Llevo un tiempo escribiendo artículos de opinión en los que pongo en duda las explicaciones que la parapsicología tradicional otorga a ciertas anomalías vinculadas al misterio. Al fin y al cabo, la ciencia convencional también ofrece sus propias respuestas, y a menudo resultan ser mucho más convincentes que las nuestras. Con ello no busco declararme ante mis lectores como un nuevo escéptico de lo oculto; desde que inicié mi andadura editorial allá por 2019, mi objetivo siempre ha sido ser más riguroso para dignificar el misterio. Solo quiero que no volvamos a ser vistos como los payasos televisivos de la década de los ochenta, sino convertirnos en interlocutores válidos a la hora de debatir con el conocimiento académico. Para lograrlo, necesitamos estrechar el filtro de la verdad al máximo, dejando muchas supuestas pruebas en el camino y quedándonos exclusivamente con aquellas que resultan inexplicables a día de hoy. Y, siendo honestos, ni siquiera eso aseguraría una evidencia irrefutable del más allá.
Si empezamos por analizar lo más clásico, como es el notar que “hay algo” en la habitación sin verlo y sentir cómo baja la temperatura sin corrientes de aire que lo justifiquen, la física y la biología tienen mucho que aportar. El ingeniero Vic Tandy vivió esto en primera persona en un laboratorio con fama de estar encantado en los años 80: Experimentó sudor frío, la clara sensación de no estar solo y creyó captar una figura gris y fugaz por el rabillo del ojo. La causa, cuando la rastreó, fue un ventilador de extracción recién instalado que generaba una onda de infrasonido a 19 Hz, justo por debajo del umbral audible humano. Publicó el hallazgo junto a Tony Lawrence en 1998 bajo el título “The Ghost in the Machine”, y más tarde documentó niveles anómalos de infrasonido en otros lugares célebres, como el “Mary King's Close” de Edimburgo.
Este mecanismo sugiere que ciertas frecuencias provocan ansiedad y alteraciones fisiológicas. De hecho, un estudio posterior de Chris French expuso a voluntarios a infrasonidos en un cuarto diseñado para parecer encantado, y más de una quinta parte reportó sensación de presencia. En cuanto al frío repentino que suele acompañar estas vivencias, hay que recordar que la sensación térmica está mediada por el sistema nervioso simpático, el mismo que se activa con el miedo. Una simple descarga de adrenalina puede producir vasoconstricción periférica, sudor frío y escalofríos sin que el termómetro de la sala se mueva ni un grado. El “frío paranormal”, muchas veces, es tan solo tu propio cuerpo entrando en modo de alerta.
Ese mismo cuerpo entrando en alerta explica también la famosa piel de gallina o piloerección. Se trata de un reflejo evolutivo heredado de cuando teníamos el pelo suficiente para que erizarlo nos hiciera parecer más grandes ante un depredador, o para atrapar una capa de aire caliente. Hoy ya no nos sirve para nada de eso, pero el circuito nervioso sigue intacto: Se dispara con el frío, pero también con la música que nos emociona, el miedo o la sugestión. No hace falta un fantasma para ponerte los pelos de punta; hace falta una amígdala cerebral activada y un sistema nervioso autónomo que no distingue entre un peligro real y el peligro que tu mente está imaginando en una casa abandonada a oscuras.
Y es que nuestro cerebro es una máquina diseñada para sobrevivir, lo que implica imponer patrones reconocibles ante el caos, fenómeno que conocemos como pareidolia. Carl Sagan defendía que esta capacidad fue una enorme ventaja evolutiva: Reconocer un rostro entre las sombras, aunque a veces te equivoques, es mucho más barato en términos de supervivencia que no reconocerlo cuando de verdad hay alguien acechando. El problema es que este sistema dispara falsos positivos constantemente, ya sea en manchas de humedad o en el grano de una fotografía. Un estudio finlandés demostró que las personas con creencias paranormales arraigadas tienden a ver caras con mayor frecuencia en objetos inanimados; no es que “veanmejor”, sino que su umbral de detección es más bajo.
