con la acción diaria. Si la estrategia se ve desdibujada en la táctica, cualquier discurso adolecerá de credibilidad. En Andalucía la izquierda transformadora, Podemos Andalucía, que participa orgánicamente de un proyecto estatal, Podemos, parece no querer resolver la contradicción entre vincularse al bipartidismo de régimen por la vía de la dependencia de Izquierda Unida, a su vez incrustada en Sumar y en el gobierno de Pedro Sánchez, y la distancia respecto de ese mundo con la que se maneja el referente estatal y el discurso de su operador mediático principal, Canal Red.

Desde distintos espacios críticos se sostiene que el experimento de reordenación de la izquierda llamado Sumar está agotado. Que no ha servido para ensanchar el campo transformador, sino para debilitar su capacidad de conflicto, disciplinar su relación con el PSOE y convertir a una parte de la izquierda en comparsa. Esa crítica tiene una base política reconocible: cuando una fuerza transformadora deja de disputar el rumbo y se limita a garantizar la estabilidad del socio mayoritario, termina pagando el desgaste de una agenda que no controla.

Si ese modelo ha fracasado, si ha debilitado a la izquierda y si ha vaciado de contenido buena parte de su potencia rupturista, ¿cómo se entiende que en Andalucía se vuelva a visibilizar como horizonte una alianza municipal con el mismo espacio y modelo político que encarna ese esquema? Una unidad sin autonomía, sin programa de máximos y sin voluntad de ruptura no es una herramienta de transformación: es una administración ordenada de la dependencia sin utilidad política.

En las elecciones andaluzas de mayo de 2026, hace poco más de dos meses, Por Andalucía —coalición integrada por IU, Sumar, Podemos Andalucía y otras fuerzas— obtuvo a duras penas cinco escaños, mientras Adelante Andalucía la superó con ocho. Antonio Maíllo reconoció que el resultado no cumplía las expectativas de crecimiento. El resultado ahondaba en el declive iniciado en las elecciones autonómicas de junio de 2022, mostrando una opción macilenta y conformista, con evidente incapacidad para conectar con el electorado joven andaluz, tal y como hizo Adelante Andalucía.

Insistir en una fórmula con fuertes síntomas de agotamiento, entrando en contradicción además con el discurso de las y los referentes que se visibilizan a nivel estatal, se convierte en un error de calado con afectación dentro y fuera de Andalucía. Con una alianza sin capacidad de confrontar con el bipartidismo ni de despegarse del PSOE no se construirá esperanza alguna para Andalucía.

Esa contradicción se agudiza con hechos de enorme gravedad democrática. El Departamento de Estado de Estados Unidos, bajo la dirección de Marco Rubio, ha difundido un informe sobre Cuba enmarcado en una ofensiva contra lo que denomina “terrorismo de extrema izquierda”. El informe señala a organizaciones cívicas, partidos y referentes internacionales, mencionando, entre otros, al exvicepresidente del Gobierno español, Pablo Iglesias. El hecho es de una gravedad extrema.

Cuando una potencia extranjera introduce a referentes políticos europeos en un marco asociado al “terrorismo de izquierda”, la respuesta democrática debería ser clara: defensa de las libertades políticas, rechazo de la criminalización ideológica y protección institucional frente a cualquier deriva persecutoria. Se trata de defender una regla básica: pensar distinto, ser de izquierdas o cuestionar la política exterior de una gran potencia no puede convertirse en motivo de señalamiento internacional. Por el contrario, el gobierno PSOE-Sumar, donde se integran Izquierda Unida y el PCE, han optado, una vez más, por el silencio y por ponerse de perfil.

Si la izquierda que llegó para romper el consenso de régimen con determinación y valentía denuncia desde Madrid la subordinación al PSOE y, por poner un solo ejemplo, el pago por los servicios prestados a Yolanda Díaz desde Madrid, pero pacta en Andalucía con quienes participan de la subordinación, justifican el pago por el servicio prestado de debilitar in extremis a quienes no se acomodaron a la farsa y miran para otro lado cuando Pablo Iglesias es señalado por el trumpismo, entonces la cuestión es de brújula y timón. Militancia y electorado en Andalucía se preguntarán legítimamente: ¡Ay, quién maneja mi barca!

