Vuelve Va de libros tras un parón que, por biológico, ha sido de los más justificados que un servidor recuerda. Y vuelve, además, con ganas: dos libros, dos escalas de tiempo, un mismo apetito por entender de dónde venimos. Uno baja a las trincheras del siglo XX; el otro excava —literalmente— tres milenios atrás. Vale la pena leerlos casi como contrapunto: la historia reciente que aún duele y la historia remota que apenas empezamos a descifrar.
La Guerra Civil Española
Antony Beevor. Editorial Crítica, Barcelona.
Beevor no llega a la Guerra Civil española como quien reabre una herida ideológica, sino como quien intenta, con la frialdad del historiador militar, deshacer setenta años de simplificaciones. Ya en la introducción deja clara su tesis central: la guerra española no fue solo un choque entre izquierda y derecha, sino una tragedia atrapada en la guerra civil internacional que estalló con la revolución bolchevique. El propio autor, de hecho, recurre a Saint-Exupéry para fijar el tono de todo el libro: "Una guerra civil no es una guerra, sino una enfermedad."
Lo que distingue a Beevor de tanta historiografía militante es su insistencia en huir del maniqueísmo: recuerda que tanto republicanos como nacionales cometieron atrocidades, que la propaganda estalinista y la nazi se alimentaron mutuamente del miedo, y que calificar el conflicto de "fratricida" es, en realidad, un error de diagnóstico. El libro —fruto de una revisión que arrancó en los años 70 y se completó con archivos soviéticos abiertos tras 1991— tiene la ambición de un relato total: los frentes, sí, pero también la trastienda diplomática de Moscú, Berlín y Londres.
Particularmente estimulante es el ejercicio contrafactual con el que Beevor despeja la introducción: se pregunta qué habría pasado si la izquierda hubiera aceptado la derrota electoral de febrero de 1936 sin sospechar un montaje, o si la derecha hubiera acatado el resultado sin denunciar un fraude. El autor no busca con ello absolver a nadie, sino mostrar que la guerra no era ni mucho menos inevitable, y que ambos bandos, con su desconfianza mutua, fueron allanando un camino hacia el enfrentamiento que ninguno supo —o quiso— frenar a tiempo. Es un recurso poco habitual en la historiografía española sobre el conflicto, casi siempre instalada en el "quién empezó", y que aquí sirve para desmontar certezas de ambos extremos por igual.
También resulta revelador el propio proceso de escritura del libro, que el autor detalla en las últimas páginas de la introducción. La primera versión data de 1982; la que hoy se lee es fruto de una reelaboración casi completa veintitrés años después, alimentada por el acceso a archivos que en la Guerra Fría permanecían sellados: los fondos del Komintern en Moscú, la documentación del Bundesarchiv-Militärarchiv de Friburgo sobre la intervención nazi, o los papeles del espionaje soviético en España. Beevor agradece expresamente esa colaboración internacional —historiadores rusos, alemanes y suecos incluidos—, y ese agradecimiento no es un simple gesto de cortesía académica: explica por qué este libro, y no otro sobre el mismo tema, se ha convertido en referencia. La distancia entre la primera edición y esta no es solo de volumen, sino de fuentes y de honestidad ante lo que aún queda por saber.
Un volumen editado con el rigor que Crítica reserva a sus grandes ensayos históricos, e imprescindible para quien quiera entender la guerra sin el filtro de la nostalgia ni del rencor heredado.
Tarteso
Sebastián Celestino Pérez y Esther Rodríguez González. Editorial Espasa, Madrid.
Si Beevor desmonta mitos del siglo XX, Celestino y Rodríguez —dos de los arqueólogos que más han hecho por transformar el conocimiento sobre esta cultura— hacen lo propio con Tarteso, una civilización que durante siglos fue poco más que sombra y leyenda. Su propósito, confiesan en el prólogo, no fue nada fácil: "No ha sido nada fácil pergeñar y, menos aún, escribir este libro", admiten, conscientes de que renunciar a la jerga académica exigía un esfuerzo mayor que el de escribir para sus colegas.
El resultado esquiva tanto la fantasía disneyficada —el libro señala con ironía el aluvión de ficción, cómics y hasta atracciones temáticas que ha generado el hallazgo de los "rostros de Turuñuelo"— como el hermetismo del paper científico. Se apoyan en hallazgos concretos: santuarios monumentales, rituales de sacrificio, edificios sellados bajo tierra, rostros esculpidos que llevan 2.500 años mirándonos. Y no eluden la pregunta que sostiene todo el libro: qué fue realmente Tarteso y por qué cayó en el olvido.
Los autores dedican también buena parte del prólogo a reivindicar el propio oficio: lamentan que la imagen popular de la arqueología siga anclada en el tópico del sombrero y el látigo, cuando la mayor parte del trabajo transcurre en el laboratorio y en otros centros de investigación, no en la excavación. Frente a esa idea romántica, defienden una disciplina que se sostiene sobre metodologías rigurosas y sobre el diálogo constante entre historiadores, arqueólogos y especialistas de campo. Es un alegato que no se queda en la queja gremial: sirve para justificar por qué el libro renuncia a la jerga técnica sin renunciar al rigor, y por qué prefieren construir el relato a través de personajes e historias reconocibles antes que a través de hipótesis y contraste de teorías.
Ese mismo cuidado se aprecia en cómo trazan el mapa de yacimientos que sostiene la investigación reciente: El Carambolo, Huelva, el Castillo de Doña Blanca, Carmona, Tejada la Vieja, Cancho Roano, Cerro Macareno, Setefilla, o el propio Turuñuelo, entre otros, configuran ya un territorio bien delimitado que hace solo treinta años era apenas un boceto. Celestino y Rodríguez subrayan cómo esta ampliación del mapa —fruto de una investigación arqueológica que ha ido "completando rápidamente" sus bases metodológicas— ha permitido superar la vieja imagen de Tarteso como propiedad exclusiva de la tradición atlántica y fenicia, para entenderlo como el resultado de un proceso compartido entre comunidades heterogéneas asentadas en un territorio de vocación mediterránea.
Espasa firma así un título que demuestra que la arqueología no solo desentierra objetos: devuelve a la vida historias que dábamos por perdidas. Ideal para quien quiera acercarse a Tarteso sin renunciar ni al rigor ni al asombro.
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