Con el sonido ocurre exactamente lo mismo bajo el nombre de pareidolia auditiva. Cuando reproduces una grabación “en silencio” en busca de psicofonías, en realidad estás escuchando ruido blanco, y tu mente busca desesperadamente una voz humana dentro de esa señal ambigua. A esto se suma la apofenia, el término que describe la tendencia a encontrar conexiones y significado en datos aleatorios. Como sostiene el psicólogo James Alcock, lo que la gente cree escuchar en las grabaciones se explica mucho mejor por la expectativa y la apofenia que por una comunicación con el más allá, desmoronándose bajo un escrutinio científico que también detecta interferencias de radio genuinas o simples montajes.
Esta vulnerabilidad perceptiva alcanza cotas aún más sorprendentes frente a un espejo, en el fenómeno que la ciencia bautizó en 2010 como la ilusión de la cara extraña. El psicólogo Giovanni Caputo demostró que si te miras fijamente al espejo durante diez minutos en la penumbra, pronto empezarás a percibir deformaciones grotescas de tu propia cara, rostros de fallecidos o monstruos. Esto ocurre porque la adaptación neuronal se mezcla con el efecto Troxler: Las neuronas dejan de responder a un estímulo visual estático y el cerebro, privado de información visual fiable, rellena los huecos con miedo, memoria y sugestión. No hay espíritus en el juego de Verónica; hay un sistema visual desregulado por la falta de luz. Del mismo modo, cuando en esa misma penumbra sentimos que algo “nos toca”, la explicación suele converger en microespasmos musculares y sensaciones somáticas de la ansiedad, o en el sistema propioceptivo produciendo efectos de “extremidad fantasma” por el estrés. El roce de una telaraña o de la propia ropa se reinterpreta velozmente como una presencia si ya llevas un buen rato sugestionado.
Sin embargo, a veces el entorno físico juega un papel más directo y peligroso que nuestra mente. Antes de invocar a un espíritu, conviene revisar la ficha técnica del edificio. El moho, como la especie “Stachybotrys”, puede producir micotoxinas capaces de generar alucinaciones, ansiedad y opresión en espacios húmedos; el perfil exacto de las casas encantadas. Y donde la evidencia es rotundamente letal es en las intoxicaciones leves y crónicas por monóxido de carbono debido a calderas mal ventiladas. Sus síntomas; confusión, alucinaciones visuales y fuerte sensación de presencia; conforman un cuadro clínico que históricamente se ha confundido innumerables veces con maldiciones o posesiones.
Si pasamos de los lugares a las herramientas de contacto, como la ouija o el péndulo, nos topamos con que la ciencia nos lleva casi dos siglos de ventaja gracias al efecto ideomotor, acuñado en 1852 para describir cómo una expectativa puede generar un movimiento muscular real e inconsciente. Michael Faraday lo demostró con las mesas giratorias, y estudios recientes con seguimiento ocular confirman que en la ouija nadie miente conscientemente; son las microcontracciones musculares, guiadas por la expectativa colectiva, las que mueven la plancheta hacia la respuesta deseada. El péndulo funciona igual gracias a los microtemblores de la mano. En cuanto al tarot, el mecanismo dominante es el efecto Forer o validación subjetiva, donde nuestro cerebro hace encajar descripciones vagas ignorando los fallos, igual que ocurre con el horóscopo.
Finalmente, queda la incógnita de quienes parecen tener una conexión natural con estos fenómenos, como los niños que “ven” fantasmas o los adultos que recuerdan vidas pasadas bajo hipnosis. En el caso infantil, la ciencia apela al desarrollo cognitivo normal: La potente imaginería eidética de la infancia
diluye la frontera entre fantasía y realidad, sumada a un pensamiento mágico aún no limitado por la lógica adulta. Por su parte, los recuerdos de vidas pasadas se explican mediante la criptomnesia, descubierta por Jung, que consiste en recordar información aprendida en el pasado; una película, un libro; sin ser consciente de que es un recuerdo adquirido. Bajo hipnosis, ese material oculto se mezcla con la sugestión del terapeuta creando una narrativa coherente pero repleta de imprecisiones históricas derivadas de la cultura popular.
Como dije al principio, no busco ser el enterrador de la parapsicología. Por mi parte, me parece inaudito que queramos explicar otros planos, y no seamos capaces de entender primero nuestra propia mente.