Hay momentos en política en los que la pregunta decisiva no es solo hacia dónde se quiere ir, sino si el horizonte dibujado en la respuesta es coherente con la acción diaria. Si la estrategia se ve desdibujada en la táctica, cualquier discurso adolecerá de credibilidad. En Andalucía la izquierda transformadora, Podemos Andalucía, que participa orgánicamente de un proyecto estatal, Podemos, parece no querer resolver la contradicción entre vincularse al bipartidismo de régimen por la vía de la dependencia de Izquierda Unida, a su vez incrustada en Sumar y en el gobierno de Pedro Sánchez, y la distancia respecto de ese mundo con la que se maneja el referente estatal y el discurso de su operador mediático principal, Canal Red.

Desde distintos espacios críticos se sostiene que el experimento de reordenación de la izquierda llamado Sumar está agotado. Que no ha servido para ensanchar el campo transformador, sino para debilitar su capacidad de conflicto, disciplinar su relación con el PSOE y convertir a una parte de la izquierda en comparsa. Esa crítica tiene una base política reconocible: cuando una fuerza transformadora deja de disputar el rumbo y se limita a garantizar la estabilidad del socio mayoritario, termina pagando el desgaste de una agenda que no controla.

Si ese modelo ha fracasado, si ha debilitado a la izquierda y si ha vaciado de contenido buena parte de su potencia rupturista, ¿cómo se entiende que en Andalucía se vuelva a visibilizar como horizonte una alianza municipal con el mismo espacio y modelo político que encarna ese esquema? Una unidad sin autonomía, sin programa de máximos y sin voluntad de ruptura no es una herramienta de transformación: es una administración ordenada de la dependencia sin utilidad política.

En las elecciones andaluzas de mayo de 2026, hace poco más de dos meses, Por Andalucía —coalición integrada por IU, Sumar, Podemos Andalucía y otras fuerzas— obtuvo a duras penas cinco escaños, mientras Adelante Andalucía la superó con ocho. Antonio Maíllo reconoció que el resultado no cumplía las expectativas de crecimiento. El resultado ahondaba en el declive iniciado en las elecciones autonómicas de junio de 2022, mostrando una opción macilenta y conformista, con evidente incapacidad para conectar con el electorado joven andaluz, tal y como hizo Adelante Andalucía.

Insistir en una fórmula con fuertes síntomas de agotamiento, entrando en contradicción además con el discurso de las y los referentes que se visibilizan a nivel estatal, se convierte en un error de calado con afectación dentro y fuera de Andalucía. Con una alianza sin capacidad de confrontar con el bipartidismo ni de despegarse del PSOE no se construirá esperanza alguna para Andalucía.

Esa contradicción se agudiza con hechos de enorme gravedad democrática. El Departamento de Estado de Estados Unidos, bajo la dirección de Marco Rubio, ha difundido un informe sobre Cuba enmarcado en una ofensiva contra lo que denomina “terrorismo de extrema izquierda”. El informe señala a organizaciones cívicas, partidos y referentes internacionales, mencionando, entre otros, al exvicepresidente del Gobierno español, Pablo Iglesias. El hecho es de una gravedad extrema.

Cuando una potencia extranjera introduce a referentes políticos europeos en un marco asociado al “terrorismo de izquierda”, la respuesta democrática debería ser clara: defensa de las libertades políticas, rechazo de la criminalización ideológica y protección institucional frente a cualquier deriva persecutoria. Se trata de defender una regla básica: pensar distinto, ser de izquierdas o cuestionar la política exterior de una gran potencia no puede convertirse en motivo de señalamiento internacional. Por el contrario, el gobierno PSOE-Sumar, donde se integran Izquierda Unida y el PCE, han optado, una vez más, por el silencio y por ponerse de perfil.

Si la izquierda que llegó para romper el consenso de régimen con determinación y valentía denuncia desde Madrid la subordinación al PSOE y, por poner un solo ejemplo, el pago por los servicios prestados a Yolanda Díaz desde Madrid, pero pacta en Andalucía con quienes participan de la subordinación, justifican el pago por el servicio prestado de debilitar in extremis a quienes no se acomodaron a la farsa y miran para otro lado cuando Pablo Iglesias es señalado por el trumpismo, entonces la cuestión es de brújula y timón. Militancia y electorado en Andalucía se preguntarán legítimamente: ¡Ay, quién maneja mi barca!

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