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  • Manuel Torres, María José Monge y Anthony Carpio, en el barrio de Santiago. -

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La generación gitana que cambió su destino: "Mis padres eran analfabetos, pero estaban llenos de humildad y valores"

El TFM de María José Monge y las historias de Anthony Carpio y Manuel Torres muestran cómo la educación, el esfuerzo y el impulso de las familias han marcado la transformación de esta comunidad en Jerez

En ocasiones tenemos las cosas tan asimiladas que, cuando alguien mira tu vida desde fuera, te hace cambiar las perspectivas. María José Monge nunca se había preguntado por qué la convivencia entre gitanos y payos en Jerez le parecía tan natural. Había crecido entre compañeros de clase, vecinos y amigos sin sentir que hubiera nada extraordinario en ello. Era, simplemente, la vida que conocía.

La sorpresa llegó durante una clase online del Máster de Profesorado que cursaba. Mientras hablaba con naturalidad de esa convivencia con compañeros conectados desde distintos puntos de España, surgió el tema. "¿De verdad es así?", "¿no existen diferencias?". Aquellas reacciones le sorprendieron. Descubrió que lo que para ella formaba parte de su vida cotidiana despertaba un sinfín de preguntas entre esas personas que no conocían Jerez ni su idiosincrasia.

Lo cierto es que aquella charla terminó derivando en el punto de partida de su Trabajo Fin de Máster (TFM): De la escuela al empleo. Análisis de la inserción sociolaboral del pueblo gitano formado en Jerez de la Frontera.

Al principio pensó que encontraría la respuesta estudiando la educación, la inserción laboral o la evolución histórica de la comunidad gitana. Pero conforme avanzaba la investigación descubrió que los datos servían para explicar una parte del fenómeno, aunque la más importante la encontró escuchando. Entrevistó a hombres y mujeres, gitanos y gitanas de Jerez con trayectorias muy distintas: empresarios, profesionales y personas que habían vivido en primera persona la evolución de la comunidad durante las últimas décadas.

Y además, se dio cuenta de un aspecto en común. Todos, más que destacar sus profesiones o titulaciones, terminaban hablando de sus familias

  • Manuel Torres, María José Monge y Anthony Carpio, ante el azulejo del Prendimiento, en Santiago.
  • -

Dos de esos protagonistas son Antonio Carpio Fernández y Manuel Torres Zarzana. Sus vidas transcurren por caminos muy distintos —uno viste a artistas desde su sastrería y el otro divulga la cultura del vino de Jerez en bodegas y restaurantes de prestigio—, pero ambos coinciden en algo esencial: cuando les preguntas por su éxito, ninguno empieza hablando de sí mismo. Los dos empiezan hablando de sus padres.

Anthony Carpio: "Quisimos buscar otros horizontes"

Antonio Carpio Fernández (Jerez, 1986) presume de tener sangre de los dos barrios que mejor simbolizan la identidad del pueblo gitano en Jerez: La Plazuela y Santiago. Su padre nació en el primero y su madre, en el segundo. "Tengo la suerte de ser de los dos", dice con orgullo.

Su infancia no fue muy distinta a la de tantos niños de su generación. Criado en una familia trabajadora, con un padre que pasó buena parte de su vida en el campo antes de dedicarse a la jardinería y una madre que compaginó el cuidado de la casa con trabajos de limpieza.

Mucho esfuerzo, pocos recursos y una educación basada en algo que Antonio repite varias veces: el respeto. "De mi madre, de mi padre, de mis abuelos... de ahí viene todo. La educación y el respeto te los da la familia. Mis padres eran analfabetos, pero estaban llenos de humildad y valores".

El sueño de Antonio –Anthony, como se le conoce en el mundo de la moda y la sastrería– no nació en una pasarela, sino mientras levantaba, junto a su hermano Manuel, una empresa de limpieza cuando apenas contaba con poco más de veinte años.

  • Anthony Carpio, en la plaza de Santiago.
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Cuando el negocio empezó a funcionar, aprovechó el tiempo libre para matricularse en un curso de patronaje en una pequeña escuela de Jerez. Después llegarían una primera marca de ropa y su cierre debido a la inexperiencia, lo que le obligó a empezar de nuevo y a formarse con maestros sastres de México, Sevilla y Cataluña, hasta encontrar su propio sello.

