Roedores de cultura

“El microrrelato nos ha permitido que las formas breves se conviertan en un universo de ficción inmenso”

El escritor Fernando Iwasaki habla sobre el microrrelato en el Jardín de La Luna Nueva de Jerez: "Quería que las historias que iba a escribir fueran como flashes, como relámpagos, y que al mismo tiempo tuvieran esa frescura de la narración oral"

Ante un público amante de la lectura y los talleres de escritura, Nati nos recordó en primer lugar que la librería La Luna Nueva ha cumplido ya treinta años. En todo este tiempo han visto cómo se ha transformado la ciudad y han tenido el placer de compartir el amor a los libros con los lectores. Para presentar a Fernando Iwasaki, nada mejor que sus propias palabras, señaló Nati: “Nací en Lima en 1961, vivo en Sevilla desde hace más de treinta años y tengo un apellido japonés, como todo el mundo. Estudié historia y literatura porque no tuve valor para estudiar música o bellas artes, pero he tenido la fortuna de vivir rodeado de artistas. Me encanta saber que las personas que más quiero y admiro son mejores que yo, porque así, cuando llegue el momento de ver toda mi vida como si fuera una película, sabré si fui o no un digno actor secundario.”

Fernando Iwasaki es doctor en Historia de América por la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla y profesor de las facultades de Comunicación y Relaciones Internacionales de la Universidad Loyola Andalucía. Ha escrito las novelas Neguijón (2005) y Libro de mal amor (2001), y los libros de relatos España, aparta de mí estos premios (2009), Helarte de amar (2006), Ajuar funerario (2004), Un milagro informal (2003), Inquisiciones Peruanas (1994), A Troya, Helena (1993) y Tres noches de corbata (1987). También ha publicado ensayos sobre literatura e historia.

Fernando Iwasaki leyendo. FOTO: MANU GARCÍA.

“La condición de escritor es menos importante que la de lector”. Así arrancó la charla de Fernando Iwasaki en el Jardín. En su momento no pensó que Ajuar funerario fuese un libro de microrrelatos. Simplemente quiso escribir un volumen de historias cortas, “cuentos chiquitos”. Es un género que viene de muy atrás, como lo demuestra la Antología de la literatura fantástica, publicada en Edhasa por Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges y Silvina Ocampo. También Cortázar escribió Historias de cronopios y de famas. Esos textos minúsculos hoy son llamados microrrelatos, pero cuando Julio lo publicó en 1963 nadie empleaba esa palabra. Fernando Iwasaki citó a varios autores hispanoamericanos que ya habían cultivado el género de la narración muy breve.

En Ajuar funerario, Fernando se propuso escribir relatos cortos de terror, al estilo español, no anglosajón. Los anglosajones crean monstruos que quieren destruir o dominar el mundo, sin embargo, el nuestro es un terror con menos pretensiones, más de andar por casa, y además muy oral. Son las historias que nos han contado nuestras abuelas, hechos que ocurrieron de verdad a alguien… “Quería que las historias que iba a escribir fueran como flashes, como relámpagos, y que al mismo tiempo tuvieran esa frescura de la narración oral”. Las fuentes de esos miedos están sobre todo en la infancia, o en lo que crece físicamente dentro de nosotros, verrugas y callosidades, como un ser extraño… Si esos temores los mezclamos con lo fantástico, nos surge un relato. La monja, como figura literaria de terror, también da mucho juego, nos explicó. Tardó en escribir este libro ocho años. Iba apuntado las ideas en una libreta y las dejaba reposar. Redactaba la historia y la volvía a dejar madurar. Antes de la versión definitiva, cada relato pasó tres revisiones.

“Ahora me invitan para que aventure alguna teoría sobre el microrrelato…” En primer lugar, dijo Fernando, deberíamos hablar de formas breves. Son prosas de poca extensión que siempre han existido y que nosotros hemos leído sin saber que eran microrrelatos: los horóscopos, las necrológicas, los anuncios en los periódicos para buscar pareja, incluso los prospectos de los medicamentos. Son formas breves que no las leemos como si fuesen ficción, pero  que realmente contienen una historia. “El microrrelato nos ha permitido que las formas breves que nos rodean se conviertan de pronto en un universo de ficción inmenso”. En segundo lugar, un microrrelato tiene que contar una historia. No se trata de un poema en prosa, ni de un aforismo, ni de una especie de chiste. El microrrelato contiene humor, ironía, pero no es un chiste. “Debe ser un relato en miniatura, microscópico”. Y se cuenta una historia que sólo se insinúa, no se desarrolla por completo. Como método, Fernando nos propuso analizar tres o cuatro líneas de un periódico o la entrada de un diccionario, y leerlas “como si fuese algo completamente nuevo”, hasta convertirlas en un microrrelato. “Un buen ejercicio sería inventar entradas imaginarias en un diccionario enloquecido”.

La economía verbal es esencial en un microrrelato. Por eso es muy importante el título y la cultura de fondo que se comparte con el lector. El título permite iniciar la historia y enlazar con el universo de significados. Fernando Iwasaki nos citó el ejemplo de Marco Denevi y la mitología. Podemos escribir relatos que utilicen la mitología griega. Pero si el que los lee no la conoce, esos relatos dejan de tener sentido o no se disfrutan igual. Hoy muchos jóvenes ya no poseen esas referencias culturales, aunque quizás tengan otras que provengan del cine, las series, los videojuegos o el cómic. En Ajuar funerario Fernando utiliza imágenes de la biblia. Aquí se deja a un lado la fe, y nos quedamos con esos iconos culturales comunes. Para el escritor de microrrelatos es muy importante saber qué claves y conocimientos manejan los lectores. Ana María Shua tiene un libro titulado Fenómenos de circo, incomprensible para el que no sepa qué es un espectáculo circense. Fernando Iwasaki suele utilizar el humor en sus cuentos, ya sean de terror o eróticos. Todo lo percibe a través de ese cristal. Es un recurso difícil de manejar, ya que no todo el mundo lo comprende de la misma forma.

El escritor Fernando Iwasaki. FOTO: MANU GARCÍA.

Las manos de la fundadora

Qué miedo me daba besar el hábito de la madre fundadora cada vez que las monjas nos arrastraban hasta la capilla del colegio para ver su cuerpo incorrupto. No me gustaban ni su cara de momia ni sus manos verdosas como bizcochuelos podridos. Aunque lo peor era esa Virgen adornada con el pelo de la madre fundadora, blanco y erizado como la telaraña de una tarántula.

Un día las monjas me encerraron en la capilla por mentirosa, amenazándome con la cachetada de la fundadora. Ellas creen que vomité de susto, pero tenía que impedir que me pegara. La mano izquierda sabía mejor.

(De Ajuar Funerario)

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