Llevo un tiempo escribiendo artículos de opinión en los que pongo en duda las explicaciones que la parapsicología tradicional otorga a ciertas anomalías vinculadas al misterio. Al fin y al cabo, la ciencia convencional también ofrece sus propias respuestas, y a menudo resultan ser mucho más convincentes que las nuestras. Con ello no busco declararme ante mis lectores como un nuevo escéptico de lo oculto; desde que inicié mi andadura editorial allá por 2019, mi objetivo siempre ha sido ser más riguroso para dignificar el misterio. Solo quiero que no volvamos a ser vistos como los payasos televisivos de la década de los ochenta, sino convertirnos en interlocutores válidos a la hora de debatir con el conocimiento académico. Para lograrlo, necesitamos estrechar el filtro de la verdad al máximo, dejando muchas supuestas pruebas en el camino y quedándonos exclusivamente con aquellas que resultan inexplicables a día de hoy. Y, siendo honestos, ni siquiera eso aseguraría una evidencia irrefutable del más allá.
Si empezamos por analizar lo más clásico, como es el notar que “hay algo” en la habitación sin verlo y sentir cómo baja la temperatura sin corrientes de aire que lo justifiquen, la física y la biología tienen mucho que aportar. El ingeniero Vic Tandy vivió esto en primera persona en un laboratorio con fama de estar encantado en los años 80: Experimentó sudor frío, la clara sensación de no estar solo y creyó captar una figura gris y fugaz por el rabillo del ojo. La causa, cuando la rastreó, fue un ventilador de extracción recién instalado que generaba una onda de infrasonido a 19 Hz, justo por debajo del umbral audible humano. Publicó el hallazgo junto a Tony Lawrence en 1998 bajo el título “The Ghost in the Machine”, y más tarde documentó niveles anómalos de infrasonido en otros lugares célebres, como el “Mary King's Close” de Edimburgo.
Este mecanismo sugiere que ciertas frecuencias provocan ansiedad y alteraciones fisiológicas. De hecho, un estudio posterior de Chris French expuso a voluntarios a infrasonidos en un cuarto diseñado para parecer encantado, y más de una quinta parte reportó sensación de presencia. En cuanto al frío repentino que suele acompañar estas vivencias, hay que recordar que la sensación térmica está mediada por el sistema nervioso simpático, el mismo que se activa con el miedo. Una simple descarga de adrenalina puede producir vasoconstricción periférica, sudor frío y escalofríos sin que el termómetro de la sala se mueva ni un grado. El “frío paranormal”, muchas veces, es tan solo tu propio cuerpo entrando en modo de alerta.
Ese mismo cuerpo entrando en alerta explica también la famosa piel de gallina o piloerección. Se trata de un reflejo evolutivo heredado de cuando teníamos el pelo suficiente para que erizarlo nos hiciera parecer más grandes ante un depredador, o para atrapar una capa de aire caliente. Hoy ya no nos sirve para nada de eso, pero el circuito nervioso sigue intacto: Se dispara con el frío, pero también con la música que nos emociona, el miedo o la sugestión. No hace falta un fantasma para ponerte los pelos de punta; hace falta una amígdala cerebral activada y un sistema nervioso autónomo que no distingue entre un peligro real y el peligro que tu mente está imaginando en una casa abandonada a oscuras.
Y es que nuestro cerebro es una máquina diseñada para sobrevivir, lo que implica imponer patrones reconocibles ante el caos, fenómeno que conocemos como pareidolia. Carl Sagan defendía que esta capacidad fue una enorme ventaja evolutiva: Reconocer un rostro entre las sombras, aunque a veces te equivoques, es mucho más barato en términos de supervivencia que no reconocerlo cuando de verdad hay alguien acechando. El problema es que este sistema dispara falsos positivos constantemente, ya sea en manchas de humedad o en el grano de una fotografía. Un estudio finlandés demostró que las personas con creencias paranormales arraigadas tienden a ver caras con mayor frecuencia en objetos inanimados; no es que “veanmejor”, sino que su umbral de detección es más bajo.