Hoy, Anthony Carpio diseña para artistas como Israel Fernández y se ha hecho un nombre dentro de la sastrería artesanal. Sin embargo, cuando se le pregunta por el origen de todo, recuerda la misma escena una y otra vez: la de sus padres llegando a casa después de una larga jornada de trabajo. Sin embargo, apunta un detalle. "Mi padre con un trabajo tenía bastante. Era la mentalidad de su generación. Nosotros quisimos buscar otros horizontes".

Pero esa mentalidad también se produjo en otras muchas casas de Jerez. "Ahora hay gitanos abogados, profesores, ingenieros, guardias civiles, empresarios... Y no es porque hayamos dejado de ser quienes somos. Es porque hemos entendido que estudiar también forma parte de nuestro futuro".

Ese aprendizaje es el que hoy intenta transmitir a sus propios hijos, de nueve y cuatro años. No habla de que continúen con su negocio ni de que sigan sus pasos en la moda. Habla, otra vez, de libertad. "Si algún día tienen un sueño, les apoyaré en todo. Todo el mundo debería tener la oportunidad de intentar cumplir el suyo".

"Mi abuela me sacaba del colegio para protegerme"

Cada familia tiene una historia que termina explicando casi todo. La de Manuel Torres Zarzana sucede una mañana cualquiera en el colegio de los Marianistas.

Su abuela aparecía poco después de empezar las clases y siempre encontraba una excusa para llevárselo. Un día tocaba ir al médico. Otro, simplemente decía que tenía que marcharse con ella. Los profesores terminaban entregándoselo y regresaban a clase mientras aquella mujer volvía a casa con el niño convencida de que estaba haciendo lo correcto.

"No quería que estuviera con los gachorcitos", lo recuerda con una sonrisa Manuel. Con los años comprendió que su abuela solo estaba haciendo lo que cualquier madre o abuela hace cuando cree que alguien puede cuidar mejor de los suyos.

  • Manuel Torres, con la iglesia de Santiago al fondo.
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"Un día me vio muy irritado por el pañal y aquello le llegó muy dentro. Decía que quién mejor que ella para cuidarme". Pero mientras ella intentaba protegerlo, otra persona empezó a marcar el rumbo de su vida. Su padre.

En una familia ligada desde generaciones al pescado y a la plaza de abastos de Jerez, fue él quien empezó a repetir una idea que acabaría cambiando muchas cosas. "Me decía que pescadero podía ser cuando quisiera, pero que estudiara primero"

Aquel consejo llevó a Manuel hasta la universidad, donde estudió Ciencias Químicas y Enología. Hoy desarrolla su carrera profesional en torno al vino de Jerez, impartiendo catas y asesorando a bodegas y empresas del sector. Sin embargo, cuando recuerda el origen de ese camino, no habla de títulos ni de logros. Habla de su padre: "Fue muy inteligente al insistir en que nos formáramos".

Su historia guarda paralelismo con la de Antonio Carpio. Los dos crecieron en familias en las que recibieron de sus padres una educación basada en el esfuerzo y el respeto. Y los dos entendieron que estudiar o emprender no significaba olvidar sus raíces o dejar de ser gitanos, sino elegir y ampliar el horizonte de oportunidades.

Esa diferencia se hizo especialmente evidente cuando Manuel comenzó a viajar fuera de Andalucía. En algunas catas descubría que seguían existiendo prejuicios que en Jerez nunca había sentido. "Parecía que esperaban que llegara con una cabra y una trompeta", recuerda en unas palabras que no tienen resentimiento. Solo la constatación de que "el desconocimiento sigue alimentando estereotipos que poco tienen que ver con la realidad".

  • Manuel, María José y Antonio, junto a la fuente de Santiago.
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Por eso, también asegura que nunca ha necesitado presentarse como gitano antes que como persona. "Hace muchos años que no voy diciendo que soy gitano. Nunca he sentido esa necesidad". Quienes lo conocen lo hacen por su trabajo, por su profesión y por su manera de entender el vino.

