El monumento, en granito y bronce para que perdure tanto o más que el arraigo del pueblo gitano en Andalucía, tiene forma de L porque el escultor, el trebujenero Augusto Arana, no es ajeno a los múltiples sentidos que este cantaor irrepetible ha aportado al flamenco antes y después de aquel disco suyo titulado, hace ahora casi medio siglo, Cante se escribe con L.
Con L de Lebrija y de Lebrijano, con L de Lealtad a la tradición y de Libertad para engrandecerla con todo ese diálogo intercultural que Juan Peña Fernández supo traer a colación, desde un ámbito musical que empezaba a universalizarse, cuando España hacía los deberes de carrerilla para otras integraciones a las que ya iba tarde.
A pesar de las pegas que puso en su momento la Asociación de la Defensa del Patrimonio de Andalucía (Adepa), que se opuso a la ubicación del monumento por estar demasiado próximo al convento de la Purísima Concepción -que forma parte del conjunto histórico Bien de Interés Cultural (BIC) de Lebrija- el Lebrijano ya señala al cielo desde esa exacta ubicación porque el Ayuntamiento siguió adelante con el proyecto y porque nadie como Juan, profeta en su tierra, para ser patrimonio y BIC y orgullo de Andalucía desde esa calle de Ignacio Halcón y junto al Centro del Flamenco de la localidad que lo vio nacer, crecer y fundirse con las estrellas hace ahora diez años.

- El monumento a Juan Peña se ubica en un lugar preferente de su patria chica.
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En el acto de ayer, que contó con la presencia de buena parte de la Corporación municipal encabezada por el alcalde, Pepe Barroso (PSOE) y que estuvo arropado por numerosos artistas locales y comarcales -desde el sobrino del Lebrijano, David Peña Dorantes, o Anabel Valencia hasta la cantaora Aurora Vargas o la bailaora Pastora Galván- que formaron el taco con letras y formas del homenajeado, la multitud de participantes intuía el dedo de la estatua de Juan bajo el paño que lo cubría mientras el primer edil insistía en que Lebrija saldaba “una deuda de gratitud con uno de sus hijos más universales”.
La gente no le quitaba ojo a aquel imaginado dedo índice señalando al cielo mientras el alcalde abundaba en que “Juan sigue emocionándonos y marcando el camino del flamenco, siendo un referente para las generaciones presentes”.
Y cuando los hijos del artista homenajeado, Juan José y Anabel, descubrieron por fin la estatua y el conjunto del monumento, los asistentes aplaudieron pero sin perder de vista ese dedo que Juan solía enarbolar en sus actuaciones y que ayer parecía marcar ya definitivamente el camino de la gloria para un arte que él contribuyó a engrandecer tanto en un camino sin precedentes y salpicado de primeras veces. Fue el primer cantaor que llevó el flamenco al Teatro Real de Madrid, en 1979, el año de las primeras elecciones democráticas municipales; fue el primer flamenco que se hartó de cantar con afán didáctico por todas las universidades andaluzas; y fue el único cantaor que tuvo el honor de que el Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez le dedicara una frase que se convirtió, en 2008, en el título de su penúltimo disco: Cuando Lebrijano canta se moja el agua.

- Momento en el que la estatua de El Lebrijano era ya de todos los flamencos del mundo, después de que sus hijos la descubrieran.
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Para entonces, este hijo de María La Perrata que no fue Hijo Predilecto de Lebrija hasta 2009, ya había conseguido todo lo que un artista de su dimensión podía imaginar, y no solo porque ya tuviera, casi desde el principio, el Premio Nacional de Cante otorgado por la Cátedra de Flamencología de Jerez, o porque el Ministerio de Cultura le hubiera otorgado en 1997 la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo, sino por su trabajo de veras e histórico a lo largo de una fructífera carrera que empezó siendo guitarrista, como su hermano y como su primo Pedro Bacán –que ya tiene otro monumento de Arana en una rotonda del pueblo desde 2007- y se quebró para apuntar directamente a la gloria como cantaor desde que ganó el concurso en el pueblo de su siempre admiradísimo Antonio Mairena, allá por el año 1964.
Un cantaor de puertas abiertas
Ha llovido desde entonces, sin que se mojara el agua salvo cuando Lebrijano se arrancaba a cantar, que fue tantas veces en el último cuarto del siglo XX, una larga época en la que Juan fue cabecera de cartel de los más importantes festivales y que él fue jalonando con una serie de trabajos discográficos que nunca se limitaron a encerrar buenos cantes.
Desde La palabra de Dios a un gitano, en 1972 y con la guitarra de Manolo Sanlúcar, hasta Persecución, de 1976 y con letras del poeta Félix Grande, El Lebrijano se convirtió en un intelectual de lo que cantaba porque especialmente con este último disco -del que se cumple ahora medio siglo, tal y como ha dado cuenta esta última Caracolá Lebrijana- hasta la intelectualidad andaluza se enteró por fin de las duquelas que habían tenido que sufrir los gitanos de aquí frente al poder intolerante que incluso quiso exterminarlos con aquella gran redada de 1749 que él versionó por cantiñas.

- El Lebrijano, en su monumento y con un parterre de romero, en la calma de anoche.
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Aquel disco absolutamente irrepetible contaba y cantaba la primera ley represiva contra los gitanos por parte de los Reyes Católicos, por seguiriya; la prohibición de los oficios tradicionales de su raza, por martinetes; y sobre todo el castigo del trabajo forzado que sufrieron tantos remeros en los barcos reales, con unas bulerías por soleá que adquirieron el sobrenombre de Galeras en honor de aquellas embarcaciones y de la creación de Juan bajo la dirección y los arreglos del compositor José Torregrosa.
La heterodoxia de Juan no se quedó ahí, sino que insistió hasta lo que tantos intolerantes de hoy no hubieran podido sufrir entonces con la Orquesta Andalusí de Tánger, con la que grabó Encuentros y con la que siguió dialogando en auténticas joyas discográficas como Casablanca o Puertas abiertas, donde descubre al violinista marroquí Faiçal Kourrich.
Indeleble alegoría
Precisamente en el conjunto monumental ideado por Augusto Arana más allá de la figura del propio Lebrijano –una corchea musical como eje de la composición- aparece un violín, aparte de una guitarra, en alusión al diálogo entre el flamenco y la música sinfónica y desde luego recordando al papel de este instrumento clásico en las innovaciones marroquíes que tanto le gustaban a Juan. En cualquier caso, el trabajo de Arana es una exquisita alegoría de todo lo que El Lebrijano ha supuesto para el flamenco.
“Es la mejor manera que tengo de hablar, esta obra”, insistió en el acto de ayer el escultor trebujenero, quien reconoció “el enorme reto” que le supuso el encargo “porque tenía que representar al artista sin caer en lo evidente”.

- Detalles de la alegoría que incluye el conjunto artístico.
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El trabajo de Arana alterna volúmenes cóncavos y convexos. En la base de granito puede leerse: “Lebrija a Juan Peña El Lebrijano”, y el resto del conjunto rinde tributo a muchos referentes indispensables para Juan: Antonio Mairena aparece representado a través de un sombrero de ala ancha; La Niña de los Peines es evocada mediante un mantoncillo de lunares; y su propia madre, María Fernández La Perrata, a través de su perfil y característico moño. Todo ello se integra en una composición inspirada en la rueda de un carro, un icono tan vinculado a la cultura gitana que hasta aparece su bandera. Asimismo puede apreciarse la media luna, que representa la música andalusí, y una paloma como emblema de la libertad creadora.
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