El ciclo de mareas no tiene una medida exacta, nunca dura el mismo tiempo. No sabemos cuántas olas nos puede traer cada una, ni si le podemos poder nombre a cada onda que se dibuja en la superficie del agua con cada golpe de mar. El año se hace tedioso hasta que llego aquí, a Sanlúcar. Por el contrario, aquí los días se me escapan a toda prisa. El sentir del trascurso del tiempo que uno pasa donde es feliz o con quien ama es absurdamente fugaz.
Cierto es, y así lo confieso, que tampoco soy capaz de aguantar un año entero sin pasear por aquí. Las visitas durante el año me alimentan el alma y me alegran el paladar. Pero también, me sirven para comprobar que todo sigue en orden y que puedo contemplar este pueblo más desahogado sin intrusos como yo, respirando más tranquilo toda vez que la marea multitudinaria de turistas llega a su bajamar. Eso sí, gracias a Dios, Sanlúcar no es esa clase de paraje lleno de torres en filas delante de la playa que congrega a personas con afán de hacinarse en el verano y que en invierno suena el eco de los pasos ante una escena fantasmagórica.
Sin duda, los lugares que para uno son especiales dicen mucho de como nos sentimos allí, pero también de quien nos acompaña. En Baena y Córdoba, tengo la familia y los amigos de siempre; en Sevilla he encontrado personas extraordinarias. En Sanlúcar, además de los días con Juni y David, cada vez que salgo a pasear en solitario aparece alguien con quien hablar. La mujer que va a guisar choco hoy para comer y el niño que en la playa tiene claro que va a ganar el caballo número 2. Y otros que son ya costumbre, Juan Antonio y sus expresiones sanluqueñas detrás de la barra, a Jaime se le ha sumado un niño que no tardará en corretear por la arena, el matrimonio más elegante y educado del lugar que pasea de la mano por la calle Ancha, la vieja imprenta de Agustín y Juan, que siempre me acaba liando para comprarme una nueva camisa de lino.
Mi diario aquí es bien sencillo y se fundamenta en vivir en la calle, no depende de reloj ni de la oscilación de la marea. Desayuno en los bares como los buenos fumadores, trabajo en la biblioteca municipal, voy al mercado a poner la oreja y tomo el café en el patio de un palacio, donde fantaseo con ser un escritor prestigioso, culto y con aires bohemios. Entro a una iglesia y después me camuflo como parroquiano de cualquier taberna. Las tardes son para leer en la playa y pasear mientras como unas papas recién fritas con el atardecer más hermoso que existe. Las noches han tenido de todo. Y así sucesivamente.
Pero entre agosto y agosto, Sanlúcar no siempre pervive igual. Se acometen reformas, surgen novedades y otras cuestiones se mantienen intactas entre ola y ola. También pasa así en la vida de las personas. No sé cuántas alegrías me ha traído la marea en el último año, al igual que me ha arrebatado cosas que amaba. Ya no están las llamadas de mi madre a la suya, amigos han tenido un año de alegrías perseguidas y otros se han vuelto a enamorar, el laburo me impone nuevos retos en el horizonte y mis manos ahora no rodean tu cintura cuando el sol se mete en la cuna del mar.
Sigo aquí, pero no por mucho tiempo. Me iré y volveré. Tal vez algún día me quedaré. La luna tira del agua del mar hacia ella y así se forjan las mareas. Sanlúcar hace lo propio conmigo. Aún sigo poniendo a tu nombre todas las olas del mar y seguro que estos no son los últimos versos que te escribo. Ahora toca esperar que suba la marea.
El ciclo de mareas no tiene una medida exacta, nunca dura el mismo tiempo. No sabemos cuántas olas nos puede traer cada una, ni si le podemos poder nombre a cada onda que se dibuja en la superficie del agua con cada golpe de mar. El año se hace tedioso hasta que llego aquí, a Sanlúcar. Por el contrario, aquí los días se me escapan a toda prisa. El sentir del trascurso del tiempo que uno pasa donde es feliz o con quien ama es absurdamente fugaz.
Cierto es, y así lo confieso, que tampoco soy capaz de aguantar un año entero sin pasear por aquí. Las visitas durante el año me alimentan el alma y me alegran el paladar. Pero también, me sirven para comprobar que todo sigue en orden y que puedo contemplar este pueblo más desahogado sin intrusos como yo, respirando más tranquilo toda vez que la marea multitudinaria de turistas llega a su bajamar. Eso sí, gracias a Dios, Sanlúcar no es esa clase de paraje lleno de torres en filas delante de la playa que congrega a personas con afán de hacinarse en el verano y que en invierno suena el eco de los pasos ante una escena fantasmagórica.
Sin duda, los lugares que para uno son especiales dicen mucho de como nos sentimos allí, pero también de quien nos acompaña. En Baena y Córdoba, tengo la familia y los amigos de siempre; en Sevilla he encontrado personas extraordinarias. En Sanlúcar, además de los días con Juni y David, cada vez que salgo a pasear en solitario aparece alguien con quien hablar. La mujer que va a guisar choco hoy para comer y el niño que en la playa tiene claro que va a ganar el caballo número 2. Y otros que son ya costumbre, Juan Antonio y sus expresiones sanluqueñas detrás de la barra, a Jaime se le ha sumado un niño que no tardará en corretear por la arena, el matrimonio más elegante y educado del lugar que pasea de la mano por la calle Ancha, la vieja imprenta de Agustín y Juan, que siempre me acaba liando para comprarme una nueva camisa de lino.
Mi diario aquí es bien sencillo y se fundamenta en vivir en la calle, no depende de reloj ni de la oscilación de la marea. Desayuno en los bares como los buenos fumadores, trabajo en la biblioteca municipal, voy al mercado a poner la oreja y tomo el café en el patio de un palacio, donde fantaseo con ser un escritor prestigioso, culto y con aires bohemios. Entro a una iglesia y después me camuflo como parroquiano de cualquier taberna. Las tardes son para leer en la playa y pasear mientras como unas papas recién fritas con el atardecer más hermoso que existe. Las noches han tenido de todo. Y así sucesivamente.
Pero entre agosto y agosto, Sanlúcar no siempre pervive igual. Se acometen reformas, surgen novedades y otras cuestiones se mantienen intactas entre ola y ola. También pasa así en la vida de las personas. No sé cuántas alegrías me ha traído la marea en el último año, al igual que me ha arrebatado cosas que amaba. Ya no están las llamadas de mi madre a la suya, amigos han tenido un año de alegrías perseguidas y otros se han vuelto a enamorar, el laburo me impone nuevos retos en el horizonte y mis manos ahora no rodean tu cintura cuando el sol se mete en la cuna del mar.
Sigo aquí, pero no por mucho tiempo. Me iré y volveré. Tal vez algún día me quedaré. La luna tira del agua del mar hacia ella y así se forjan las mareas. Sanlúcar hace lo propio conmigo. Aún sigo poniendo a tu nombre todas las olas del mar y seguro que estos no son los últimos versos que te escribo. Ahora toca esperar que suba la marea.
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