Pero hay una respuesta que resume mejor que ninguna otra su forma de mirar al pasado. Cuando se le pregunta qué le diría hoy a su abuela si pudiera volver a sentarse cinco minutos con ella, Manuel no duda: "Que me sacara otra vez del colegio".

La respuesta estaba en las familias

Cuando María José Monge comenzó su Trabajo Fin de Máster buscaba entender por qué la convivencia entre gitanos y no gitanos en Jerez resultaba tan natural para quienes habían crecido en la ciudad y, al mismo tiempo, despertaba tanta sorpresa fuera de ella.

Durante meses revisó bibliografía, analizó el contexto histórico y estudió la evolución educativa y laboral de la comunidad gitana. Pero la respuesta que buscaba terminó apareciendo lejos de los libros. La encontró durante las entrevistas, escuchando a quienes habían vivido esa transformación en primera persona.

"Todas coincidían en algo", resume. "En apenas cuarenta o cincuenta años había cambiado mucho la forma de pensar. Me impresionó especialmente el papel de las madres y de las abuelas. Muchas no habían podido estudiar, pero fueron las primeras en querer que sus hijos sí lo hicieran".

  • María José Monge, sentada en uno de los bancos de Santiago.
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De esta manera, aquella idea terminó atravesando todo su trabajo, porque detrás de cada historia de superación aparecía otra, protagonizada por padres y madres que habían trabajado en el campo, en las casas de vecinos o en la plaza de abastos. Personas que, aun sin haber tenido oportunidades, hicieron todo lo posible para que la siguiente generación pudiera elegir un camino distinto.

Antonio Carpio y Manuel Torres Zarzana pertenecen a esa generación. Quizá por eso, cuando María José intentó responder qué hace diferente a Jerez, comprendió que no existía una única explicación. La convivencia entre gitanos y no gitanos en la ciudad hunde sus raíces en siglos de historia que compartían payos y gitanos en viñas, bodegas, tabancos, en casas de vecinos y en fiestas como la Navidad, Semana Santa o Feria.

Pero también en algo mucho más cotidiano: en los padres que decidieron que sus hijos tenían que llegar más lejos que ellos. Y ahí reside una de las claves para entender la realidad de la comunidad gitana en Jerez. No en que haya dejado atrás su identidad, sino en que ha sabido construir su futuro sin renunciar a ella.

En ocasiones tenemos las cosas tan asimiladas que, cuando alguien mira tu vida desde fuera, te hace cambiar las perspectivas. María José Monge nunca se había preguntado por qué la convivencia entre gitanos y payos en Jerez le parecía tan natural. Había crecido entre compañeros de clase, vecinos y amigos sin sentir que hubiera nada extraordinario en ello. Era, simplemente, la vida que conocía.

La sorpresa llegó durante una clase online del Máster de Profesorado que cursaba. Mientras hablaba con naturalidad de esa convivencia con compañeros conectados desde distintos puntos de España, surgió el tema. "¿De verdad es así?", "¿no existen diferencias?". Aquellas reacciones le sorprendieron. Descubrió que lo que para ella formaba parte de su vida cotidiana despertaba un sinfín de preguntas entre esas personas que no conocían Jerez ni su idiosincrasia.

Lo cierto es que aquella charla terminó derivando en el punto de partida de su Trabajo Fin de Máster (TFM): De la escuela al empleo. Análisis de la inserción sociolaboral del pueblo gitano formado en Jerez de la Frontera.

Al principio pensó que encontraría la respuesta estudiando la educación, la inserción laboral o la evolución histórica de la comunidad gitana. Pero conforme avanzaba la investigación descubrió que los datos servían para explicar una parte del fenómeno, aunque la más importante la encontró escuchando. Entrevistó a hombres y mujeres, gitanos y gitanas de Jerez con trayectorias muy distintas: empresarios, profesionales y personas que habían vivido en primera persona la evolución de la comunidad durante las últimas décadas.