Con el sonido ocurre exactamente lo mismo bajo el nombre de pareidolia auditiva. Cuando reproduces una grabación “en silencio” en busca de psicofonías, en realidad estás escuchando ruido blanco, y tu mente busca desesperadamente una voz humana dentro de esa señal ambigua. A esto se suma la apofenia, el término que describe la tendencia a encontrar conexiones y significado en datos aleatorios. Como sostiene el psicólogo James Alcock, lo que la gente cree escuchar en las grabaciones se explica mucho mejor por la expectativa y la apofenia que por una comunicación con el más allá, desmoronándose bajo un escrutinio científico que también detecta interferencias de radio genuinas o simples montajes.
Esta vulnerabilidad perceptiva alcanza cotas aún más sorprendentes frente a un espejo, en el fenómeno que la ciencia bautizó en 2010 como la ilusión de la cara extraña. El psicólogo Giovanni Caputo demostró que si te miras fijamente al espejo durante diez minutos en la penumbra, pronto empezarás a percibir deformaciones grotescas de tu propia cara, rostros de fallecidos o monstruos. Esto ocurre porque la adaptación neuronal se mezcla con el efecto Troxler: Las neuronas dejan de responder a un estímulo visual estático y el cerebro, privado de información visual fiable, rellena los huecos con miedo, memoria y sugestión. No hay espíritus en el juego de Verónica; hay un sistema visual desregulado por la falta de luz. Del mismo modo, cuando en esa misma penumbra sentimos que algo “nos toca”, la explicación suele converger en microespasmos musculares y sensaciones somáticas de la ansiedad, o en el sistema propioceptivo produciendo efectos de “extremidad fantasma” por el estrés. El roce de una telaraña o de la propia ropa se reinterpreta velozmente como una presencia si ya llevas un buen rato sugestionado.
Sin embargo, a veces el entorno físico juega un papel más directo y peligroso que nuestra mente. Antes de invocar a un espíritu, conviene revisar la ficha técnica del edificio. El moho, como la especie “Stachybotrys”, puede producir micotoxinas capaces de generar alucinaciones, ansiedad y opresión en espacios húmedos; el perfil exacto de las casas encantadas. Y donde la evidencia es rotundamente letal es en las intoxicaciones leves y crónicas por monóxido de carbono debido a calderas mal ventiladas. Sus síntomas; confusión, alucinaciones visuales y fuerte sensación de presencia; conforman un cuadro clínico que históricamente se ha confundido innumerables veces con maldiciones o posesiones.
Si pasamos de los lugares a las herramientas de contacto, como la ouija o el péndulo, nos topamos con que la ciencia nos lleva casi dos siglos de ventaja gracias al efecto ideomotor, acuñado en 1852 para describir cómo una expectativa puede generar un movimiento muscular real e inconsciente. Michael Faraday lo demostró con las mesas giratorias, y estudios recientes con seguimiento ocular confirman que en la ouija nadie miente conscientemente; son las microcontracciones musculares, guiadas por la expectativa colectiva, las que mueven la plancheta hacia la respuesta deseada. El péndulo funciona igual gracias a los microtemblores de la mano. En cuanto al tarot, el mecanismo dominante es el efecto Forer o validación subjetiva, donde nuestro cerebro hace encajar descripciones vagas ignorando los fallos, igual que ocurre con el horóscopo.
Finalmente, queda la incógnita de quienes parecen tener una conexión natural con estos fenómenos, como los niños que “ven” fantasmas o los adultos que recuerdan vidas pasadas bajo hipnosis. En el caso infantil, la ciencia apela al desarrollo cognitivo normal: La potente imaginería eidética de la infancia
diluye la frontera entre fantasía y realidad, sumada a un pensamiento mágico aún no limitado por la lógica adulta. Por su parte, los recuerdos de vidas pasadas se explican mediante la criptomnesia, descubierta por Jung, que consiste en recordar información aprendida en el pasado; una película, un libro; sin ser consciente de que es un recuerdo adquirido. Bajo hipnosis, ese material oculto se mezcla con la sugestión del terapeuta creando una narrativa coherente pero repleta de imprecisiones históricas derivadas de la cultura popular.
Como dije al principio, no busco ser el enterrador de la parapsicología. Por mi parte, me parece inaudito que queramos explicar otros planos, y no seamos capaces de entender primero nuestra propia mente.
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