Bájate del cacharro ahora mismo. Una niña se murió. Le picó una serpiente ordenó mi madre cuando ya estaba montado en la motocicleta de los cinco duros de la calle Levante. Una moto, de cartón piedra, atada a su milímetro cero desde el primer día que la colocaron junto al puesto de golosinas y al de los pájaros enjaulados.
Yo me bajé, era de los que hacían caso con la primera voz, aunque sabía de sobra que era mentira. El miedo. El miedo que sirve para ahorrar pesetas y borrar horizontes. Calipso, la hermosa Calipso, tenía todos los futuros cegados a Ulises hasta que tuvo que rendirse a la fortaleza del héroe: Vive, no temas. No luches y no quieras tener el control de todo como lo deseo yo. Vivir será tu gran acto de fe. Y Ulises escapó del paraíso que le construyeron a medida para acabar sintiendo, sentir es un milagro, el dulce veneno de la pena y el amargo sabor de la alegría.
En la calle Levante sólo corre el poniente. Los tristes gatos de la tienda maúllan a sus sombras. Afortunado es aquel que la tiene. Los que nada, ni sombra ni destino, se comunican a duras penas con los perros que abarrotan los otros cubículos de cristal. Las miradas hablan. La tuya, niña de las doscientas estrellas negra, conserva el mundo feliz que ya no somos capaces de recordar. Por eso, te llevo en mí. Dame un paquetito de garrapiñadas / Son diez duros. El muchacho de la tienda parecía querer guardar sus sonrisas para un futuro mejor. Su boca dibujaba una línea rosada. Una sonrisa enjaulada en dos mejillas muy blancas, propias de otro pueblo distinto al mío. Por favor, podría darme usté uno de esos paquetes de garrapiñada / Son dos euros.
El señor, dentro de su boca, guarda un desierto blanquísimo. Un vasto desierto a punto de rebosar por sus ojos grises. Sus mejillas blancas, son propias de otro mundo. Y yo me atrevo. No somos lo que deseamos, sino lo que amamos. En la calle Levante corre desatado el poniente y el dinero, a cuentagotas. En cambio, en Cordes-sur-Ciel se dan encuentro todos los vientos del mundo porque allí es donde, curiosamente, reina el silencio absoluto. No deseo otra cosa con más fuerza que perderme en mí me grito frente al espejo de todos mis días. No te subas mi niño, que una vez murió una niña en uno de esos cacharritos. Y lo triste es que lo que me decía mi madre era verdad, en Galicia una mujer lloraba, pero la verdad -más en esos años nuevos y por hacer- no siempre viene bien. Ay mis pobres cíclopes de la calle Levante. Aún estáis a tiempo de abandonar lo soñado y alcanzar Ítaca. No lo dudéis.
Bájate del cacharro ahora mismo. Una niña se murió. Le picó una serpiente ordenó mi madre cuando ya estaba montado en la motocicleta de los cinco duros de la calle Levante. Una moto, de cartón piedra, atada a su milímetro cero desde el primer día que la colocaron junto al puesto de golosinas y al de los pájaros enjaulados.
Yo me bajé, era de los que hacían caso con la primera voz, aunque sabía de sobra que era mentira. El miedo. El miedo que sirve para ahorrar pesetas y borrar horizontes. Calipso, la hermosa Calipso, tenía todos los futuros cegados a Ulises hasta que tuvo que rendirse a la fortaleza del héroe: Vive, no temas. No luches y no quieras tener el control de todo como lo deseo yo. Vivir será tu gran acto de fe. Y Ulises escapó del paraíso que le construyeron a medida para acabar sintiendo, sentir es un milagro, el dulce veneno de la pena y el amargo sabor de la alegría.
En la calle Levante sólo corre el poniente. Los tristes gatos de la tienda maúllan a sus sombras. Afortunado es aquel que la tiene. Los que nada, ni sombra ni destino, se comunican a duras penas con los perros que abarrotan los otros cubículos de cristal. Las miradas hablan. La tuya, niña de las doscientas estrellas negra, conserva el mundo feliz que ya no somos capaces de recordar. Por eso, te llevo en mí. Dame un paquetito de garrapiñadas / Son diez duros. El muchacho de la tienda parecía querer guardar sus sonrisas para un futuro mejor. Su boca dibujaba una línea rosada. Una sonrisa enjaulada en dos mejillas muy blancas, propias de otro pueblo distinto al mío. Por favor, podría darme usté uno de esos paquetes de garrapiñada / Son dos euros.
El señor, dentro de su boca, guarda un desierto blanquísimo. Un vasto desierto a punto de rebosar por sus ojos grises. Sus mejillas blancas, son propias de otro mundo. Y yo me atrevo. No somos lo que deseamos, sino lo que amamos. En la calle Levante corre desatado el poniente y el dinero, a cuentagotas. En cambio, en Cordes-sur-Ciel se dan encuentro todos los vientos del mundo porque allí es donde, curiosamente, reina el silencio absoluto. No deseo otra cosa con más fuerza que perderme en mí me grito frente al espejo de todos mis días. No te subas mi niño, que una vez murió una niña en uno de esos cacharritos. Y lo triste es que lo que me decía mi madre era verdad, en Galicia una mujer lloraba, pero la verdad -más en esos años nuevos y por hacer- no siempre viene bien. Ay mis pobres cíclopes de la calle Levante. Aún estáis a tiempo de abandonar lo soñado y alcanzar Ítaca. No lo dudéis.
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