Hace unos días, Iván Redondo publicaba en La Vanguardia un artículo titulado El último mohicano. Hay una frase que merece atención: «Esto no va de políticas públicas. Esto va de poder real».
Estoy de acuerdo. La gran cuestión política de nuestro tiempo es el poder: quién lo tiene, quién decide y quién queda fuera de las decisiones. Pero discrepo de la otra idea: que para pasar de ser «el último mohicano» a convertirse en «el primero de los nuevos», basta con ganar unas elecciones.No basta.
Ganar elecciones es imprescindible en democracia, pero no significa necesariamente transformar la sociedad. Podemos cambiar gobiernos mientras las relaciones de poder permanecen prácticamente intactas. Ese es uno de los grandes problemas heredados del pacto con los postfranquistas en el 78, en los que PSOE y PCE, fueron también sujetos activos.
Se ha confundido gobernar con tener el poder. Pero ¿quién decide realmente sobre el precio de la vivienda, la energía, las inversiones, los salarios, el crédito o la propiedad? ¿Quién decide dónde se genera la riqueza y quién termina apropiándose de ella?La pregunta no es quién gobierna, sino quién manda.
Transformar significa cambiar esas relaciones de poder: que los trabajadores participen en las decisiones económicas; que barrios y municipios tengan capacidad de decisión; que los pueblos puedan decidir su futuro y que la riqueza producida colectivamente se distribuya justamente. Existe, además, un peligro en aquellos sujetos activos que llegaron a las instituciones para transformarlas y es, que han terminado renunciando a esa transformación para conservar las instituciones heredadas.
Primero se nos dice que una medida no puede adoptarse porque tendría coste electoral. Después, que hay que esperar una correlación de fuerzas más favorable. Finalmente, que no se puede arriesgar el Gobierno porque la alternativa sería peor. Así, aquello que debía ser un instrumento termina convirtiéndose en el objetivo.La izquierda ni nació, ni está, para administrar las relaciones de poder existentes de una manera más amable. Nació para cambiarlas.
Pero, la metáfora de El último mohicano nos lleva más lejos. La película de Michael Mann no habla solamente de resistencia. Habla de identidad, memoria, principios y, sobre todo, de pertenencia a un pueblo.
Ojo de Halcón ni siquiera es mohicano por nacimiento. Pertenece a ese pueblo porque comparte sus valores, sus vínculos y sus lealtades. Un pueblo no existe simplemente porque aparezca en un mapa. Existe porque hay personas que se reconocen como parte de una comunidad, comparten una memoria y quieren construir juntas un futuro. Un pueblo comienza a desaparecer cuando deja de reconocerse como pueblo y se convierte simplemente en población, consumidores, trabajadores precarios y aislados o electores convocados cada cuatro años.
Un pueblo no es un electorado.Esto, nos conduce directamente a Andalucía, hasta ahora contemplada como una enorme circunscripción electoral a la que los partidos de esa supuesta izquierda que solo administra, miran cuando necesitan votos. Andalucía es un pueblo, con historia, cultura, memoria colectiva y también con una larga historia de desigualdad. Una tierra rica cuyo patrimonio está en manos de las corporaciones extractivistas de los recursos y plusvalías andaluzas. Una tierra de gente trabajadora que durante generaciones tuvo que emigrar buscando las oportunidades que aquí se les negaban y donde demasiados jóvenes vuelven hoy a plantearse marcharse.
Recuperar Andalucía como sujeto político no significa levantar fronteras, sino reconocerse para relacionarse en igualdad con los demás pueblos. Andalucía desempeña un papel decisivo en la construcción de una España diferente: federal, plurinacional, solidaria y republicana. Una España donde compartir un proyecto común no obliga a nadie a renunciar a su identidad. Andalucía es la argamasa de ese proyecto. Defender la condición de pueblo es perfectamente compatible con reconocer la de Catalunya, Euskadi, Galicia y los demás pueblos del Estado.
