Días atrás se celebraba o se le daba importancia en el calendario al que se ha denominado día de la felicidad; estoy segura de que, tras leer sobre esta palabra, habrán experimentado todo tipo de sensaciones y pensamientos, y es curioso que esto ocurra, ¿no lo creen? ¿No es un fenómeno poco normal el poder que tiene esta palabra en los seres humanos? “No existe”, escucho con demasiada frecuencia de aquellos que la han experimentado poco o nada y de los que niegan su existencia, no reconocen su cobardía y se cuelgan el cartel de infelices de por vida. Un domingo más me dedico a escribir para dar mi opinión en esta columna, pero en este caso quiero puntualizar que lo que hoy van a leer no está redactado solo basado en mi opinión, sino también en mi experiencia.
El pasado jueves y, como no es raro en mí, ya que padezco una dolencia crónica, acudí a una cita médica al hospital; aunque hace años que convivo con la misma enfermedad, esa visita a la consulta de un especialista médico no me apetecía en absoluto debido a que debía realizarme un chequeo no doloroso, pero sí desagradable. En este momento de lo que les cuento, imagino que estarán pensando que ir a un hospital nunca es agradable y, a lo cual, pese a que sé que están a punto de quedarse perplejos con lo que van a leer, les digo: De una enfermedad se pueden sacar cosas buenas; puedes experimentar momentos felices y en un hospital también. Y aunque opinen lo contrario, les recuerdo que antes de soltar esta afirmación, que es una gran primicia para muchos, les he aclarado anteriormente que hoy, además de opinar, me baso en mis propias experiencias.
Aquel día, ya pasado, tras realizarme esa incómoda prueba, la doctora me pidió que la acompañara a su despacho a por mi informe médico y miren ustedes qué cosas pasan, a pesar de mi dolencia incurable, yo salí de aquel despacho y del hospital con una sonrisa. La doctora María José logró que me olvidara de aquel momento incómodo y de mi dolencia de tal forma que la sonrisa y el placer que aporta la misma me duró el resto del día. Pueden intentar debatir sobre que aquello que experimenté no es felicidad y les diré que, aunque estoy de acuerdo en que para cada cual la felicidad puede suponer algo distinto, les aseguro que lo que yo experimenté lo era y que cualquiera que hubiera estado a mi lado hubiera experimentado lo mismo. Así que aprovecho, también para pedirles que valoren a nuestros médicos y sanitarios. Apoyen su derecho a huelga cuando la hacen y al menos intenten entender y respetar las escasas peticiones y reivindicaciones que hacen, porque muchos de ellos, cuando les atienden, además de intentar curarles, intentan dejar en su memoria un recuerdo feliz que sin duda sana más que aquella pastilla que les han recetado. Como han podido leer, a pesar de que el Día de la Felicidad estaba fechado para el viernes veinte de marzo, para mí en esta ocasión se adelantó en el calendario.
Cada uno de ustedes contará con un día de la felicidad que seguro está relacionado con un acontecimiento ocurrido en una determinada fecha, y si se sienten afortunados, seguro que contarán con más de un día que puedan denominarlo como tal. La felicidad no es constante; si así lo fuera, no sería tan maravillosa ni una búsqueda incesante desde que nace por parte de los seres humanos. No les voy a decir dónde buscarla, pues si lo supiera sería mi secreto mejor guardado; pero si les voy a nombrar dónde, hasta el día de hoy, a mí me ha acompañado: estuvo la primera vez que mi medicación comenzó a funcionar, cada vez que mi neuróloga Nuria Rodríguez me da un abrazo en la consulta, cuando me encuentro en el hospital de día cada mes con mis compañeros de batalla, cuando tu enfermera te dice “guapa” y te besa la mano en la que te acaba de poner una vía. Pero también cuando un lector me pide una dedicatoria de mis libros, y cada vez que me leen con entusiasmo, si me escriben por privado para opinar de mis artículos, en cada consejo que se me pide sobre literatura, arte, historia, haciéndome sentir importante. Con la llamada o el mensaje de alguien que lo está pasando mal y puedo conseguir consolar (ayudar a los demás es pura felicidad, inténtenlo), la felicidad también llega cuando mi esposo me cuenta un chiste de los de toda la vida y reímos juntos a carcajadas antes de dormirnos, disfrutando de una comida especial. ¡Yo soy feliz comiendo! Si mi geranio florece en primavera, canto de felicidad y cada vez que, como hoy, puedo ejercer el ejercicio de la escritura, experimento una de las mayores sensaciones de felicidad. Cada privilegio que me da la vida, todo aquello que consigo valorar y, por lo tanto, sentir de verdad, trae felicidad a mi vida; compartir una migaja de mi desayuno con un gorrión convierte un día en feliz.




