Este invierno bendecido por las lluvias propicia ya, en las zonas más templadas de Andalucía, una primavera temprana, verde y florida. Sin embargo, parece que esta bonanza meteorológica, lejos de celebrarse, ha despertado inquietud entre responsables y técnicos municipales. Las plantas con flor —mal llamadas “malas hierbas” por sus detractores— brotan en jardines, parterres y acerados. Y algunos inquietos regidores, como si esos humildes especímenes botánicos escondieran armas de destrucción masiva, les han declarado la guerra en unas fechas que este año 2026 vienen cargadas de resonancias bélicas.
Los primeros ataques —contra las hierbas, quiero aclarar— han sido mecánicos y químicos. Y es esta guerra química la que me preocupa. Además de dejar una fea huella de vegetación seca que nos recuerda prematuramente los calores de agosto (ver Fotos), los herbicidas son sustancias tóxicas con efectos por ingestión, inhalación y contacto en vertebrados, incluidos los seres humanos. Basta con leer sus etiquetas e instrucciones de uso para comprender que no estamos ante algo tan inocuo como agua y jabón.
En España, la aplicación de herbicidas está regulada por el Real Decreto 1311/2012, de 14 de septiembre, que establece el marco de actuación para lograr un uso sostenible de los productos fitosanitarios. Aunque su uso en zonas urbanas no está prohibido, sí exige el cumplimiento de determinadas medidas. En espacios utilizados por el público en general —como carriles bici, jardines o acerados— el responsable de la aplicación debe impedir el acceso de terceros tanto durante el tratamiento como durante el periodo posterior que se considere necesario. En espacios frecuentados por grupos vulnerables —colegios, centros de salud, hospitales o residencias de mayores— se requiere además el conocimiento previo del responsable del centro, para que pueda adoptar las medidas preventivas oportunas.
Los aplicadores, por cierto, también deben protegerse mediante guantes, mascarillas y monos específicos, y disponer de un carné de aplicador obtenido tras superar un curso de formación. Tales precauciones ya indican que se trata de productos potencialmente peligrosos para la salud humana y que su uso debería reservarse como último recurso.
El herbicida más utilizado es el glifosato, que actúa inhibiendo la enzima EPSPS, esencial para el crecimiento vegetal. Su uso, sin embargo, genera una creciente controversia por sus posibles riesgos ambientales y sanitarios. La Organización Mundial de la Salud, a través de su Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer, lo clasificó como “probable carcinógeno”. La exposición puede provocar irritación en piel, nariz y garganta y se ha relacionado con problemas respiratorios. También puede afectar a nuestras mascotas: los perros, por ejemplo, pueden entrar en contacto con el producto en zonas recién tratadas, donde su carácter incoloro e inodoro lo hace prácticamente indetectable cuando no se señaliza adecuadamente.
En estos días, además, es noticia que la multinacional farmacéutica y agroquímica Bayer, fabricante de herbicidas con glifosato, afronta pérdidas millonarias por los litigios relacionados con los posibles efectos de este producto sobre la salud. Solo en Estados Unidos la compañía ha recibido unas 170.000 demandas por presuntos casos de cáncer asociados a su uso. En Argentina, país donde el glifosato se emplea masivamente en la agricultura intensiva, diversos informes y denuncias apuntan a un aumento de casos de cáncer, malformaciones, enfermedades autoinmunes y abortos espontáneos en zonas rurales expuestas a fumigaciones, especialmente cerca de escuelas y áreas residenciales.
Pero, volviendo al uso de herbicidas en el entorno urbano, cabe preguntarse de dónde procede tanta hostilidad hacia la frágil —y escasa— biodiversidad de nuestras ciudades. Convertir el invierno y la primavera en un silencioso paisaje de verano agostado parece más un capricho (anti)estético de nuestros regidores que una necesidad real o una demanda ciudadana.
Las plantas verdes —y vivas— fijan carbono y liberan oxígeno mediante la fotosíntesis, contribuyendo así a mejorar la calidad del aire. Reducen además la temperatura urbana gracias a la evapotranspiración, favorecen la infiltración del agua de lluvia en el suelo y ayudan a amortiguar el ruido. También proporcionan refugio y alimento a otras formas de biodiversidad urbana, como aves y polinizadores.
Y, por si fuera poco, está el beneficio menos visible pero igualmente importante: el bienestar humano. Numerosos estudios han demostrado que la interacción con la naturaleza en entornos urbanos reduce la ansiedad, mejora el estado de ánimo y contribuye a una mejor salud mental.
Quizá convendría recordar que la primavera no es una plaga que deba erradicarse.