Pero El último mohicano contiene otra enseñanza esencial: la lealtad. Lealtad a los principios, a la comunidad, a quienes estuvieron antes y a quienes vendrán después. En política significa algo muy sencillo: nunca abandonar al pueblo. No abandonar a los trabajadores cuando reclaman salarios dignos. No abandonar a las familias amenazadas con perder su vivienda. No abandonar a nuestros jóvenes cuando quieren formarse. No abandonar nuestra sanidad y educación públicas, nuestros barrios y nuestros pueblos. Y, no abandonar los principios cuando se llega al Gobierno.
La democracia debe entrar en la economía. Hablar de quién posee, quién produce, quién decide y quién se queda con la riqueza. No basta con redistribuir algo mejor después. Hay que democratizar las decisiones que determinan cómo se genera y cómo se reparte esa riqueza. Por eso ganar unas elecciones solamente abre la puerta. La pregunta empieza al día siguiente: ¿para qué se quiere gobernar? ¿Para conservar el poder o para transformarlo?
Andalucía no debe dejar de pensarse como pueblo. Tampoco puede renunciar a construir una España plurinacional. Para esto, es necesaria una izquierda que debe ser transformadora y que no debe olvidar para qué nació. No para conquistar el poder y conservarlo, sino para democratizarlo y transformar la sociedad mediante un programa que no tenga miedo a cuestionar las relaciones de poder: defensa radical de los servicios públicos; intervención del mercado inmobiliario para garantizar una vivienda digna y la libertad real de los inquilinos frente a los grandes propietarios; defensa del derecho internacional; oposición a la guerra y a las políticas militaristas; soberanía frente a intereses exteriores y participación efectiva de la ciudadanía en las grandes decisiones políticas y económicas.
Lo anterior exige abandonar la política del mal menor y dejar de moderar permanentemente las propuestas transformadoras por miedo a la reacción de los sectores conservadores. Porque cuando la izquierda renuncia anticipadamente a aquello que quiere transformar para no molestar a quienes poseen el poder, no es izquierda, se podrá conservar gobiernos, pero no cambiará nada.
En definitiva, no queremos ser el último mohicano. Queremos seguir siendo pueblo.
Hace unos días, Iván Redondo publicaba en La Vanguardia un artículo titulado El último mohicano. Hay una frase que merece atención: «Esto no va de políticas públicas. Esto va de poder real».
Estoy de acuerdo. La gran cuestión política de nuestro tiempo es el poder: quién lo tiene, quién decide y quién queda fuera de las decisiones. Pero discrepo de la otra idea: que para pasar de ser «el último mohicano» a convertirse en «el primero de los nuevos», basta con ganar unas elecciones.No basta.
Ganar elecciones es imprescindible en democracia, pero no significa necesariamente transformar la sociedad. Podemos cambiar gobiernos mientras las relaciones de poder permanecen prácticamente intactas. Ese es uno de los grandes problemas heredados del pacto con los postfranquistas en el 78, en los que PSOE y PCE, fueron también sujetos activos.
Se ha confundido gobernar con tener el poder. Pero ¿quién decide realmente sobre el precio de la vivienda, la energía, las inversiones, los salarios, el crédito o la propiedad? ¿Quién decide dónde se genera la riqueza y quién termina apropiándose de ella?La pregunta no es quién gobierna, sino quién manda.
Transformar significa cambiar esas relaciones de poder: que los trabajadores participen en las decisiones económicas; que barrios y municipios tengan capacidad de decisión; que los pueblos puedan decidir su futuro y que la riqueza producida colectivamente se distribuya justamente. Existe, además, un peligro en aquellos sujetos activos que llegaron a las instituciones para transformarlas y es, que han terminado renunciando a esa transformación para conservar las instituciones heredadas.
Primero se nos dice que una medida no puede adoptarse porque tendría coste electoral. Después, que hay que esperar una correlación de fuerzas más favorable. Finalmente, que no se puede arriesgar el Gobierno porque la alternativa sería peor. Así, aquello que debía ser un instrumento termina convirtiéndose en el objetivo.La izquierda ni nació, ni está, para administrar las relaciones de poder existentes de una manera más amable. Nació para cambiarlas.