Y además, se dio cuenta de un aspecto en común. Todos, más que destacar sus profesiones o titulaciones, terminaban hablando de sus familias

  • Manuel Torres, María José Monge y Anthony Carpio, ante el azulejo del Prendimiento, en Santiago.
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Dos de esos protagonistas son Antonio Carpio Fernández y Manuel Torres Zarzana. Sus vidas transcurren por caminos muy distintos —uno viste a artistas desde su sastrería y el otro divulga la cultura del vino de Jerez en bodegas y restaurantes de prestigio—, pero ambos coinciden en algo esencial: cuando les preguntas por su éxito, ninguno empieza hablando de sí mismo. Los dos empiezan hablando de sus padres.

Anthony Carpio: "Quisimos buscar otros horizontes"

Antonio Carpio Fernández (Jerez, 1986) presume de tener sangre de los dos barrios que mejor simbolizan la identidad del pueblo gitano en Jerez: La Plazuela y Santiago. Su padre nació en el primero y su madre, en el segundo. "Tengo la suerte de ser de los dos", dice con orgullo.

Su infancia no fue muy distinta a la de tantos niños de su generación. Criado en una familia trabajadora, con un padre que pasó buena parte de su vida en el campo antes de dedicarse a la jardinería y una madre que compaginó el cuidado de la casa con trabajos de limpieza.

Mucho esfuerzo, pocos recursos y una educación basada en algo que Antonio repite varias veces: el respeto. "De mi madre, de mi padre, de mis abuelos... de ahí viene todo. La educación y el respeto te los da la familia. Mis padres eran analfabetos, pero estaban llenos de humildad y valores".

El sueño de Antonio –Anthony, como se le conoce en el mundo de la moda y la sastrería– no nació en una pasarela, sino mientras levantaba, junto a su hermano Manuel, una empresa de limpieza cuando apenas contaba con poco más de veinte años.

  • Anthony Carpio, en la plaza de Santiago.
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Cuando el negocio empezó a funcionar, aprovechó el tiempo libre para matricularse en un curso de patronaje en una pequeña escuela de Jerez. Después llegarían una primera marca de ropa y su cierre debido a la inexperiencia, lo que le obligó a empezar de nuevo y a formarse con maestros sastres de México, Sevilla y Cataluña, hasta encontrar su propio sello.

Hoy, Anthony Carpio diseña para artistas como Israel Fernández y se ha hecho un nombre dentro de la sastrería artesanal. Sin embargo, cuando se le pregunta por el origen de todo, recuerda la misma escena una y otra vez: la de sus padres llegando a casa después de una larga jornada de trabajo. Sin embargo, apunta un detalle. "Mi padre con un trabajo tenía bastante. Era la mentalidad de su generación. Nosotros quisimos buscar otros horizontes".

Pero esa mentalidad también se produjo en otras muchas casas de Jerez. "Ahora hay gitanos abogados, profesores, ingenieros, guardias civiles, empresarios... Y no es porque hayamos dejado de ser quienes somos. Es porque hemos entendido que estudiar también forma parte de nuestro futuro".

Ese aprendizaje es el que hoy intenta transmitir a sus propios hijos, de nueve y cuatro años. No habla de que continúen con su negocio ni de que sigan sus pasos en la moda. Habla, otra vez, de libertad. "Si algún día tienen un sueño, les apoyaré en todo. Todo el mundo debería tener la oportunidad de intentar cumplir el suyo".

"Mi abuela me sacaba del colegio para protegerme"

Cada familia tiene una historia que termina explicando casi todo. La de Manuel Torres Zarzana sucede una mañana cualquiera en el colegio de los Marianistas.

Su abuela aparecía poco después de empezar las clases y siempre encontraba una excusa para llevárselo. Un día tocaba ir al médico. Otro, simplemente decía que tenía que marcharse con ella. Los profesores terminaban entregándoselo y regresaban a clase mientras aquella mujer volvía a casa con el niño convencida de que estaba haciendo lo correcto.

"No quería que estuviera con los gachorcitos", lo recuerda con una sonrisa Manuel. Con los años comprendió que su abuela solo estaba haciendo lo que cualquier madre o abuela hace cuando cree que alguien puede cuidar mejor de los suyos.

  • Manuel Torres, con la iglesia de Santiago al fondo.
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"Un día me vio muy irritado por el pañal y aquello le llegó muy dentro. Decía que quién mejor que ella para cuidarme". Pero mientras ella intentaba protegerlo, otra persona empezó a marcar el rumbo de su vida. Su padre.

