Y a El Torta le dio por volver

Y a El Torta le dio por volver

Miles de aficionados de la ciudad y del resto de España y el extranjero se citan en la plaza de toros para presenciar un emocionante e inolvidable tributo de más de 50 artistas y 7 horas de duración al llorado Juan Moneo.

18-06-2016 / 01:57 h.
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Han llegado de Santander, Barcelona, Madrid o Hamburgo. Jerez, claro está, también ha respondido a la llamada. O más bien a la llamarada del símbolo. Nadie que se llamara aficionado podía faltar en este emocionante reencuentro y nadie que se llamase aficionado faltó. Nerviosos, expectantes, portando sus camisetas serigrafiadas con su ídolo en el pecho o impecablemente trajeados para la ocasión. Convertido ya en objeto de culto, en eso que llaman merchandising para fans, el quejío ronco y somnoliento de El Torta agarrado a su pañuelo de lunares, inmortalizado por el fotoperiodista Juan Carlos Toro para el proyecto Presenciasse ve por todas partes. Los tortistas se arremolinan a las puertas de la plaza de toros desde una hora antes de que dé comienzo el espectáculo como los niños en la cabalgata de reyes, esperando hallar la magia de la noche en un caramelo lanzado al aire. Y es que la cita promete. Plena de interés y entusiasmo fuera y dentro del coso de la calle Circo —donde la cola para acceder ya lo rodea—, numeroso público abajo en la arena y arriba en los tendidos. El canasto de camarones frescos y el aceite hirviendo en el puesto de los cartuchos de papas fritas. Noche templada próxima a San Juan. El adobo, los chocos fritos, los montaditos, el oloroso, los gintonics por anticipado. Hay ambiente de fiesta grande. Nadie se acuerda de las neveras, algunos entran rezagados recién apurada en un bar cercano la segunda parte del España-Turquía. La atmósfera, nadie lo duda, es de las que no se olvidan.

Serán unas 6 o 7.000 personas las que abarrotan con fervor el lugar del homenaje. “Esto recuerda a las grandes fiestas de la Bulería”, nos evoca el veterano especialista Manuel Curao, mirando a un lado y a otro. Acabamos de saludar al septuagenario Rancapino, que a su vez ha estado junto al diestro Morante de la Puebla, pegado a su puro e incapaz de perderse el homenaje a ese Paula del flamenco que era Juan Moneo. Ese señor del cante capaz de lo mejor y de lo peor en el mismo fugaz momento solo. Hay vecinos del barrio de Santiago pero también algún residente en Roma o en Tokio. En su reino jamás se ponía el sol. Nadie quiere perderse este viaje al cielo, como le cantaría Juan al Pica. Justo antes de que la plaza estalle en mil emociones, su viuda Almudena y su hijo Juan han recibido sobre el escenario varios presentes y recuerdos de la gran noche de El Torta en Jerez. Sobrecogidos, solo pueden dar las gracias por un acontecimiento que les servirá para recaudar fondos y tirar para adelante tras el enorme cráter, en todos los sentidos, que ha dejado el cantaor.

Bajo una organización más que aceptable y un guión del espectáculo algo improvisado —propio de estos memoriales con alma benéfica—, el tributo arranca sin descanso, aunque tres cuartos de hora más tarde de lo previsto. El piano flamenco de Rosario la Reina Gitana rompe el hielo y ya no hay solución de continuidad. Decía Juan que su cante era dolor, y que más que cantar, él lo que sabía era transmitir. Por eso, como una corriente eléctrica, su espíritu indómito impregna el escenario y el backstage. Provocando un enorme poder de transmisión entre los convocados al recital en su memoria. “Yo creo que salgo el cuarto o el quinto”, nos dice Jesús Méndez. “Yo no salgo ni en el cartel”, apunta bromista José de los Camarones. El trasiego de artistas entre bambalinas es incansable. Unos van llegando, otros van saliendo. Da igual la hora y el sitio, los protagonismos, todos han querido estar esta noche con el único objetivo de rendir sentido homenaje a Juan.

El camaronero Samuel Serrano con Paco Cepero; Luis el Zambo y Fernando de la Morena por soleá por bulerías con aroma a calle Nueva; Jesús Méndez con fandangos a pulmón, el romance de Juan de Osuna, y esa voz cantaora que hace física la presencia de El Torta sobre las tablas; Antonio y Dolores Agujetas con sus negrísimas duquelas; José Agarrado Moneo acordándose también de Terremoto hijo y su Cambalache; el patriarca Manuel Moneo, bajo el toque de Miguel Salado, sentando cátedra; Luis, Momo y Manuel Moneo Carrasco por soleares; Manuela Carpio, Eva de Rubichi, y toda la Plazuela; Juan Villar, Juana la del Pipa, Diego del Morao con la marca ineludible de su casa; los Rancapino, la familia Camarón; Mara y Antonio Rey, Marina Heredia y Arcángel; Jerry González, Tino di Geraldo y Diego Carrasco… Ya empiezan a ser incontables los que van desfilando bajo los focos. La noche continúa Imparable. Las horas se van agolpando como los recuerdos hasta alcanzar las cinco de la mañana. Son ya unas siete horas de espectáculo. Con Juan en el epicentro de la fiesta y del duelo. Con El Torta volviendo a hacerse presente en la plaza jerezana por toná. Como una Fiesta de la Bulería cualquiera. Cualquiera no, de las que eran de época y ponían bocabajo la plaza. Con la emoción a flor de piel. “Yo no pertenezco a nadie”, confesaba el ya mítico cantaor. Como un apátrida, como un renacido del cante… Porque la noche es más larga que la muerte. Porque Juan era más eterno que la muerte. Y lo demuestra, ya lo ven, cada vez que le da por volver. Como la brisa fresca que trae la mañana.

 
 
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