Pero, la metáfora de El último mohicano nos lleva más lejos. La película de Michael Mann no habla solamente de resistencia. Habla de identidad, memoria, principios y, sobre todo, de pertenencia a un pueblo.
Ojo de Halcón ni siquiera es mohicano por nacimiento. Pertenece a ese pueblo porque comparte sus valores, sus vínculos y sus lealtades. Un pueblo no existe simplemente porque aparezca en un mapa. Existe porque hay personas que se reconocen como parte de una comunidad, comparten una memoria y quieren construir juntas un futuro. Un pueblo comienza a desaparecer cuando deja de reconocerse como pueblo y se convierte simplemente en población, consumidores, trabajadores precarios y aislados o electores convocados cada cuatro años.
Un pueblo no es un electorado.Esto, nos conduce directamente a Andalucía, hasta ahora contemplada como una enorme circunscripción electoral a la que los partidos de esa supuesta izquierda que solo administra, miran cuando necesitan votos. Andalucía es un pueblo, con historia, cultura, memoria colectiva y también con una larga historia de desigualdad. Una tierra rica cuyo patrimonio está en manos de las corporaciones extractivistas de los recursos y plusvalías andaluzas. Una tierra de gente trabajadora que durante generaciones tuvo que emigrar buscando las oportunidades que aquí se les negaban y donde demasiados jóvenes vuelven hoy a plantearse marcharse.
Recuperar Andalucía como sujeto político no significa levantar fronteras, sino reconocerse para relacionarse en igualdad con los demás pueblos. Andalucía desempeña un papel decisivo en la construcción de una España diferente: federal, plurinacional, solidaria y republicana. Una España donde compartir un proyecto común no obliga a nadie a renunciar a su identidad. Andalucía es la argamasa de ese proyecto. Defender la condición de pueblo es perfectamente compatible con reconocer la de Catalunya, Euskadi, Galicia y los demás pueblos del Estado.
Pero El último mohicano contiene otra enseñanza esencial: la lealtad. Lealtad a los principios, a la comunidad, a quienes estuvieron antes y a quienes vendrán después. En política significa algo muy sencillo: nunca abandonar al pueblo. No abandonar a los trabajadores cuando reclaman salarios dignos. No abandonar a las familias amenazadas con perder su vivienda. No abandonar a nuestros jóvenes cuando quieren formarse. No abandonar nuestra sanidad y educación públicas, nuestros barrios y nuestros pueblos. Y, no abandonar los principios cuando se llega al Gobierno.
La democracia debe entrar en la economía. Hablar de quién posee, quién produce, quién decide y quién se queda con la riqueza. No basta con redistribuir algo mejor después. Hay que democratizar las decisiones que determinan cómo se genera y cómo se reparte esa riqueza. Por eso ganar unas elecciones solamente abre la puerta. La pregunta empieza al día siguiente: ¿para qué se quiere gobernar? ¿Para conservar el poder o para transformarlo?
Andalucía no debe dejar de pensarse como pueblo. Tampoco puede renunciar a construir una España plurinacional. Para esto, es necesaria una izquierda que debe ser transformadora y que no debe olvidar para qué nació. No para conquistar el poder y conservarlo, sino para democratizarlo y transformar la sociedad mediante un programa que no tenga miedo a cuestionar las relaciones de poder: defensa radical de los servicios públicos; intervención del mercado inmobiliario para garantizar una vivienda digna y la libertad real de los inquilinos frente a los grandes propietarios; defensa del derecho internacional; oposición a la guerra y a las políticas militaristas; soberanía frente a intereses exteriores y participación efectiva de la ciudadanía en las grandes decisiones políticas y económicas.
Lo anterior exige abandonar la política del mal menor y dejar de moderar permanentemente las propuestas transformadoras por miedo a la reacción de los sectores conservadores. Porque cuando la izquierda renuncia anticipadamente a aquello que quiere transformar para no molestar a quienes poseen el poder, no es izquierda, se podrá conservar gobiernos, pero no cambiará nada.
En definitiva, no queremos ser el último mohicano. Queremos seguir siendo pueblo.
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