En una familia ligada desde generaciones al pescado y a la plaza de abastos de Jerez, fue él quien empezó a repetir una idea que acabaría cambiando muchas cosas. "Me decía que pescadero podía ser cuando quisiera, pero que estudiara primero"

Aquel consejo llevó a Manuel hasta la universidad, donde estudió Ciencias Químicas y Enología. Hoy desarrolla su carrera profesional en torno al vino de Jerez, impartiendo catas y asesorando a bodegas y empresas del sector. Sin embargo, cuando recuerda el origen de ese camino, no habla de títulos ni de logros. Habla de su padre: "Fue muy inteligente al insistir en que nos formáramos".

Su historia guarda paralelismo con la de Antonio Carpio. Los dos crecieron en familias en las que recibieron de sus padres una educación basada en el esfuerzo y el respeto. Y los dos entendieron que estudiar o emprender no significaba olvidar sus raíces o dejar de ser gitanos, sino elegir y ampliar el horizonte de oportunidades.

Esa diferencia se hizo especialmente evidente cuando Manuel comenzó a viajar fuera de Andalucía. En algunas catas descubría que seguían existiendo prejuicios que en Jerez nunca había sentido. "Parecía que esperaban que llegara con una cabra y una trompeta", recuerda en unas palabras que no tienen resentimiento. Solo la constatación de que "el desconocimiento sigue alimentando estereotipos que poco tienen que ver con la realidad".

  • Manuel, María José y Antonio, junto a la fuente de Santiago.
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Por eso, también asegura que nunca ha necesitado presentarse como gitano antes que como persona. "Hace muchos años que no voy diciendo que soy gitano. Nunca he sentido esa necesidad". Quienes lo conocen lo hacen por su trabajo, por su profesión y por su manera de entender el vino.

Pero hay una respuesta que resume mejor que ninguna otra su forma de mirar al pasado. Cuando se le pregunta qué le diría hoy a su abuela si pudiera volver a sentarse cinco minutos con ella, Manuel no duda: "Que me sacara otra vez del colegio".

La respuesta estaba en las familias

Cuando María José Monge comenzó su Trabajo Fin de Máster buscaba entender por qué la convivencia entre gitanos y no gitanos en Jerez resultaba tan natural para quienes habían crecido en la ciudad y, al mismo tiempo, despertaba tanta sorpresa fuera de ella.

Durante meses revisó bibliografía, analizó el contexto histórico y estudió la evolución educativa y laboral de la comunidad gitana. Pero la respuesta que buscaba terminó apareciendo lejos de los libros. La encontró durante las entrevistas, escuchando a quienes habían vivido esa transformación en primera persona.

"Todas coincidían en algo", resume. "En apenas cuarenta o cincuenta años había cambiado mucho la forma de pensar. Me impresionó especialmente el papel de las madres y de las abuelas. Muchas no habían podido estudiar, pero fueron las primeras en querer que sus hijos sí lo hicieran".

  • María José Monge, sentada en uno de los bancos de Santiago.
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De esta manera, aquella idea terminó atravesando todo su trabajo, porque detrás de cada historia de superación aparecía otra, protagonizada por padres y madres que habían trabajado en el campo, en las casas de vecinos o en la plaza de abastos. Personas que, aun sin haber tenido oportunidades, hicieron todo lo posible para que la siguiente generación pudiera elegir un camino distinto.

Antonio Carpio y Manuel Torres Zarzana pertenecen a esa generación. Quizá por eso, cuando María José intentó responder qué hace diferente a Jerez, comprendió que no existía una única explicación. La convivencia entre gitanos y no gitanos en la ciudad hunde sus raíces en siglos de historia que compartían payos y gitanos en viñas, bodegas, tabancos, en casas de vecinos y en fiestas como la Navidad, Semana Santa o Feria.

Pero también en algo mucho más cotidiano: en los padres que decidieron que sus hijos tenían que llegar más lejos que ellos. Y ahí reside una de las claves para entender la realidad de la comunidad gitana en Jerez. No en que haya dejado atrás su identidad, sino en que ha sabido construir su futuro sin renunciar a ella.

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